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Los bárbaros del sur

Los bárbaros del sur

Había visto un izakaya local. Estaba cerrado.

Las calles estaban desiertas. El viento del oeste llegaba directamente del mar, y me envolví más en mi fina chaqueta.

Una ligera llovizna hacía brillar el asfalto.

En él se reflejaban letreros luminosos con caracteres incomprensibles.

Me acordé de Bill Murray en Lost in Translation .

Lost . Era invierno en Tanegashima, una pequeña isla justo al sur de las cuatro islas principales que componen la mayor parte de Japón.

No iban turistas allí. Bill Murray nunca fue allí.

Aparte de los letreros incomprensibles, el lugar recordaba de manera sorprendente a los desolados pueblos de provincia estadounidenses.

Las calles estaban dominadas por edificios bajos y sin carácter.

Mi estómago gruñía, yo gruñía. No había comido nada desde el desayuno, y ya era de noche.

Encontré otro izakaya . La camarera, una mujer robusta de unos cincuenta años, hizo una reverencia y señaló un taburete vacío en la barra.

Hice una reverencia yo también, me quité el calzado y lo coloqué con cuidado en la fila de zapatos de la entrada.

Era mi primera vez en Japón y estaba un poco obsesionada con hacerlo todo bien.

Al entrar en el bar descubrí que los demás clientes llevaban los zapatos puestos.

Retrocedí con discreción hasta la entrada, me los puse de nuevo y me senté en el taburete.

La camarera fingió cortésmente no haberse dado cuenta de mi pequeño desliz con los zapatos.

Nadie en el bar hablaba inglés y el menú solo estaba en japonés, pero con la ayuda de Google Translate pude pedir.

Bill Murray no tenía Google Translate. Si lo hubiera tenido no habría habido película.

Omakase significa algo así como «lo dejo en tus manos».

El chef debía de estar de buen humor. La camarera fue trayendo un plato tras otro.

Cangrejo. Langosta. Sashimi. Los gruñidos habían desaparecido, la vida sonreía.

Colocó un cuenco de sopa delante de mí, equilibrado sobre un hornillo de gas.

Los ingredientes estaban al lado: judías cortadas con esmero, trozos de pescado y dados de tofu.

La camarera señaló los trozos y luego la sopa:

— Hai? ¿Sí?

— Hai .

Cogí los trozos con los palillos y los eché en la sopa hirviendo. Un par de minutos después los volví a usar para probar el pescado. La camarera acudió enseguida.

— Wait —me indicó.

Esperé obedientemente. Cada vez que cogía los palillos, ella estaba allí:

— Wait.

Al final asintió con amabilidad:

— Hai!

Tan pronto como terminé la sopa apareció con un plato de gambas en tempura; se habían rebozado primero en una mezcla de agua, harina y yema de huevo y luego se habían frito.

Quise decir a la mujer que ese plato típico japonés era un legado de los portugueses.

Es probable que tempura sea un préstamo de la palabra portuguesa têmpora, «ayuno», porque durante la Cuaresma a los cristianos no se les permitía comer platos con carne.

La sola idea de intentar transmitir todo eso a través de Google Translate hizo que se me quitaran las ganas.

Además, seguramente ya lo sabía. Fue allí, en Tanegashima, donde los lusos desembarcaron por primera vez.

Se me puso delante un plato de sushi recién preparado. El pescado tenía un ligero sabor a agua salada y se deshacía en la lengua. Un cuenco de sopa de miso. Más cangrejo y langosta. Queso gratinado. Judías. Comí con valentía, pero al final tuve que rendirme ante el plato de boniato.

La camarera dio vueltas a mi alrededor y lanzó miradas furtivas a los boniatos. Me miró con aire crítico. Algo debí de hacer mal. Finalmente sacó su teléfono móvil, tecleó algo en la pantalla y se lanzó:

— No sweet potato?

—Lo siento, ya no puedo más —respondí—. Pero estaba todo muy bueno —añadí con educación.

— Maybe dessert?

La verdad es que un postre sonaba bien. Algo ligero y dulce para terminar:

— Arigat ō . Gracias.

Un par de minutos después la camarera regresó con una pequeña caja de helado. Dejó el plato con los boniatos en la barra.

— Sweet potato - no. Ice cream - yes —comentó con severidad mientras retiraba la caja de helado vacía.

Me sentí como si mi abuela me estuviera regañando por comer solo ocho de sus galletas.

De nuevo traté de explicar que estaba llena, me di unas palmaditas en el estómago y estiré los brazos en un gesto de disculpa.

Pero mi excusa tenía una evidente falta de lógica: había conseguido terminarme el postre.

Decidí acabar el banquete con un whisky japonés.

— Shotu whisky? —La camarera me miró con los ojos muy abiertos. Desapareció en la cocina. Poco después oí risas atronadoras procedentes de allí.

Llamar chupito a ese vaso tan ancho lleno de whisky era un eufemismo educado.

Mareada por el whisky y el marisco, salí tambaleándome a la calle.

Había dejado de llover. Todas las calles parecían iguales, pero con la ayuda de Google Maps encontré el camino de regreso al sencillo hotel.

Me incliné ante el recepcionista, que me devolvió la reverencia medio dormido.

Entonces se espabiló de golpe. Se levantó de un salto de la silla y se inclinó enfervorizado sobre el mostrador:

— Shoes! —gritó, señalando con consternación mis pies. Deshaciéndome en disculpas, retrocedí hasta la entrada y reemplacé mis zapatos por un par de pantuflas que eran demasiado pequeñas, mientras me inclinaba una y otra vez.

A las nueve menos veinte sonó el teléfono, que estaba en la mesilla de noche.

La mujer que había al otro lado de la línea me preguntó si iba a querer el desayuno.

Después de todo, yo lo había pedido. Se servía hasta las nueve, pero la última hora para presentarse era a las ocho y media, es decir, hacía diez minutos, dijo.

«No, al final no voy a desayunar», murmuré, y volví a apoyar la cabeza en la almohada.

Estaba agotada después de varios días viajando sin parar y solo quería dormir.

A las diez y tres minutos volvió a sonar el teléfono.

Era el recepcionista. Me preguntó si me iba a ir.

«La salida es a las diez», agregó servicial.

Hice el check-out y me ayudaron a pedir un taxi. Justo cuando iba a abrir la puerta del coche, el recepcionista me detuvo. El conductor abrió la puerta del asiento del pasajero con un botón.

Tanegashima es estrecha y alargada, casi completamente plana, y está cubierta de una mezcla de arena, hierba y bosque.

Los pueblos por los que pasamos eran tan parecidos que se confundían unos con otros.

Casas pequeñas con forma de caja, calles rectas.

«Tanegashima, una joya por descubrir», leí en la página web de una agencia de viajes japonesa.

«La isla es conocida por sus amables habitantes», seguí leyendo, «así como por su abundante población de peces y sus excepcionales boniatos. ..»

Hasta ese momento del viaje yo había gozado de perfecta salud, apenas se me había escapado un estornudo.

Pero entonces empezó a picarme muchísimo la garganta.

Durante el trayecto en taxi, el picor se convirtió en una tos seca incontrolable.

Intenté con todas mis fuerzas contener el reflejo, las lágrimas me corrían por las mejillas, y al final no pude más y tosí tras la mascarilla.

El conductor bajó de inmediato la ventanilla.

Japón acababa de abrir sus fronteras a los turistas extranjeros después del confinamiento, fue uno de los últimos países del mundo en hacerlo.

Muchos japoneses se mostraron escépticos.

Creían que era demasiado pronto y que los extranjeros harían que el número de contagios se disparara.

Volví a toser. El conductor se acercó con discreción al volante.

Al llegar a la parte sur de la isla, la capa de nubes se abrió y nos cegó la brillante luz del sol.

Era como si estuviéramos en otra isla, en otro mundo.

La hierba estaba cortada al milímetro y toda la demás vegetación había sido eliminada.

Dispersos por el paisaje había edificios futuristas: Tanegashima alberga el único centro espacial de Japón con estación de investigación y plataforma de lanzamiento de cohetes.

Si no habían terminado en otro planeta, poco les faltaba.

Los dos o tres portugueses que encallaron en el extremo sur de Tanegashima en 1543 nunca habían visto nada igual.

Fueron los primeros europeos en pisar Japón, esa tierra legendaria de la que se hablaba desde la época de Marco Polo, unos doscientos años antes.

Polo no visitó la isla, a la que llamó Zipangu, pero describió con viveza todas las riquezas que supuestamente se encontraban allí.

Los techos del palacio del rey estaban cubiertos de oro puro, afirmó, y los suelos, ¡revestidos con una capa de oro de casi dos dedos de grosor!

El resto de la tripulación del junco naufragado era china.

Los japoneses y los chinos no se entendían en sus respectivos idiomas, pero lograron comunicarse mediante caracteres chinos que escribieron en la arena.

Los segundos explicaron a los primeros que aquellos extraños extranjeros de nariz larga eran nanban, «bárbaros del sur».

Comían con las manos porque no sabían hacerlo con palillos, y eran incapaces de controlar sus emociones, detallaron.

Esos bárbaros viajaban sin cesar, sin morada fija, e intercambiaban las cosas que llevaban consigo por otras que les faltaban.

Tampoco sabían leer caracteres ni entendían de etiqueta, pero por lo demás eran bastante inofensivos.