Los navegantes Océano Pacífico. Último puerto de escala #2
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Océano Pacífico. Último puerto de escala #2

En esa ocasión tampoco se consultó a nadie más, ni siquiera al Vaticano, y mucho menos a las personas afectadas por el acuerdo.

El monopolio comercial práctico duraría un par de generaciones más antes de que los lusos se enfrentaran a la competencia real de otros europeos.

No fue hasta el siglo XVII cuando la globalización despegó en serio.

Magallanes no fue visto con buenos ojos por sus contemporáneos.

En Portugal se le consideró un traidor a su país.

En España se había extendido la versión de los desertores, y pocos de los supervivientes que regresaron a casa con Elcano tenían algo bueno que decir sobre el capitán fallecido, con la excepción del veneciano Antonio Pigafetta.

De no haber sido por este, que rindió homenaje al explorador con fidelidad y sin reservas en su crónica, no es seguro que Magallanes hubiera pasado a la historia como un héroe.

Hoy en día, puentes de carretera, especies animales, plantas, sondas espaciales, cruceros, observatorios astronómicos, nebulosas y cráteres de Marte y la Luna llevan el nombre de Magallanes.

El vagón de tren del presidente estadounidense de 1943 a 1958 se llamó Fernando de Magallanes.

Eso dice algo sobre el poder del relato, sobre la fuerza del mito heroico.

Desde entonces, el viaje de Magallanes ha sido aclamado como el más grande e importante de toda la era de los descubrimientos, pero en realidad tuvo poca importancia en su momento.

Fue demasiado largo y agotador. Pasarían sesenta años antes de que alguien volviera a elegir el mismo itinerario: el pirata británico (o héroe naval, según la perspectiva desde la que se lo mire) Francis Drake.

Solo en tiempos modernos el estrecho de Magallanes, como se ha llamado el paso, el tramo a través de Tierra del Fuego, se ha convertido en una ruta relativamente común para los buques de carga, y por supuesto lo era aún más antes de la construcción del canal de Panamá.

Magallanes ni siquiera completó la circunnavegación, sino que murió a mitad de camino. Sin embargo, fue él, y no Elcano ni ninguno de los demás supervivientes, quien pasó a la historia como el primer navegante en dar la vuelta al mundo.

La noche anterior, el capitán bebe vino con tres o cuatro marineros en la cocina del barco.

El ambiente es bueno. Acaba de llegar un mensaje de la compañía naviera informando de que el buque será desviado alrededor del cabo de Buena Esperanza en su viaje de regreso desde Japón, para que no corra el riesgo de ser alcanzado por los misiles de los rebeldes hutíes en el mar Rojo.

—Por suerte han antepuesto la seguridad —dice el mayor de ellos, que trabaja para la naviera desde que era adolescente—. Somos nosotros los que arriesgamos nuestras vidas, pero no tenemos nada que decir al respecto.

Echan más vino en las copas, e imperceptiblemente la conversación pasa de la política de las grandes potencias a las tradiciones marineras.

—Antes te obligaban a ir a un prostíbulo —dice el reparador de cubiertas.

Como buen marino, tiene tatuajes por todo el torso—.

Los marineros más veteranos pagaban, era parte del ritual de iniciación.

Terminé lo más rápido que pude y bajé corriendo, pero los mayores me hicieron subir de nuevo.

Me dieron instrucciones estrictas de no volver hasta las nueve de la mañana, ¡porque habían pagado toda la noche!

Durante su estancia en Filipinas, Pigafetta, cronista de Magallanes, se quedó fascinado con los penes de los lugareños. Escribió:

Tanto jóvenes como viejos llevan perforado el miembro, aproximadamente a la altura del glande, con una varilla de oro o estaño casi tan gruesa como una pluma de ganso, y en ambos extremos de esa varilla algunos de ellos tienen un adorno en forma de estrella cuyas puntas sobresalen de los bordes, mientras que otros tienen algo parecido a la cabeza de un clavo de carro.

[...] En el centro de la varilla hay un agujero por el que orinan; la varilla y las estrellas permanecen en su sitio.

Dijeron que así lo querían sus esposas y que, si no lo hacían, no tendrían relaciones sexuales con ellos.

Y cuando desean tener relaciones sexuales con sus mujeres, estas toman en su mano el miembro flácido y se lo introducen suavemente, con la estrella superior y luego con la inferior.

Una vez dentro, el miembro se endurece y así permanece hasta que vuelve a ablandarse. De otro modo, no podría salir. 1

Los marineros filipinos han continuado la tradición de la modificación del pene, aunque en una variante menos extrema. «Bolitas», lo llaman, y lo más común es implantar pequeñas bolas de plástico o algo similar justo debajo de la piel del tronco del pene.

Vierten más vino en las copas, y aprovecho la ocasión para preguntar si mis compañeros de mesa saben algo acerca de ese fenómeno.

—Sí, por supuesto, sucede —responde el capitán sin pestañear—. Pregúntale a nuestro reparador de cubiertas. Él lleva a cabo esos procedimientos.

—Con el alcohol como única anestesia —confirma el reparador de cubiertas—. Pero por lo general inyecto vaselina. Con una jeringa. Es líquida cuando hace calor y se solidifica cuando hace frío.

Las inyecciones de vaselina no son lo mismo que las bolitas, pero también están bastante extendidas entre los marinos filipinos, según leo más tarde en internet.

La vaselina inyectada permite al hombre tener una erección tras otra, es una especie de viagra para pobres.

Sin embargo, es un potenciador sexual arriesgado.

Las inyecciones pueden provocar infecciones que, en el peor de los casos, pueden acabar en gangrena y amputación.

Otro peligro es que el petróleo de la vaselina puede filtrarse poco a poco al torrente sanguíneo.

Si eso ocurre, los hombres suelen presentar síntomas difusos de intoxicación, como malestar estomacal, fatiga, problemas biliares, etcétera, sobre todo si continúan con las inyecciones.

El petróleo también puede destruir gradualmente el cuerpo cavernoso del pene y causar en los hombres una impotencia permanente, o sea, justo lo contrario de lo que quieren lograr.

Hay sitios web especializados que informan a las esposas de los marineros filipinos sobre los síntomas a los que deben prestar atención para que puedan llevar a sus maridos al médico a tiempo.

—A algunas mujeres les gusta, a otras no. —El reparador se encoge de hombros—. Los filipinos no somos muy grandes, así que tratamos de compensarlo lo mejor que podemos.

—Cuando tuvimos que rellenar el formulario de salud y decir si teníamos cuerpos extraños en los genitales, ¡pensé que era una broma! —exclama el cadete electricista, que ha escuchado con asombro los detalles de la vaselina.

—No, claro que no —asegura el capitán con la misma calma—. No es algo inusual, como he dicho.

El cadete vacía su copa de vino de un trago y se apresura a volver a su camarote.

Fuera hace bastante más frío, el mar es de color azul acero, casi negro, y los días se han acortado.

Los portugueses aparecieron en esas aguas un par de años después de que Afonso de Albuquerque ganara la batalla de Malaca.

El primero de ellos fue Jorge Álvares. En ese momento, a los comerciantes extranjeros se les permitía mercadear con los chinos, pero no podían desembarcar en el continente sin el permiso del emperador.

Por lo tanto, Álvares se instaló en una isla a la que llamó Tamão, ubicada en algún lugar del delta del río Perla, cerca de la actual Hong Kong.

Nadie sabe ya de qué isla se trata, porque no queda rastro del primer puesto comercial portugués.

Lusos y chinos convivieron pacíficamente durante varios años, pero en 1519 un grosero capitán llamado Simão de Andrade llegó navegando a ese delta.

Ofendió a los chinos del este y del oeste, se negó a pagar impuestos y empezó a construir un fuerte.

En 1521, el pequeño asentamiento luso en la isla de Tamão fue atacado y aniquilado por las fuerzas chinas.

Pasarían más de treinta años antes de que los portugueses volvieran a tener un puesto comercial permanente en el delta del río Perla, en el reino del sol poniente.

Mientras tanto, casi por casualidad, habían conseguido afianzarse en Japón, el archipiélago más oriental de Asia, en el país del sol naciente.

El barco mantiene un rumbo estable hacia el invierno japonés.

Navegamos desde el mar de China Meridional hacia el de Filipinas y pasamos por la isla de Taiwán, a la que los marineros portugueses llamaron Ilha Formosa, «isla hermosa», cuando pasaron por allí en 1542.

Neerlandeses y españoles construirían más tarde fuertes allí, pero los lusos nunca se asentaron en la zona.

El calendario señala el 24 de diciembre de 2023.

Los diferentes grupos de trabajo están a pleno rendimiento con los preparativos.

El comité de decoración se supera a sí mismo e incluso fabrica su propio fotomatón de cartón para que los marinos puedan fotografiarse con el logotipo del barco de fondo.

En la cocina, el cocinero y sus ayudantes llevan varios días yendo de cabeza.

Los cadetes decoran la larga mesa del comedor con un mantel rojo navideño, purpurina, globos y guirnaldas de colores.

Las sillas están distribuidas por toda la sala; en la víspera de Navidad, la jerarquía queda abolida y nadie tiene un sitio fijo.

Para la mayoría, la Nochebuena a bordo hace mucho tiempo que se ha convertido en una rutina; con turnos de nueve meses, las celebraciones navideñas en casa con la familia son la excepción y no la regla.

Dos millones de personas están empleadas en la industria del transporte marítimo internacional y tienen los océanos del mundo como lugar de trabajo; una cuarta parte de ellas son filipinas.

Salvo los cadetes, que todavía se pellizcan el brazo por haber escapado del pequeño pueblo en el que crecieron, todos a bordo dicen lo mismo: «Si hubiera recibido el mismo salario en tierra, habría renunciado sin pensarlo».

Desde que embarqué en Durban he oído hablar de los legendarios juegos navideños, pero nadie ha querido revelarme en qué consisten.

Ahora por fin voy a poder experimentarlos, y de nuevo me vienen a la mente las palabras de Mark Twain: «Algo así nunca sería divertido en tierra».

Pero en la quinta cubierta nos divertimos muchísimo.

Nos dividimos en equipos y competimos para meter un bolígrafo en una botella lo más rápido posible sin usar las manos, transportamos una pequeña pelota por la cubierta con la ayuda de trozos de papel doblados, caminamos a ciegas hasta un compañero de equipo sentado en una silla y le damos de comer un plátano.

Transmitimos palabras con la boca abierta, atrapamos billetes de dólar con los labios y comunicamos números parpadeando, haciendo pucheros y sacando la lengua.

No, algo así nunca sería divertido en tierra.

Pero el bufet podría pasar por un festín, sin importar dónde se sirviera.

La larga mesa está llena de cangrejos, langostinos, pasta cremosa, vieiras, púdines y pasteles, y en el centro hay un cochinillo asado entero.

Justo cuando el reloj pasa de la medianoche, por fin se nos permite disfrutar de las tentaciones, y la fiesta continúa hasta altas horas de la madrugada, con más karaoke y bailes mientras el barco se balancea de un lado a otro.

El barco se desliza lentamente por los canales de Yokohama, rodeado de rascacielos blancos y el cielo rosado de la mañana.

El calendario marca el 28 de diciembre. La tripulación ha sacado gorros, monos gruesos y botas altas forradas; hemos viajado desde los trópicos hasta el invierno.

El buque debe seguir, por supuesto, debe emprender el largo camino de regreso a Europa; rodeará el cabo de Buena Esperanza y cruzará el Atlántico, después lo volverá a cruzar, y así continuará, sin parar, de aquí para allá, de puerto en puerto: amarrando, descargando, cargando, repostando, echando el ancla, zarpando; en la industria naviera nunca hay tiempo que perder.

Elcano y sus hombres tardaron tres años en completar su desastrosa vuelta al mundo.

Los buques de carga modernos tardan un promedio de tres meses.

Pero mi viaje por mar termina aquí, aunque preferiría quedarme a bordo.

«Detachment anxiety», lo llamó el primer oficial, ansiedad por separación, lo peor de todo el trabajo.

Ya echo de menos el desgastado camarote y el pequeño y diáfano mundo que constituía el barco.

El entorno no era para nada lujoso, la comida casi siempre estaba fría y los días eran monótonos.

La conexión a internet era tan lenta que apenas funcionaba, las películas de terror que veíamos por las noches nunca se me habría ocurrido verlas voluntariamente, y la mayoría de las noches ni siquiera había una película que ver o cualquier otra cosa que hacer; la mayoría de las noches no pasaba nada en absoluto, pero no son las noches sin acontecimientos las que recuerdo, porque la memoria es selectiva, selecciona con descaro los momentos destacados y reprime el aburrimiento.

Y eso es bueno, ya que de lo contrario ni siquiera tendríamos un pasado por el que vivir.

Mi cerebro ha seleccionado las risas y los atardeceres, incluso las interminables noches de karaoke las ha envuelto con cuidado en una luz dorada.

Mi barco está cargado de... ansiedad por separación . Durante varios días después de desembarcar, el suelo se balancea bajo mis pies.