Los navegantes Océano Pacífico. Último puerto de escala
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Océano Pacífico. Último puerto de escala

Océano Pacífico

Último puerto de escala

Un aguacero torrencial borra la frontera entre el mar y el cielo. La lluvia me da sueño, y solo me despierto cuando el casco se sacude. El barco se abre paso lentamente para salir del concurrido puerto, a través del estrecho de Singapur y hacia el mar de China Meridional.

El buque se balancea y se tambalea. Dos pájaros blancos y negros vuelan en círculos en el lado de estribor.

Navegamos cerca de la costa para evitar las peores olas.

El navío está vacío, lleno solo de combustible, petróleo y agua de lastre, y de personas, pero no pesamos mucho.

No comparado con ocho mil coches. Sin todo ese peso, el enorme barco se convierte en un corcho sobre las olas.

Todos los objetos ligeros y sueltos vuelan entre las paredes; un vaso cae al suelo y se hace añicos.

De repente todo el casco tiembla, como si rozáramos con un arrecife invisible.

Alguien ha dejado una caja grande de pastillas para el mareo junto al dispensador de agua.

Nadie ha visto al cadete de máquinas desde hace varios días.

El ambiente en el puente es de concentración, especialmente después del anochecer.

El mar de China Meridional está repleto de barcos pesqueros, tanto legales como ilegales, y no todos aparecen en el radar.

Los días de diario se transforman en fin de semana, y tanto el ayudante de cocina como el engrasador cumplen años.

El chef sirve pastel, y por la noche hay una fiesta de karaoke en honor a los cumpleañeros.

Como siempre, todo el mundo se entrega al máximo; los últimos se arrastran hasta la cama cuando ya amanece.

Risas estruendosas, cánticos desafinados, partidos de baloncesto, póquer, dardos, caras alegres y sonrientes.

En privado oigo otras historias. De matrimonios a distancia que no funcionan y que solo acarrean frustración y discusiones.

Algunos dicen que beben todas las noches, solos en sus camarotes, para conciliar el sueño.

Uno de los marineros mayores me cuenta que hace unos años recibió una llamada telefónica de su hija, quien lo informó de que su madre y ella estaban a punto de irse de casa.

Cuando finalmente regresó, encontró toda su vida metida en cajas de cartón y depositada en un almacén.

Matrimonios fallidos y soledad: así es también la vida del marino.

Intrigas y envidias. Con el tiempo me doy cuenta de que muchos de los miembros de la tripulación en realidad no se soportan entre sí; oigo historias sobre murmuraciones, chantajes y mentiras.

Desde fuera parece que todos son muy buenos amigos, pero a solas todos dicen lo mismo: «Somos compañeros de trabajo, no amigos, no me fío de ninguno de ellos».

En Singapur habían desembarcado dos marineros y otros cuatro habían subido a bordo.

Así es la vida en el mar: algunos se van, otros llegan, juntos navegan por los océanos del mundo durante unos meses, y así pasan los años, así pasa la vida, pero la real está en otro lugar.

Un diente de leche que se cae. Una madre anciana que enferma.

Un buen amigo que va a celebrar su boda sin el padrino adecuado.

Una casa que necesita mantenimiento. Un novio solitario que ya no puede esperar más y empieza a mirar a su alrededor.

En Nochebuena pasamos por Filipinas. Durante varias horas tenemos una vista de playas y peñascos boscosos. Los tripulantes se apoyan en la barandilla, pero no para mirar con nostalgia a casa. Miran fijamente las pantallas de sus móviles; estamos tan cerca de tierra que tenemos señal de red móvil.

La primera expedición europea que desembarcó en el archipiélago que más tarde se llamaría Filipinas en honor de Felipe II de España fue dirigida por el traidor portugués Fernando de Magallanes.

Hasta ese momento había sido desastrosa: la tripulación estaba a punto de sucumbir al escorbuto y al hambre, comían ratones y madera para sobrevivir.

En Filipinas la situación iría de mal en peor.

Magallanes nació probablemente alrededor de 1480 en Oporto, y como noble fue educado en la corte del rey.

Durante doce años sirvió a la Corona portuguesa en el océano Índico, donde participó en la batalla de Malaca y luego luchó en varias más en Marruecos.

En una de ellas resultó herido, y a consecuencia de la lesión cojeó el resto de su vida.

Por sus esfuerzos creyó merecer un salario más alto, pero el rey Manuel desestimó su petición en dos ocasiones.

Enfadado, Magallanes cruzó la frontera hacia España, y poco después, en 1518, tuvo una audiencia con el recién coronado rey adolescente español, CarlosI, y le hizo la propuesta que lo convirtió en un traidor.

En 1494, como es sabido, Portugal y España se habían repartido el mundo mediante el Tratado de Tordesillas.

La línea de demarcación discurría a 370 leguas —unos dos mil kilómetros— al oeste de Cabo Verde.

La idea era que había una línea similar, el llamado contrameridiano, al otro lado del globo, pero nadie sabía exactamente por dónde pasaba, porque grandes partes de la Tierra aún estaban inexploradas.

Según los cálculos de Magallanes, las islas de Banda y el resto de las Molucas, ricas en especias, estaban dentro de la esfera de influencia española.

El problema era que los portugueses seguían teniendo el monopolio de la ruta alrededor del cabo de Buena Esperanza, pero Magallanes sabía cómo solucionarlo: navegando hacia el oeste, los españoles podrían llegar a las islas de las especias sin entrar en la mitad lusa.

El portugués estaba convencido de que había un paso a través o alrededor de América del Sur hasta el océano del otro lado.

Desde allí, estimó con optimismo, serían tres o cuatro días de navegación hasta las islas de las especias.

El 20 de septiembre de 1519, Magallanes zarpó de España al frente de una tripulación de 237 hombres, distribuidos en cinco barcos.

Poco más de un año y medio después, una de las naves regresó.

Había dado la vuelta. Los tripulantes de a bordo acusaron a Magallanes de mala gestión y abuso de poder.

Al final no tuvieron más remedio que amotinarse, dijeron a los jueces, y se libraron de la cárcel.

Magallanes y el resto de la tripulación continuaron su viaje.

Finalmente lograron encontrar un paso a través de los estrechos que separan el continente sudamericano del archipiélago de Tierra del Fuego.

El paso estaba mucho más al sur de lo que Magallanes había estimado: ningún europeo había navegado nunca tan al sur.

El océano que había al otro lado del estrecho parecía tan pacífico que el explorador lo bautizó con ese nombre.

Al igual que Colón, Magallanes había calculado mal el tamaño de la Tierra.

El océano Pacífico es el más grande del mundo; es tan grande como todos los demás océanos juntos y que la superficie terrestre total del planeta.

Pasaron noventa y ocho días antes de que Magallanes y su cada vez más debilitada tripulación volvieran a avistar tierra.

Para entonces habían recorrido una distancia de más de seis mil millas náuticas, más de once mil kilómetros, desde que salieron de América del Sur, una distancia mayor que la que separa Oslo de Ciudad del Cabo.

Pocos días después de ver tierra por primera vez, llegaron a Filipinas.

El calendario marcaba el 17 de marzo de 1521.

En ese momento, Magallanes debió de darse cuenta de que se había equivocado.

Era obvio que las Molucas estaban a salvo dentro de la mitad de Portugal.

¿Tal vez por eso no tenía prisa por seguir adelante?

El explorador y su tripulación se establecieron en la isla de Cebú y se dedicaron con entusiasmo a convertir a los lugareños.

Se dice que más de dos mil personas fueron bautizadas en pocos días, y hay muchos indicios de que Magallanes desarrolló delirios mesiánicos de grandeza respecto a sí mismo.

Comenzó a interferir en los asuntos locales y prometió apoyar al gobernante de Cebú contra los enemigos de la vecina isla de Mactán.

El siempre optimista Magallanes partió con solo sesenta hombres.

En Mactán fueron recibidos por mil quinientos guerreros beligerantes, según Antonio Pigafetta, cronista del barco.

Los europeos no tenían ninguna posibilidad.

Durante la breve batalla muchos de ellos murieron, incluido el propio Magallanes.

El 6 de septiembre de 1522, casi tres años después de que la flota zarpara de España, un barco fantasma solitario y agujereado atracó en Andalucía.

Los dieciocho hombres que iban a bordo estaban enfermos.

Eran todo lo que quedaba de la flota de Magallanes.

Los demás habían desertado, muerto o sido capturados.

El miserable navío estaba comandado por el vasco Juan Sebastián Elcano, quien había participado en uno de los motines contra Magallanes.

Elcano y los otros diecisiete supervivientes fueron los primeros de la historia en navegar alrededor del mundo.

Nunca fue parte del plan, pero un viaje de regreso de tres meses a través del vasto océano Pacífico era incluso menos tentador que una arriesgada travesía por aguas controladas por los portugueses.

El problema del contrameridiano se resolvió en 1529 mediante el llamado Tratado de Zaragoza.

En él se estableció de manera definitiva que las Molucas pertenecían a Portugal.

Filipinas terminó dentro de la mitad de España, junto con la mayor parte del océano Pacífico.

De nuevo, portugueses y españoles se habían repartido el globo, y esa vez habían sido más minuciosos, porque ya sabían con certeza que realmente era posible navegar alrededor del mundo.

Este estaba delimitado y conectado, era global .