El país que casi desaparece #6
Atauro se encuentra a unos treinta kilómetros de Dili.
En la isla viven alrededor de diez mil personas, la red de carreteras es de apenas unos pocos kilómetros y solo tienen electricidad por la noche.
La mayoría de los isleños estaban ocupados construyendo una nueva iglesia.
El 98 % de los habitantes de Timor Oriental se consideran hoy católicos, pero en Atauro casi todos son protestantes.
En algún momento del siglo XX, la isla fue visitada por misioneros calvinistas neerlandeses, que arrasaron con todo.
Adão Marques, de sesenta y dos años, era uno de los más viejos de la isla. No tuvo tiempo de reunirse conmigo hasta que terminó la jornada de trabajo en la iglesia. Era alto y fibroso, vestía una camisa de cuadros recién planchada y hablaba un portugués pausado y correcto.
—Aquí solo había soldados —recordó Adão—. Los portugueses eran los amos coloniales. Golpeaban a la gente con palos y la obligaban a trabajar gratis para ellos. En la escuela nos enseñaban soldados enteramente uniformados. Si no obedecíamos nos castigaban.
—¿Está usted resentido con los portugueses?
—No, no pienso en venganza. —Sonrió—. Todos somos hijos de Dios.
Pero, por supuesto, nos alegramos cuando se fueron, en 1975.
Por fin ya no había colonizadores aquí que nos obligaran a trabajar.
Aunque luego llegaron los indonesios y tuvimos que aprender indonesio.
Trajeron soldados como maestros, como hacen los colonos.
Durante la ocupación indonesia, el portugués fue prohibido en los colegios, la administración y otros entornos públicos, y el indonesio se convirtió en el idioma oficial.
Cuando Timor Oriental obtuvo la independencia en 2002, las autoridades reintrodujeron el portugués como lengua estatal, en reconocimiento a la larga historia compartida con Portugal, y tal vez también para marcar activamente distancias con Indonesia.
Además del tetun, todos los escolares aprenden ahora portugués en la escuela, al menos en teoría.
Tras la larga ocupación indonesia, pocos jóvenes lo hablaban ya.
Cientos de profesores de Portugal y Brasil han sido enviados a Timor Oriental para enseñar a docentes y estudiantes en su lengua materna.
Sin embargo, la cosa no ha terminado de funcionar, y el 80 % de los profesores han declarado hace poco que no utilizan el portugués de forma activa en su enseñanza.
En 2023 se aprobó una nueva ley para fortalecer la posición de la lengua portuguesa.
Esa ley especifica que el portugués será el idioma principal en toda la enseñanza, mientras que el tetun solo se usará como apoyo.
Queda por ver si los políticos del único país lusófono de Asia lograrán salvar la lengua de los antiguos colonizadores con la ayuda de leyes específicas.
—Muchos de nosotros ayudábamos a los guerrilleros en las montañas, yo también, pero aquí en la isla todo estaba en paz —continuó Adão—. Todavía lo está. La vida aquí es buena. Tengo nueve hijos y nueve nietos, y todo lo que necesito. El huerto me da verduras, y en el mar hay peces.
—¿Pesca usted con lanza? —pregunté. Los pescadores de Atauro son ampliamente conocidos por sus métodos de pesca ancestrales.
—Por descontado. Aquí todos pescamos con lanza.
Le hablé del ritual que había presenciado el otro día y le pregunté si allí en la isla también tenían rituales similares.
—No, nosotros no hacemos eso —se apresuró a responder Adão—. Va en contra de la Biblia. Dios nos juzgará a todos algún día por lo que hayamos hecho en esta vida. La próxima es más importante. Además es cara, con ese tipo de ceremonias. No malgastamos dinero en esas cosas.
Cuando Adão se fue, Barry me contó que los isleños habían destruido recientemente unas pinturas rupestres de catorce mil años de antigüedad.
—La Unesco había planeado colocar carteles, pero llegaron demasiado tarde —dijo—. Los protestantes de la isla pensaban que las pinturas atraían al diablo.
Después del almuerzo caminé por la playa hasta el centro de buceo. Por el camino me encontré con un puñado de niños, un par de perros perezosos y nada más. En la entrada me recibió Safi, una joven keniana.
—A pesar de que llevo varios años viviendo aquí, todavía tengo que pellizcarme para creerme que este es mi hogar —sonrió—.
Solo el hecho de estar aquí sentada tomando una taza de té.
.. Disfruto el té, sabe bien. Tengo tiempo para sentarme aquí y sentir, ¿entiendes lo que quiero decir?
En lugar de correr de aquí para allá como una loca en la ciudad. Nunca podré volver a una vida así.
Se echó a reír, bebió un sorbo de té y dirigió la vista al mar.
En un pequeño bote navegamos hasta el arrecife exterior.
Bajo el agua se reveló un mundo incomparable.
Miles y miles de peces de todas las formas y con todas las combinaciones de colores imaginables: naranjas, amarillos, verdes, morados, alargados y moteados, cuadrados con rayas psicodélicas, redondos y brillantes; la mitad parecían haber sido pintados por Picasso y la otra, por Mondrian.
Los arrecifes de coral eran una obra de arte en sí mismos, un exuberante jardín botánico submarino.
Los de Atauro albergan más especies de peces que cualquier otro lugar del mundo: hasta ahora, los científicos han identificado más de seiscientas cuarenta clases diferentes de peces allí, pero muchas de esas extrañas criaturas submarinas aún no han sido clasificadas.
Me quedé dormida con el romper de las olas y las cigarras, y me desperté con el sonido de las olas al romper y el canto de los pájaros.
Deseaba más que nada quedarme en Atauro el resto de mi vida, al igual que Safi: escapar de los plazos, los billetes de avión y el ajetreo y el bullicio, quizás empezar a escribir poemas, pero sobre todo no hacer nada.
Beber té y escuchar el paso del tiempo, que tarde o temprano acaba con todos nosotros.
Las olas se estrellaban contra la borda de la pequeña lancha motora.
Tanto el conductor como yo hacía rato que estábamos empapados.
El parabrisas bajo no ofrecía más que una protección simbólica contra los elementos.
Me lo habían advertido: el mar estaba agitado en esa época del año, y el estrecho que separa Dili y Atauro es casi tan ancho como el canal de la Mancha.
Me aferré a la borda con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos; la lancha cabeceaba, y el casco de plástico resonaba con cada golpe contra el mar.
En un compartimento debajo del parabrisas había un montón de chalecos salvavidas naranjas.
El conductor de la lancha no llevaba ninguno, y pensé que ya era demasiado tarde para ponerme uno; habría evidenciado, en cierto modo, que no confiaba en sus habilidades.
Habría sido admitir que tenía miedo. Esa absurda muestra de cortesía y dignidad prevaleció sobre la razón, y me quedé allí sentada, aferrándome a la borda tan desprovista de chaleco salvavidas como el conductor.
La niebla de la mañana se disipó y las escarpadas montañas de Timor Oriental aparecieron en el horizonte, demasiado lejano.
Cuando todavía existía una especie de Imperio portugués, la montaña más alta de Portugal se encontraba allí, en el extremo oriental del océano Índico: Tatamailau.
El monte se eleva 2896 metros sobre el mar de Timor, donde la placa continental australiana se encuentra con la de Timor, y donde hay grandes reservas de petróleo y gas.
Australia fue el único país occidental que reconoció la ocupación indonesia de Timor Oriental, y las autoridades no movieron un dedo para detener los crímenes sistemáticos que se cometían en el país vecino septentrional.
En vez de ello, aprovecharon la oportunidad para extraer los recursos fósiles del mar de Timor y compartieron las ganancias con las autoridades indonesias.
Durante las negociaciones fronterizas con Timor Oriental en 2004, los servicios de inteligencia australianos instalaron micrófonos en el palacio presidencial de Dili para obtener información que pudieran utilizar en su beneficio.
No fue hasta 2018 cuando Australia y Timor Oriental llegaron a un acuerdo sobre la frontera marítima en el mar de Timor.
Las olas llegaban de un lado en ese momento, nos golpeaban con fuerza y el conductor se vio obligado a reducir la velocidad. La lancha se tambaleaba peligrosamente. Frente a nosotros, Timor se elevaba como el lomo rugoso de un cocodrilo.
Una vez, según la leyenda, un cocodrilo pequeño y débil había vivido en un país pobre y estéril.
El pequeño reptil soñaba con ser grande y fuerte, pero no había suficiente comida en su tierra natal, y al final se vio forzado a nadar mar adentro en busca de algo que comer.
Aunque nadó más y más lejos, no pudo, sin embargo, encontrar comida, y finalmente no tuvo más remedio que nadar de regreso a casa, aún más débil que antes.
Se echó al suelo, listo para morir, pero un niño lo salvó en el último minuto.
Este lo alimentó y lo cuidó hasta que recuperó sus fuerzas.
Un día, el cocodrilo era tan fuerte que pudo volver a partir.
Antes de alejarse nadando, le dijo al niño que podía llamarlo en cualquier momento si necesitaba ayuda.
Transcurridos unos años, el chico bajó a la playa y llamó a su viejo amigo.
El animal llegó, como había prometido, y el muchacho dijo que tenía muchas ganas de ver el mundo.
¿Podría el cocodrilo ayudarlo? Este pidió al chico que se subiera a su lomo, y juntos viajaron por el mundo durante muchos años.
Un día el cocodrilo se detuvo. Habían llegado muy muy al este.
Dijo al muchacho que su tiempo en la Tierra había terminado, pero que, para mostrar su agradecimiento, crearía un hogar para él y sus descendientes.
Poco después, el animal murió. No fue hasta su muerte cuando su cuerpo empezó a crecer; su lomo se convirtió en montañas, y las montañas, en una isla. Así es como se originó Timor.
Hasta el día de hoy, los descendientes del niño honran al cocodrilo de agua salada considerándolo sagrado, y está prohibido matarlo.
Los soldados de ocupación indonesios, por el contrario, cazaron con gusto a ese cocodrilo y vendieron su piel con grandes ganancias.
Una de las primeras cosas que hicieron las autoridades de Timor Oriental tras la independencia fue proteger al cocodrilo marino.
Desde entonces, su población ha aumentado considerablemente, como era de esperar.
Cada año mueren decenas de personas en Timor Oriental tras ser atacadas por cocodrilos de agua salada.
Es probable que las cifras sean muy inferiores a las reales, ya que muchos creen que el cocodrilo solo mata a la gente mala.
El cocodrilo marino prefiere ríos, lagos y zonas costeras, pero puede nadar largas distancias, como en la leyenda, incluso en mar abierto.
Puede medir más de cinco metros de largo y pesar más de una tonelada; ningún otro reptil crece tanto.
Me aferré a la borda de la lancha y me puse a buscar cocodrilos.
El mar estaba un poco más tranquilo entonces, y el conductor volvió a acelerar.
Pronto, muy pronto estaríamos de vuelta en la tierra donde sale el sol.