El país que casi desaparece #5
El presidente José Ramos-Horta me recibió con un bostezo en su espacioso despacho del palacio presidencial.
El hombre, de setenta y tres años, acababa de regresar de un viaje a Suiza y la semana laboral llegaba a su fin.
En lugar de un traje formal vestía una camisa tradicional tejida en colores suaves.
—Es usted quien escribe sobre el supuesto Imperio portugués, ¿no es así? Me miró con los ojos entrecerrados.
Asentí con la cabeza. El presidente lanzó una mirada preocupada a mi piel, crónicamente blanca.
—Debería usted salir al sol y dar un poco de color a su cuerpo en vez de perder el tiempo con el llamado imperio portugués —afirmó.
Su voz era profunda y ronca, sonaba como si fumara cuarenta cigarrillos sin filtro al día.
Me hizo un gesto para que me sentara en el gran grupo de sofás—.
Si se quiere hablar del imperio portugués hay que reescribir el concepto de «imperio» —declaró el presidente—.
Los portugueses comerciaban, eso era lo que los impulsaba.
Unos pocos comerciantes no forman un imperio.
—No, tiene razón —admití—. Pero usted mismo es un producto de ese... ¿cómo llamarlo? ¿Imperio comercial?
—Sí, sí, así es. Vengo de una familia mixta.
Mi padre era portugués. Estaba en la Marina; no sé exactamente qué rango tenía, pero no era un pez gordo.
En 1936 se vio involucrado en una revuelta militar fallida y lo trajeron aquí.
Nunca hablaba con nosotros, era nuestra madre la que lo hacía, así que no sé mucho de él aparte de lo que ella nos contaba, pero tampoco sabía mucho.
Mi abuelo materno también era portugués.
Era miembro de un grupo de extrema izquierda y, al parecer, fabricaba bombas.
Tras ser encarcelado lo trasladaron aquí.
Cuando era joven, Ramos-Horta soñaba con la independencia de Timor Oriental y se unió pronto al partido independentista Fretilin. De niño había tenido sueños más modestos.
—Una vez al año nos llegaba un camión con provisiones —recordó el presidente—.
El conductor era chino, porque los timorenses ni siquiera tenían bicicleta en ese momento.
¡Pero el asistente del conductor era timorense!
Su trabajo consistía en saltar de la caja del camión y asegurar las ruedas con piedras o trozos de madera para que no rodaran hacia atrás.
¡Oh, lo admiraba hasta el infinito y más allá!
Soñaba con convertirme en asistente de camionero cuando fuera mayor.
¡Imagínese poder viajar por todo el país en la parte trasera de un camión!
A los siete años, Ramos-Horta se mudó a un internado católico de un pueblo aislado en las montañas, no lejos del lugar de nacimiento de Nicolau Lobato. Toda la enseñanza se impartía en portugués, excepto la religiosa. Estaba prohibido hablar tetun.
—Como mi padre no hablaba con nosotros, yo no sabía ni una palabra de portugués, ¡ni siquiera las palabrotas!
Los sacerdotes del colegio insistían mucho en que confesáramos nuestros pecados.
Si uno tenía un pensamiento pecaminoso justo antes de morir, sin tiempo para obtener el perdón por ello, iría directo al infierno, y según los curas todos podíamos morir en cualquier momento.
Yo tenía mucho miedo al infierno. Pero ¿qué pecados puede confesar un niño de siete años?
Solía decir que me había portado mal. Si los sacerdotes me pedían que fuera más específico, decía que había dicho cosas malas de mis amigos.
Que los había llamado estúpidos y cosas así.
Como penitencia, en ocasiones me imponían rezar una avemaría.
Yo acostumbraba a rezarla al menos el doble de veces, por si acaso.
Si había algo que había olvidado confesar, estaba en el lado seguro.
Los curas de la escuela estaban más preocupados por la salvación que por la nutrición.
—¡Nos daban maíz por la mañana, al mediodía y por la noche!
Había maíz, maíz y más maíz. Ni siquiera nos daban judías, lo más parecido que tuvimos a las verduras fueron hojas de papaya.
Tienen un sabor muy amargo. De vez en cuando conseguíamos raíz de mandioca hervida.
Y los domingos nos daban arroz. Solo arroz, nada más.
Ramos-Horta salió de Timor Oriental tres días antes de la invasión indonesia.
Los mandos del Fretilin habían nombrado al joven, de veinticinco años, ministro de Asuntos Exteriores y lo habían enviado fuera del país para defender la causa de los timorenses orientales.
Su estancia en el extranjero fue más larga de lo previsto.
Durante veinticuatro años, el ministro de Asuntos Exteriores sin país viajó por el mundo y habló de Timor Oriental.
Entendió que la diplomacia y la atención de la comunidad internacional eran la clave para una solución pacífica.
Por sus esfuerzos fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1996 junto con el obispo Carlos Felipe Ximenes Belo. 4
—Mi madre estaba comprometida desde el punto de vista político, pero no sé si es de ella de quien heredé ese compromiso.
Ya desde pequeño me indignaba la injusticia.
Uno de mis primeros recuerdos es cuando, con siete años, vi a un hombre siendo castigado por los portugueses.
Lo obligaron a estar de pie bajo el sol, mirando la bandera lusa.
Todos los seres humanos nacen con sentimientos.
Algunos se vuelven muy egoístas, pero eso no significa necesariamente que sus padres lo sean.
Otros se vuelven empáticos. Creo que es innato.
Cuando tenía dieciséis o diecisiete años oí hablar por primera vez de la socialdemocracia.
Desde entonces, y hasta hoy, he estado convencido de que es la mejor y más justa forma de gobierno.
Nunca me dejé seducir por el marxismo o el leninismo, como sí lo hicieron muchos otros en el Fretilin. Esas cosas no son más que tonterías.
Al igual que su padre y su abuelo materno, Ramos-Horta tuvo problemas con la policía secreta portuguesa cuando era joven.
—Una noche salí con un estadounidense —contó—.
Después de cenar fuimos al bar de un hotel en el que abundaban los oficiales coloniales lusos.
Bebí whisky y le di a la lengua. Ataqué con arrogancia el colonialismo portugués y mentí sobre muchas cosas.
«Conozco Estados Unidos», dije. «Tengo amigos en Washington», afirmé.
La verdad era que nunca había puesto un pie en Estados Unidos.
«Si no desarrollan este lugar, es mejor que se lo den a Estados Unidos», dije luego.
«Los estadounidenses lo desarrollarán. Si ustedes no lo desarrollan, ¡haremos lo mismo que en Guinea-Bisáu! »
La fiesta tuvo lugar un sábado por la noche. El lunes, Ramos-Horta fue arrestado por la PIDE, la policía secreta, y se lo llevaron para interrogarlo.
—Tengo que decir que me impresionó su minuciosidad.
¡Todo lo que dije quedó plasmado en el informe!
Incluso se dieron cuenta de que en un momento dado me acerqué a la ventana para comprobar si los cabrones de la PIDE habían puesto a alguien a escuchar fuera.
Lo confesé todo menos lo último. —El presidente rio con voz ronca—.
Me acusaron de dos delitos: oponerme al orden establecido incitando al terrorismo y querer entregar el Timor portugués a los estadounidenses.
Ambas acusaciones eran muy graves. Tenía diecinueve años. Me enviaron a Mozambique.
Allí había guerra, y Ramos-Horta estaba en edad de reclutamiento. No deseaba morir en la selva por los amos coloniales portugueses. Tras dos años en Mozambique encontró un resquicio legal: los ciudadanos de otras provincias portuguesas tenían derecho a servir en la suya de origen.
—El general entendió de inmediato por qué quería que me enviaran a casa, a Timor Oriental, porque allí no había guerra, pero fue buena persona y me selló los papeles, y me permitieron irme.
Mis problemas con las autoridades lusas no habían terminado de ninguna manera, continuaron hasta que se fueron, en 1975.
Así que esa fue la historia de lo que ustedes llaman el Imperio portugués.
Yo lo llamo el no Imperio portugués. ¡Tiene que incluir eso en su libro! ¡El no Imperio portugués!
El presidente volvió a bostezar y miró su reloj.
—Lo siento, he de irme. Tengo una reunión con una delegación indonesia y ya llego tarde.
—¿Puedo hacerle una última pregunta?
El presidente asintió soñoliento.
—Viajó por el mundo durante veinticuatro años presionando para lograr la independencia de Timor Oriental. ¿Nunca perdió la esperanza?
—No, la verdad es que no. Nunca. Viví y sobreviví por la esperanza, por la ilusión de que Timor Oriental algún día sería independiente.
—Y tenía razón.
—Llevó su tiempo... —Ramos-Horta se levantó y me estrechó la mano para despedirse—. El no Imperio portugués. Inclúyalo. Y tome un poco el sol.
Después, el presidente de Timor Oriental se apresuró para llegar a la reunión con la delegación indonesia.
El pequeñísimo avión tenía espacio para siete pasajeros, pero yo tenía toda la cabina para mí sola.
El piloto, australiano, ahuyentó un mosquito y se dirigió a la pista.
Debajo de nosotros aparecieron cien mil tejados de chapa ondulada, azules, verdes, rojos, rosas; desde el aire parecían ladrillos de Lego en el suelo de una habitación infantil.
A través de la ventanilla ovalada podía ver el mar gris plateado, justo detrás de las laderas boscosas de las montañas. Entonces aterrizamos.
Había un tuctuc esperándome en la pista que me llevó por un camino de tierra recto y polvoriento hasta el sencillo hotel de playa.
Barry, el hotelero australiano, me recibió eufórico.
Mientras tomaba café me contó toda la historia de su vida.
En Atauro no suceden muchas cosas, y después de la pandemia habían pasado aún menos.