El país que casi desaparece #4
Timor Oriental es uno de los países más jóvenes del mundo, y su población también se encuentra entre las más jóvenes del planeta.
Más de la mitad de sus habitantes nacieron tras la liberación de Indonesia.
¿Cuántos años, no, cuántas generaciones se necesitan para que sanen los traumas y las heridas de una nación?
Al bajar por las empinadas laderas, Edy se detuvo varias veces. Olía a quemado.
—¿Pasa algo? —pregunté.
—No —aseguró Edy sonriendo—. Todo está en perfecto orden.
Cuando llegamos a la carretera principal se volvió hacia mí:
—Erika, tenemos que devolver el coche. Los frenos apenas responden y la tracción a las cuatro ruedas no funciona en absoluto.
Al día siguiente volvimos a subir a las montañas con un coche de alquiler nuevo.
En los bordes de las acequias abundaban las acacias, los árboles del pan, los de aguacate, las palmas de plátano y los arbustos de café.
A primera vista, Timor Oriental aparenta ser un jardín del edén, pero el suelo es más árido de lo que parece y la isla sufre sequías frecuentes.
Además, durante gran parte del año es demasiado peligroso salir al mar en pequeños barcos de pesca.
La mayoría de la gente sobrevive con una dieta monótona a base de raíz de mandioca, maíz y arroz.
Según la Organización Mundial de la Salud, la mitad de los niños de Timor Oriental tienen retraso en el crecimiento debido a la mala nutrición, casi una cuarta parte de las mujeres en edad fértil están anémicas y más del 8 % de la población sufre desnutrición aguda.
La comida en la mesa no está garantizada: todos los timorenses orientales saben muy bien que las cosechas pueden malograrse con facilidad.
Probablemente por eso tienen tantos rituales relacionados con la lluvia y las verduras.
Ese domingo estaba dedicado al tallo de la judía.
George, un joven con una risa contagiosa y entrecortada, vestido con pantalones vaqueros y un sombrero de cowboy que nunca se quitaba, me condujo por un estrecho camino rural pasando por pequeñas casas y huertos.
Su padre era el hombre más santo de la aldea y estaba a cargo de todos los rituales en kilómetros a la redonda.
En la cima de una pequeña colina se habían reunido un grupo de personas.
En medio de la multitud, el padre de George y otro hombre santo estaban sentados en esteras separadas.
Sus labios tenían un color rojo anaranjado por las nueces de betel, como los de todos los demás; el suelo estaba manchado de rojo por los escupitajos.
Frente a los dos hombres santos se había clavado una estaca, de la que colgaban trozos de tela tejida de diferentes colores, tomados de las casas santas de la aldea, así como plumas de ave y tallos de judía.
Junto al madero había botellas de agua, cerveza, una cesta con huevos y otra con judías, además de joyas y un pequeño espejo.
Cerca de la estaca había una piedra redonda del tamaño de una sandía.
—El espíritu de oración habita en esa piedra —explicó George.
Los adultos de la aldea se sentaron en círculo alrededor de los hombres santos.
Los niños corrían inquietos de un lado a otro; en total había unas treinta personas.
Entregué al padre de George la botella de whisky que habíamos comprado en el mercado antes de irnos.
Se le iluminó la cara y proclamó que en ese momento éramos parte del ritual, que teníamos que quedarnos y presenciarlo todo.
Un joven sacó sillas de plástico verdes para George y para mí, y nos sentamos a la sombra de un cafeto.
—Está prohibido comer judías hasta que se haya hecho el ritual —explicó George—. Dentro de un mes también tendremos otro para el maíz. Hasta entonces nadie puede comerlo.
Una gallina blanca como la tiza pasó de mano en mano.
La gente le acariciaba las plumas mientras murmuraban en voz baja, luego se la daban a la persona que tenían al lado.
La gallina terminó su viaje con el padre de George, que salmodió sobre ella durante un buen rato.
Luego la agarró por el cuello y apretó con fuerza.
Cuando dejó de moverse le cortó el pescuezo y dejó que la sangre goteara sobre la piedra sagrada.
Un asistente metió la mano en el cadáver y sacó los intestinos.
El padre de George y su colega los examinaron con detenimiento.
Al final sonrieron ampliamente y todos aplaudieron aliviados.
—Era la gallina comunitaria —explicó George—. Es para todo el pueblo.
Luego llegó el momento de los sacrificios privados.
Por turnos, los aldeanos entregaron una gallina al padre de George y le hicieron las preguntas sobre lo que los inquietaba, sobre el futuro, la salud y la educación, pero solo podían hacer una pregunta por gallina.
Los hombres santos fueron asistidos por un par de aldeanos; se necesita tiempo para asfixiar a treinta gallinas.
Los asistentes sostenían en una mano una gallina que no paraba de moverse; la otra la tenían libre para gesticular, fumar, beber cerveza o lo que fuera que hicieran para entretenerse mientras tanto.
Una vez muerto el animal se repetía el sangrado y la inspección de las entrañas.
—Buscan una pequeña protuberancia —dijo George riéndose—.
Si las gallinas la tienen es una buena señal.
Si no, pues no es tan bueno. ¡Tienes que volver en abril!
Entonces habrá un ritual que dura cuatro días.
Bailamos para las estrellas y la luna y sacrificamos muchos animales.
Todo el mundo lleva trajes tradicionales.
—Siempre hemos hecho esto —explicó el padre de George en el idioma local del pueblo.
George tradujo al inglés—. Incluso cuando estaban aquí los portugueses.
Y también cuando estaban los indonesios.
Esta es nuestra naturaleza, nuestra tierra.
Si queremos que los espíritus y la naturaleza estén de nuestro lado, tenemos que hacer esto.
Las gallinas estaban siendo sacrificadas en serie, una tras otra. ¿Cuántas iban ya? ¿Quince? ¿Veinte? Había perdido la cuenta.
—¿Tu padre es cristiano? —pregunté a George.
Me miró con incredulidad.
—Por supuesto que es cristiano. Todos somos católicos. Esta mañana, temprano, hemos estado en la iglesia.
Antes de la ocupación indonesia, solo alrededor del 20 % de los habitantes de Timor Oriental eran cristianos.
En pocos años la cifra ascendió a más del 90 %, en gran parte porque durante la ocupación muchos sacerdotes y monjas defendieron valientemente a la población con sus propias vidas, y las iglesias se convirtieron en lugares de refugio donde la gente podía reunirse.
En 1989, el papa Juan PabloII visitó Timor Oriental, siendo el primer jefe de Estado extranjero que lo hacía desde 1975.
Para no ofender a sus anfitriones indonesios no besó el suelo a su llegada, como solía hacer, lo que podría haberse interpretado como que reconocía a Timor Oriental como Estado soberano, sino que besó una cruz y dejó que esta tocara el suelo.
Dos mujeres jóvenes se acercaron a nosotros y dijeron algo a George.
—Nos preguntan si queremos café —tradujo.
Seguimos a las mujeres hasta una casa cercana. Sobre una mesa larga había grandes cuencos con arroz, pollo y verduras.
—¿Eso es el café? —pregunté.
—¡Sí! —George se echó a reír—. Si te hubiéramos invitado a comer, es posible que hubieras dicho que no, ¡pero nadie dice que no al café! Así lo hacemos aquí.
Después, George me llevó a la antigua residencia del gobernador portugués, una majestuosa villa encalada rodeada de un jardín del tamaño de un parque. Estaba situada en una colina con vistas panorámicas de las montañas y valles circundantes.
—Antes había cinco casas santas aquí —dijo George, y por una vez no sonrió—. Mi padre fue obligado a participar en la construcción de la villa. Durante el periodo colonial trabajó como cartero para los lusos. Lo golpeaban si el correo no llegaba a tiempo.
De regreso al pueblo de George pasamos por un colorido cementerio. La mayoría de los monumentos funerarios estaban revestidos de azulejos portugueses en todas sus superficies, en diferentes colores y con diseños elaborados.
—Las tumbas son las casas de los muertos —explicó George—. Si no están satisfechos con la casa pueden perseguirnos en sueños y causar enfermedades y desgracias.
—¿Qué pasa con todos los que murieron durante la ocupación y nunca tuvieron una tumba? —pregunté.
—Sus almas viven en nuestras casas santas. Por eso son tan importantes para nosotros.
En el viaje de regreso a Dili, los frenos funcionaron a la perfección. Edy me llevó a las afueras del centro de la ciudad y se detuvo en un aparcamiento polvoriento. Había hombres reunidos en pequeños grupos, gesticulando con entusiasmo. No había mujeres.
—Algunos de ellos vienen aquí todas las noches —contó Edy—. La mayor parte del tiempo lo pasan así, negociando. Tienen que ponerse de acuerdo sobre qué gallos van a pelear, por cuál apostar y cuánto. Eso lleva su tiempo...
Ninguno de los hombres se fijó en nosotros.
Discutieron largo y tendido. Los billetes cambiaron de manos.
Entonces todo sucedió rápido. Los dueños de los gallos de pelea elegidos ataron la hoja de un cuchillo con forma de garra a una de sus patas.
Luego los llevaron a un pequeño cuadrilátero de cemento y los soliviantaron levantándolos y chocándolos entre sí un par de veces. Después los soltaron.
Tras ocho segundos todo había terminado. Un gallo le había hecho al otro un corte profundo en el abdomen. El herido se había retirado y, por lo tanto, había perdido.
Algunos hombres estallaron en júbilo. Otros guardaron un silencio absoluto. Había 500 dólares en el bote, cuatro veces el salario mínimo mensual.
Antes de que pudiéramos volver al coche los apostantes ya estaban discutiendo la próxima pelea de gallos.