Los navegantes El país que casi desaparece #3
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El país que casi desaparece #3

—Mi familia era pobre —contó Pedro—. Teníamos una pequeña parcela en la que cultivábamos raíz de mandioca.

Nosotros, los niños, caminábamos hasta Dili para vender nuestros productos; íbamos de casa en casa vendiendo verduras.

¿Que si fui a la escuela? Mis padres ni siquiera podían pagar los impuestos a los portugueses, ¿cómo podían permitirse enviar a sus hijos al colegio?

Sucedió que la gerencia de la administración se presentó aquí y golpeó a mis padres con palos porque no habían pagado lo que debían.

Los lusos causaron sufrimiento entre el pueblo.

Por eso la gente se levantó contra ellos en 1974.

Yo mismo fui miembro del Fretilin desde el principio.

Toda la familia formó parte del movimiento de resistencia.

Los asistentes observaban en completo silencio desde la pared.

—Nos alegramos mucho cuando se fueron los portugueses —continuó—. El 28 de noviembre izamos la bandera del Fretilin. Pero el 7 de diciembre llegaron los indonesios.

A principios de ese otoño, el Comité Central había ordenado a Pedro y a un pequeño grupo de cómplices que reunieran armas y se las llevaran a Nicolau Lobato. El 7 de diciembre se les ordenó tomarlas y custodiar el pueblo.

—El ataque fue completamente inesperado —dijo Pedro—.

Los indonesios mataron a todos los que se cruzaron en su camino.

Aprendí a usar armas de fuego. Primero una máuser, pero luego conseguí una pistola mejor, y después otra aún mejor.

Al final nos rodearon los indonesios, y cuando se nos acabaron las municiones nos hicieron prisioneros.

Me llevó un rato comprender que eso sucedió en 1979.

Intenté que me contara con más detalle lo que sucedió durante los cuatro años que luchó con la guerrilla, pero hizo caso omiso de mis preguntas y, en cambio, me habló de su tiempo en cautiverio.

Más tarde, cuando volvimos al coche, Maria me dio más detalles.

Dijo que su padre salvó a todo el pueblo y trasladó a la gente a un lugar seguro, y que disparó desde un caballo a galope tendido, como en una película del Oeste.

—Los dos primeros meses de cautividad pudimos comunicarnos con los luchadores por la libertad de las montañas —dijo Pedro—.

Cuando los indonesios lo descubrieron nos pegaron.

Si no seguíamos las reglas podían dejarnos atados al sol todo el día, sin ropa.

Una vez me golpearon en la espalda con una pistola y oriné sangre durante veinticinco días.

Cuando me dejaron salir me mantuvieron bajo vigilancia.

Durante años estuve yendo y viniendo entre la prisión, el campo de trabajos forzados y el pueblo.

Si salía de este último, alguno de los vecinos me delataba.

Había mucha gente que colaboraba con la potencia ocupante.

—Nosotros, los niños, también lo pasamos mal durante ese periodo —agregó Maria—.

A menudo no teníamos comida. Todos los días comíamos raíz de mandioca.

Si los indonesios venían y mi padre no estaba en casa, nos reunían y se quedaban allí apuntándonos con sus armas hasta que él regresaba.

Presencié varias veces cómo lo maltrataban.

Se sentaban en esta silla en la que yo estoy sentada ahora y le colocaban las patas en los dedos de los pies para que se le cayeran las uñas.

Lo marcaban con cigarrillos y le pegaban.

Luego se lo llevaban atado boca arriba en la parte trasera de un camión junto con muchos otros, como si fueran ganado.

Y así siguió, yendo de un lado a otro, con constantes detenciones, denuncias, visitas domiciliarias y violencia hasta el referéndum de 1999.

Tras el final de la Guerra Fría, el mundo por fin abrió los ojos a lo que ocurría en Timor Oriental.

La falta de atención no se debió solo a la ideología de ese periodo histórico, sino también a una estrategia deliberada por parte de los indonesios.

Durante la ocupación fue casi imposible para los periodistas obtener permisos de entrada.

El genocidio se desarrolló en un silencio ensordecedor.

En el otoño de 1991, una delegación oficial de Portugal tenía previsto visitar Timor Oriental, y una comitiva de periodistas internacionales iban a documentarlo.

Los dirigentes indonesios negaron el permiso de entrada a uno de los reporteros, y Portugal acabó cancelando la visita.

En los días posteriores a la cancelación aumentaron las tensiones entre las autoridades y los jóvenes independentistas de Timor Oriental.

El 28 de octubre, mientras se celebraba una reunión en una iglesia, hubo un enfrentamiento.

Durante los disturbios, el activista proindonesio Afonso Henrique, de treinta años y padre de cuatro hijos, fue apuñalado y asesinado.

El independentista Sebastião Gomes, de dieciocho, fue sacado a rastras de la iglesia y abatido a tiros por soldados indonesios.

Dos semanas después se llevó a cabo un acto conmemorativo para homenajear a Gomes.

Varios miles de personas caminaron juntas desde la iglesia hasta el cementerio de Santa Cruz, donde había sido enterrado el joven.

Los soldados indonesios se apostaron en los muros que rodeaban el cementerio y empezaron a disparar contra los manifestantes, que solo iban armados con banderas de Timor Oriental.

Al menos doscientos setenta de ellos, en su mayoría jóvenes, fueron acribillados a balazos esa tarde.

Por primera vez, los crímenes de Indonesia en Timor Oriental fueron inmortalizados en una película.

Dos periodistas estadounidenses y el camarógrafo británico Max Stahl se encontraban entre los reporteros que habían viajado a Timor Oriental para cubrir la visita de la delegación portuguesa.

Ya estaban allí cuando esta se canceló, y el 12 de noviembre estuvieron presentes en el cementerio.

Stahl filmó toda la masacre y logró enterrar el rollo de película antes de ser detenido por los soldados.

Cuando aterrizaron en Australia, Stahl y los periodistas norteamericanos fueron registrados tras un aviso de las autoridades indonesias.

Habían sospechado que eso podía suceder, por lo que habían sacado el rollo de película fuera del país con un colega neerlandés.

Llegó a Europa sin problemas, y al año siguiente los televidentes de todo el mundo pudieron ver In Cold Blood: The Massacre of East Timor .

La masacre de Santa Cruz provocó una fuerte presión internacional sobre los dirigentes indonesios.

En 1999, un año después de la dimisión de Suharto, Indonesia acordó celebrar un referéndum sobre el destino de Timor Oriental.

La participación fue del 98,93 %. El 78,5 % votaron a favor de la independencia.

—Tras el referéndum, los indonesios intentaron quemar nuestra casa —recordó Maria—.

Prendieron fuego al almacén de café, en la habitación de al lado.

Por suerte pudimos apagarlo y salvar el resto de la casa.

Era demasiado peligroso quedarse en el pueblo, así que nos echamos al monte.

Durante varios meses dormimos en una cueva.

Solo cuando las fuerzas de las Naciones Unidas se hicieron con el control fue seguro regresar.

La libertad tuvo un precio. Pedro perdió a sus padres y a sus ocho hermanos bajo la ocupación indonesia. Uno de sus hermanos fue asesinado por soldados del Gobierno. Los demás murieron de hambre en los primeros años del dominio indonesio.

—No siento ninguna amargura —dijo Pedro—. Lo más importante es que logramos la independencia.

—¿Alguna vez perdió la esperanza por el camino? —pregunté.

—No, nunca perdimos la esperanza. Seguí ayudando lo mejor que pude, a pesar de que ya no podía luchar activamente tras mi arresto.

Envié medicinas, ropa y dinero a los luchadores por la libertad tan a menudo como pude.

Incluso después de que Xanana Gusmão fuera capturado, sus seguidores continuaron luchando.

Xanana Gusmão fue miembro del Fretilin desde el principio y con el tiempo se convirtió en el líder de los luchadores por la libertad en las montañas.

A raíz de la masacre en el cementerio de Santa Cruz concedió entrevistas a varios medios de comunicación importantes y se convirtió en un rostro conocido en todo el mundo.

Al año siguiente, en 1992, fue capturado en una operación militar a gran escala y condenado a veinte años de prisión.

Hasta desde la cárcel logró llamar mucho la atención sobre el caso de Timor Oriental.

En 1999 fue liberado y dirigió el Gobierno de transición liderado por las Naciones Unidas, y en 2002 se convirtió en el primer presidente electo de Timor Oriental.

Lo sucedió José Ramos-Horta, que fue presidente de 2007 a 2015.

Gusmão fue primer ministro durante ese periodo.

En 2022, Ramos-Horta fue reelegido presidente, y en 2023, Gusmão, que entonces tenía setenta y ocho años, regresó al cargo de primer ministro.

Aunque no lo parezca, Timor Oriental es considerado uno de los países más democráticos de Asia.

Les di las gracias por la entrevista y los asistentes estallaron en un aplauso espontáneo. Antes de volver a Dili tomamos más café y más aguacate. En el coche, Edy, el conductor, dijo que planeaba unas pequeñas vacaciones. Pensaba dónde iría.

—Hay vuelos baratos a Bali —sugerí sin pensar.

—Bali está en Indonesia —dijo Edy con tono sombrío—. En 1999, mi abuelo fue asesinado por una milicia local. Varios años después lo encontraron en una letrina, junto con otras dos personas asesinadas. El hombre que mató a mi abuelo vive ahora en Indonesia. No quiero ir allí. Jamás.