Los navegantes El país que casi desaparece #2
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El país que casi desaparece #2

El vuelo a Dili fue casi tan corto como el trayecto en tuctuc hasta el aeropuerto.

Tras una media hora en el aire, nos preparamos para aterrizar en la capital de Timor Oriental, y un mosaico de tejados de hojalata oxidados apareció debajo de nosotros.

En las afueras de la ciudad, en lo alto de un acantilado, la estatua del Cristo Rei, de veintisiete metros de altura, alzaba los brazos al cielo.

Esa figura de cobre fue un obsequio del presidente indonesio Suharto al pueblo timorense en 1996, cuando Timor Timur todavía era una provincia indonesia.

Tres años después, las fuerzas indonesias quemaron y destruyeron entre el 70 y el 80 % de todos los edificios de Timor Oriental, como una especie de amargo regalo de despedida. La estatua permaneció intacta.

La avioneta se dispuso a aterrizar en el aeropuerto Nicolau Lobato.

El conductor me llevó al centro de la ciudad por la ancha y concurrida calle del mismo nombre.

En la primera rotonda a la que llegamos había precisamente una enorme estatua de Nicolau Lobato.

No hacía falta saber nada de él para darse cuenta de que era un héroe revolucionario.

La escultura vestía uniforme guerrillero y en una mano sostenía un kalasnikov, mientras que con la otra alzaba victoriosa la bandera de Timor Oriental.

Su pierna derecha estaba adelantada con dinamismo, como si estuviera a punto de escalar una montaña.

A diferencia de las colonias africanas del continente, en el Timor portugués no hubo guerra de liberación. A lo largo de los años se produjeron numerosas rebeliones, pequeñas y grandes, pero todas fueron reprimidas con brutalidad.

Después de la Revolución de los Claveles en abril de 1974, el Gobierno luso abogó por una rápida descolonización de los territorios de ultramar.

En las antiguas colonias se permitieron los partidos políticos, y en Timor Oriental surgieron enseguida tres que iban en direcciones muy diferentes.

La UDT, la Unión Democrática Timorense, quería que Timor Oriental siguiera siendo un protectorado portugués.

El Fretilin, el Frente Revolucionario para un Timor Oriental Independiente, era, como su nombre indica, de orientación socialista y luchaba por un Timor Oriental libre.

Pronto se convirtió en el partido más popular del país.

Una organización menor, la Apodeti, la Asociación Popular Democrática Timorense, creía que Timor Oriental era demasiado pequeño y vulnerable para poder arreglárselas por sí solo, y argumentaba que lo mejor era seguir formando parte de Indonesia. Nunca llegó a ser muy popular.

En agosto de 1975, una facción de la UDT tomó el poder en Dili y empezó a arrestar a miembros del Fretilin, que respondió empuñando las armas.

Las fuerzas portuguesas del lugar eran demasiado pocas para controlar la situación y se retiraron a Atauro, una pequeña isla justo al norte de la capital.

El Fretilin declaró la victoria el 28 de noviembre y Nicolau Lobato se convirtió en el primer primer ministro de la República Democrática de Timor Oriental.

La euforia duró poco. Tan solo nueve días después, Indonesia invadió Timor.

La operación Lotus es la mayor operación militar jamás lanzada por el ejército indonesio.

Los timorenses orientales no tenían ninguna posibilidad.

Indonesia atacó por aire, mar y tierra, con el consentimiento tácito de Estados Unidos.

El día antes de la invasión, el presidente Gerald Ford y el secretario de Estado Henry Kissinger habían tenido una breve reunión con el presidente Suharto en Yakarta cuando regresaban de Pekín.

Este último los había informado de que la invasión de Timor Oriental era inminente.

Los estadounidenses respondieron que lo mejor sería que la ocupación comenzara después de que ellos se hubieran ido, enfatizando la importancia de la eficiencia: «Hagan lo que hagan, deben tener éxito rápidamente». 2

El mismo día que Indonesia atacó se oyó el siguiente mensaje de radio en Darwin, en el norte de Australia: «Los soldados indonesios están matando sin piedad.

Están fusilando a mujeres y niños en las calles.

Nos van a matar a todos. Repito, nos van a matar a todos.

Esta es una petición de ayuda a la comunidad internacional.

Esto es un SOS. Hacemos un llamamiento al pueblo australiano y a la gente de todo el mundo. Por favor, ayúdennos». 3

La comunidad internacional no escuchó. Los timorenses orientales fueron abandonados a su suerte.

La ocupación indonesia de Timor Oriental es una de las más brutales de los tiempos modernos.

La Comisión para la Inclusión, la Verdad y la Reconciliación de Timor Oriental ha determinado que al menos ciento dos mil ochocientas personas, posiblemente hasta ciento ochenta y tres mil, murieron como resultado directo de los veinticuatro años de invasión.

La mayoría de las víctimas fueron asesinadas por soldados indonesios.

Además, decenas de miles de personas murieron de hambre durante los primeros años de ocupación.

En 1975, Timor Oriental tenía una población de poco más de setecientos mil habitantes.

Incluso la estimación más conservadora implica que el 15 % de la población fue asesinada.

El Fretilin huyó a las montañas y continuó la resistencia desde allí.

Luchó con valentía, pero combatía en una batalla que no podía ganar, al menos no militarmente.

A finales de los años setenta del siglo pasado, solo tres de los cincuenta y dos miembros del Comité Central seguían vivos.

En la víspera de Año Nuevo de 1978, Nicolau Lobato fue asesinado a tiros en un ataque desde un helicóptero indonesio.

Su cuerpo fue trasladado a Dili para que la prensa indonesia pudiera fotografiarlo.

No se sabe qué pasó con él después. Las autoridades de Timor Oriental han pedido de manera reiterada a los dirigentes indonesios que les faciliten información sobre los restos mortales de Lobato para que el que fuera el primer primer ministro del país pueda tener un entierro digno.

Así que no pude visitar la tumba de Lobato, pero sí el pueblo del que procedía.

Maria Freitas, una mujer de mi edad, delgada y con aspecto juvenil, con el pelo negro como el carbón y largo hasta los hombros, se unió a nosotros como intérprete y facilitadora; trabajaba en la embajada de Estados Unidos y hablaba inglés con fluidez.

Maria sugirió que entrevistáramos a su padre, Pedro, que luchó junto a Lobato durante la ocupación.

Por recomendación expresa de Maria alquilé un 4×4 para la excursión, ya que el pueblo estaba en las montañas. El camino era tan empinado que a veces parecía que íbamos a volcar hacia atrás. Edy, el joven conductor, se limitaba a sonreír. Cuanto peor se ponía el terreno, más sonreía.

El aire de la montaña era notablemente más fresco que el sofocante de la capital.

La casa de la familia de Maria era tan grande que resultaba difícil mantenerla caliente en invierno.

Una colorida camioneta estaba estacionada junto a la pared de la vivienda.

La mitad del parabrisas estaba cubierto con letras brillantes: LOVE STORY .

El patio estaba lleno de gente y animales; las gallinas deambulaban en busca de comida, un cerdo nos miraba con curiosidad, un caballo estaba atado a un árbol, un par de perros dormían al sol.

Niños y adultos de todas las edades rondaban por allí.

El café estaba listo cuando llegamos, y poco después el almuerzo estaba en la mesa: arroz, pollo, verduras y todo el aguacate que pudiéramos comer, porque era plena temporada.

Los aguacates de esos lares eran marrones y grandes como melones, y sabían más a aguacate que ningún otro que yo hubiera probado hasta entonces.

El padre de Maria se presentó con una camisa batik recién planchada, listo para ser entrevistado.

—Quítatela, papá —ordenó Maria, y su padre, obedientemente, desapareció en el dormitorio para cambiarse—. No creo que sea apropiado que lleve una camisa batik indonesia durante la entrevista —dijo dirigiéndose a mí.

La conversación iba a tener lugar en la habitación contigua. Maria y yo nos sentamos en nuestras sillas, y su padre, ya con una camisa blanca neutra, lo hizo en la tercera. El resto de los adultos de la familia se sentaron con solemnidad a lo largo de la pequeña pared.

Comencé preguntando en qué año nació su padre.

La pregunta provocó cierto revuelo. Maria ordenó a su hermano que buscara el certificado de nacimiento de uno de los niños, pero los números eran ilegibles, por lo que empezó una nueva búsqueda del documento de identidad.

Mis protestas cayeron en saco roto. Al final se aclaró el asunto: Pedro Freitas nació el 12 de febrero de 1957.

Su padre hablaba en tetun y Maria traducía al inglés.

Si él hablaba durante demasiado tiempo, ella lo regañaba.

Pedro la obedecía sin rechistar. Tenía su propia autoridad, discreta, y no parecía sentirse amenazado por el comportamiento un tanto mandón de su hija.

Maria era la única de la familia con estudios; medio en broma, medio en serio, sus hermanos la llamaban «malay», extranjera.