Los navegantes El país que casi desaparece
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El país que casi desaparece

El país que casi desaparece

Había volado a Kupang, en el extremo oeste de la isla, en la actual Indonesia.

Los portugueses se establecieron allí a mediados del siglo XVII tras ser expulsados de las islas vecinas por los neerlandeses.

Unos años más tarde también fueron expulsados de Kupang y se trasladaron unos cien kilómetros más al este, a la zona que hoy constituye Oecusse-Ambeno.

Allí se asentaron, atraídos por el fragante aroma del sándalo.

A mediados del siglo XIX, durante las disputas fronterizas con los Países Bajos, Portugal vendió a los neerlandeses sus últimos asentamientos en las islas menores de la Sonda (Adonara, Flores y Solor).

A cambio se le permitió conservar el Timor portugués, el actual Timor Oriental, incluyendo el territorio de Oecusse-Ambeno.

Ese exclave es ligeramente más grande que Singapur en extensión y está separado del resto de Timor Oriental por unos setenta y cinco kilómetros.

Durante casi cuatrocientos años, el Timor portugués fue la colonia más remota del Imperio luso: la antigua colonia se encuentra más al este que Macao y tan al sur que está más cerca de Australia que de Yakarta.

El nombre Timor proviene de la palabra indonesia timur, que significa «este»: en indonesio, el país se llamaba anteriormente Timor Timur, es decir, «Este Este».

En portugués, ahora se llama Timor-Leste; leste también significa «este».

Los timorenses orientales son más poéticos.

Llaman a su país Timór Lorosa’e, «Donde sale el sol».

Un fuerte aguacero convirtió las calles en ríos.

Cuando el sol volvió a asomar, la pausa para el almuerzo había terminado a ambos lados de la frontera, y me sellaron la salida de Indonesia.

Un corto puente lleno de baches de asfalto constituía la tierra de nadie entre los puestos fronterizos.

Yo fui la única que cruzó la frontera y me hicieron señas para que entrara en un pequeño edificio administrativo.

Una enfermera con mascarilla se aseguró de que rellenara correctamente el formulario de salud.

—Responda que no —me instruyó cuando llegué a la pregunta de si tenía covid-19—.

Responda que no —repitió cuando abordé las relativas a fiebre y problemas respiratorios.

Hice lo que me dijo y me dirigí al oficial de control de pasaportes, quien con desgana me selló la entrada en Timor Oriental.

Un funcionario de aduanas echó una mirada indiferente a la ropa sucia de mi maleta y me indicó que siguiera hacia la salida.

—¿Dónde puedo encontrar un taxi? —pregunté al guardia fronterizo que fumaba fuera del edificio administrativo.

—¿Taxi? —Me miró sorprendido—. Aquí no hay taxis.

—¿Es posible llamar a uno?

—Creo que no me entiende —dijo el guardia, apagando el cigarrillo—. No tenemos taxis aquí en Oecusse. Solo motocicletas.

—No puedo llevar mi equipaje en una motocicleta —dije.

Echó un vistazo a mi maleta.

—No, no puede —concluyó—. A veces hay tuctucs por aquí. —Se protegió los ojos con una mano y miró esperanzado al exterior, pero el aparcamiento estaba vacío—. Puede esperar dentro con nosotros si quiere —sugirió.

—¿Esperar a qué? —pregunté.

—A que venga un coche.

Regresé al puesto fronterizo y me dispuse a esperar.

Los funcionarios de aduanas y el oficial de control de pasaportes estaban sentados en sus respectivas sillas, inmersos en sus teléfonos móviles.

La enfermera apareció por la puerta y encendió un cigarrillo.

Por turnos, me hicieron preguntas sobre Noruega; querían saber cuánto frío hacía allí en invierno y cuánto calor en verano, cuál era el salario medio y cuánto costaba un kilo de carne.

Por alguna razón, eso es lo que siempre se pregunta la gente. Cuánto cuesta un kilo de carne.

—¿Cree que llegará pronto un coche? —pregunté.

—Claro, no se preocupe —respondió la enfermera, y encendió otro cigarrillo—. Todavía quedan unas horas para que cerremos.

Después de una hora aparecieron dos coches a la vez.

Un hombre de negocios que había ido a recoger algunas mercancías me llevó a la ciudad, Pante Macassar.

La carretera parecía nueva, con dos carriles en cada sentido.

Durante la media hora que duró el trayecto no nos cruzamos con ningún otro coche.

El empresario señalaba y explicaba: «Ahí tiene la iglesia», «ese puente es nuevo», «antes había una iglesia ahí, y allí hay otra».

Cuando nos acercábamos al centro, si es que se podía llamar centro a aquellas calles anchas y desiertas, el hombre de negocios miró su reloj.

—El ferri que voy a tomar a Dili sale dentro de veinte minutos —comentó.

—Oh, entonces tiene que darse prisa —le dije, y le sugerí que me dejara en la primera y mejor intersección.

—No, no se van a ir sin mí —dijo—. Soy el dueño del ferri.

Me dejó en la puerta del convento dominico.

Un perro me siguió con cautela hasta el gran jardín.

El monasterio parecía desierto y abandonado, construido en otro tiempo para otro tiempo.

Estaba a punto de darme por vencida cuando vi a una niña.

Corrió a buscar a una monja, quien me mostró una sencilla habitación de huéspedes y me explicó en un susurro las normas del convento.

Un amigo de un amigo lo había arreglado para que Rodrigo, un joven profesor, me enseñara Pante Macassar.

Fue cosa de un momento. Me senté en la parte trasera de su motocicleta todoterreno y unos minutos después nos detuvimos en el monumento más grande de la ciudad.

Estaba en la playa y constaba de un velero de hormigón, tres marineros portugueses, un sacerdote y un capitán a tamaño natural.

Este último tenía un documento enrollado en una mano y una espada en la otra.

Tres representantes de la población local, vestidos con plumas y taparrabos, salían al encuentro del capitán.

El monumento se erigió para conmemorar el quinto centenario del primer desembarco portugués en Oecusse, que tuvo lugar en 1515.

Seguimos avanzando por carreteras desiertas y anchas, cruzando puentes y ríos, pasando por sencillas casitas y prados.

Las laderas de las montañas, de un verde intenso, formaban un telón de fondo espectacular.

Al otro lado de un río había una gruta sagrada, en la que se dice que se apareció san Antonio.

Rodrigo también me mostró la iglesia más grande.

Fue construida durante la época portuguesa, pero había sido restaurada de tal modo que parecía nueva.

No había mucho más que ver en Oecusse. Además, teníamos una cita con el rey.

El monarca se llamaba António Hermenegildo da Costa y vestía una camisa naranja de Lacoste, una elección adecuada para un miembro de la realeza, ya que el cocodrilo es un animal sagrado en Timor Oriental.

Tenía una barba corta y oscura y el pelo aún más corto, y vivía con su familia en una gran casa en las afueras de Pante Macassar.

El jardín albergaba las ruinas a medio excavar de un antiguo fuerte portugués.

Cuando llegamos había preparados agua y zumo en la larga mesa de la terraza.

António hablaba algo de portugués e inglés, pero prefería el tetun, el idioma más hablado en Timor Oriental, una especie de mezcla de austronesio y portugués.

—El liurai, es decir, el rey, ya no tiene tanto poder como antes —explicó el soberano António con calma—.

Pero mi presencia es importante para el pueblo y para la cultura.

Soy el jefe de la cultura local aquí, en Oecusse, y estoy presente en todos los eventos culturales.

El primer día de Pascua todos los jefes de aldea vienen aquí.

Aunque he dicho que no es necesario, me traen comida, porque la gente de aquí cree que su vida depende del rey.

También acuden a mí si hay problemas en la aldea, como, por ejemplo, disputas por propiedades y tierras.

El padre de António también había sido rey; la dignidad fue heredada por el hijo mayor.

—¿Es difícil ser rey? —pregunté.

—Ser rey es un regalo de los espíritus —respondió António—.

Los espíritus me ayudan. El rey también tenía poder bajo el dominio portugués.

Si los portugueses querían construir una carretera o un puente, primero tenían que pedir permiso al rey.

Pero ahora nuestro país es democrático y ya no tengo poder real —agregó—.

Hoy el poder recae en los representantes elegidos por el pueblo.

—¿Le siguen pidiendo consejo sobre asuntos importantes?

—Sí, por ejemplo, cuando se iba a construir un nuevo aeropuerto aquí.

Vinieron a verme y me preguntaron qué opinaba.

Pero Timor Oriental es ahora una democracia, son los políticos los que deciden —volvió a enfatizar—.

Además de ser rey, también soy el secretario regional de tierras y propiedades aquí, en Oecusse —añadió.

—¿Entonces usted también tiene poder político?

—Como secretario regional, sí. Pero como rey solo tengo poder cultural.

A la mañana siguiente cogí un tuctuc al aeropuerto.

El viaje duró un cuarto de hora por carreteras vacías y recién renovadas y costó un dólar.

Timor Oriental es el único país de Asia donde se utiliza el dólar estadounidense como moneda, lo que significa que el nivel de precios allí es generalmente más alto que en otros países asiáticos pobres, aunque los viajes en tuctuc siguen siendo baratos.

El dólar se eligió como moneda en el año 2000, justo después de que las fuerzas de ocupación indonesias se retiraran.

Se consideró que era la opción más segura para ese pequeño y jovencísimo Estado, pues era una moneda estable que se utilizaba en todo el mundo. 1