Locura por la nuez moscada #6
Yo no estaba en Yakarta para admirar la arquitectura colonial neerlandesa ni para hacer un safari por la miseria de los barrios bajos, estaba allí para visitar a otra comunidad portuguesa en vías de extinción.
La iglesia a la que me habían pedido que acudiera era una de las más antiguas de Indonesia, databa de 1747.
Ya en el nombre, Gereja Tugu, la influencia lusa era evidente.
En indonesio, iglesia se dice gereja, que procede del portugués igreja .
Había mucha actividad en el templo; todos los bancos habían sido retirados y el interior estaba lleno de andamios y trabajadores.
—Primero nos reuniremos con Erni Michiels, la antigua líder de la comunidad local —explicó Ira, el joven y enérgico guía—. Es muy mayor —advirtió—. Tiene más de setenta años.
Resultó que Erni Michiels tenía sesenta y nueve. Era menuda y delgada e iba vestida con un elegante vestido morado. Su rostro era afilado y estaba surcado por finas arrugas, llevaba el pelo corto y teñido con jena y sus dientes frontales estaban torcidos.
—Aquí hay seis familias que se apellidan Michiels —dijo Erni—. Cuando llegamos aquí tuvimos que convertirnos del catolicismo al protestantismo y adoptar nombres neerlandeses.
Cuando Malaca y Sri Lanka fueron conquistadas por los neerlandeses a mediados del siglo XVII , parte de la población local fue esclavizada y enviada a Batavia, la actual Yakarta.
Muchos de esos esclavos eran cristianos, y con el tiempo eso se convirtió en un problema moral para la Iglesia reformada neerlandesa.
En 1661 fueron liberadas veintitrés familias y se les permitió establecerse en un área delimitada y aislada en las afueras de Batavia a cambio de su conversión del catolicismo al protestantismo.
El área que se les asignó se llamó Kampung Tugu, ya que estaba fuera de los límites de la ciudad: tugu significa «pozo de piedra» en indonesio.
Una teoría alternativa sugiere que el nombre deriva de por-tugu-ês, ya que los esclavos liberados hablaban criollo portugués entre sí.
—Mis padres hablaban criollo, pero se extinguió con ellos —dijo Erni—.
El segundo presidente de Indonesia, Suharto, era muy nacionalista.
Todo lo «extranjero» era tabú. Solo conozco unas pocas palabras, como quere comi, que significa «quiero comer», y quere pasa-pasa, que significa «quiero dar un paseo».
— Pesiar también significa «pasear» en indonesio —intervino Ira—. La lengua indonesia tiene seis mil préstamos lingüísticos del portugués.
Hasta hacía dos años, Erni había sido la líder de los portugueses en Yakarta.
—Hay una asociación específica para los lusos en la región del Pacífico —explicó—.
He asistido dos veces a reuniones de esa asociación en Malaca.
Allí tienen su propio barrio portugués, que es popular entre los turistas, sí, ¿ha estado allí?
, y todavía celebran el día en que llegó el primer barco luso a Malaca.
Nosotros estamos más escondidos. Somos una joya oculta.
—¿Qué es lo más importante de la cultura portuguesa aquí en Tugu? —pregunté.
—Tenemos nuestra propia música —respondió Erni—.
La música es importante para nosotros. Y luego tenemos dos celebraciones muy especiales: rabu-rabu y mandi-mandi .
Nadie de nuestra generación sabe cómo surgieron esas tradiciones, pero a la gente de aquí le gustaba divertirse y las casas estaban bastante alejadas unas de otras, por lo que es probable que el rabu-rabu surgiera porque la gente quería empezar el nuevo año saludándose.
Tocaban música e iban de casa en casa recogiendo gente, formando así una larga fila.
Eso podía durar varios días. Después celebramos mandi-mandi .
En aquella época la gente tenía campos de arroz, y con el arroz hacían un polvo blanco que se lanzaban a la cara unos a otros, un poco como en el festival Holi de la India.
El polvo simboliza el perdón mutuo. ¡Un buen comienzo para el nuevo año!
Ira y yo cruzamos la muy transitada carretera junto a la iglesia para visitar al sobrino de Erni, Arthur Michiels. Era el líder de la banda Krontjong Toegoe y acababa de regresar de una gira por Portugal.
—El krontjong fue inventado por los portugueses de aquí, de Tugu —explicó en un inglés entrecortado pero entusiasta—.
Al principio solo había ciento treinta personas aquí, veintitrés familias.
Amaban la música, eran portuguesas, pero ¿cómo se hace música en la selva?
En aquel entonces esto era una jungla, vivían aisladas, lejos de la ciudad.
Aun así, se las arreglaron para hacer una guitarra primitiva, y cuando la tocaban, ¡sonaba como kron-tjong!
Arthur tenía cincuenta y tres años, llevaba unos vaqueros rotos, una gorra plana y una camiseta blanca de la marca Levi’s; bien podría haber sido de Nueva York o Berlín.
—Seguimos llevando la música en la sangre —continuó—. Aquí todo el mundo es músico. Los niños aprenden a tocar instrumentos a una edad temprana. Para nosotros, los de Tugu, la música es vida. Ahora el krontjong es popular en toda Indonesia.
—A menudo toca en el palacio presidencial —intervino Ira—. Tocaron, por ejemplo, cuando el presidente de Brasil vino de visita, ¡y acaban de ganar el equivalente indonesio al Emmy!
—La música ocupa casi todo nuestro tiempo libre —dijo Arthur—. Es nuestra responsabilidad mantener viva la música para la próxima generación. No quedamos muchos, tal vez solo doscientas familias. Vivimos para la música, pero desafortunadamente no vivimos de ella.
—La música folclórica no da mucho dinero —explicó Ira.
—Todos los de la banda tenemos trabajos paralelos —dijo Arthur—. Por suerte, mi familia posee algunas tierras. Alquilamos aparcamiento para camiones.
Hace unos veinte años se construyó un nuevo puerto en Kampung Tugu. Casi de la noche a la mañana, Tugu se industrializó y dejó de ser una tranquila zona agrícola.
Arthur sacó una prounga, una pequeña guitarra parecida a un ukelele, y me tocó algunas viejas canciones criollas.
Entendí algunas palabras sueltas: «gato», «cantar», «hermosa», «quiero casarme»; sonaba como una mezcla de español y portugués.
Después, Arthur me tradujo la letra, primero al portugués y luego al inglés.
Resultó que hablaba mejor el primero que el segundo.
—¿Cómo aprendiste portugués? —le pregunté. Supuse que lo aprendió de sus padres, o quizás de una abuela, pero lo hizo en el colegio. La Universidad de Yakarta quiso ayudar a los descendientes de los portugueses a preservar su idioma y les proporcionó un profesor de portugués.
—Cuando era pequeño siempre pedía a los adultos que me explicaran el significado de las canciones que cantábamos —recordó Arthur—.
Tenía curiosidad y quería entender las letras.
Cuando se me presentó la oportunidad de aprender portugués la aproveché, pero, sinceramente, no sé cuánto me ayudó.
A menudo las palabras de las canciones son diferentes de las del portugués correcto.
Al cabo de unos años, la gente perdió el interés y el profesor de portugués se fue.
—Mis padres usaban el portugués como idioma secreto cuando yo era niño, pero no lo hablaban mucho —continuó—.
Nuestra lengua ya se extinguía. En 1949, cuando los neerlandeses se marcharon oficialmente de aquí, todo el mundo nos perseguía.
Pensaban que éramos de los Países Bajos porque teníamos nombres neerlandeses.
Hubo secuestros y asesinatos. Muchos huyeron a Hollandia, que era como se llamaba entonces la capital de Papúa.
Cuando los neerlandeses también perdieron Papúa, en 1963, se preguntó a los portugueses si querían volver a Tugu o mudarse a los Países Bajos.
Fue una elección difícil. ¿Debían irse a los fríos Países Bajos o volver aquí, a Tugu, donde habían sufrido traumas?
La mayoría eligieron el frío, razón por la cual mucha gente de Tugu vive hoy en los Países Bajos.
Pero solo nosotros, los que seguimos viviendo aquí, en Tugu, mantenemos viva la cultura.
Arthur sacó su pequeña guitarra y tocó otra canción, una alegre balada sobre el baile y el amor. Luego tuvo que marcharse, tenía que ensayar con la banda para el mandi-mandi, que estaba al caer.
¿Cuánto tiempo tarda en desaparecer una cultura? ¿Y qué es exactamente la cultura, aparte de capas y capas de historia, encuentros, coincidencias, formas de hablar aprendidas y patrones de reacción, que están en constante cambio?
En Malaca y Sri Lanka todavía quedaban unos pocos que, contra todo pronóstico, se empeñaban en mantener vivo el criollo portugués.
Entre los descendientes de los esclavos de habla portuguesa de Yakarta, el idioma se había extinguido, solo había sobrevivido alguna que otra palabra.
Pero las canciones y las melodías seguían vivas, al igual que las celebraciones que habían surgido en el exilio para levantar el ánimo de la gente.
Lo último que desaparece, al parecer, son las fiestas y la música.