Locura por la nuez moscada #2
Denny y yo seguimos nuestro camino en su pequeña motocicleta.
En las calles, fuera de las pequeñas casas residenciales, había nueces, nueces moscadas y peces pequeños secándose sobre esteras de paja.
Denny aparcó frente a una casa pintada de azul y compró bizcochos elaborados con nuez moscada.
Un sabor rico y navideño inundó nuestro paladar.
Para los paladares europeos del siglo XVI , el sabor de la nuez moscada debió de ser un auténtico festín, sobre todo en combinación con otras especias exóticas como la pimienta, el clavo, la canela y el cardamomo.
Los pueblos del Renacimiento y el Barroco eran conocidos por no escatimar en nada; les gustaban los colores y el oro por encima de todo, y es de suponer que tenían la misma actitud hacia la comida.
¡Qué insípida debía de ser habitualmente!
¡Y qué deliciosa, rica y emocionante sabía cuando la condimentaban con esas costosas especias!
Al ser estas carísimas, por otra parte, también eran una forma fácil de ostentar riqueza.
Continuamos nuestro recorrido por el único camino de la isla, que a veces se convertía en un sendero casi intransitable.
Todo el tiempo estuvimos rodeados de árboles de hoja verde oscuro, no solo árboles de nuez moscada y kenaris, sino también majestuosos mangos cargados de fruta y grandes y frondosos tamarindos de hojas puntiagudas.
Parecía que todo crecía y brotaba en esa fértil tierra volcánica, pero no era así.
Las verduras, por ejemplo, no prosperan tan bien allí, y por eso los bandaneses siempre han comerciado con otros isleños.
Desde que las islas fueron pobladas, sus habitantes han intercambiado nuez moscada por alimentos y otros productos.
Hace ya varios miles de años, empezaron a aparecer por esas diminutas islas boscosas comerciantes procedentes de tierras lejanas, primero javaneses y luego árabes y chinos.
Los árabes transportaban las nueces al oeste, a Constantinopla, el Levante y Egipto, donde eran interceptadas por mercaderes venecianos, que durante siglos tuvieron el monopolio del comercio de especias en Europa.
Estos no sabían de dónde procedían originalmente las especias que compraban, y los intermediarios árabes, en su mayoría, tampoco, y si lo sabían no lo divulgaban en ningún caso; los comerciantes venecianos solo tenían una vaga idea de que las nueces provenían de algún lugar del este, tal vez de Japón, quizás de China, nadie lo sabía a ciencia cierta.
Pero sí sabían que la nuez moscada era sinónimo de grandes ganancias.
En el largo viaje desde el mar de Banda hasta Londres, pasando por muchos intermediarios, su precio podía aumentar hasta un 60. 000 %.
También en Malaca la nuez moscada era mucho más cara que en origen.
En el viaje hacia el norte, su precio se multiplicaba pronto por cinco, si no por más.
Una de las primeras cosas que hizo Afonso de Albuquerque tras la conquista de Malaca fue enviar tres barcos en busca de nuez moscada con pilotos locales a bordo.
Dos de las naves llegaron a las islas de Banda a principios de 1512.
Por primera vez, los europeos desembarcaron en la tierra de la nuez moscada.
Los veleros chinos, los llamados juncos, ya estaban atracados, y también habían llegado de muy lejos para comprar especias.
Los portugueses fueron bien recibidos y se les permitió comprar tanta nuez moscada como quisieron.
Terminaron comprando también un velero chino, porque uno de sus barcos se había hundido por el camino.
Pero el junco chino también naufragó poco después de zarpar, cargado hasta los topes de nueces.
El capitán, Francisco Serrão, y la tripulación fueron rescatados por pescadores locales y llevados a Ambon, una de las islas más grandes e importantes de la región.
El sultán de la isla de Ternate, varios cientos de kilómetros más al norte, se enteró de la suerte de los marinos portugueses.
Sabía que los lusos eran los nuevos dueños de Malaca, con quienes él mismo mantenía un intenso comercio, y envió un barco para que recogiera a los extranjeros.
El sultán estaba en conflicto con la isla vecina, Tidore, y necesitaba un aliado poderoso.
Así que invitó a los portugueses a establecerse en Ternate como protectores y aliados, y les dio permiso para que construyeran un fuerte.
Serrão se convirtió en el líder de un grupo de mercenarios lusos en la isla y, con el tiempo, en uno de los consejeros más cercanos del sultán.
Así fue como los portugueses, por casualidad y casi sin esfuerzo, se asentaron en la tierra del clavo .
El clavo es tan exigente como el árbol de la nuez moscada a la hora de elegir el suelo.
Al principio solo se encontraba en Ternate, Tidore y otras tres pequeñas islas volcánicas del norte de las Molucas, a unos seiscientos kilómetros al noroeste de las de Banda.
Los europeos sentían por el clavo casi la misma fascinación que por la nuez moscada.
Además de servir como especia exclusiva en todo tipo de recetas, el clavo se utilizaba, entre otras cosas, como analgésico y era especialmente eficaz contra el dolor de muelas, una lacra que los medievales conocían muy bien.
Durante las décadas siguientes, los portugueses transportaron toneladas de clavo de Ternate a Goa y Lisboa. Francisco Serrão y sus hombres disfrutaron tanto de la isla que se quedaron allí el resto de sus vidas.
Quizás el floreciente comercio de clavo con Ternate fue la razón por la que los lusos no regresaron a las islas de Banda y sus nueces moscadas hasta dieciocho años después, en 1529.
Pero esa vez tenían planes de establecerse allí y se pusieron de inmediato a construir un fuerte en Banda Neira, la isla con el mejor puerto.
Dado que la mayoría de las islas están muy cerca unas de otras, podrían controlar casi todo el archipiélago desde allí.
Sin embargo, nunca llegaron tan lejos, porque durante la construcción del fuerte fueron atacados con una lluvia de flechas.
Los lugareños estaban encantados de comerciar con los visitantes que querían comprar nuez moscada, pero no eran partidarios de que sus clientes se atrincheraran tras altos muros en su isla.
Los portugueses se retiraron con rapidez.
Después de ese episodio, rara vez regresaron a las islas de Banda, y en su lugar compraron nuez moscada a intermediarios en Ternate y Ambon, que con el tiempo se convirtieron en su cuartel general en la región.
Solo quedan los cimientos del fallido intento de los lusitanos de hacerse con el monopolio del lucrativo comercio de la nuez moscada.
Aunque nunca lograron establecerse en las islas de Banda, el XVI fue, sin duda, el gran siglo de los portugueses.
Portugal tenía entonces el monopolio de todo el comercio entre Europa y Asia.
Las carracas hacían viajes de ida y vuelta entre Lisboa, Goa y Malaca repletas de pimienta, clavo, nuez moscada, canela, algodón, seda y porcelana.
Los barcos lusos cruzaban el Atlántico en dirección al oeste abarrotados de personas encadenadas, y luego emprendían el viaje de vuelta rebosantes de azúcar, plata, oro y piedras preciosas.
En Europa, los portugueses revendían los productos exóticos con enormes ganancias.
Por supuesto, otras naciones marítimas también querían participar en el negocio de las especias.
El problema era que los lusos controlaban todo el tráfico naval alrededor del cabo de Buena Esperanza, y lo hacían con la bendición del papa. Pero ¿acaso había otra manera?
La primera expedición inglesa que tuvo como destino las islas de Banda navegó hacia el norte.
Habían calculado que la travesía por el paso del Nordeste sería dos mil kilómetros más corta que la ruta que rodeaba el cabo de Buena Esperanza.
Nadie había logrado todavía navegar por el paso del Nordeste, ni siquiera se sabía si ese paso existía de verdad, pero los marineros que iban a bordo de los tres barcos que en 1553 cruzaron el mar del Norte y se adentraron en el de Noruega eran optimistas.
Como ventaja adicional, razonaron, se librarían tanto del calor como de las enfermedades tropicales, y al ser ingleses estaban acostumbrados al frío.
Dos de las embarcaciones fueron encontradas frente a la costa de la península de Kola por pescadores locales el verano siguiente.
Todos los tripulantes habían muerto, ya fuera por hambre y frío o, posiblemente, por intoxicación de monóxido de carbono en un intento desesperado por mantenerse calientes.
El capitán del tercer barco se dio cuenta a tiempo de lo inútil que era el proyecto.
Ancló en el mar Blanco y se dirigió por tierra a Moscú.
El zar Iván el Terrible dio a los extranjeros una espléndida bienvenida.
En lugar de especias exóticas, los ingleses volvieron a casa con pieles rusas.
Había nacido la Compañía de Moscovia, la primera sociedad comercial de Inglaterra.
Los británicos continuaron enviando expediciones al norte con la vana esperanza de encontrar un atajo ártico hacia las riquezas de las especias del océano Pacífico.
Pronto tendrían compañía en el páramo helado, y los portugueses, competencia en los trópicos.
El lucrativo monopolio de las especias llegaba a su fin.
La aventura habría terminado tarde o temprano de todos modos, pero su final se aceleró por la acuciante falta de herederos del trono.
Los Países Bajos estaban en guerra con España desde 1568, ya que originalmente habían sido territorios hereditarios del rey español.
El norte, con Ámsterdam como centro comercial, rompió con Madrid y se independizó en una etapa temprana de la contienda, que duró ochenta años.
En 1580, Portugal también se vio arrastrado al conflicto.