Los navegantes Locura por la nuez moscada
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Locura por la nuez moscada

Locura por la nuez moscada

Los colchones de plástico verde estaban muy juntos, en largas filas, y marcados con números, como en una prisión.

En cada sala había cientos de camas, que poco a poco iban siendo ocupadas por sus propietarios temporales.

Los viajeros más experimentados llevaban mantas, con las que cubrían el plástico y se instalaban con niños, bolsas y maletas; la mayoría de ellos iban a pasar muchos días a bordo.

Todos los niños llevaban colgando en uno de sus dedos unas coloridas bolas de plástico unidas por un cordón, y las hacían chocar entre sí sin parar durante horas.

Las populares pero molestas bolas clic-clac fueron retiradas del mercado en Estados Unidos y otros países occidentales en la década de los setenta del siglo pasado debido a casos de hemorragias nasales, dientes frontales rotos y hematomas, pero allí todavía seguían triunfando.

A medida que la sala se llenaba de pasajeros, el calor y la humedad aumentaban; el aire era pegajoso, denso y vaporoso.

En principio estaba prohibido fumar en interiores, pero esa norma solo se cumplía parcialmente.

Todo era soportable, incluso las enervantes bolas de plástico.

Lo que resultaba insoportable era la miríada de insectos que correteaban por encima, entre y por debajo de los colchones, por el suelo, por el equipaje, por encima de mí.

Había miles, de todos los tamaños, desde pequeñas y laboriosas hormigas y moscas de varias clases hasta grandes y rojizas cucarachas acorazadas.

Con cuatro horas de retraso, el ferri zarpó del muelle de Ambon, la capital de la provincia sudoriental de las Molucas.

Salí a cubierta y me quedé allí. El aire era ligero y fresco; el mar de Banda estaba tan tranquilo que apenas podía notar el movimiento del casco.

Poco a poco, los rascacielos fueron desapareciendo tras el horizonte; mirase donde mirase, solo veía agua.

El transbordador mantenía un rumbo constante hacia el sudeste.

Un par de veces se rompió el silencio con una llamada de oración pregrabada, pero nunca vi a nadie salir corriendo a la mezquita del barco, que estaba justo al lado de la pequeña cafetería.

Los niños estaban entretenidos con sus bolas de plástico y los adultos se lo tomaban con calma; quizás ese viaje en barco fuera un merecido descanso del trabajo y las obligaciones, incluidas las cinco oraciones diarias.

Indonesia es, en muchos sentidos, un país irracional.

Tiene una población de casi trescientos millones de habitantes, divididos en más de mil trescientos grupos étnicos.

La masa continental en sí cubre un área de poco menos de dos millones de kilómetros cuadrados, repartidos en más de diecisiete mil islas.

Los cartógrafos del país trabajan con diligencia para cartografiarlas todas.

La mayoría de ellas aún no tienen nombre, y, además, constantemente emergen nuevas del mar.

Si se incluye la extensión de agua entre las islas, el país abarca una superficie de casi diez millones de kilómetros cuadrados, un área casi tan grande como todo Canadá.

Los transbordadores estatales de Pelni conectan ese vasto archipiélago.

Operan con regularidad y más o menos puntualidad, abriéndose paso con paciencia a través de esa extensa red de islas.

Una de las rutas más largas, desde Java, en el oeste, hasta Papúa, en el este, dura dos semanas y se extiende a lo largo de más de cuatro mil kilómetros, lo que equivale a la distancia que hay entre Oslo y Teherán.

Mi destino era Banda Neira, una de las islas más pequeñas en las que atracan los ferris de Pelni, de solo tres kilómetros cuadrados de extensión.

El viaje hasta allí desde Ambon duró poco menos de ocho horas, un viaje rápido para los estándares de Pelni.

El sol se ocultó en el horizonte justo antes de que llegáramos.

El cielo primero se volvió naranja y luego de un rosa intenso, como si alguien le hubiera aplicado un filtro; era una puesta de sol tan perfecta que parecía de película.

Cuando llegamos al pequeño archipiélago ya se había hecho de noche.

El enorme transbordador se deslizaba lentamente por el estrecho paso entre las islas; apenas se podían distinguir los contornos de las copas de los árboles y un puñado de luces procedentes de la tierra.

El capitán tardó casi una hora en maniobrar el casco hasta el muelle, que era tan largo como el barco.

La gente acudía en masa desde las cubiertas inferiores, todos querían bajar a tierra, incluso los que aún no habían llegado; cientos de brazos y piernas se agolpaban en la salida.

Una bandada de porteadores se acercó a nosotros a una velocidad vertiginosa, porque en su profesión el tiempo lo es todo: si llegas tarde no consigues trabajo.

Así, rodeada de hombros, codos, rodillas, mochilas, maletas, cajas de cartón, bolsas y bolas clic-clac, llegué a la tierra de la nuez moscada.

Al amanecer, un barquero local me llevó de Banda Neira a Banda Besar, la más grande de las islas de Banda.

Ninguna de ellas es particularmente grande: las diez juntas suman 172 kilómetros cuadrados, menos que la superficie total de Copenhague.

Hace quinientos años, esas pocas islas, esos 172 kilómetros cuadrados, fueron el área más codiciada del mundo.

Las grandes potencias europeas compitieron para ser las primeras en llegar, e innumerables marinos sacrificaron primero sus dientes y luego sus vidas en el intento.

Por esos 172 kilómetros cuadrados surgieron la globalización y el capitalismo; fueron el escenario de uno de los primeros genocidios del planeta, allí nació el mundo tal como lo conocemos.

Incluso Nueva York, la Gran Manzana, debe su existencia a esas islas, y todo por culpa de una nuez.

El guía, Denny, estaba listo en el muelle con su motocicleta. La isla tiene solo doce kilómetros de largo y tres de ancho; los coches son algo innecesario.

Me senté en la parte trasera de la moto.

Minutos después estábamos rodeados de árboles altos con hojas ovaladas de color verde oscuro.

Denny apagó el motor y de repente todo quedó en silencio; lo único que se oía era el suave canto de los pájaros y el zumbido de las abejas.

Paseamos con tranquilidad entre los árboles, que rebosaban de fruta.

Mucha colgaba tan bajo que podría haberla arrancado con las manos.

Los frutos eran amarillos, como ciruelas o manzanas; algunos de ellos estaban agrietados y dejaban ver una cubierta seminal de color carmesí.

En noruego, esa cubierta se llama muskatblomme, y en español, «macis», probablemente porque recuerda a los pétalos de una flor (blomme significa «flor»).

Si se retira la cubierta se llega a la cáscara que recubre el núcleo de la semilla, y dentro de esa cáscara se encuentra el corazón del asunto: la propia nuez moscada.

Por encima de los árboles de la nuez moscada, que medían unos ocho o diez metros, se alzaban kenaris de cuarenta metros de altura.

Sus copas proyectaban frescas sombras sobre los árboles de las nueces, un requisito previo importante para su buen desarrollo.

Un puñado de hombres levantaban una valla protectora alrededor de un kenari recién plantado, que algún día reemplazaría a los gigantes.

La producción de nueces requiere una planificación a largo plazo; hay que pensar en generaciones.

—Cada familia posee cincuenta árboles —explicó Denny—. Un árbol grande y sano puede producir diez mil nueces en una sola cosecha, y los árboles se pueden cosechar tres veces al año. Casi todo el mundo aquí vive de la nuez moscada.

—¿Para qué la usáis? —pregunté.

—¡La vendemos! —La respuesta llegó muy rápido—.

Un kilo da un mínimo de doscientas mil rupias, unos doce dólares.

Pero también la usamos en pasteles, mermeladas y medicinas —agregó—.

La nuez moscada ayuda contra el dolor de estómago, ¡y contra la covid!

Durante la pandemia hervíamos nuez moscada e inhalábamos el vapor.

Los médicos medievales también creían que la nuez moscada podía curar las pandemias, y esa creencia persistió durante todo el tiempo en que la peste asoló Europa.

La reina Isabel I llevaba una en un colgante de plata alrededor del cuello cuando estaba en público, y los médicos de la peste del siglo XVII la rallaban en el pico de sus extrañas máscaras de protección, si podían permitírselo.

Durante siglos, la nuez moscada fue el producto más codiciado del mundo, más caro que el oro.

Esa pequeña nuez tan ansiada se usaba asimismo como especia exclusiva, y probablemente no dañó su reputación que además se comercializara como afrodisiaco.

Más tarde también se utilizó como droga abortiva, ya que en grandes cantidades es tóxica y puede causar delirio y psicosis, una propiedad que las nuevas generaciones de adolescentes redescubren sin cesar y que a menudo conlleva ingresos hospitalarios.