El viejo trotamundos y la Puerta de Santiago
El viejo trotamundos y la Puerta de Santiago
La cola de inmigración en el aeropuerto de Kuala Lumpur avanzaba tan despacio que me sellaron la entrada a Malasia al día siguiente de mi llegada.
En la zona de recogida de equipaje encontré una agencia de transporte que se ofreció a llevarme a Malaca, a dos horas de distancia, por aproximadamente ochenta euros.
Puede que no fuera la mejor oferta del mundo, pero era tarde y estaba cansada.
Casi amanecía cuando por fin pude recostar la cabeza en la almohada.
Unas horas más tarde, fuera del hotel, me encontré con el legendario trotamundos Jens A.
Riisnæs, el hombre que unos años antes me había dado la idea de escribir sobre el imperio perdido de los portugueses.
Iba vestido como de costumbre, con camiseta, pantalones cortos que podían convertirse en largos si era necesario y sandalias Teva.
También en casa, en Noruega, usa el mismo tipo de ropa práctica; Jens siempre está mentalmente en modo viajero.
En ese momento su blanca barba era más densa y larga de lo habitual; ese hombre de setenta y cuatro años llevaba varias semanas deambulando por el sudeste asiático.
—¡Qué maravilloso encontrarnos aquí! —exclamó Jens con una gran sonrisa—. Como escribió el comerciante y escritor portugués Tomé Pires a principios del siglo XVI , «¡quienquiera que sea el señor de Malaca tendrá en sus manos la garganta de Venecia!» —Jens tiene un montón de citas similares.
Caminamos hacia el casco antiguo, que estaba lleno de turistas malasios y rickshaws de tres ruedas decorados con personajes de Pokémon, con luces intermitentes y sistemas de altavoces móviles.
—Estoy un poco cansado —dijo Jens.
Lo miré sorprendida. Era la primera vez que le oía decir esa palabra.
Me explicó que el día anterior había sido agotador.
El viaje desde Phuket le había llevado todo el día, y también la noche; no había llegado hasta la medianoche.
A continuación enumeró las distintas etapas del transporte.
Perdí la cuenta en el sexto minibús, pero Jens acudió en mi ayuda:
—Había diez autobuses y minibuses diferentes en total —resumió—. No me encuentro muy bien. Creo que tengo fiebre.
En ningún momento se le ocurrió simplificar partes del viaje cogiendo un taxi. Jens no hace eso. Él sigue viajando como cuando era joven, de la manera más sencilla posible. Tampoco se le ocurrió cancelar nuestra cita matutina.
—No, ¿estás loca? ¡Claro que quiero conocer a ese tal Martin!
Martin nos había pedido que nos encontráramos con él en una intersección en concreto, y nos pusimos en marcha bajo el húmedo calor de la mañana.
Me di cuenta de que Jens caminaba más despacio de lo habitual, pero hablaba tanto como de costumbre y, como siempre, pasaba rápidamente y sin esfuerzo de un tema a otro.
Tardamos alrededor de media hora en llegar a la intersección, y en ese tiempo Jens habló de cuando estuvo en Malaca en los años setenta del siglo pasado y descubrió que usaban anzuelos noruegos, de Mustad, antes de dar un repaso rápido a los últimos acontecimientos en Kiev.
Luego detalló el itinerario que había seguido hasta el momento y, sobre todo, cómo seguiría viajando, qué autobuses cogería, a qué hora y dónde pasaría la noche.
No conozco a nadie tan obsesionado con los planes de viaje ni que haya viajado tanto como él.
Salió a ver mundo siendo joven, en los años sesenta del pasado siglo, y desde entonces no ha parado de viajar.
Durante muchos años tuvo su propio programa de viajes en NRK P2, Ut i verden [Por el mundo].
No hubo una sola pregunta de un oyente que no pudiera responder al detalle.
Jubilado desde hace mucho tiempo, ahora solo viaja por placer; a menudo hace viajes por el mundo de varios meses, siempre repletos de paradas eclécticas y etapas de transporte planificadas con esmero y del todo agotadoras.
Martin Theseira esperaba en la intersección acordada.
Tenía sesenta y seis años, mechones grises en el pelo, cejas pobladas y un bigote pequeño y bien cuidado.
Probablemente medía medio metro menos que Jens, y era discreto y amigable.
Al igual que Earl Barthelot en Sri Lanka, pasaba su tiempo libre preservando el patrimonio cultural portugués y ofrecía recorridos gratuitos a pie por el antiguo barrio luso.
Nos sentamos en la terraza de un café y Martin saludó a diestra y siniestra; parecía conocer a todo el mundo.
Jens habló entusiasmado de la primera vez que visitó Malaca y tuvo al presidente malasio en su mesa sin darse cuenta de quién era. Luego empezó a hablar de cómo había encontrado allí anzuelos noruegos, de la marca Mustad. Martin parecía tener dificultades para seguirle el ritmo.
—Yo fui pescador —dijo—. Pesqué durante veinte años, hasta 1988. Luego lo dejé. El puerto estaba justo aquí abajo, los kristangs somos pescadores por tradición. Pero por culpa de todos los rellenos de tierra ya casi no queda nadie que se dedique a la pesca.
—¿Cómo definiría a un kristang? —le pregunté.
—Cuando los portugueses llegaron aquí no trajeron mujeres con ellos —comenzó Martin.
—No había sitio en los barcos —intervino Jens.
—Así que se casaron con mujeres locales —continuó Martin—. Los kristangs somos los descendientes de los matrimonios mixtos entre portugueses y mujeres de aquí. Como somos cristianos, y no musulmanes, nos llaman kristangs.
—¿Cuántos kristangs quedan hoy? —inquirí.
—Aquí, en el asentamiento, hay entre mil y mil doscientos —respondió Martin.
Hizo algunos cálculos mentalmente y llegó a la conclusión de que tal vez había mil quinientos en toda Malaca—.
Luego está Kuala Lumpur —continuó—. Quizás haya ochocientos, como máximo, y tal vez los mismos, ochocientos, en Singapur.
Al igual que los burgueses portugueses de Sri Lanka, los kristangs tienen su propio idioma, que deriva del portugués.
—Nuestro idioma ahora solo se usa durante la Semana Santa, en la música y en los epitafios —explicó Martin—. Pero los pescadores siguen hablando portugués entre sí. La lengua pervive a través de ellos.
—Y usan anzuelos noruegos —intervino Jens.
Martin lo miró confundido antes de continuar.
—Nuestra lengua está catalogada como en peligro de extinción. Personalmente, creo que desaparecerá. Los jóvenes ya no hablan kristang.
—Tengo que volver al hotel y recoger mis cosas —anunció Jens—. Debo abandonar la habitación a las once. Voy a cambiar de alojamiento. Además, no me encuentro muy bien —agregó—. Estoy para meterme en la cama.
Tenía los ojos vidriosos y apenas le quedaba color en la cara.
Martin se ofreció a llevarlo al hotel. En un principio, Jens rechazó con cortesía el ofrecimiento, pero luego cambió de opinión y aceptó.
Fui con Martin hasta el coche mientras Jens esperaba en la mesa del café.
Pasamos por Praya Lane, una calle estrecha flanqueada por encantadoras casas de madera de dos pisos, con porches cubiertos y pequeños jardines.
—Antes los portugueses vivían aquí —dijo Martin—. Y ahí, justo detrás de esa hilera de casas, estaba el mar. Crecí aquí, junto al agua. Cuando empezaron con el relleno de tierras aquí en los años setenta del siglo pasado, muchos de nosotros tuvimos que mudarnos.
Ya no era posible ver el mar desde Praya Lane, solo un mar de asfalto. Desde el betún se elevaban hacia el cielo estrechos y genéricos rascacielos.
—Mi objetivo es hacer que Praya Lane vuelva a ser un centro cultural —dijo Martin—. Tal vez crear un museo o una escuela cultural. Pero no recuperaremos el mar. Cuando este desapareció, el alma de la comunidad también se esfumó.
Cuando pasamos por delante de la iglesia salía una pareja de novios.
—La iglesia es el ancla en la comunidad local. Cuando yo vivía aquí había cincuenta familias de habla portuguesa. Ahora quizás solo queden diez.
Nos sentamos en el coche y recogimos a Jens.
De camino al hotel, Martin siguió hablando sobre el relleno de tierras.
Señaló, explicó y trató de mostrar dónde habían estado las fronteras, qué era tierra nueva y qué era tierra vieja.
A su lado, en el otro asiento delantero, Jens dio una charla paralela en noruego sobre los edificios por los que pasamos; señaló y explicó con entusiasmo, sin darse cuenta de que a Martin le molestaba que lo interrumpieran a cada rato.
Jens está casi sordo del oído derecho; probablemente no oyó a Martin, que también intentaba decir algo a su manera, con tranquilidad y discreción.
Por suerte, el trayecto fue corto. Martin nos dejó en el sencillo hostal de Jens y se despidió con premura. Jens entró y poco después volvió a salir con una ligera mochila naranja a la espalda. Llevaba menos equipaje del que llevaba yo en el mío de mano.
—¿Cuánto pesa tu mochila? —le pregunté.
—Cuatro o cinco kilos, tal vez, dependiendo de la cantidad de agua que lleve encima —estimó—. El peso es importante, pero el volumen también influye. Todo es cuestión de experiencia. Con el tiempo uno aprende qué sistemas funcionan. Es probable que pudiera arreglármelas incluso con menos.
Resultó que el hotel que Jens había reservado, en pleno casco antiguo, ya no existía.
Con la ayuda de nuestros teléfonos móviles encontramos uno con el mismo nombre en una dirección diferente, a pocos pasos, y fuimos caminando hasta allí.
Tan pronto como salimos de las estrechas y encantadoras calles del casco antiguo, Malaca se transformó en una ciudad asiática común y sin carácter.
El hotel del mismo nombre estaba ubicado encima de una tienda de comestibles.
En la puerta colgaba un cartel que informaba de que estaban prohibidos los servicios de masajes.
Dimos media vuelta y volvimos al casco antiguo, todavía sin hotel para Jens.
—Está completamente destruido —murmuró—. Lo han arruinado. La misma historia en todas partes. No pueden ocuparse de nada.