Estrecho de Malaca. La carretera flotante #2
El día se convierte en tarde y la tarde, en noche. Tampoco puedo dormir esta noche. El estrecho está iluminado con luces rojas, verdes y blancas; estamos en medio de una carretera flotante y a cada uno de nosotros se nos ha asignado un carril propio.
A la mañana siguiente hay una actividad frenética en el puente.
La mujer de la radio no para de hablar: «Warning, warning, warning, Copenhagen, go slow!
Starboard! You do not need to hurry, pilot is coming to you!
Warning, warning, warning, Trooper, stop vessel!
Attention, give way! Warning , warning, warning, slow down!
I repeat: Slow down!» [«Cuidado, cuidado, cuidado, Copenhague, ¡vaya despacio!
¡Estribor! ¡No se apresure, el piloto va hacia usted!
Cuidado, cuidado, cuidado, oficial, ¡detenga el barco!
¡Cuidado, ceda el paso! Cuidado, cuidado, cuidado, ¡más despacio! Repito: ¡más despacio!»].
Por todas partes hay petroleros, portacontenedores, cargueros, pesqueros y pequeñas islas e islotes.
Nadie puede detenerse de golpe, por lo que aquí todo el mundo tiene que mantener la mente fría y seguir las instrucciones que llegan desde tierra.
El piloto sube a bordo a las doce y media en punto, como estaba previsto, y entonces empieza el baile de números mientras maniobramos lentamente para llegar al lugar que se nos ha asignado y echamos el ancla, a varios cientos de metros de la orilla.
Minutos más tarde, el barco de suministro de combustible está en su sitio, cargado hasta los topes de fuel pesado y diésel, y, poco más de una hora después, dos barcos de abastecimiento atracan en el lado opuesto al barco.
Bajo un calor sofocante y húmedo, la tripulación iza a bordo el tubo de repuesto de siete metros de largo para la máquina, así como cajas de pescado y pollo congelados, latas de atún, huevos, cerveza, cebollas, patatas, zumos y un montón de provisiones más, suficientes para mantenernos con vida durante semanas.
Todo está organizado con una eficiencia ejemplar.
Desde la cubierta tenemos una vista de los rascacielos futuristas de Singapur, pero solo dos de los miembros de la tripulación bajan a tierra; suben con todos sus bártulos a un bote que los espera y desaparecen felices en dirección al muelle.
Tras nueve meses en el mar, por fin vuelven a casa.
Son reemplazados por cuatro caras nuevas; ahora somos veintisiete a bordo, incluido el junior officer, y el chef tiene que sacar sillas de repuesto en el comedor.
—Ya no eres la única mujer a bordo, porque ahora te acompaña una ladyboy —dice sonriendo uno de los oficiales.
Los nuevos se ponen a trabajar enseguida, hay que colocar la pieza de repuesto. No es hasta alrededor de la medianoche cuando suben desde la sala de máquinas, sudorosos, sucios y cansados.
Casi dos millones de marinos pasan la mayor parte de su vida en pequeños camarotes a bordo de casas flotantes temporales.
Cada año que pasa son más, porque las carreteras marítimas están cada vez más concurridas; se han de transportar más y más mercancías de un continente a otro.
En 1990, todos los buques de carga del mundo transportaron cuatro mil millones de toneladas de mercaderías.
Treinta años después, la cifra es de once mil millones de toneladas.
Estaremos anclados frente a Singapur hasta bien pasada la medianoche, repostar con 11.
00 toneladas de combustible lleva su tiempo.
Trabajar en el transporte marítimo implica lidiar con grandes cantidades, volúmenes y emisiones.
La flota naviera global representa actualmente el 3 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, casi tanto como todo el tráfico aéreo.
Los buques del mundo representan el 9 % de las emisiones globales de azufre y al menos el 18 % de las emisiones totales de óxidos de nitrógeno.
Sin embargo, el marítimo se considera el método de transporte más respetuoso con el medio ambiente, ya que los volúmenes transportados son muy grandes.
En sentido estricto, no tenemos alternativa.
No si queremos coches japoneses, cocos de Costa de Marfil, ropa barata de China y salsa de pescado coreana en el arroz tailandés.
Y no se trata solo de bienes de lujo y opulencia: gran parte del grano que proporciona a la gente su pan de cada día y evita que poblaciones enteras pasen hambre se transporta en barcos, al igual que el petróleo, la gasolina y el gas licuado que mantienen en funcionamiento los automóviles, las fábricas y los hogares.
Nuestro moderno y globalizado mundo depende por completo de los océanos.
El agua nos une y hace que el planeta sea más pequeño; es la base misma del capitalismo.
Los reyes portugueses fantasearon con monopolios comerciales e ingresos exclusivos, pero pronto descubrieron que, una vez encontradas las rutas marítimas, no podían controlarse de la misma manera que las terrestres.