Los navegantes El viejo trotamundos y la Puerta de Santiago #2
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El viejo trotamundos y la Puerta de Santiago #2

El experimentado trotamundos abrió el camino, encorvado y con fiebre alta, y no se detuvo hasta que estuvimos frente a una vieja casa neerlandesa declarada patrimonio de la humanidad, azotada por el viento y situada junto al río.

—Viví aquí una vez con mi esposa —dijo Jens sonriendo—. ¡En una cama con dosel! ¡Y aquí tengo la intención de vivir de nuevo!

Pero primero tuvo que regatear. Ese hombre de setenta y cuatro años estaba en su salsa, a pesar de la fiebre y el cansancio. La recepcionista llamó al gerente, quien se mostró inflexible y apenas cedió. Jens se las apañó para negociar el precio y bajarlo unos euros, pero al final tuvo que rendirse.

— Okay, okay, fine, but including breakfast! [Está bien, está bien, de acuerdo, ¡pero con desayuno incluido!] —capituló, y con una amplia sonrisa estrechó la mano de la recepcionista y recibió la llave de la habitación.

Un taxi me llevó a través de las estrechas y muy transitadas calles declaradas patrimonio de la humanidad hasta el asentamiento portugués.

Yo había encontrado las coordenadas en el mapa por si el conductor no sabía dónde estaba, pero resultó que era una atracción turística del estilo del casco antiguo.

Una estatua de Jesús de color blanco como la tiza me recibió con los brazos extendidos en la gran plaza abierta, conocida simplemente como «la plaza portuguesa».

Los restaurantes al aire libre estaban muy cerca unos de otros, y todos anunciaban AUTHENTIC PORTUGUESE FOOD, comida portuguesa auténtica.

Había un autobús lleno de turistas malasios con gorros de Papá Noel en la cabeza que tomaban fotografías.

Una procesión de niños vestidos de Santa Claus cantaban Jingle Bells con voces brillantes, sacaban dinero a los comensales que disfrutaban de la auténtica comida portuguesa y se dirigían al siguiente establecimiento genuino.

El área de detrás de la plaza se caracterizaba por pequeñas casas residenciales con jardines cercados y cantidades insensatas de adornos navideños.

Era como si todos intentaran superarse unos a otros.

Los jardines estaban llenos de enormes belenes, elfos gigantescos y colosales muñecos de nieve artificiales.

Las fachadas centelleaban y los villancicos americanos resonaban a todo volumen a través de los altavoces exteriores.

Sin embargo, el bastión de la decoración navideña no era grande; el mundo de los kristangs era pequeño, claro y luminoso.

Al cabo de unos minutos llegué a un pequeño canal, y en cuanto lo crucé ya no vi ni una sola flor de Pascua.

Volví caminando a la estatua de Jesús y bajé hasta el mar, que estaba al final de la gran plaza. El agua era poco profunda y turbia, y estaba rodeada de vegetación baja y verde y monstruosos edificios de gran altura.

— Hi there! —me gritó un hombre—. Where are you from? How are you? [¡Hola! ¿De dónde es usted? ¿Cómo está?]

El hombre se había acomodado en un banco cercano y estaba sentado de espaldas al agua.

Delante de él había una silla de ruedas.

Le habían amputado una pierna por debajo de la rodilla y la tenía cubierta de vendas, la otra estaba enfundada en una media de compresión que le llegaba hasta el muslo.

Era musculoso y delgado, tenía el pelo gris y corto y le faltaba un diente frontal.

Sus ojos eran claros y vivos, como si toda la energía saliera en lo sucesivo de ellos y no de sus piernas.

En la camiseta negra que llevaba ponía KAMIKAZE con letras blancas.

Me senté en el banco junto a él. Se llamaba Nicolas de Sousa y tenía setenta y siete años.

—¿Es usted kristang? —le pregunté.

—Nosotros no decimos que somos kristangs —corrigió Nicolas—. Kristang es la religión. Nosotros decimos que somos portugueses.

—¿Habla portugués?

—¡Por supuesto! —Soltó una carcajada ronca—.

Pero ahora los adolescentes solo hablan inglés.

Es de suponer que nuestra lengua se extinguirá, porque los jóvenes ya no se esfuerzan por hablarla.

Nuestro portugués no es como el de Portugal, pero es bastante similar.

Por ejemplo, para decir «gracias» no decimos obrigado .

Decimos muito grande mercer . Yo soy músico —agregó.

—¿Qué toca? —le pregunté.

—La guitarra. —Me miró—. ¿Qué? ¿No cree que alguien como yo pueda tocar?

—No toca usted con las piernas, ¿verdad?

Volvió a reírse y encendió un cigarrillo.

—Puedo tocar cualquier cosa, sobre todo canciones en inglés, de Estados Unidos. Dígame la canción que quiera, de Pink Floyd, The Beatles, The Velvet Underground, The Rolling Stones... Cualquiera.

Dije el título de la primera y mejor canción de los Beatles que se me ocurrió.

Nicolas ya cantaba la primera estrofa antes de que yo terminara de pronunciar el título, acompañado por una guitarra aérea invisible.

Después se volvió hacia el agua turbia y tosió ruidosamente, como si lo que veía le causara malestar físico.

Los rascacielos de las islas artificiales bloqueaban la vista en todas direcciones.

—Uno de los edificios ni siquiera está terminado —se quejó el guitarrista imaginario, señalando un bloque en el que las obras se habían detenido a la mitad.

Barras de hierro marrón se alzaban hacia el cielo, un abrazo oxidado a la espera de pisos que nunca llegaban—.

Lleva años así. Las pesquerías han desaparecido, los peces han desaparecido.

Antes los pescadores volvían a casa con una tonelada de pescado, ahora tienen suerte si consiguen cien kilos.

Compruébelo usted misma, el paisaje está completamente muerto.

Antes el agua estaba llena de gambas, se las podía ver saltando, pero ahora ya no queda vida.

Jens estaba tan pálido como la sábana que lo cubría.

Sus ojos ardían de fiebre. Le llevé refresco de cola, zumo, agua y galletas, y pensaba irme para dejarlo dormir, pero el paciente no quería dormir, quería hablar.

Durante la siguiente hora habló de todo lo que había entre el cielo y la tierra, medio delirando por la fiebre.

Habló de la última ocasión en que se alojó en ese hotel y de lo ruinoso que estaba la última vez que lo visitó.

Habló de una conferencia que iba a dar y de un futuro viaje que iba a hacer por Europa del Este, a Grodno, Brest y Leópolis, y de otro a El Cairo y Jerusalén.

Y, de paso, tal vez a Sicilia, posiblemente también a Cracovia.

Era como estar en una retransmisión privada y en directo de Ut i verden .

Y habló de los portugueses.

—Todo empezó con ellos, ¿sabes? —dijo con ronquera desde la almohada—.

El mundo moderno, tal como lo conocemos, comenzó con ellos.

Fueron los primeros, los primeros. Abrieron los océanos.

Conectaron Europa con África, Asia y América.

También se dirigieron al norte, a Groenlandia y Terranova, donde pescaron bacalao, en competencia con los vascos.

Estaban en todas partes. ¡El mundo globalizado empezó con los portugueses!

Colón fue solo un principiante en comparación con los exploradores lusos. Todo empezó con Portugal.

De los ciento treinta años en que los portugueses fueron dueños de Malaca queda poco.

Los restos de una iglesia sin techo. A lo largo de los muros interiores hay viejas lápidas apoyadas contra la pared, casi todas con inscripciones en neerlandés.

De la otrora imponente fortaleza de A Famosa, que en su día fue el edificio más alto de toda la región, solo queda una puerta, la Puerta de Santiago.

Sobre la abertura todavía se puede distinguir un velero flanqueado por un ángel o un santo a un lado y un soldado con ropas europeas y rasgos asiáticos al otro.

Seguí caminando hacia el centro de la ciudad, hasta el gran Stadthuys pintado de rojo y situado en la calle Jonker, que fue el cuartel general de los neerlandeses y que ha acabado convertido en un museo de la accidentada historia de Malaca.

Estaba absorta en un cartel sobre el ataque neerlandés a Malaca de 1641 cuando oí que alguien me llamaba por mi nombre.

Jens se había levantado de su lecho de enfermo y había entrado sonriendo en la sala de exposiciones, sin haber comprado entrada.

—Es que tenía que ver la Puerta de Santiago antes de irme —explicó.

No parecía que al enfermo se le hubiera ocurrido posponer su partida o cambiar sus planes de viaje.

—La cuesta me ha pasado factura un poco —admitió mientras se secaba el sudor de la frente. Estaba claro que tampoco se le había ocurrido coger un taxi o un rickshaw—. Pero ha valido la pena —aseguró—. ¡Un gran reencuentro!

Jens regresó tambaleándose al hotel para recuperarse durante un par de horas antes de dirigirse al archipiélago de Mergui, de acuerdo con el itinerario estrictamente planeado.

Seguí el curso del río hasta la réplica de la carraca Flor do Mar .

Fue construida en Lisboa en 1502 y medía 36 metros de largo y ocho de ancho.

Su capacidad era de 400 toneladas, una menudencia en comparación con la de los barcos del tesoro chinos del siglo XV , pero aun así era la embarcación más grande construida en Europa hasta ese momento.

Después de tres meses en la ciudad portuaria recién conquistada, Afonso de Albuquerque decidió cargar el botín de Malaca a bordo de la Flor do Mar .

El gigantesco barco se llenó hasta los topes con los tesoros robados del palacio del sultán: cofres repletos de oro, diamantes, piedras preciosas y monedas, así como cañones, perfumes exquisitos, muebles caros y otros objetos de valor.

Albuquerque debió de elegir la Flor do Mar porque era la carraca más grande y, en consecuencia, podía transportar más cantidad de tesoros.

Sin embargo, era conocida por ser inestable y difícil de maniobrar cuando estaba completamente cargada, y ya había sido sometida a tantas reparaciones que apenas estaba en condiciones de navegar.

Frente a la costa de Sumatra, los portugueses se vieron sorprendidos por una tormenta y naufragaron.

Más de cuatrocientos tripulantes se ahogaron.

Albuquerque y unos pocos más lograron con dificultad llegar a tierra, solo con lo puesto. Las mercancías y el oro se hundieron.

Compré una entrada y subí a bordo de la réplica.

Desde tierra parecía alta y tosca. Una vez dentro, me llamó la atención lo estrecha y pequeña que era, a pesar de que la Flor do Mar era dos veces más grande que la mayoría de los veleros de su época.

Cómo quinientos hombres pudieron dormir, comer y hacer el resto de las cosas que hace un ser humano en ese espacio tan reducido era algo que yo no podía imaginar.

Ni los restos del naufragio ni los tesoros del palacio del sultán han sido encontrados.