Los navegantes Salmo del fin del idioma #3
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Salmo del fin del idioma #3

Cuando los portugueses llegaron a Sri Lanka en el siglo XVI , el portugués se extendió con rapidez entre las clases altas, y en la costa se convirtió en la lengua dominante del comercio.

Los lusitanos también se casaron con mujeres locales, lo que contribuyó a la difusión del idioma.

Los neerlandeses intentaron hacer del neerlandés la lengua del comercio, pero nunca fueron capaces de desplazar al portugués, que, sorprendentemente, siguió estando muy extendido en la isla hasta bien entrado el siglo XIX, doscientos años después de que los lusos fueran expulsados.

Sin embargo, una palabra neerlandesa se ha colado en el portugués: burgher, «burgués».

Los descendientes de europeos en la isla se llaman a sí mismos burghere, con independencia de si descienden de portugueses, neerlandeses, franceses o británicos; todos son burgueses, es decir, un poco más finos que el resto de la población.

—No quedamos muchos —dijo Earl—. Cuatrocientas, tal vez seiscientas familias, como máximo, en Batticaloa, y cien, quizás doscientas, aquí en Trincomalee.

—¿Qué es exactamente un burgher portugués? —pregunté.

—Los portugueses llegaron aquí hace quinientos años —respondió Antony en tamil—. Vivían en todas partes. En Jaffna, Trincomalee, Colombo, Batticaloa. Eran conocidos por ser hábiles artesanos. Yo soy carpintero. ¡Puedo hacer barcos, buenos barcos!

—Los portugueses somos por tradición artesanos —explicó Earl después de traducir—. Somos carpinteros, herreros y mecánicos.

—¿Qué distingue a un burgher de otros esrilanqueses? —pregunté.

—Todo —respondió Antony—. Nuestros bailes son diferentes. Nuestra comida es diferente. ¡Comemos tanto cerdo como ternera! Nuestras oraciones son diferentes. Nuestros salmos son diferentes. Los cantamos en nuestro propio idioma. ¿Quiere oír uno?

Pasó las páginas del cuaderno que tenía preparado y comenzó a cantar concentrado.

Su voz era ronca pero poderosa, y cantaba bastante bien.

La melodía era lenta, sentida y repetitiva, como suelen ser los salmos católicos.

La libreta estaba llena de canciones y textos cortos, cuidadosamente escritos en letras mayúsculas, en portugués por un lado y traducidos al tamil por el otro.

Dado que no había ortografía para el portugués criollo de Sri Lanka, Earl y Antony tuvieron que inventar su propio sistema de escritura.

Tenían un proyecto en común: querían escribir suficientes canciones para poder algún día celebrar la misa en su propio idioma.

El único problema era que ya casi nadie lo hablaba.

—Solo el diez por ciento de los burghere, tal vez, seguimos hablando criollo portugués —explicó Earl cuando Antony terminó de cantar—. Nuestro idioma es muy parecido al portugués, pero con palabras de aquí. Nosotros escribimos filho como filgo, por ejemplo.

—¿Quiere oír otro salmo? —preguntó Antony. Esperó a que yo sacara el teléfono móvil y empezara a grabar, y luego se puso a cantar. La canción sonaba confusamente similar a la anterior.

—Los burghere somos pocos —dijo Earl cuando Antony acabó de cantar—.

No tenemos poder político. Ni siquiera sabemos cuántos somos, porque nadie nos cuenta.

Solo estamos registrados como «otros». La Constitución dice que todo el mundo debe poder llevar su propia ropa, cosa que no se aplica a nosotros.

A nuestras mujeres no se les permite usar vestidos, aunque sí se les dice que se pongan saris.

Pero nuestra música es popular. ¡A todo el mundo le gusta la baila!

—¿Le gustaría oír una baila? —preguntó Antony. Me hizo señas para que sacara el móvil y grabara, y yo, obediente, hice lo que él quería.

—¿De qué trata la canción? —le pregunté cuando dejó de cantar.

—Es complicado —respondió Antony con una leve sonrisa—. Va de invitar a una mujer a bailar, pero después pueden pasar muchas cosas, ¿verdad? ¿Quiere oír otra?

Asentí con la cabeza y comencé a grabar.

—Intentamos enseñar portugués a los jóvenes, pero tienen que estar interesados —dijo Earl cuando Antony llegó por fin al último verso—.

El problema es encontrar un horario que se adapte a ellos —continuó, y empezó una larga explicación sobre los diferentes horarios que habían probado, de siete y media a ocho y media, y de nueve a diez, pero también era problemático con los lugareños, porque si estaban en un lugar de la ciudad, solo iban chicos de allí, y si estaban en otro, solo iban chicos que eran de ese otro sitio.

Antony hojeó con impaciencia el cancionero mientras Earl se extendía sobre las dificultades prácticas.

—¿Reciben algún apoyo de Portugal? —pregunté.

—No, el cónsul no responde a mis preguntas —contestó Earl—.

Yo he estado en Portugal tres veces —prosiguió, y comenzó una larga explicación sobre cuándo había estado allí, qué lugares había visitado y qué tipo de visado le habían concedido.

Antony se levantó y cogió un nuevo cuaderno, también lleno de letras de canciones escritas a mano. Lo hojeó mientras tarareaba para sí.

Earl lo escuchaba.

—En Portugal, muy pocos han oído hablar de nuestra existencia —dijo—.

Hace unos años toqué en Coímbra con mi banda, Burgher Folks.

También se suponía que iba a abrir una conferencia en las Azores sobre los países lusófonos, pero la embajada francesa no me concedió el visado.

Portugal no tiene embajada aquí, por lo que todo pasa por la francesa.

Había memorizado toda la presentación en portugués, pero no pude viajar. ..

Antony empezó a cantar en voz alta fragmentos de canciones compuestas por él mismo.

—He aprendido nuestros bailes para poder enseñárselos a los jóvenes —continuó Earl sin inmutarse—.

También estoy aprendiendo a tocar el violín, para poder escribir las melodías y conservarlas para la posteridad.

Quiero que nuestra cultura sobreviva. Soy de la opinión de que tenemos un tiempo limitado en la vida.

Lo que quieras hacer tienes que hacerlo ahora.

Quedan pocas personas mayores que dominen el idioma.

Tengo que aprovechar bien el tiempo para documentarlo todo.

—Antes de la pandemia venía a verme todos los días —dijo Antony sonriendo, y fue a buscar un tercer cuaderno, también repleto de canciones y traducciones.

—Mi familia piensa que estoy loco por dedicar tanto tiempo a esto —dijo Earl—. Dicen que es porque no tengo nada más importante que hacer, porque no estoy casado. Pero yo creo que esto es importante.

De repente, la pequeña habitación se quedó completamente a oscuras. El yerno no tardó en aparecer con unas velas.

—La luz se va todos los días en este lado de la ciudad —explicó Earl—.

Se va durante horas. Nuestra comunidad pasa apuros —continuó, bajando la voz—.

Las cosas han cambiado. Antes ganaba lo suficiente con mi trabajo en la administración universitaria como para poder enviar dinero a mis padres.

Ahora apenas sobrevivo. Cojo el autobús de la universidad para ir a trabajar y no mi escúter. Así ahorro en gasolina.

Unos meses antes, Sri Lanka se había sumido en su peor crisis económica desde 1948.

En muchos sentidos, fue la «tormenta perfecta»: la pandemia del coronavirus había golpeado con dureza al sector turístico y, debido a la guerra de Rusia contra Ucrania, los precios de los combustibles, los fertilizantes y los alimentos se habían disparado de golpe.

El Gobierno había priorizado la reducción de impuestos y el pago de la deuda externa en vez de abordar los problemas.

De pronto, las arcas públicas estaban vacías y el país, prácticamente en quiebra.

Había escasez de alimentos y de medicinas y se impuso el racionamiento de la gasolina.

La crisis culminó con la irrupción de manifestantes enfurecidos en el palacio presidencial.

El 14 de julio de 2022, el presidente abandonó el país a toda prisa.

—¿Quiere oír otra canción? —preguntó Antony. Lo grabé a la luz de las velas. Fuera llovía a cántaros. Cuando terminó me preguntó si quería oír otra. Inmortalicé el momento.

—¿Se siente portugués o esrilanqués? —pregunté a Earl mientras Antony hojeaba su cuaderno densamente escrito en busca de otra canción.

—Me siento burgher —respondió—. Los tamiles aquí se sienten tamiles.

Así es Sri Lanka. Son muy pocos los que se sienten esrilanqueses.

En Batticaloa, de donde venimos, saben lo que significa ser burgher.

Antony creció con amigos que no lo eran, pero que aun así hablaban portugués.

Ahora todo es diferente. La guerra civil lo cambió todo.

La gente se ha vuelto más desconfiada. Crecí en un pueblo en la frontera entre hindúes y musulmanes.

Teníamos que huir todo el tiempo. No podíamos usar la carretera principal, era demasiado peligrosa.

Pero ni siquiera durante la guerra tuvimos los problemas que tenemos ahora.

Carraspeó y me miró.

—He oído que muchos esrilanqueses viajan a Noruega con visados de trabajo. Debe de haber algún tipo de resquicio legal. ¿Ha oído usted algo de eso?

—No, por desgracia...

—¿Podría avisarme si se entera de algo? Tengo que salir de aquí. Debería haberme ido cuando tuve la oportunidad.

Ahora le tocaba a Antony carraspear. Saqué el teléfono y lo grabé cantando un último salmo triste a la luz de las llamas parpadeantes.