Salmo del fin del idioma
Salmo del fin del idioma
El año anterior, el rey Cristián IV había autorizado la creación de la Compañía de las Indias Orientales, la primera sociedad anónima de Dinamarca-Noruega.
Gran Bretaña y los Países Bajos ya habían establecido compañías comerciales similares, y en ese momento los daneses también querían participar de las riquezas de Oriente.
La compañía tenía el monopolio del comercio danés-noruego con Asia por mar, y al principio el plan era enviar dos barcos alrededor del cabo de Buena Esperanza.
El único problema era que Dinamarca no tenía colonias en Asia ni experiencia en ese tipo de expediciones.
Por lo tanto, la sociedad tuvo dificultades para encontrar inversores.
Entonces apareció ese neerlandés, emisario del mismísimo emperador de Ceilán.
A Boschouwer se le concedió una audiencia con Cristián IV y abandonó el palacio con un tratado bajo el brazo.
Según este, Dinamarca se comprometía a enviar trescientos soldados, así como un buque de guerra, para ayudar al emperador de Ceilán en su lucha contra los portugueses durante los siguientes siete años.
A cambio, Dinamarca tendría libre acceso a los puertos de Ceilán y un monopolio comercial de doce años sobre los productos ceilaneses en Europa.
Además, el rey Cristián se convirtió en el principal accionista de la Compañía de las Indias Orientales y se involucró personalmente en la búsqueda de más inversores.
Un año más tarde, la flota de las Indias Orientales estaba lista para zarpar.
Constaba de los buques de guerra David y Elephanten y tres barcos mercantes.
El director general de la compañía, el neerlandés Roland Crappé, había viajado con antelación en el barco Øresund para informar al emperador del tratado firmado con Dinamarca y preparar la llegada de la flota.
El líder de la expedición era Ove Gjedde, de apenas veinticuatro años y originario de Escania.
Había adquirido experiencia bélica en el asedio de Brunswick y era especialista en la construcción de fortificaciones, lo que podía ser útil a la hora de construir una nueva colonia, pero no tenía práctica en liderar expediciones y apenas había estado en el mar antes.
La tripulación estaba formada por entre quinientos y setecientos hombres, incluyendo un gran contingente de mercenarios procedentes de los países alemanes.
Muchos de los oficiales navales eran neerlandeses, ya que pocos marineros noruego-daneses tenían experiencia en las regiones tropicales.
Cuando la flota llegó al cabo de Buena Esperanza en julio de 1619, más de seis meses después de zarpar de Copenhague, alrededor de un tercio de la tripulación había sucumbido al escorbuto.
La travesía por el océano Índico no fue mucho mejor.
Los escandinavos no habían calculado bien los vientos monzónicos y el avance fue dolorosamente lento.
«Por la mañana vimos (la tierra prometida) Ceilán con gran alegría», anotó Gjedde en su diario el 16 de mayo de 1620.
1 Tras emplear un año y medio en un viaje que solía durar seis meses, la expedición noruego-danesa había llegado por fin a su destino.
La flota, muy reducida, ancló en la ciudad portuaria de Trincomalee, en la costa este de la isla.
Uno de los barcos había encallado y dos se habían perdido durante la travesía, incluido el buque de guerra en el que viajaba Boschouwer.
Las pruebas aún no habían terminado. Gjedde comprendió rápidamente que el neerlandés no había sido sincero.
No había ningún emperador de Ceilán. El monarca en cuyo nombre Boschouwer había actuado con tanta grandilocuencia era el rey Senarat, que gobernaba Kandy, en el interior.
Además, resultó que ese rey hacía tiempo que había firmado un armisticio con los portugueses.
Eso debió de ser un duro golpe para Gjedde.
Todos los esfuerzos habían sido en vano.
Los daneses no eran necesarios en Ceilán.
Una semana y media después aparecieron los dos barcos desaparecidos.
Boschouwer yacía muerto a bordo del buque de guerra, por lo que el único contacto de Gjedde con el rey de Kandy había desaparecido.
Sin embargo, Gjedde partió hacia el cuartel general del soberano en las tierras altas, escoltado por diecisiete hombres, la mayoría de ellos gravemente debilitados por la malaria o el escorbuto.
En otras palabras, no fue una delegación negociadora demasiado impresionante la que se presentó en Kandy en la primavera de 1620.
El rey Senarat se negó a reconocer el tratado que Gjedde llevaba consigo, alegando que Boschouwer lo había firmado sin su consentimiento.
No es fácil determinar quién había tomado el pelo a quién.
Tras una semana de duras negociaciones, Gjedde logró que el monarca aceptara un nuevo acuerdo: Trincomalee, la ciudad portuaria más importante de la costa este, quedaba sometida a la Corona danesa.
El tratado incluso abrió la puerta a un monopolio comercial danés: ningún país podría comprar productos de Ceilán hasta que los daneses hubieran comprado lo que quisieran.
No obstante, el acuerdo no valía ni el papel en el que estaba escrito. Kandy no tenía dominio sobre Trincomalee ni sobre ninguna otra parte de la costa: los portugueses tenían fuertes bien vigilados a lo largo de toda la isla y controlaban todo el comercio entre Ceilán y Europa.
La salvación llegó en forma de mensajero de la India.
Resultó que Roland Crappé, el neerlandés director general y capitán del Øresund, el barco que había partido antes, seguía vivo.
Varios meses antes de que llegaran Gjedde y el resto de la flota, el Øresund llegó a la costa de Ceilán.
Crappé se reunió con el rey Senarat y lo informó del tratado.
El astuto Senarat aprovechó la oportunidad y ordenó a los daneses que atacaran los barcos mercantes portugueses frente a la costa de Ceilán.
A regañadientes, Crappé obedeció, pero el pequeño barco no tenía ninguna posibilidad contra los lusitanos, que eran muy superiores en número.
Durante la huida de una flota portuguesa atacante, el Øresund encalló en el extremo sudeste de la India.
La tripulación fue capturada por los portugueses, pero Crappé y otro miembro de la tripulación fueron rescatados por las autoridades locales.
Al día siguiente había clavadas en la arena cuatro estacas con cabezas cortadas, todas de miembros de la expedición danesa.
Gracias a un oficial de alto rango de Thanjavur, el reino local, y a la intervención personal del rey, fueron liberados diecinueve de los expedicionarios capturados.
El monarca local se mostró muy amable y prometió con grandiosidad que a los daneses se les permitiría construir una fortaleza en el pueblo de Tharangambadi, el «lugar de las olas cantarinas».
En danés, el nombre se simplificó a Trankebar.
Tan pronto como Gjedde recibió las buenas noticias de la India, se dirigió allí para seguir negociando con el rey local. Dejó dos barcos en Trincomalee y ordenó a las tripulaciones que terminaran de construir la fortaleza.
Tranquebar se convirtió en la primera colonia tropical de Dinamarca-Noruega y fue el centro del comercio danés con Asia durante más de dos siglos. El neerlandés Roland Crappé se convirtió en el primer gobernador de la colonia.
Antes de regresar a Dinamarca, Gjedde fue a Trincomalee para ver cómo iba la fortaleza.
Los trabajos ni siquiera habían empezado.
En cambio, las tripulaciones de ambos barcos se habían amotinado y una de las naves se había hundido a las afueras de la ciudad.
Nunca se construyó una fortaleza danesa en Trincomalee.
Gjedde regresó a Dinamarca en 1622 y nunca más volvió al Lejano Oriente.
Por el contrario, el noble se centró en Noruega, mucho más sencilla.
Se convirtió en mandamás aquí y allá, y terminó como director de Kongsberg Sølvverk y propietario de Fossum Jernverk.
También hizo carrera en los ámbitos militar y político.
Aunque nunca destacó en ninguna de esas áreas, ascendió hasta lo más alto y llegó a ser almirante danés y consejero del Estado.
Se dice que nunca superó el hecho de que Dinamarca perdiera Escania frente a los suecos en 1658, y pasó sus dos últimos años como prisionero de guerra en Suecia.
Ove Gjedde murió en 1660, poco después de ser liberado.
Tranquebar fue colonia danesa durante más de dos siglos. En 1845, Dinamarca se la vendió a los británicos.
Durante más de una semana viajé por toda Sri Lanka.
Fueron una especie de vacaciones viajeras.
Dormí en plantaciones de té, hice un safari de elefantes, admiré templos rupestres budistas de dos mil años de antigüedad decorados con innumerables pequeños budas, subí a una residencia real excavada en un acantilado y deambulé sudorosa y con los ojos muy abiertos entre las ruinas de los templos de Anuradhapura, la primera capital de la isla, fundada casi dos mil años antes de que aparecieran los primeros europeos; las enormes estupas con forma de cúpula seguían allí.
La segunda capital del país insular, Polonnaruwa, fue fundada quinientos años antes de que llegaran los portugueses.
La ciudad albergaba elaborados complejos de templos ricamente ornamentados y un palacio real de siete pisos.
Estaba mareada de tantas estatuas de Buda y ruinas de templos, y eso que apenas había empezado a explorar la antigua y mítica isla de Tamraparni, más tarde conocida como Simoundou, Serendib, Selan, Ceilán y Sri Lanka. Ahí terminaron las vacaciones.