Los navegantes La Roma de Oriente #4
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La Roma de Oriente #4

—No, si todos nos vamos, nuestra cultura se perderá para siempre —declaró el hombre, que amaba tanto Portugal como Goa—. Me quedaré aquí y me aferraré a mis raíces.

Rafael Viegas, de noventa y un años, vivía en un pueblo a una hora en coche de las fotogénicas calles del Barrio Latino.

El conductor no encontraba su casa y tuvo que llamar varias veces para pedir indicaciones.

Aun así, no la encontramos. No dimos con ella hasta que vi que estaba marcada en Google Maps, pero incluso entonces pasamos de largo.

El nonagenario vino corriendo detrás de nosotros.

—¡Di indicaciones precisas al conductor! —regañó—. ¡Precisas! ¡Imposible equivocarse! Vaya hasta la iglesia, le dije. Gire a la izquierda. Imposible malinterpretarlo. Al final he tenido que salir a buscarlos. Y ahora estoy muy cansado.

Sin esperar, Rafael giró sobre sus talones y marchó colina arriba con pasos largos y enérgicos.

Salí del coche y corrí tras él, pero me costó seguirle el ritmo.

Me esperaba fuera de su gran villa portuguesa, algo más calmado.

En el interior había techos altos y tantas habitaciones que uno podía perderse. En el salón había galletas preparadas.

—Pero ¿dónde está el conductor? —preguntó Rafael cuando nos hubimos sentado, de nuevo molesto—. ¿Por qué no ha aparcado aquí? Llámelo y dígale que aparque aquí.

Obedientemente, hice lo que me pidió. Rafael recuperó de inmediato el buen humor y me ofreció agua, café y cerveza.

—Va a almorzar aquí —me dijo mientras yo masticaba una galleta—. Un almuerzo tardío. Porque esto va a llevar tiempo. Necesitaría usted varios días para revisar todo el material que tengo. Estoy a su disposición.

Rafael era un coleccionista. Tenía cajones llenos de revistas de los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Había dispuesto los recortes siguiendo un sistema ingenioso y sin duda eficaz, porque siempre encontraba lo que buscaba a la primera.

Ya había encontrado dos o tres revistas para mí: una de 1962, justo después de The Liberation, que trataba sobre mártires y héroes, un número especial sobre Salazar y otra de 1970 dedicada al movimiento hippie.

Algunas de las fotografías de ese número rayaban en lo pornográfico.

—¿Qué pensaban realmente los lugareños de los hippies? —pregunté.

—Representaban algo nuevo y emocionante. ¡Nudismo y drogas! Pero pronto se convirtieron en una plaga y una molestia, porque no se integraban en el resto de la sociedad y no tenían en cuenta la cultura local. Vivían en su propia burbuja.

—¿Qué piensa de los turistas indios que vienen aquí ahora?

—También son una molestia —respondió Rafael sin rodeos—. Tampoco se adaptan a la cultura local.

—¿Es probable que muchos de ellos solo vengan para jugar en los casinos?

—Vienen para blanquear su dinero negro —corrigió Rafael—. Los casinos son en parte propiedad de dinero negro, y muchos de los políticos están metidos en el juego. Goa se ha convertido en algo parecido a Macao.

—¿Qué queda del legado de los portugueses aquí? —pregunté.

Él respondió con una contrapregunta.

—¿Ha estado usted en otros lugares de la India?

Asentí.

—¿Cree que esos lugares son como Goa?

Negué con la cabeza.

—No lo son, precisamente ahí tiene la influencia portuguesa.

Él no era de ascendencia lusitana, pero había crecido en una familia lusoparlante.

Conmigo hablaba en inglés, idioma que también dominaba con fluidez.

Recordaba todos los números y fechas, nunca titubeaba y no parecía haber cambiado lo más mínimo en los últimos treinta años, al menos a juzgar por la foto familiar de los noventa del siglo pasado que colgaba de la pared.

Entonces, como ahora, tenía un bigote corto y blanco y mechones de color cano en la parte superior de la cabeza.

Su cara redonda y suave casi no tenía arrugas.

—Tengo noventa y un años —aseguró Rafael—.

Nací en Goa el 16 de diciembre de 1931. Los lusos nos trataron bien.

Los de Goa y Cabo Verde teníamos un estatus especial: éramos ciudadanos portugueses.

Pero solo aquellos que veníamos de familias con recursos recibimos educación.

En la escuela del pueblo a la que yo fui éramos en total cien alumnos.

Calculo que tal vez el setenta por ciento de los aldeanos eran analfabetos, pero así era también en el caso de Portugal.

La criada, una mujer discreta y amable de unos sesenta años, vino hacia mí con más pastel y café. Rafael no quería nada, estaba ocupado hablando.

—Nos trataron bien, pero Goa era una dictadura, al igual que Portugal.

A los opositores al régimen no se les trató con guantes de seda.

Podíamos pensar con libertad, pero siempre teníamos que medir muy bien lo que decíamos en voz alta, porque había informantes por todas partes.

De 1953 a 1961 trabajé para la administración portuguesa como químico asistente en la mina de hierro.

En 1968 me trasladaron al Ministerio de Agricultura y trabajé con fertilizantes y análisis de suelos.

Ahora llevo treinta y tres años jubilado.

—¿Se acuerda de los acontecimientos de 1947? —pregunté.

—Recuerdo todo lo que pasó en 1947 —dijo Rafael—.

Cuando los británicos se fueron, los días del Imperio portugués estaban contados.

Los pequeños reductos nunca sobreviven. Son devorados por los nuevos, grandes y prometedores Estados.

Sucedió con Antioquía, en la antigua Grecia.

Lo mismo ocurre con Hong Kong y Macao. Los poderosos subyugan a los débiles.

Pero Salazar era testarudo. Era como una roca.

Si uno se estrellaba contra él se rompía la crisma. ..

—¿Y el 18 de diciembre de 1961? —pregunté—. ¿Qué recuerda de ese día?

—Me acuerdo de todo. Era lunes y yo venía de la iglesia.

Por el camino me encontré con el médico.

Me dijo que Goa estaba rodeada por tres lados.

Poco después vi bombarderos en el cielo.

Subí la colina y desde allí vi cómo volaban tres puentes.

Eran las doce del mediodía. Al día siguiente fui a la ciudad.

Los mismos que antes habían gritado «¡viva Portugal!

», en ese momento iban por las calles gritando «Jai Hind!

» . La gente estaba contenta. A todo el mundo le gusta el cambio.

—Los portugueses fueron los primeros en llegar y los últimos en irse —comenté.

—Los últimos en ser expulsados, querrá usted decir —corrigió Rafael—.

La Goa portuguesa está a punto de desaparecer.

Ese es el curso de la naturaleza. En aquel entonces éramos medio millón de goanos, ahora somos un millón y medio, y la mayoría ya no son de aquí, sino de otros lugares de la India.

La herencia portuguesa permanecerá aquí por un tiempo, luego desaparecerá. Pero las iglesias seguirán en pie.

Guardé mi cuaderno en el bolso y le agradecí con gran efusión la charla.

—¿No tiene más preguntas? —Rafael me miró expectante.

—No, de verdad que no —dije. Ya habíamos hablado durante varias horas—. ¿No lo hemos comentado ya casi todo?

Rafael pareció decepcionado por un momento. Luego se levantó y estiró su largo cuerpo.

—El almuerzo está listo —dijo—. ¡Disfrútelo!

En la mesa de la cocina había comida suficiente para todo un pueblo: ensalada de gambas, salsa de yogur, verduras, curry, lentejas, arroz, varios tipos de pescado rebozado y, de postre, un pudin tan suave y dulce como una puesta de sol en Goa.

En lo profundo del estado, rodeado de bosque tropical, en una roca rojiza sobre el río, hay un saludo de los primeros habitantes de Goa.

Un guardia me enseñó el lugar, y con la ayuda del agua de una botella de refresco dibujó los contornos para que fuera más fácil ver lo que representaban las líneas en la roca.

Una mujer. Y, encima de ella, un bebé conectado por una línea, un cordón, a una forma más pequeña y alargada.

¿El cordón umbilical y la placenta? Un buey atado con una cuerda, guiado por un humano.

Una cabra, y dentro del cuerpo de esta algo grabado que parecía un corazón.

Dos perros con el rabo hacia arriba. Otro buey, y dentro de él no solo estaba marcado el corazón, sino también las entrañas.

Un laberinto de círculos, no muy diferentes de los del desierto del Namib en Angola, pero estos no estaban separados, sino conectados por una línea continua que conducía al centro.

Estrellas. Huellas. Y por toda la roca había pequeños hoyos. ¿Para ofrendas?

Los arqueólogos estiman que los petroglifos de Usgalimal tienen alrededor de diez mil años de antigüedad, pero podrían ser más antiguos o recientes, nadie lo sabe con certeza.

Sabemos poco sobre las personas que grabaron esas formas y figuras.

Lo único que dejaron son unas líneas en la roca.

¿Qué ideas tenían sobre el mundo, la vida y la muerte?

Todo lo que sabemos es que tuvieron hijos, enfermaron y murieron, al igual que nosotros.

Presumiblemente se enamoraron, discutieron, lloraron y rieron, se aburrieron y mintieron, sintieron celos, se agitaron y enojaron, se consolaron, cantaron y acunaron, como nosotros.

De las figuras que dejaron, grabadas con paciencia en la roca, podemos deducir que debieron de vivir rodeados de perros, cabras y bueyes.

Por la noche miraban el cielo estrellado, un espectáculo que debió de fascinarlos, ya que la roca está llena de estrellas.

Pero esta guarda silencio sobre lo que pensaban de los puntos luminosos, allá arriba.