Océano Índico. Cruzada en el mar #5
Pero tras tres meses en Calicut, los portugueses solo habían logrado llenar dos barcos con esas sustancias.
Sospechaban que los comerciantes árabes cargaban los suyos en la clandestinidad.
Cuando los primeros se quejaron, el zamorín los autorizó a detener los barcos árabes y comprobar si llevaban mercancías a bordo; de ser así tendrían derecho a comprar las especias al mismo precio que los musulmanes habían pagado por ellas.
A mediados de diciembre, los portugueses se apoderaron de un barco árabe que se dirigía a Yeda.
Los islamitas de Calicut se enfurecieron y atacaron el puesto comercial portugués.
Más de cincuenta lusitanos fueron masacrados por la turba.
Los portugueses respondieron con pólvora y balas de cañón.
Aunque eran abrumadoramente minoría, tenían una ventaja decisiva: sus cañones eran superiores.
Primero atacaron a los barcos mercantes árabes en el puerto.
Saquearon sus mercancías y mataron a sus tripulaciones, varios cientos de hombres en total.
Al amanecer, los portugueses apuntaron sus cañones a Calicut y dispararon algunas andanadas.
Luego huyeron. Dejaron tras de sí ruinas humeantes y cientos de cadáveres.
Antes de regresar a casa, los lusitanos visitaron las cercanas ciudades portuarias de Cananor y Cochín.
Los gobernantes locales de esas ciudades tenían una mala relación con el zamorín de Calicut y estaban más que dispuestos a comerciar con los portugueses.
Por fin los barcos se llenaron de valiosas especias, y Cabral también obtuvo permiso para establecer un pequeño puesto comercial en Cochín.
Cabral hacía mucho tiempo que había comprendido que el entusiasta relato de Da Gama sobre todos los cristianos de Calicut no era exacto.
Era obvio que los indios de Calicut adoraban a dioses completamente diferentes.
Sin embargo, mientras estaban ocupados cargando especias en Cochín aparecieron dos auténticos sacerdotes cristianos de la ciudad vecina.
Estos pidieron con cortesía ir a Europa con ellos porque tenían muchas ganas de encontrarse con el papa.
Por supuesto, no salió un «no» de la boca de Cabral.
Uno de los sacerdotes murió en el camino, pero el otro, el padre José, sobrevivió y tuvo una audiencia con el rey Manuel, quien entonces se volvió realista en cuanto a la vida religiosa en la India.
José explicó que los cristianos de ese país eran descendientes de los seguidores del apóstol Tomás, quien apareció en el sur de la India alrededor del año 50 d.C.
para difundir la palabra de Dios. Así que sí había cristianos en la India, pero no tantos como los portugueses habían pensado en un principio.
A diferencia de Da Gama, Cabral abandonó la India en el momento adecuado y navegó hacia el oeste con el viento monzónico a sus espaldas.
En la costa de Malindi, los portugueses se encontraron con una tormenta y uno de los barcos fue arrastrado a tierra y se incendió.
En total, Cabral había perdido seis de las trece embarcaciones de su flota, y más de la mitad de la tripulación había desaparecido.
Las cinco naves que regresaron a Lisboa en el verano de 1501 enteramente cargadas de especias reportaron, no obstante, unas ganancias respetables.
Una nueva flota de cuatro barcos ya se dirigía de Lisboa a la India, bajo el mando del noble de origen gallego João da Nova.
Después de quemar y hundir algunas embarcaciones árabes en el puerto de Calicut, visitaron el puesto comercial de Cochín y establecieron otro en Cananor.
Mientras estaban anclados frente a esta última ciudad esperando el monzón fueron atacados por musulmanes de Calicut.
Los portugueses dispararon sus cañones. Antes de que el humo de la pólvora se disipara, se apresuraron a regresar a Lisboa, donde el cargamento de especias les reportó otras buenas ganancias.
Cabral fue el primero en la historia que visitó cuatro continentes en un mismo viaje; él había descubierto Brasil, y Diogo Dias también había descubierto Madagascar.
Pero Cabral no había conseguido llegar a ningún acuerdo con el zamorín, y aunque había regresado a casa con un sacerdote indio, no había salvado ni una sola alma en la India.
Además, estaba en conflicto con la familia Da Gama.
En realidad, se suponía que era Cabral quien debía liderar la flota récord que puso rumbo a la India en febrero de 1502 para vengar el ataque al puesto comercial portugués en Calicut.
Cabral se había encargado de los preparativos, que duraron ocho meses, pero la flota terminó siendo dirigida una vez más por Vasco da Gama, quien mientras tanto se había convertido en Dom Vasco da Gama, almirante de los mares Arábigo, Pérsico e Índico y de todo Oriente, abreviado, para simplificar, como almirante de la India.
Cabral se retiró a su hacienda familiar de Santarém, donde murió en 1520. No fue hasta más de trescientos años después, en 1839, cuando un historiador brasileño se tomó la molestia de rastrear su tumba.
Los consejeros del rey se opusieron con rotundidad a toda la expedición: creían que los costes eran demasiado elevados, también desde un punto de vista puramente humano.
Esas flotas tenían la triste tendencia a regresar a casa con menos de la mitad de su tripulación con vida.
¿Y no tenían bastante con las campañas contra Marruecos?
Era importante rendirse mientras la partida aún fuera buena, advirtieron.
Pero el rey Manuel I no era de los que escuchaban consejos ni cedían.
Era un soberano con visiones, sobre todo en su propio beneficio.
Un día habría un rey que uniría a todos los cristianos de la Tierra y expulsaría a los infieles, al menos esa era la leyenda.
Y quién sabía, tal vez ese rey fuera él.
Jerusalén era el verdadero objetivo. El ambicioso plan del monarca era limpiar el océano Índico de musulmanes y hacerse con el control del tráfico marítimo en el mar Rojo, estrangulando así la economía de Egipto. Entonces el camino a la Ciudad Santa estaría abierto de par en par.
Solo se puede especular sobre lo que pasó por la mente del almirante Dom Vasco da Gama cuando la flota de quince barcos partió de Lisboa en febrero de 1502. La última vez, menos de un tercio de la tripulación había regresado con vida. ¿Cuántas vidas costaría el viaje esa vez?
Al menos el almirante estaba rodeado de su familia.
Su cuñado y el prometido de su hermana eran capitanes de barcos de la flota.
En abril, la armada sería reforzada con cinco barcos más, bajo el mando del primo de Da Gama.
Dos de los tíos de este también estaban en la expedición.
El plan era que permanecieran en Asia y patrullaran el océano Índico con un total de cinco barcos fuertemente armados para asegurarse de que los comerciantes árabes no violaran el monopolio comercial de Portugal.
Los portugueses aún no tenían esa prebenda, pero la obtendrían en ese momento, con la ayuda de cañones si era necesario.
Esa vez, Vasco da Gama fue recibido con mucha más amabilidad por el sultán de Mozambique, quien es probable que todavía tuviera fresco en la memoria el bombardeo de la primera visita.
La máquina de guerra flotante navegó hacia la isla de Kilwa, más al norte, uno de los puertos comerciales más importantes de toda la costa suajili.
En vista de que los barcos estaban bien provistos de armas, el sultán del lugar aceptó con entusiasmo convertirse en vasallo de Portugal.
Al llegar a la costa de Malabar, los portugueses se dispusieron a esperar una víctima adecuada.
Pronto apareció una embarcación árabe. Resultó que no se trataba de un barco mercante; a bordo había varios cientos de peregrinos, entre ellos mujeres y niños, que habían estado en La Meca y regresaban a Calicut.
Estos se rindieron sin oponer resistencia y ofrecieron a los lusitanos todas las riquezas que llevaban a bordo.
Además, los pasajeros más ricos les prometieron especias, oro y piedras preciosas de un valor muy superior al de lo que los portugueses podían esperar obtener a cambio en las ciudades portuarias de la India.
Da Gama hizo saquear el barco, pero no se dejó seducir por las promesas de riquezas que lo esperaban en tierra.
En su lugar, ordenó incendiar la nave de los peregrinos.
Las mujeres de a bordo ofrecieron a sus bebés y joyas de oro y rogaron a los lusitanos que tuvieran misericordia, pero el almirante de la India no mostró piedad.
Con la excepción de veinte niños a los que los portugueses llevaron a un sitio seguro y bautizaron a la fuerza, ninguno de los peregrinos sobrevivió. La cruzada estaba en pleno apogeo.
La armada navegó hacia Calicut. Da Gama exigió que el zamorín expulsara de inmediato a los mercaderes musulmanes y comerciara exclusivamente con Portugal.
Cuando el gobernante se negó a acceder a esa demanda sin precedentes, los lusitanos bombardearon Calicut durante dos días.
Luego navegaron hacia el sur, a Cochín, para comprar especias.
Al fin y al cabo, ellas eran las que lo habían financiado todo.
Mientras estaban anclados en el puerto, recibieron la visita de unos hombres provenientes del sur que se presentaron como descendientes de los seguidores del apóstol Tomás, al igual que el padre José.
Declararon que su congregación contaba con treinta mil cristianos, que tenían trescientas iglesias y que les gustaría convertirse en vasallos del rey portugués.
Finalmente, Da Gama había encontrado verdaderos cristianos en la India.
Antes de abandonar la costa de Malabar estableció un puesto comercial permanente en Cochín con una plantilla de hasta treinta personas.
El jefe de ese puesto tenía jurisdicción sobre todos los portugueses de la India, y también sobre todos los cristianos del país.
Se habían sembrado las primeras semillas de una colonia portuguesa en Asia.
Vasco da Gama volvió a casa triunfante. Sus barcos estaban cargados de especias y había encontrado miles de cristianos en la India.
(Estrictamente hablando, fueron ellos los que lo encontraron a él.) Sus tíos se quedaron para salvaguardar el monopolio de Portugal en el océano Índico y proteger los puestos comerciales portugueses, aunque pronto se preocuparon más de saquear para su propio beneficio.
Gracias a los cargamentos de especias de la costa de Malabar, Lisboa se había convertido de repente en una ciudad próspera.
Nadie en Oriente estaba interesado en comprar los productos de los lusitanos, pero al menos estos tenían cañones superiores, marineros hábiles y un rey con visión de futuro.
A partir de entonces todo fue vertiginosamente rápido.
Durante los años siguientes, los portugueses saquearon, quemaron y bombardearon las costas del Índico.
Construyeron fuertes en Socotra y Mascate, sometieron Ormuz y cañonearon e incendiaron Kilwa y Mombasa.
Como era de esperar, los estragos en el océano Índico habían granjeado a Portugal poderosos enemigos.
Estos unieron fuerzas para tratar de detener a los lusitanos de una vez por todas.
La insólita coalición estaba formada por el Imperio otomano y los mamelucos de Egipto, así como por los venecianos, que en los últimos años habían sido testigos del desmoronamiento de su lucrativo monopolio comercial de las especias.
La armada de la alianza musulmano-cristiana llegó a la India en 1507.
Allí se asociaron con el gobernante musulmán de Diu y derrotaron una flotilla portuguesa en Chaul, al sur de la actual Bombay.
Fue la primera derrota de los portugueses en una batalla naval en Asia.
Un año después, el escenario estaba listo para otro enfrentamiento.
La flota mameluca, respaldada por los venecianos y los otomanos, unió fuerzas esa vez con las flotas del sultán de Guyarat y el zamorín de Calicut.
El 3 de febrero de 1509, la gran coalición se enfrentó a los lusitanos delante de Diu, en la costa noroeste de la India.
Los portugueses fueron, como de costumbre, superados en número.
Los islamitas proporcionaron más de cien barcos, frente a los dieciocho de los lusitanos.
No obstante, estos ganaron con diferencia, gracias a armas más avanzadas y tripulaciones más experimentadas.
Mediante un intenso bombardeo, los portugueses lograron hundir o abordar todos los barcos enemigos.
El puerto estaba repleto de cadáveres y restos humanos.
Quizás hasta tres mil musulmanes murieron.
Los lusos solo perdieron treinta y dos hombres.
La de Diu pasó a la historia como una de las batallas navales más importantes del mundo. Aseguró a los portugueses una posición dominante en el océano Índico durante el resto del siglo.