Los navegantes Océano Índico. Cruzada en el mar #4
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Océano Índico. Cruzada en el mar #4

Desde la distancia, la costa de Madagascar parecía de una belleza cautivadora, pero el puerto es feo, casi todos lo son; se dedican al almacenamiento y la logística y consisten en hormigón, asfalto y grúas.

La superficie del agua brilla con el aceite.

El agente local sube a bordo para rellenar los formularios.

Aparece con un maletín y una mochila espaciosa.

Antes de abandonar el barco pide hacer un recorrido por la cocina.

Al salir apenas puede cerrar la mochila.

Los agentes de inmigración, por otro lado, son rápidos y eficientes.

Ponen un sello en la copia de mi pasaporte y me autorizan a desembarcar.

En la cubierta inferior todo está listo para un buen intercambio.

Un puñado de mujeres locales ya suben la rampa con cubos llenos de pescado fresco y lichi en la cabeza.

Los marineros han sacado kilos de chatarra y montones de cuerdas viejas y zapatos de seguridad usados.

Salgo de la zona del puerto y bajo a la playa.

Desde ahí el barco se ve enorme. Hay basura y fragmentos de vidrio esparcidos por la arena, y me siguen niños con ropas harapientas.

Las aceras están vacías y llenas de agujeros; los edificios, ruinosos y grises por los gases de escape.

En un edificio de los años cincuenta pone R ITZ en letras rojas y seductoras, pero el cine hace tiempo que cerró.

Paso por un restaurante local, tienen galettes y crêpes en el menú y el personal habla francés.

En las mesas de al lado hay sentados hombres blancos con poco pelo y grandes barrigas.

Las novias locales podrían ser perfectamente sus bisnietas.

Un tuctuc me lleva de vuelta al barco. De camino hacia la rampa me encuentro con mujeres sonrientes con calzado de seguridad viejo y piezas de maquinaria desgastadas en las manos. Durante los próximos días, el chef sirve pescado fresco y lichis en cada comida.

Al día siguiente estamos de nuevo rodeados de agua. El mar es de un azul tan profundo que casi parece morado. El cielo se vuelve azul claro y se arquea sobre el agua, salpicado de nubes ligeras; el aire es templado y húmedo. La antigua colonia francesa ha desaparecido en algún lugar del horizonte.

Me despierto en medio de la noche con el ruido del barco golpeando contra la nada, el casco tiembla.

Nos hemos detenido. Durante un día entero esperaremos frente a Reunión.

El puerto es pequeño, ya hay un crucero atracado.

Luego nos toca a nosotros. Dado que la isla sigue perteneciendo a Francia, de repente nos encontramos en una de las zonas tropicales de la Unión Europea, con palmeras, volcanes y atascos.

El capitán me da permiso para desembarcar y durante dos días me atiborro de cruasanes, ostras y champán.

Los portugueses descubrieron la isla a principios del siglo XVI y la llamaron Santa Apolónia.

Entre los comerciantes árabes, ese lugar deshabitado se había conocido durante siglos como Dina Morgabine, la isla occidental, pero ninguno se había asentado allí.

Permaneció deshabitada durante más de cien años, porque ni siquiera los marineros portugueses vieron el sentido de colonizarla.

Allí solo había palmeras. Los franceses, en cambio, advirtieron su potencial.

La llamaron Bourbon en honor a la casa real gala, y comenzaron a establecerse en ella a mediados del siglo XVII .

Tras la Revolución francesa, la isla cambió su nombre por el de Reunión, y en el transcurso de las guerras napoleónicas se llamó Bonaparte por un breve periodo de tiempo.

Los británicos la controlaron unos años, antes de devolvérsela a Francia en 1814.

Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo una temporada bajo el régimen de Vichy, hasta que fue liberada por soldados de las fuerzas de la Francia Libre.

La isla es hoy parte del territorio de ultramar de Francia y su población es como un libro de la historia colonial del lugar, una dichosa mezcla de franceses e indios, chinos, malayos, mozambiqueños y malgaches que fueron enviados allí para trabajar en las plantaciones de azúcar.

Poco menos de un día después atracamos en otro pequeño puerto y los últimos coches blancos bajan por la rampa.

Ilha do Cisne, isla del Cisne, así llamaron los portugueses a la isla cuando llegaron allí a principios del siglo XVI , pero tampoco intentaron apoderarse de ella.

Ya tenían muchas otras islas que atender, y las deshabitadas les resultaban de escaso interés.

Cien años más tarde, los neerlandeses aparecieron por el océano Índico.

Llamaron Mauricio a la isla y llevaron consigo esclavos de la India neerlandesa, la actual Indonesia.

En el siglo XVIII entraron en escena los franceses.

Establecieron plantaciones de azúcar, al igual que en Reunión, e importaron esclavos de Madagascar y África oriental para que hicieran el trabajo pesado.

Durante las guerras napoleónicas, Gran Bretaña ocupó la isla, y en 1814 se convirtió formalmente en una colonia británica.

El océano Índico está lleno de historia europea.

Portugueses, españoles, neerlandeses, franceses y británicos llegaron navegando alrededor del cabo de Buena Esperanza y trasladaron grupos de personas y los mezclaron.

Al establecer plantaciones e introducir animales y plantas foráneos, cambiaron para siempre el paisaje de los lugares que visitaron.

A un puñado de marineros y a mí nos dan permiso para desembarcar.

Tenemos seis horas para explorar Port Louis, la capital de Mauricio, antes de levar anclas.

Al principio apenas se ve a nadie en las tranquilas calles dominicales.

Poco a poco, la capital cobra vida. Las aceras se llenan de gente y las tiendas abren sus puertas.

Los marinos compran imanes para la nevera y después paseamos por el mercado local.

Tomo muchas fotos de la gente y de las frutas exóticas, los marineros no toman ninguna.

—Es igual que en Filipinas —se queja el cuarto maquinista—. Excepto por algunas verduras, que son diferentes. Y porque la gente aquí es musulmana. E hindú. Salvo por eso, es como en Filipinas.

El barco maniobra para salir del pequeño puerto.

La siguiente parada es Yokohama. Las cubiertas de vehículos están vacías; sin carga parecen más bajas y estrechas.

Los tanques están llenos de agua de lastre para compensar la falta del peso de la carga, pero aun así flotamos más alto en el agua y el casco se balancea más, aunque apenas hay viento; el mar es de color azul índigo, como el terciopelo.

La tripulación está más ocupada que nunca y trabaja horas extras varias noches a la semana.

Aprovechan que las cubiertas están vacías para hacer tareas de mantenimiento muy necesarias, como reemplazar las bombillas viejas por tubos halógenos, reparar grietas internas del casco y eliminar el óxido.

Además, todas las cubiertas deben limpiarse y lavarse para que estén listas para recibir nuevos vehículos en Japón.

Los días son largos y solitarios, pero por las noches hay partidas de póquer, dardos, películas, karaoke y cerveza, como siempre.

Cuando el nivel de alcohol en la sangre ha subido lo suficiente, los marineros hablan de esos estudiantes e hijas adolescentes a los que casi nunca ven.

—Mi hija me acaba de decir que es litromántica —suspira una noche uno de los oficiales más jóvenes.

Está molesto, no sabe qué hacer. Ninguno de nosotros sabe qué significa litromántico, tenemos que buscarlo—.

Me preocupa la influencia de internet —continúa.

Tiene que hablar alto para tapar la voz del tercer oficial, que está en mitad del estribillo de uno de sus números estrella.

«And now the times are changin...»—. No es que tenga nada en contra de los homosexuales, pero ¿tienen que ser tan agresivos?

—prosigue el oficial. No puedo oír lo que dice y tiene que repetirlo.

«Look at everything that’s come and gone.

..»—. Ese movimiento LGBT, hacen tanto alboroto.

.. No creo que sea bueno para los jóvenes, los confunde.

— «I knew that it was now or never! Those were the best days of my life.

..»—. Pero ¿qué se puede hacer? Me consuelo pensando que al fin y al cabo es una chica sensata. — «It was the summer of’69, oh yeah!»

Estamos en una burbuja, el mundo entero es una burbuja, conectado por los algoritmos de internet y las megaempresas globalizadas, cuyas mercancías se transportan de puerto a puerto a bordo de cincuenta mil barcos.

Incluso los debates son similares, en todo el mundo la clase media global discute los mismos temas.

Cuando el equipo de karaoke se ha apagado, salgo a cubierta.

Navegamos sin más iluminación que las luces laterales rojas y verdes; apenas puedo ver mis pies.

El cielo estrellado nos abraza como una cúpula resplandeciente; flotamos en una esfera dentro de otra esfera.

Al llegar a la cubierta delantera, una bola de fuego naranja atraviesa el cielo nocturno.

En la mesa del desayuno las caras son serias. Un petrolero de propiedad noruega fue alcanzado anoche por un misil frente a la costa de Yemen. Desde Japón, nuestro barco, con bandera noruega, continuará hacia el Mediterráneo a través del mar Rojo y el canal de Suez.

A mediados de septiembre de 1500, la flota de Cabral llegó a la ciudad portuaria de Calicut.

El anterior zamorín había muerto poco después de que Da Gama abandonara la India.

El nuevo parecía más complaciente. Probablemente ayudó el hecho de que esa vez los portugueses llevaron regalos más adecuados, de oro y plata.

Con benevolencia, el zamorín les dio permiso para establecer un puesto comercial permanente a orillas del mar y les prometió preferencia a la hora de comerciar con especias.