Océano Índico. Cruzada en el mar #3
Los médicos de la época solo escuchaban su propia intuición, y esta, por lo general, únicamente empeoraba las cosas.
La mayoría de ellos habían leído a los pensadores de la Antigüedad y creían que el escorbuto tenía muchas y complejas causas.
Una hipótesis, por ejemplo, era que la enfermedad la causaba una especie de descomposición interna, por lo que los partidarios de esa teoría prescribían como cura, entre otras cosas, ácido sulfúrico diluido.
Otros creían que se debía a una mezcla de trabajo duro, agua en mal estado, aire viciado e ingesta excesiva de carne salada.
Mientras los médicos de tierra se rascaban la cabeza e ignoraban con arrogancia las experiencias de los facultativos de barco y los marineros, cientos de miles de estos últimos sufrían una dolorosa muerte en el mar.
El sufrimiento a bordo de la pequeña flota de Vasco da Gama fue solo el comienzo.
Entre 1500 y 1800, dos millones de marinos morirían de escorbuto.
En el siglo XVIII murieron más marineros de la Armada británica a causa de esa enfermedad que por acciones de guerra.
Todas esas muertes se podrían haber evitado si en los barcos se hubiera podido disponer de mermelada de naranja o unas gotas diarias de zumo de limón, por ejemplo.
Tan pronto como ingerían vitamina C, las víctimas del escorbuto generalmente se recuperaban, siempre que la enfermedad no hubiera avanzado demasiado.
Ese fue el caso de buena parte de los enfermos de la flota de Vasco da Gama.
«Muchos de ellos» murieron, a pesar de las naranjas del sultán.
Antes de que los supervivientes zarparan, Da Gama pidió permiso para erigir un padrão como símbolo de amistad entre Malindi y Portugal.
El sultán eligió una de las mejores ubicaciones posibles para la columna blanca, junto al palacio, frente al mar.
Tras las protestas de los lugareños, el sultán se vio obligado a trasladar la cruz a una zona más alejada de la ciudad, a un promontorio rocoso junto a la playa. Allí sigue pasados quinientos años.
Pocos días después de salir de Malindi, los portugueses anclaron en una bahía, vaciaron la carraca São Rafael de mercancías y provisiones y le prendieron fuego. No quedaban suficientes supervivientes para tripular tres barcos.
El diario del cronista terminó abruptamente el 25 de abril, poco más de un mes después de doblar el cabo de Buena Esperanza: «La mayor profundidad que medimos fue de 20 brazas; y, sin embargo, no vimos tierra», escribió en el último párrafo.
«Los guías se dieron cuenta de que nos acercábamos a los bancos de arena del río Grande.
» Rio Grande era el nombre que usaban los portugueses para el área marítima entre el continente y las islas Bijagós, en la actual Guinea-Bisáu.
La carabela Berrio llegó a Lisboa el 10 de julio de 1499, casi justo dos años después de zarpar de allí.
La São Gabriel llegó unas semanas más tarde, pero Vasco da Gama no iba a bordo.
Durante el viaje de regreso, su hermano Paulo había enfermado de tuberculosis.
En Cabo Verde, su hermano menor fletó una carabela rápida para llegar a Lisboa lo antes posible, pero Paulo enfermó aún más durante el camino, y Vasco decidió poner rumbo a la isla Terceira, en las Azores.
Al día siguiente de su llegada, Paulo murió.
Vasco lo hizo enterrar en la iglesia del monasterio franciscano del lugar.
Permaneció en las Azores durante varias semanas, abrumado por el dolor.
No fue hasta finales de agosto o principios de septiembre cuando Vasco da Gama apareció en Lisboa. Allí tuvo una acogida bastante digna.
Ya incluso antes de que Da Gama regresara, el rey Manuel había enviado una carta triunfal a los Reyes Católicos de España.
Un mes después envió otra al cardenal protector de Portugal en Roma.
La inmodesta carta empezaba así: «Nos, Dom Manuel, por la gracia de Dios rey de Portugal y de los Algarves en este y el otro lado del mar, en África, señor del comercio, la conquista y la navegación en Etiopía, Arabia, Persia e India».
En casa, el rey Manuel comenzó a hacer planes para un gran monasterio en Belém, a las afueras de Lisboa, y ordenó la construcción de almacenes para recibir todas las especias que pronto llegarían a raudales de Oriente.
El mapa del viaje marítimo de Da Gama se guardó como un secreto de Estado.
El futuro parecía brillante para Portugal.
El 9 de marzo de 1500 zarpó de Lisboa una nueva flota.
Esta era considerablemente más grande que la anterior y constaba de trece barcos y una tripulación de alrededor de mil quinientos hombres, de los cuales casi la mitad eran soldados.
En la expedición también había cinco sacerdotes.
La flota estaba dirigida por el noble Pedro Álvares Cabral, de cuya vida previa y posterior a esa travesía, la única que lideró, poco se sabe.
A Bartolomeu Dias no se le había permitido unirse al viaje inaugural de Da Gama, pero Cabral lo contrató como capitán de uno de los barcos.
Su hermano Diogo Dias y otros veteranos del primer viaje a la India también estaban allí.
Cabral tenía órdenes de dar a los portugueses el monopolio comercial de Calicut.
Si el zamorín no accedía voluntariamente a expulsar a los musulmanes de los puertos, los lusitanos tenían instrucciones de ir a la guerra.
A los musulmanes y paganos que encontraran en el camino se les daría la opción de convertirse o morir.
Era una cruzada flotante que en ese momento ponía rumbo al océano Índico.
No empezó demasiado bien. Poco después de llegar a Cabo Verde, una de las carracas se extravió y desapareció sin dejar rastro. La buscaron durante mucho tiempo, pero al final tuvieron que darse por vencidos.
Cabral hizo lo mismo que Da Gama y se dirigió decididamente hacia el sudoeste tan pronto como pasaron Cabo Verde.
Debieron de llegar muy al oeste, porque poco más de un mes después, el 22 de abril, los marineros divisaron en el horizonte una alta montaña cónica rodeada de tierra plana y boscosa.
Cabral la llamó Monte Pascoal, monte Pascual.
A la tierra, que al principio asumieron que era una isla, le dio el nombre de Vera Cruz, Verdadera Cruz.
Los portugueses habían llegado tan al oeste que se habían topado con Brasil.
Cabral no se tomó tiempo para explorar el nuevo país.
El objetivo de la expedición estaba en el este; tenían que seguir adelante.
A principios de mayo volvieron a izar las velas.
Unas semanas más tarde, la flota llegó al cabo de Buena Esperanza y se encontró con una terrible tormenta.
En un solo día naufragaron cuatro embarcaciones y más de trescientos hombres se ahogaron.
El barco capitaneado por Bartolomeu Dias fue uno de los que se hundieron.
El cabo de las Tormentas supuso la muerte del explorador.
Durante la tempestad, la nave de Diogo Dias, su hermano, se separó del resto de la flota.
El barco fue arrastrado mar adentro, y durante varios días no tuvieron ni idea de dónde estaban.
Cuando por fin avistaron tierra, Dias pensó primero que habían llegado a Mozambique, pero pronto se dio cuenta de que había descubierto una isla completamente nueva.
La llamó São Lourenço y envió un degredado a tierra.
El condenado regresó con vida y pudo contar que los habitantes eran negros y pacíficos, que iban desnudos y que vivían en chozas con tejado de paja.
Algunos de ellos lo siguieron de regreso al barco e intercambiaron gallinas, ñames y frutas por pequeñas lupas, cuchillos, hachas y otros objetos de hierro.
Mientras estaban anclados en esa nueva isla, muchos de los tripulantes desarrollaron fiebre alta y varios de ellos murieron. Dias decidió seguir adelante.
Los portugueses nunca reclamaron Madagascar, como se llama hoy la isla, y tampoco se asentaron allí, aunque ocasionalmente navegaron por la zona en expediciones posteriores. Estaban más interesados en intercambiar —o robar— bienes de lujo como especias y oro.
El carguero sigue un rumbo constante hacia Madagascar.
La corriente de Agulhas y el fuerte viento de estribor hacen que nos movamos un par de nudos más despacio de lo habitual.
Tras un día y medio en el mar, podemos vislumbrar el extremo sur de la isla.
Durante los próximos días, las montañas se elevarán como una sombra azul claro desde el agua azul acero.
Llega el fin de semana, y el sonido del equipo de karaoke resuena por los oscuros y malolientes pasillos.
El tercer oficial se aferra al micrófono durante dos horas seguidas, hasta que es su turno de vigilar el puente.
Un grupo regular de personas juegan a los videojuegos en el gimnasio todas las noches, días de diario y fines de semana.
El resto pasamos el tiempo con el póquer y los dardos.
El viento amainará el domingo. El mar está más tranquilo y el aire es más cálido.
Desde la cubierta superior se oye el chirrido de zapatillas de deporte y una pelota solitaria.
Los marineros corren de un lado a otro de la pequeña cancha de baloncesto durante horas, hasta que al final se cansan y vuelven al póquer y a la cerveza.
Me siento como si nunca hubiera estado en tierra; el nuevo barco es confusamente igual al anterior, excepto por el olor.