Los navegantes Océano Índico. Cruzada en el mar #2
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Océano Índico. Cruzada en el mar #2

En el puerto había cuatro barcos que, según el cronista, pertenecían a «cristianos de la India».

Los portugueses, que nunca habían conocido a los indios, los invitaron a subir a bordo de la nave capitana y les mostraron un retablo de Jesús en la cruz, rodeado de la Virgen María y los discípulos.

Los indios se tumbaron en el suelo frente al cuadro.

Un día, al pasar Da Gama junto a uno de sus barcos, los indios levantaron las manos y gritaron «¡Cristo! ¡Cristo!».

Los portugueses no pudieron partir con la suficiente rapidez a ese país que evidentemente estaba lleno de cristianos y especias, pero el sultán no tenía prisa.

Quizás esperaba que los invitados y sus armas se quedaran el tiempo necesario para ayudarlo en su guerra contra Mombasa.

Al final, Vasco da Gama tomó como rehén a un mensajero y exigió el piloto que le habían prometido.

El sultán le envió uno de inmediato, y el 24 de abril la pequeña flota zarpó hacia la India.

Con el viento monzónico a sus espaldas, la travesía a través del océano Índico transcurrió sin problemas, y el 20 de mayo llegaron a la aldea de Kappad, en la costa de Malabar, justo al norte de Calicut.

Los lugareños remaron hacia ellos en botes.

Vasco da Gama no se arriesgó y envió a un degredado a tierra con ellos como mensajero.

Los indios lograron localizar a dos comerciantes musulmanes de Túnez que hablaban castellano y genovés:

—¿Qué demonios haces aquí? —exclamaron asombrados al ver al portugués.

—Buscamos cristianos y especias —respondió él.

Uno de los mercaderes regresó al barco.

—¡Tenéis con Dios una gran deuda de agradecimiento por haberos traído a una tierra de tantas riquezas!

—declaró ante los atónitos marineros portugueses.

Estos apenas podían creer lo que oían. Habían navegado por medio mundo durante casi un año, soportando hambre, tormentas, enfermedades y grandes peligros, solo para encontrarse con un comerciante tunecino que hablaba su mismo idioma en cuanto llegaron.

«La ciudad de Calicut está poblada por cristianos», concluyó pronto el cronista. Obviamente, las mujeres no podían estar a la altura de las de Rio dos Bons Sinais: «La mayoría de las mujeres de este país son feas y bajitas».

Según el cronista, miles de personas se congregaron para observar la extraña comitiva que recorría las calles de Calicut.

Los marineros no se cortaban el pelo ni la barba mientras estaban en el mar, y casi nunca lavaban su ropa ni tampoco a sí mismos, porque el agua dulce era un bien escaso a bordo.

A diferencia de los hombres indios, que en su mayoría iban desnudos de cintura para arriba, los portugueses iban cubiertos de pies a cabeza, con sombreros y botas altas.

Vasco da Gama hizo una excepción a la regla de no desembarcar y dejó que sesenta indios en procesión lo llevaran en un palanquín a una audiencia con el zamorín, el rey de Calicut. 1

El cronista reseñó que de camino los llevaron a una iglesia tan grande como un monasterio.

Da Gama aprovechó la ocasión para rezar, y los marineros lo hicieron con él.

Los sacerdotes rociaron agua bendita sobre los portugueses y les dieron «una arcilla blanca, que los cristianos de este país tienen por costumbre untarse en la frente, el pecho, alrededor del cuello y los antebrazos».

Las paredes estaban decoradas con pinturas de colores.

El cronista señaló que los santos tenían dientes largos y cuatro o cinco brazos, pero los portugueses estaban lejos de casa y probablemente pensaron que así se veía a los santos en esos lares.

Está claro que no se les ocurrió que pudiera haber otras religiones además del islam, el judaísmo y el cristianismo.

Intentaban que todo lo que veían y experimentaban en ese país extranjero encajara en las categorías que ya conocían, y cuando se encontraban con la gente, les preguntaban si eran musulmanes o cristianos.

Como no se les daba otra alternativa, los indios a los que se les preguntaba solían responder que eran cristianos.

Tal vez, como los portugueses, pensaban que «cristiano» y «Cristo» sonaban como «Krishna». Al menos se acercaban bastante.

El primer encuentro con el zamorín transcurrió bastante bien.

Alos lusitanos les sirvieron frutas que nunca habían visto, y el zamorín, obviamente, se divirtió mucho viéndolos comer esos alimentos desconocidos.

Cuando terminaron las frases corteses, Da Gama tuvo una audiencia privada con el zamorín.

La conversación entre ambos duró hasta altas horas de la noche.

Da Gama habló del rey de Portugal, que durante tantos años había enviado barcos en busca de esa tierra lejana, habitada por cristianos como ellos y que tenía un rey católico.

El zamorín escuchó fascinado y declaró que, cuando regresaran, enviaría con ellos embajadores al rey de Portugal.

Al día siguiente, los portugueses prepararon regalos para el zamorín, como se esperaba de ellos.

Da Gama encontró «doce insignias heráldicas, cuatro gorros de color rojo carmín, seis sombreros, cuatro corales, una caja con seis palanganas, otra de azúcar, dos barriles de aceite y dos de miel».

Cuando los hombres del zamorín vieron los regalos, se rieron con desprecio y se negaron a dárselos.

Incluso un pobre comerciante de La Meca había llevado obsequios más finos, declararon, y dieron a entender a los portugueses que el zamorín solo aceptaba oro.

Da Gama explicó que ellos no eran comerciantes, solo mensajeros, y que la próxima vez llevarían oro y presentes de calidad.

Los hombres del zamorín se marcharon sin llevarse consigo los vulgares regalos.

Da Gama, sin embargo, consiguió una nueva audiencia con el zamorín, quien quiso saber qué tipo de productos tenían en su país.

Da Gama respondió que tenían maíz, textiles, hierro, bronce y muchas otras cosas.

El zamorín le sugirió que llevara algunas de esas mercancías a tierra y las vendiera, como hacían todos los demás comerciantes.

Da Gama era consciente de que los sencillos productos que llevaban a bordo no podían compararse con los artículos de lujo que ofrecían los otros vendedores, pero el zamorín no le dio más opción que montar un pequeño punto de venta.

Muchos curiosos se detuvieron ante él, pero nadie compró nada.

Con el paso de las semanas, las relaciones entre los portugueses y los comerciantes musulmanes de Calicut se deterioraron cada vez más.

Cuando los marineros lusitanos desembarcaron, los islamitas escupieron en el suelo con aire desafiante y murmuraron despectivamente «Portugal, Portugal».

Por fortuna, las relaciones con los lugareños fueron mejores.

Un flujo constante de curiosos se acercaba remando a sus barcos.

Los portugueses hacían pequeños intercambios con ellos y obtenían especias.

Animado por ello, Vasco da Gama decidió establecer un puesto comercial permanente, administrado por un puñado de hombres que se quedarían allí cuando pronto zarparan de nuevo hacia Portugal.

Era hora de volver a casa. Diogo Dias fue enviado a tierra para que informara al zamorín de la decisión y convocara a los emisarios.

El zamorín les exigió que pagaran el impuesto de salida antes de partir, como era costumbre.

Cuando Dias abandonó el palacio, una turba musulmana los encerró a él y al resto del personal en el puesto comercial portugués.

El zamorín no movió un dedo para ayudarlos, pero Da Gama sabía qué hacer.

Ordenó a sus hombres que se apoderaran de un barco local y tomaran a la tripulación como rehén.

La estrategia funcionó: poco después, Dias fue liberado.

Da Gama hizo lo propio con la mayoría de los prisioneros, pero llevó a seis de ellos ante el rey Manuel.

Era septiembre. Vasco da Gama había encontrado la ruta marítima a la India y todo un rebaño de cristianos, o eso creía, pero no había logrado llegar a un acuerdo comercial con el zamorín. Ese asunto tenía que esperar. Todavía faltaba el viaje a casa. Lo peor estaba por llegar.

Tras unos días navegando hacia el norte, los portugueses anclaron frente a unas islas al sur de Goa.

Allí permanecieron un par de semanas para reabastecer y revisar los barcos.

El 5 de octubre se dirigieron hacia el oeste, pero esa vez no se encontraron con el viento monzónico, ya que se habían adelantado varios meses.

El mar estaba completamente en calma. Pasarían noventa días antes de que volvieran a ver tierra, y la tripulación sufriría: «Las encías les crecieron sobre los dientes de tal modo que no podían comer, y también se les hincharon las piernas, y luego otras partes del cuerpo, hasta que los pobrecitos murieron sin haber estado enfermos de ninguna otra manera», escribió el cronista.

Treinta hombres sucumbieron al escorbuto, y el resto de la tripulación estaba en tan malas condiciones que muchos de ellos apenas podían mantenerse en pie.

Al final casi no quedaban hombres para dirigir los barcos.

Cuando Da Gama estaba a punto de darse por vencido y regresar a la India, «Dios misericordioso nos envió un viento que nos permitió ver tierra seis días después».

Unas jornadas más tarde, la desdichada flota ancló frente a Malindi, donde el sultán los recibió de nuevo con gran entusiasmo.

Da Gama envió un mensajero a tierra para que consiguiera naranjas, «que los enfermos que teníamos a bordo tanto anhelaban».

¿Quizás los marineros recordaron que con anterioridad se habían recuperado tras comer naranjas en Mombasa?

Aunque el cronista había atribuido el mérito a Dios y al clima, tal vez los propios enfermos habían comprendido intuitivamente la conexión entre ese fruto y su curación.