Los navegantes La ciudad de piedra #2
52%

La ciudad de piedra #2

—Mucha gente se fue de la isla. Los médicos se fueron.

Los extranjeros, también. Todavía los echo de menos, debo admitirlo con sinceridad.

Los portugueses eran buenos, aunque no todos fueran precisamente santos.

Después de que se fueran, la escuela cambió.

Ahora enseñan en dialecto, el idioma local.

En mi época todo estaba en portugués. ¡Ni siquiera sé dialecto!

—¿Hubo racismo aquí en los tiempos de los portugueses?

—Sí, hubo un poco, pero sigue habiéndolo. Tampoco todo el mundo puede permitirse construir una bonita casa hoy en día. Algunos pueden, otros no. Eso es racismo.

Cuando hube hecho todas las preguntas que tenía en mente y me levanté para irme, Maria me cogió la mano y la sostuvo con firmeza.

—Fui la primera y la última maestra negra que enseñó a los blancos aquí en Mozambique —dijo—. La primera y la última. ¡La única!

Fahar, un hombre joven y tranquilo, me mostró el resto de la isla desde el sillín de su bicicleta. Las bicicletas rojas, dijo con orgullo, eran las mismas que usaba Royal Mail. Recorrimos las calles que son patrimonio mundial, mientras Fahar señalaba y explicaba en el calor de la mañana.

El padre de Fahar fue régulo en la isla, pero, pese a ser un hombre importante, no se le permitió entrar en las escuelas portuguesas.

En aquella época, los colegios eran solo para blancos y assimilados .

Los musulmanes no podían alcanzar ese estatus, por muy asimilados que estuvieran; esa oportunidad estaba reservada para los cristianos.

El mayor deseo del padre de Fahar era que sus hijos no tuvieran que trabajar de pescadores, como tuvo que hacer él.

Fahar se había convertido en guía. Nos detuvimos en el hospital, que antaño había estado lleno de médicos y personal sanitario.

Había sido el hospital más importante de todo el país, con una entrada como la de un templo griego.

En ese momento estaba vacío, con las ventanas rotas y grandes daños causados por la humedad.

Fuimos en bicicleta a un pequeño parque de esculturas junto a la playa que se construyó en memoria de todos los esclavos que fueron enviados al mar desde allí y que nunca volvieron a ver África.

Los esclavos llegaban del continente, y muchos de ellos terminaron en Brasil o en el Caribe.

A lo largo del siglo XIX , cada vez más países europeos prohibieron la esclavitud en las colonias, y los barcos británicos comenzaron a patrullar el Atlántico Norte en busca de barcos esclavistas ilegales.

Portugal prohibió la esclavitud en 1761, pero la prohibición no se aplicó a Brasil ni a las colonias africanas.

Solo durante la primera mitad del siglo XIX , Brasil importó casi dos millones y medio de esclavos.

La mayoría de ellos procedían de Angola y Mozambique.

En 1836, tras una fuerte presión de Gran Bretaña, Portugal también prohibió el comercio transatlántico de esclavos, y en 1869 se vetó la esclavitud en las colonias africanas, aunque a menudo se eludió ese veto con el llamado trabajo subcontratado.

Durante décadas, después de que se prohibiera el comercio transatlántico esclavista, los barcos continuaron transportando esclavos africanos a Brasil en secreto.

Aunque la esclavitud estaba prohibida, todavía se aplicaban normas diferentes a negros y blancos.

La isla de Mozambique estaba dividida en dos.

En una parte, en la «ciudad de piedra», vivían los portugueses y otros extranjeros destacados.

En la otra, que se llamaba «Macuti», vivían los lugareños, que en su mayoría pertenecían al pueblo macua, el grupo étnico más grande de Mozambique.

Durante el dominio colonial portugués, a los macuas no se les permitió construir casas de piedra u otros materiales sólidos, sino que se les obligó a hacer viviendas tradicionales con paredes de barro solidificado y techos de paja.

Esa fue la norma hasta 1975, y los portugueses patrullaron celosamente la isla para asegurarse de que se cumpliera.

Solo a los asimilados se les permitía construir casas con materiales más duraderos, pero, dado que la gran mayoría de la población local era musulmana, eso se aplicaba a muy pocos.

Las casas de los macuas consisten hoy en una maravillosa mezcla de techos de paja y hojalata, ladrillo, piedra y barro, dependiendo de lo que la gente haya podido pagar.

Aún había árboles caídos por todas partes tras la devastación causada por el ciclón Kenneth.

Había un enorme tronco de árbol sobre una casa medio derruida; los propietarios debieron de darse por vencidos y mudarse.

Algunos hombres vestían túnicas hasta los pies, y algunas mujeres llevaban hiyabs y ropa que les cubría todo el cuerpo.

Unas pocas ocultaban por completo su rostro, pero la mayoría no seguían un código de vestimenta estricto: pantalones cortos, minifaldas y blusas escotadas eran la norma.

—Es bastante increíble —gritó Fahar desde el sillín de su bicicleta—, después de quinientos años de dominio portugués, ¡la mayor parte de la gente sigue siendo musulmana!

Más allá del extremo sur de la isla había un islote solitario protegido por un pequeño fuerte.

Sus muros de piedra caliza fueron testigos mudos de una época en la que los países europeos lucharon entre sí por la dominación mundial.

Las mujeres caminaban por la orilla y recogían almejas.

En los acantilados a lo largo del lado este de la isla, los niños gateaban en busca de un tesoro en forma de fragmentos de cerámica y perlas.

El lecho marino de esas zonas está lleno de naufragios: en promedio, uno de cada cuatro veleros europeos se hundió en el peligroso viaje desde el océano Atlántico hasta el Índico y viceversa.

Los jóvenes remaban en pequeñas canoas hechas de troncos ahuecados, de camino a casa. En el horizonte aparecieron pequeños barcos de pesca.

En contraste con el Atlántico Sur, el océano Índico ha sido durante miles de años un mar comercial muy concurrido, surcado por africanos, árabes, indios, malayos y chinos.

Esos marineros locales sabían adónde iban las corrientes oceánicas y habían aprendido a aprovechar los vientos monzónicos para cruzar las vastas extensiones de agua.

Cuando los primeros portugueses encontraron la ruta marítima entre el Atlántico y el Índico a finales del siglo XV, rompieron una red comercial pacífica que se había desarrollado durante cientos de generaciones.

Y cambiaron las reglas del juego casi de la noche a la mañana.