La ciudad de piedra
La ciudad de piedra
La isla de Mozambique es un sueño para nostálgicos, fotógrafos e influencers de diversa índole.
Las antiguas casas coloniales, pintadas de amarillo, rosa, verde y blanco, forman perfectos telones de fondo.
A la mayoría les iría bien otra capa de pintura, tal vez dos, pero al mismo tiempo el deterioro contribuye a ese encanto rústico que tan bien queda en las fotos.
Solo algunos de los edificios están vacíos; la isla sigue siendo una ciudad vibrante, aunque ha pasado mucho tiempo desde que fuera la capital del África oriental portuguesa, y aún más desde que fuera un importante puerto comercial en el océano Índico.
El entorno tampoco tiene nada que envidiar: palmeras, adoquines y largas playas blancas en las que los barcos de pesca pintados de azul descansan en la arena y los niños chapotean en la orilla.
El de Portugal se construyó con piedra. Los portugueses comprendieron pronto que tenían que atrincherarse si querían mantener sus puestos comerciales costeros.
El imperio era sobre todo marítimo, pero los viajes se alargaban cada vez más y el comercio crecía.
Los marineros necesitaban bases seguras en las que poder aprovisionarse, almacenar mercancías y reparar sus barcos.
La isla de Mozambique era perfecta, rodeada de aguas profundas y fácil de defender.
Los marinos a menudo pasaban varios meses seguidos en esa pequeña isla mientras esperaban pacientemente a que cambiaran los vientos monzónicos.
En comparación con la miserable vida a bordo, la existencia allí, con frutas, pescado y cocos en abundancia, debía de parecer un paraíso de palmeras.
Nadie logró escalar los altos muros en el extremo norte de la isla. Hoy reina la botánica. La hierba y los dientes de león cubren el interior de la fortaleza como un mosaico desordenado. La iglesia portuguesa, el comedor y los viejos almacenes de municiones están vacíos.
En un largo pasillo, un puñado de niños jugaban con coches caseros. Riéndose a carcajada tendida, cogieron velocidad y derraparon entre las gruesas paredes de ladrillo.
Frente a la fortaleza, en el extremo de la isla, se encuentra una pequeña capilla encalada. Su techo bajo está rodeado de pequeñas cruces de piedra. La Capela de Nossa Senhora do Baluarte, construida en 1522, es el edificio europeo más antiguo que se conserva en el hemisferio sur.
Seguí caminando, con el mar y el viento a un lado y los gruesos muros defensivos al otro. Un pajarito volaba con dificultad entre el viento. Se estrelló contra la muralla y cayó muerto al suelo.
El palacio de São Paulo, la residencia del gobernador, destacaba por ser muy grande y estar bien cuidado.
El edificio era rojo y estaba recién pintado, y el yeso no tenía un solo rasguño.
Un gran campanario dominaba la fachada, y tras las puertas, una iglesia jesuita ocupaba la mayor parte del espacio.
Al principio, el palacio fue una escuela jesuita.
Cuando los jesuitas fueron expulsados de Portugal en 1759 y el Estado se apoderó hábilmente de todas sus propiedades, la escuela se convirtió en la residencia del gobernador.
En 1898, cuando Maputo pasó a ser la capital, el palacio se transformó en la residencia del gobernador del distrito.
La disciplina era estricta tanto en el interior como en el exterior: los visitantes tenían que quitarse los zapatos y ser escoltados por un guía, y por razones de seguridad no se les permitía tomar fotografías.
James, un amable hombre de unos cincuenta años, me acompañó de sala en sala.
Las viejas aulas de los jesuitas habían sido convertidas en lúgubres habitaciones de huéspedes.
Con la excepción de las suntuosas camas con dosel, las estancias estaban desnudas y eran sobrias.
—El primer africano que pasó la noche aquí fue Hastings Banda, el presidente de Malaui —dijo James—. Eso fue en 1971.
Abrió el camino hacia la habitación de invitados más grande, un enorme salón.
—El segundo africano que se alojó aquí fue Samora Machel, el primer presidente de Mozambique. Eso fue en 1975. Esta habitación estuvo una vez reservada para el rey portugués, pero nunca vino de visita. La cama con dosel es de Goa. Las sillas, también.
No importaba lo que señalara —un felpudo, un perchero, un taburete—, James podía decirme de qué parte del Imperio portugués provenía originalmente el objeto.
La porcelana era de Macao. El equipo de cocina era de Portugal.
Todos los muebles de madera brasileña eran, como cabía esperar, de Brasil.
La mayoría de las pinturas procedían de Portugal. El jarrón grande era de Macao.
El palacio era una miniatura del Imperio.
Las colonias portuguesas formaron un mundo dentro del mundo, conectado por rutas marítimas y un idioma y gobernantes comunes.
Esas conexiones persisten hoy en día, aunque el Imperio ya no exista y los barcos ya no se desplacen entre Lisboa y los puestos de avanzada fortificados.
En los cafés de Maputo se leen libros de Portugal o Angola, en los bares de Guinea-Bisáu se pone música de Brasil o Cabo Verde, y en todos esos lugares siempre hay cerca un restaurante goano.
Las antiguas colonias portuguesas son como una conspiración secreta.
Maria da Conceição estaba sentada en una silla junto a un gran edificio blanco, desde donde tenía una vista de la estatua de Luís de Camões, el gran poeta de Portugal.
Me habían dicho que la encontraría allí.
Maria miraba a la gente, que no estaba especialmente animada, y el mar, que también estaba en calma.
Mujeres y niños iban de puerta en puerta con bandejas de pescado fresco sobre la cabeza.
—Hoy han pescado mucho —señaló Maria—. Si hace mal tiempo, puede que no pesquen nada en toda una semana.
Con esfuerzo, se levantó de la silla y caminó los cien metros que la separaban de la casa en la que vivía.
Caminaba despacio, sin movimientos superfluos, apoyándose en un andador; hacía esa ruta todos los días.
Un niño corrió hacia la silla y la llevó a la casa por ella.
Maria tenía ochenta y siete años, nació en 1935.
Era menuda y jorobada, y en la cabeza solo le quedaban algunos mechones.
En la habitación que había justo al otro lado de la puerta principal estaba sentado un anciano inclinado sobre una máquina de coser.
Junto a la pared había una cama estrecha.
No estaban casados, Maria nunca se había casado, solo compartían casa.
Ella me hizo señas para que tomara asiento en la habitación más interior, que daba al patio trasero.
Allí también había un lecho estrecho junto a la pared.
La estancia era pequeña, pero tenía un techo alto, que había sido reemplazado por chapa de acero corrugado.
El original había sido destruido durante el ciclón.
Idai no había llegado tan al norte; allí había sido Kenneth el que había causado estragos.
Llegó un mes después de Idai, y también ocasionó una enorme destrucción material.
Maria hablaba un portugués ejemplar, claro y correcto. Fue maestra y recordaba cada pequeño detalle, cada fecha; incluso en qué día de la semana ocurrieron los hechos.
—Enseñé en la escuela Luís de Camões —recordó—. Ahora se llama Escuela 25 de Junio. Todo ha cambiado de nombre.
Su padre murió cuando ella era niña; Maria, que era la menor de cinco hermanos, creció en un orfanato dirigido por monjas.
—Mi familia era musulmana y no era originaria de aquí, pero mi madre estaba feliz de que me bautizaran y me permitieran ir a la escuela. Al mismo tiempo, pensó que debía casarme con alguien que tuviera una fe diferente a la mía.
—¿Pero usted nunca se casó?
Maria hizo una mueca y se rio de la pregunta. Lo dejé estar y abordé el tema que me había ocupado en los últimos años:
—¿Cómo eran aquí las cosas cuando estaban los portugueses? —No sé cuántas veces había hecho esa pregunta en particular, pero cada vez obtuve respuestas diferentes.
—¡Oh, eran maravillosas! —El rostro arrugado de Maria se iluminó—. Teníamos de todo . Teníamos muchas escuelas.
Enumeró los nombres de todas.
—También teníamos muchas iglesias y hoteles, ¡muchos más que ahora!
Enumeró los nombres de todos.
—Teníamos un gran puerto, y llegaban barcos de Europa, grandes veleros, todos los días. ¡Incluso teníamos un aeropuerto! Aquí era muy diferente antes. La fortaleza... ¿Ha estado allí?
Asentí.
—Era completamente diferente en aquel entonces.
Era hermoso . En aquella época había prisioneros.
Criminales. No eran de aquí, sino del continente.
También teníamos un hospital grande y bonito, y en él trabajaban todo tipo de médicos.
No había necesidad de ir a la capital o a Nampula, como hay que hacer ahora. Lo teníamos todo .
—¿Cómo fue aquí la guerra? —continué.
—Durante la guerra de la Independencia aquí reinó la paz —respondió Maria—. No entendíamos del todo de qué se trataba y no le dimos mucha importancia.
—¿Se acuerda del día de la independencia?
—Sí, claro que me acuerdo. El 25 de junio de 1975.
Miércoles. Era un miércoles precioso . Yo estaba allí con mis alumnos, habíamos planeado una procesión.
Se arrió la bandera portuguesa y se izó la mozambiqueña.
Fue hermoso, pero también triste. Los colonialistas se fueron.
Lloré. Hubo muchos que lloraron. Estábamos acostumbrados a convivir con ellos.
—¿Cómo cambió Mozambique después de la liberación? —pregunté.
Maria hizo una mueca.