Los navegantes La guerra que nadie entiende #2
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La guerra que nadie entiende #2

—Mi interpretación es que esta guerra surge de un problema socioeconómico.

Los rebeldes intentan retrasar o perjudicar el desarrollo de la zona.

Destruyen escuelas y centros de salud, e impiden que la gente cultive la tierra.

Desde la década de los ochenta del siglo pasado, Cabo Delgado ha sido un corredor importante para el tráfico de drogas.

Se trata de conflictos de intereses económicos, no tiene nada que ver con la religión, esa es mi firme opinión.

Los bandidos matan tanto a cristianos como a musulmanes.

Intentan frenar la extracción de los recursos de gas aquí para evitar más control gubernamental y extranjero y así poder mantener el corredor de la droga.

La falta de educación también influye, por supuesto, y la escasez de oportunidades. Es fácil para ellos reclutar aquí.

En 2010 se encontraron enormes depósitos de gas frente a la costa de Cabo Delgado.

Ese yacimiento gasístico recién descubierto resultó ser el más grande de África y el cuarto más grande del mundo.

Las principales compañías internacionales de petróleo y gas, como la francesa Total y la estadounidense ExxonMobil, se instalaron en la región, listas para convertir el gas en ganancias.

El futuro de Mozambique parecía brillante.

Al igual que Abudo, muchos analistas creen que la guerra está relacionada con los descubrimientos de gas y la entrada de grandes empresas internacionales. Una protesta en extremo violenta contra un desarrollo que nunca parece beneficiar a la población local.

Las lucrativas rutas de contrabando también desempeñan un papel: no solo hay tráfico ilícito de drogas, sino igualmente de marfil, animales en peligro de extinción, piedras preciosas y personas a través de la frontera entre Mozambique y Tanzania.

El fanatismo religioso, importado de los países vecinos, es sin duda otro factor en ese complejo y confuso cuadro.

Algunos de los rebeldes provienen de otros países africanos que luchan contra el conflicto y el extremismo islámico, como Somalia y la República Democrática del Congo, así como la vecina Tanzania.

Sin embargo, la mayoría son reclutados localmente.

En una región tan empobrecida y subdesarrollada como Cabo Delgado, la violencia y el extremismo tienen buenas condiciones para crecer.

El grupo islamista local Ansar al-Sunna está detrás de la mayoría de los ataques.

A sus miembros se les conoce en la jerga popular como machababos o al-Shababi, pero no tienen vínculos con el grupo somalí del mismo nombre.

Por otro lado, están oficialmente afiliados a la rama centroafricana del Estado Islámico, y este se ha atribuido la responsabilidad de varios de los ataques terroristas de los últimos años, aunque es probable que su apoyo sea ante todo simbólico.

Los rebeldes no han hecho demandas concretas, pero sí han expresado su oposición al Estado y su deseo de instaurar la sharía .

La guerra en el norte de Mozambique ha provocado que las empresas internacionales se retiren de la región durante largos periodos, y las inversiones y la extracción de gas están en su nivel más bajo.

Puede que la guerra esté dirigida contra las poderosas compañías gasísticas, pero la víctima es la empobrecida población civil. Hasta ahora, casi cinco mil personas han sido brutalmente asesinadas, y muchos cientos de miles han visto sus vidas desarraigadas y han sido obligadas a huir.

Atija Atibu, de cincuenta y tres años, tenía nueve hijos y seis nietos.

Todos vivían en la misma casa, rodeada de un jardín desolado.

De los refugiados con los que hablé, ella era la única que hablaba portugués.

Nos sentamos a la sombra, apoyadas contra la pared de la casa.

Sobre la puerta principal, una familia de palomas había construido un nido.

Los hambrientos polluelos pedían comida a gritos a sus padres, que volaban en un ir y venir sobre nuestras cabezas.

—¿Qué pasó? —pregunté—. ¿Por qué vinisteis aquí?

—La guerra es lo que pasó —contestó Atija—. Comenzó el 5 de octubre de 2017, pero al principio todo iba muy despacio.

Atija era de Mocímboa da Praia, una ciudad portuaria en la frontera con Tanzania.

Durante el primer ataque murieron diecisiete personas.

Tres años después, los rebeldes regresaron, y esa vez se quedaron un año, hasta que los soldados del Gobierno, ayudados por las fuerzas ruandesas, lograron recuperar el control en 2021.

—Decapitaron a hombres y mujeres, sí, incluso a niños —dijo Atija—. Le rajaron el vientre a una mujer embarazada y extrajeron el feto. Pusieron tres cabezas en una olla y las hirvieron.

Pronunciaba las palabras con énfasis en cada sílaba, con los dientes apretados.

—Todo el mundo se fue. Teníamos que elegir entre huir o ser decapitados.

También secuestraron a muchos niños. No sabemos si están vivos.

No sabemos dónde están. Todo eso lo he visto yo.

No sé quiénes eran los que hicieron eso.

Llevaban pañuelos en la cabeza y máscaras en la cara.

Tenían cuchillos, pistolas y machetes. Allahu akbar!

, gritaron. Allahu akbar! Pero no son musulmanes.

Los musulmanes no matan. Llegaron durante el día.

Eran cientos. Hui con mis hijos a pie. Caminamos durante un mes entero.

Finalmente encontramos un coche y llegamos aquí.

Cuando llegamos tenía los pies hinchados e inflamados.

Quien ha visto lo que yo he visto no duerme por la noche.

Su voz se volvió aún más oscura, temblaba de ira contenida:

—Aquí hay guerra —dijo Atija con determinación—.

No es un juego, es una guerra . Nuestro presidente habla de Ucrania y Rusia, pero no de la guerra en su propio país.

Quieren ocultarla. Somos como gallinas para ellos.

Desde hace cinco años, la gente es asesinada aquí, pero las autoridades no hacen nada .

Se dice que nos han vendido y que nos dejarán morir aquí.

Morimos por culpa del gas. Teníamos una casa, teníamos una cama, teníamos comida.

Ahora dormimos en una estera en el suelo.

Antes íbamos al campo y recogíamos mandioca para los niños antes de enviarlos a la escuela. ¿Y ahora? Esto no es vida.

Se llamaba Ngamo Abudo y tenía cuarenta y cinco años.

Se sentó inclinada hacia delante en la arena, con las piernas estiradas.

Su blusa negra estaba marrón por la arena, alrededor de la cabeza llevaba un pañuelo rojo.

Tenía los ojos entrecerrados y apagados.

Hablaba en voz baja y a regañadientes, su voz era ligera.

En una mano sostenía un palo delgado. Lo hundía en la arena mientras contaba la historia.

No nos miraba ni a Abudo ni a mí mientras hablaba.

—¿Cuántos hijos tienes? —pregunté.

—Siete.

—¿Y cuántos nietos?

—Dos.

—¿Y marido?

—No.

—¿No tienes marido?

—Lo decapitaron —dijo Abudo en voz baja.

Ngamo siguió cavando en la arena con su palo. El mismo movimiento, una y otra vez. Yo no sabía qué decir, murmuré que lo sentía, que era triste oír eso, pero las palabras se convirtieron en polvo en mi boca. Intenté seguir con una pregunta más neutral:

—¿Cuándo llegasteis aquí?

—En 2021. A principios de abril. Yo vengo de Mucojo, nací allí. Teníamos una casa. Los bandidos lo quemaron todo.

—¿El ataque fue por sorpresa?

—Sí. La primera vez llegaron a las seis de la tarde.

La siguiente, un poco después, a las nueve.

La tercera, a la una de la madrugada. La cuarta, también a la una.

Al principio los ataques no fueron tan violentos.

No mataron a nadie, solo ahuyentaron a la gente y robaron comida.

Tras el tercer ataque la gente empezó a irse.

Después del cuarto esperábamos que no hubiera más.

Pero llegaron por quinta vez... La quinta llegaron al amanecer, cuando la gente salía de la mezquita.

Mataron a muchos. Huimos sin llevarnos nada.

Huimos con lo puesto. Tras el cuarto ataque habíamos empezado a dormir en el campo.

Ya llevábamos varios meses durmiendo en el campo cuando llegaron por quinta vez. Nos atacaron allí, en el campo.

Contó la historia con voz monótona, mecánica y plana.

—¿Fueron muchos los que atacaron?

—Sí. Demasiados para que fuera posible contarlos. Tenían muchas armas. Cuchillos y armas de fuego. Algunos iban vestidos con uniforme, otros con ropa normal. Hablaban diferentes idiomas. No eran buenas personas. Eran malas personas.

Ngamo golpeaba el palo contra la arena mientras hablaba. Una y otra vez.

—Mi esposo trató de llegar hasta nosotros desde el otro lado del campo, pero nunca llegó.

Al día siguiente fuimos a enterrarlo. No tuvimos un entierro adecuado, porque no había tiempo para eso.

Estábamos solos y teníamos miedo. Después fuimos a la playa y encontramos un bote.

Así es como llegamos a Pemba, pero aquí no tenemos familia. No conocemos a nadie.

Levantó el palo y comenzó a golpear la pared de la casa.

La pequeña vivienda de bambú se alzaba solitaria en un campo seco.

Había grandes huecos en las paredes, pero seguía siendo una casa, una pequeña guarida.

Once miembros de la familia habían buscado refugio común dentro de sus estrechas paredes.

—Cuando llegamos, la casa estaba vacía —dijo Ngamo—.

Nos hemos ocupado de ella. El dueño ha intentado echarnos, pero ¿adónde vamos a ir?

No estamos aquí porque queramos. Si hubiera tenido otro lugar adonde ir, me habría ido de aquí.

En la temporada de lluvias es difícil. Hay barro por todas partes y el agua entra en la casa.

Ngamo levantó los ojos y nos miró directamente. Con una mano siguió golpeando el palo contra la pared de la casa.

—Veo lo que pasa, pero no entiendo el motivo.

¿Por qué Cabo Delgado? Aquí tampoco me siento segura.

Tengo mucho dolor en el cuerpo y no duermo bien.

Nunca tengo un sueño profundo. Los bandidos pueden venir en cualquier momento, así que no puedo relajarme cuando cierro los ojos.

No hay garantía de que no vayan a venir aquí.

Esa noche dormí inquieta. Las historias de los dos últimos días parpadeaban ante mis ojos.

Decapitaciones. Masacres. Me alojé en un hotel de playa, a pocos kilómetros de las calles de arena y de las casas construidas a toda prisa en el barrio de refugiados.

Todos los demás huéspedes eran extranjeros que trabajaban para diversas organizaciones de ayuda.

Un guardia vigilaba la puerta de entrada y otro patrullaba la playa.

¿A cuántos kilómetros estaban en ese momento los rebeldes?

¿Diez? ¿Ocho? Si hubieran aparecido no habríamos tenido ninguna posibilidad.

A las tres de la madrugada me desperté bruscamente con el traqueteo de la playa.

Se oía el crepitar y chisporrotear de unas llamas.

Salí con sigilo al balcón. La noche olía a sal y humo.

Al otro lado de la cerca, el vecino quemaba algo de maleza en el jardín.

Arrastraba y cargaba grandes ramas y sacos de hojas que arrojaba a las llamas.

Después de media hora, el fuego se apagó y lo único que oí fueron las olas rompiendo pacíficamente contra la orilla y una ballena resoplando a lo lejos mientras el sol irrumpía poco a poco en el horizonte.