La guerra que nadie entiende
La guerra que nadie entiende
Durante dos días deambulé por la arena ardiente y escuché historias que estaban más allá de la comprensión. Escuché las palabras, entendí lo que se decía, pero no pude comprender las experiencias que había tras ellas: el miedo, el pánico, la brutalidad en crudo.
Abudo Gafuro Manana, un joven sociólogo, me ayudó en la tarea.
Sin él ni siquiera habría tenido un idioma común para lo que en realidad no se podía describir.
La mayoría de los refugiados que conocí no hablaban portugués, solo lenguas locales del norte.
Abudo tradujo al portugués y añadió contexto en la medida de lo posible.
El hombre, de treinta y tres años, ya era padre de cinco hijos, y la gorra que siempre llevaba le sentaba bien.
Parecía mayor de lo que era. Por lo general ayudaba a periodistas de los principales medios de comunicación, pero entonces había guerra en Europa.
Todos los reporteros occidentales habían cancelado la visita o simplemente no se habían presentado.
Casi todas las casas del distrito eran nuevas, construidas con ladrillo tosco o arena y barro, escondidas tras sencillas vallas de bambú.
Las calles, si se las podía llamar así, eran de arena profunda e intransitables para los coches.
Abudo y yo vagamos de casa en casa, de historia en historia.
Algunos hablaban mucho y muy rápido, como una inundación imparable, otros lo hacían despacio y a regañadientes, pero todos tenían los mismos rostros inexpresivos y petrificados.
Sus ojos estaban apagados y sin vida. Habían visto más de lo que podían soportar.
Juntas, todas las historias de todas las personas de las nuevas casas daban testimonio de una guerra que el mundo había olvidado; no, de una guerra de la que nadie quería oír hablar y, por lo tanto, no tenía posibilidad de olvidar.
Esa era una guerra que pocos conocían y que nadie entendía, ni siquiera los que vivían en medio de ella.
Se instalaron dos tiendas de campaña improvisadas fuera de la pequeña casa para acomodarlos a todos.
En cada cama dormían tres o cuatro personas.
Los niños corrían de aquí para allá, riendo, llorando.
Junto a la pared de la casa había un puñado de mujeres sentadas lavando los platos.
Las prendas de vestir estaban colgadas, apretujadas, en largas cuerdas para que se secaran al sol de la mañana.
Francisco Alfredo se había mudado con su esposa e hijos a Pemba hacía cinco años en busca de oportunidades y una vida mejor.
En ese momento la casa y su modesto patio daban cobijo a sesenta personas.
Unas semanas antes, el pueblo del que procedía Francisco había sido atacado por los rebeldes.
Casi toda la familia había buscado refugio junto con él.
—Los bandidos llegaron a las cinco de la tarde —dijo Ernesto, el padre de Francisco.
Su rostro era estrecho y anguloso y su mirada, inquieta—.
El ataque llegó de forma completamente inesperada.
Nuestro pueblo estaba a solo cien kilómetros de aquí, nos sentíamos seguros.
Le cortaron la cabeza a un hombre y quemaron todo el pueblo. Luego se fueron.
En el pueblo, Ernesto había sido régulo, la réplica mozambiqueña a los sobas de Angola.
Ya no tenía pueblo. Todos habían huido. Ernesto habló con detalle de lo bien que habían estado, de sus pequeños negocios, de sus planes para el futuro.
Habían hablado de establecer una fábrica de zumos. Él había tenido bueyes y cabras.
—Éramos unas dos mil quinientas personas en el pueblo —dijo—. Estábamos bien. Teníamos mandioca, teníamos radio. Ahora no tenemos nada. Escapamos con lo puesto, ni siquiera tenemos ropa. Aquí en la ciudad no tengo nada. Aquí en la ciudad no soy nada. Aquí solo soy un viejo solitario.
Se rio con resignación. Lo hacía a menudo. Una risa resignada y triste.
—Creo que la guerra terminará, eso espero.
Entonces levantaré el puño y gritaré «¡viva la libertad!
». Todo lo que tiene un principio tiene un final.
Todas las guerras de Mozambique han terminado.
La guerra de liberación duró diez años, pero pareció más corta.
La guerra civil duró dieciséis, pero ya está olvidada.
La que se libra ahora dura ya cinco años, pero parece que sean setenta, porque está llena de destrucción. Un día es como un año entero.
Como joven padre de familia, Ernesto luchó del lado del Frelimo contra los portugueses. Fue soldado durante tres años.
—Queríamos libertad. Al principio intentamos pedirla de manera pacífica, pero los colonizadores se negaron a dárnosla.
No querían dejar Mozambique, porque sabían de todas las riquezas que se pueden encontrar aquí.
A los que vivíamos aquí nos veían como monos.
Los portugueses se comportaron como si el país fuera suyo.
Nos dijeron que nosotros no éramos capaces de gobernarlo.
Cuando nos independizamos fuimos felices.
Éramos libres. Por fin pudimos tener nuestra propia casa, podríamos comprar un coche y una radio.
Yo incluso me compré una cabra. Y una cama.
Quería dormir bien. Ahora los negros tenemos coche, y muchos negros son más ricos que los blancos.
Las cosas han mejorado. Excepto por esta guerra. ..
Ernesto volvió a reír, con la misma risa resignada y cansada.
—En las guerras anteriores sabíamos por qué luchaba la gente. Entendíamos de qué iban esas guerras. Pero esta no la entiende nadie.
Temprano por la mañana, el sol estaba alto en el cielo y la temperatura era de 30 grados.
Las calles de arena estaban casi vacías.
La mayoría de los niños estaban en la escuela, y muchas de las mujeres habían ido al mercado o a la ciudad.
Delante de una casa de ladrillo sin terminar, Abudo y yo nos encontramos con Saide Muemede, de cincuenta y tres años.
Dos de las habitaciones aún carecían de techo, ninguna de ellas tenía suelo.
En una estera junto a la pared había un niño durmiendo.
—Llegué aquí el año pasado —dijo—. Antes tenía una vida normal. Era albañil y conductor. Ahora vivo aquí, en esta casa inacabada, con mis tres hijos y mis nietos. La nuestra fue incendiada. Tenía tres dormitorios y una sala de estar. La había construido yo mismo.
El ataque tuvo lugar mientras Saide estaba en el trabajo. Todos huyeron en todas direcciones, Saide también corrió. Corrió 20 kilómetros, hasta que llegó a un lugar razonablemente seguro. Allí se quedó a esperar a su familia.
—Sigo esperando —dijo—. Soy musulmán y tenía dos esposas. Una de ellas se llevó a nuestro hijo al monte. Él tenía solo siete años. No sé qué le pasó. Pienso en él todo el tiempo, todos los días.
Saide se metió en una de las habitaciones terminadas y volvió a salir con una pequeña mochila. De su bolsillo interior sacó una carpeta de plástico con los certificados de nacimiento y salud de su hijo: A BUBACAR M UEMEDE . Nació el 12 de octubre de 2017 y pesó tres kilos.
Respecto a la madre de Abubacar se había perdido toda esperanza. Había estado con su hermana y algunos vecinos. Nadie sabía qué les había pasado, lo más probable es que los hubieran matado. Solo había algo de esperanza en cuanto al niño.
—Es muy posible que esté vivo —confirmó Abudo—. Los rebeldes han secuestrado a muchos niños y los han llevado a madrasas en el monte.
—Nadie me ha ayudado —continuó Saide—. El líder del distrito ni siquiera ha venido a saludarnos. Estamos como en el limbo. Nos han olvidado. A ninguno de los vecinos le importa. Aquí nadie nos habla.
Saide miró fijamente al frente y suspiró.
—Esta ciudad no es mía —dijo—. Esta casa no es mía.
Podemos vivir aquí a cambio de que yo la acabe.
Me paso el día sentado en esta casa sin terminar.
No tengo trabajo y no sé por dónde empezar a buscarlo.
Quiero ir a casa para ver cómo está allí la cosa, si es seguro estar allí ahora, pero no tenemos dinero.
Aquí estamos seguros, aunque es difícil sobrevivir.
Un hombre no puede quedarse todo el día sentado. Es indigno.
—Nadie en Maputo sabe lo que pasa aquí arriba —comentó Abudo mientras avanzábamos por la arena caliente hacia la siguiente casa.
Tras el estallido de la guerra en 2017 había dirigido una organización de ayuda que trabajaba principalmente para proporcionar asistencia psicosocial a personas mayores, mujeres y niños.
—La mayoría de los refugiados tienen problemas de salud mental —dijo—.
Piensan en lo que tuvieron y en cómo están ahora.
No dejan de pensar en ello. Muchos de los refugiados son niños, y alrededor de noventa mil de ellos son huérfanos.
En algunos casos, sus padres han muerto; en otros, se perdieron de vista durante la huida.
La mayor parte de los niños luchan con traumas.
Cuando llega un avión corren y se esconden, y lo mismo hacen cuando ven hombres uniformados, porque los soldados del Gobierno también cometen atrocidades contra la población.
Golpean y violan a las mujeres, a menudo a muchachas de tan solo catorce o quince años.
Yo mismo he sido amenazado de muerte varias veces.
Se me han acercado desconocidos y me han dicho que si continúo hablando moriré. Pero aquí sigo...
Sonó su teléfono. Se trataba de ochenta presuntos rebeldes que habían sido capturados por el Ejército gubernamental el día anterior.
—No, no, no son rebeldes —protestó Abudo—. Estoy casi cien por cien seguro. Son madereros ilegales que iban a vender árboles a los chinos.
Colgó y continuó donde lo había dejado: