Los navegantes Regreso al edén #3
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Regreso al edén #3

Poco a poco el sol se elevó en el cielo y el calor fue en aumento.

Me quité el sombrero y pronto empecé a sudar.

Richard y el guía asistente estaban atentos a los búfalos y elefantes todo el tiempo, pero no vieron ninguno.

Nosotros, en cambio, éramos observados en todo momento.

Antílopes y cabras acuáticas en estado de alerta nos vigilaban.

Levantaban la cabeza y nos miraban fijamente, en ocasiones todos a la vez.

Si nos acercábamos demasiado huían a toda velocidad.

Un babuino soltó fuertes gritos de advertencia cuando nos vio.

—Antes los elefantes emigraban de aquí al parque Kruger, en Sudáfrica —dijo Richard con tristeza—. Todavía lo recuerdan, conocen el camino porque lo aprendieron de sus padres y abuelos. Pero ahora ya no pueden llegar tan lejos. Los humanos se han interpuesto.

No vimos ningún animal grande, pero sí muchas boñigas de gran tamaño, incluida una, enorme, de hipopótamo.

—Es de hembra —dijo Richard—. Los machos esparcen la caca hacia fuera para marcar territorio.

Poco después nos topamos con el excremento blanco y seco de un perro salvaje.

—Debe de haber comido mucho calcio —comentó Richard.

Cuando salimos al camino de grava vimos huellas frescas de leones en la arena. Richard se agachó y las estudió con detenimiento.

—Deben de haber pasado por aquí hoy mismo —murmuró—. Pero probablemente ahora ya estén muy lejos.

Para gran alegría de Richard, uno de ellos había dejado tras de sí una tarjeta de visita.

—¡Es increíble lo mal que huele! —exclamó emocionado.

En medio del parque nacional había un centro de ciencias con un auditorio, un laboratorio, un Departamento de Paleontología con cráneos de diferentes épocas y un herbario con más de dos mil variedades de plantas cuidadosamente catalogadas.

Frente a uno de los ordenadores de la sala de estudio estaba sentado Jacinto, de veintinueve años, uno de los llamados referentes del parque.

Gracias a su deformación congénita en los pies, en ese momento cursaba un doctorado en la Universidad de Oxford.

—La mayoría de mis amigos se hicieron pastores, pero como yo apenas podía caminar, mi padre me envió a la escuela —recordó—.

Me compró una bicicleta para que pudiera ir.

Cuando se rompió, tuve que conformarme con un burro.

A pesar de que solo tenía nueve años, me di cuenta de que tenía que entender al burro para poder montarlo.

Así fue como me interesé por los animales.

Jacinto provenía de una familia humilde. Sus padres vivían de lo que les daba la tierra, y en total eran once hermanos. Jacinto era el mayor. Nadie en la familia había estudiado antes en la universidad, pero su padre lo animó a solicitar el ingreso.

—Debido a mi discapacidad no vio ninguna otra solución para mí.

Fui el primero de mi familia en obtener una licenciatura y el primero en obtener una maestría.

No fue fácil. Me enfrenté a muchos obstáculos.

Los libros que necesitaba eran demasiado caros para mis padres, pero por suerte conseguí una beca del Estado, porque fui el mejor estudiante tanto en décimo como en duodécimo grado.

En 2017, Jacinto se graduó como veterinario y se le otorgó una estadía de estudio en el parque Gorongosa.

—Como siempre me han gustado los desafíos, me inscribí en el maratón anual del parque.

—Sonrió ampliamente—. No gané, por supuesto, pero la gente me tomó fotos y las publicó en internet.

Un médico de Portugal vio una de las publicaciones y se puso en contacto conmigo. Dijo que podía arreglarme los pies.

El parque nacional pagó el viaje de Jacinto a Portugal, y el médico cumplió su promesa: le operó los pies, y ya nadie puede mirarlo y pensar que cuando era niño apenas podía caminar.

—Cuando estuve por primera vez en Portugal aproveché la oportunidad para hacer un máster en medicina forense en la Universidad de Coímbra —continuó Jacinto—.

Después entré en un programa de doctorado en Oxford, y ahora estoy escribiendo una tesis sobre cómo diferentes materiales se convierten en fósiles, basada en descubrimientos en el valle del Rift, aquí en Mozambique.

En los demás ordenadores había otros jóvenes becarios del parque, inmersos en sus investigaciones.

Pensé en Ema, del club de chicas. Pensé en todas las demás niñas y niños de Mozambique.

Menos de un tercio terminan el primer ciclo de secundaria y menos del 10 % acaban el segundo.

Solo los más afortunados acceden a la educación superior.

—¿Cómo crees que habría sido tu vida si no hubieras nacido con los pies deformes? —pregunté a Jacinto.

—Pues probablemente habría acabado siendo pastor, como mis amigos.

Última noche en el paraíso. Un conductor me llevó al campamento natural del parque, a media hora en coche del centro de ciencias y el hotel.

Desde la silla de cámping que había delante de mi tienda tenía vistas a una gran llanura con un abrevadero.

Aves zancudas, rinocerontes y antílopes iban allí a beber.

Las ranas croaban, los insectos se frotaban las patas, las aves rapaces volaban con sus grandes y pesadas alas.

Me quedé allí sentada, viendo cómo el día se enrojecía y se desvanecía.

Cuando el sol se puso y el mundo se redujo a sombras, un guardabosques vino a acompañarme a la mesa. Estaba terminantemente prohibido andar por ahí solo después del anochecer. El guardabosques se llamaba Azeite y tenía cuarenta y nueve años.

—Me gusta cuidar la naturaleza, pero no es un trabajo fácil —dijo—. Estás con animales salvajes todo el tiempo.

Azeite había sido guardia forestal durante siete años.

—¿Querías ser guardabosques? —pregunté.

—Más o menos... —murmuró—. No había otras opciones.

—En Noruega no tenemos animales peligrosos —dije—. Allí se puede pasear por los parques nacionales sin que te acompañe un guardabosques.

—Sin que te acompañe un guardabosques —repitió Azeite con asombro—. Pero tenéis elefantes, ¿verdad?

—No —contesté.

—¿No hay elefantes? —El guardabosques me miró atónito—. ¿Y leones?

—Tampoco hay leones.

—¿Hienas, entonces?

Negué con la cabeza.

—Pero jirafas sí, ¿verdad?

—No, no hay jirafas. Ni siquiera tenemos cebras.

—Ni una cebra siquiera... —Azeite miró pensativo al frente. Probablemente trataba de imaginar ese extraño lugar.

Los guías encendieron una fogata y sirvieron una cena de tres platos y vino blanco frío en la oscura noche de la selva.

A las nueve y media la noche ya se había hecho vieja, y Azeite me acompañó de vuelta a mi tienda.

Me quedé tumbada escuchando los insectos, las ranas, los pájaros y los enérgicos ronquidos de mi vecino en la tienda de al lado.

Sonaban como los rugidos roncos de un león en la noche africana.

—Me habría encantado quedarme más tiempo —le dije a Vasco al despedirme de él a la mañana siguiente.

—Conozco esa sensación —afirmó—. Llegué en 2005 y sigo aquí.