Regreso al edén #2
Antes de disponerse a salvar Gorongosa, Greg Carr buscó el consejo del escritor Mia Couto.
Este escuchó los planes del estadounidense para llevar a los animales de vuelta al parque nacional y objetó que Carr tenía que pensar en grande.
Explicó que Gorongosa era más que el parque nacional en sí: las áreas de alrededor también debían incluirse y, lo que era más importante, las comunidades locales tenían que involucrarse.
Para que las personas no mataran a los animales o arrasaran el suelo debían tener una alternativa.
En la actualidad, el parque lleva a cabo una serie de proyectos en las comunidades locales de la zona periférica. En el monte Gorongosa se cultiva café, y en las aldeas de las tierras bajas los habitantes aprenden apicultura.
—Al principio todo el mundo se reía de mí cuando me ponía el equipo de apicultora —dijo Tecla David, de cuarenta y cinco años, la primera mujer apicultora de Mozambique—. La apicultura se consideraba una profesión de hombres.
A mediados de la década de los noventa del siglo pasado recibió una beca para estudiar apicultura en Portugal y Zambia. Cuando regresó y empezó a ganar dinero con la producción de miel ya nadie se reía.
—Una mujer puede hacer lo mismo que un hombre —dijo Tecla—. Todo es posible. He formado a veinticinco grupos de mujeres apicultoras. Las abejas dan oportunidades a las mujeres. Gracias a la miel pueden enviar a sus hijos a la escuela.
Tecla y la líder del proyecto apícola local, Antónia, de treinta y cinco años, me acompañaron hasta las colmenas instaladas a lo largo de la cerca junto a la orilla del río. Antónia repitió lo mismo que acababa de decir Tecla, pero en cisena, una de las lenguas locales:
—¡Una mujer puede hacer todo lo que hace un hombre!
A mí es que me encantan las abejas —agregó—.
Nos dan miel para comer y nos protegen de los elefantes.
Antes de tener esta cerca no dormía por la noche porque los elefantes venían y se comían nuestros cultivos.
Se lo comían todo: patatas, frijoles, repollo.
Nada funcionó contra los elefantes, ninguna valla los mantuvo alejados.
¡Pero las abejas sí! Los enormes elefantes tienen miedo de las diminutas abejas.
Me encantan las abejas. Ahora por fin puedo dormir tranquila por la noche y podemos volver a cultivar patatas y judías.
Al principio la gente del pueblo se había mostrado escéptica sobre el proyecto apícola, pero cuando Antónia y las otras mujeres apicultoras comenzaron a ganar dinero con la miel sintieron envidia.
Al igual que las demás colmeneras, Antónia planeaba gastar el dinero en la educación de sus hijos.
Esperaba que sus tres hijas tuvieran más oportunidades de las que ella había tenido.
Las muchachas se movían inquietas en las sillas bajas dentro de la oscura choza con techo de paja.
—Voy al club de chicas porque allí aprendo mucho —dijo Inês finalmente. La treceañera ya tenía rostro de adulta, con labios carnosos y ojos expresivos, pero su cuerpo menudo seguía siendo el de una niña. De sus largas trenzas, recogidas en una alegre coleta, colgaban cuentas de plástico de colores.
—Quiero aprender a leer y contar —susurró Ema con la mirada fija en el suelo. Iba vestida con un viejo jersey y una sencilla kapulana. Llevaba los pies descalzos. Sus cortas trenzas apuntaban en todas direcciones.
—Yo también quiero aprender a leer y escribir —dijo Tina tímidamente. Vestía una camiseta amarilla con la imagen de una princesa.
—¿Qué más aprendéis aquí en el club de chicas? —pregunté.
—Aprendemos sobre la vida —respondió Inês—. Aprendemos sobre higiene, sobre el comportamiento sexual y cómo protegerse.
—Aprenden lo que es ser mujer —añadió Janado, que trabajaba para el parque Gorongosa—. A menudo las chicas no saben nada sobre la menstruación. No tienen ni idea de lo que pasa la primera vez y se asustan. En el club de chicas aprenden sobre la pubertad.
El parque gestiona una cincuentena de colegios y casi un centenar de clubes femeninos en los pueblos de las afueras.
Los clubes de chicas se reúnen antes y después de la escuela, con el objetivo de evitar que la abandonen demasiado pronto y prevenir los matrimonios precoces.
Mozambique se encuentra entre los países con más matrimonios infantiles y embarazos adolescentes.
La mitad de las chicas se casan antes de los dieciocho años, y una de cada seis lo hace antes de los quince.
—Si un chico quisiera casarse con vosotras, ¿qué le diríais? —pregunté con tono capcioso.
—Yo respondería que no quiero casarme ahora —contestó Ema en voz baja—. Es demasiado pronto. Quiero estudiar.
—Conozco a una chica que se ha casado muy joven —recordó Inês—. Tiene catorce años. Estaba en décimo grado en la escuela que hay dentro del parque, pero ha dejado los estudios y se ha casado. Ahora discute con su marido todo el tiempo. Antes era miembro del club de chicas.
Las muchachas miraron seriamente el suelo de tierra.
Ema negó con la cabeza. Estar en décimo grado y luego casarse y cargárselo todo.
.. Para la mayoría de las niñas de los suburbios, ese nivel educativo era un sueño incierto.
En el pueblo solo tenían escuela hasta séptimo grado.
La muchacha que se había casado era una de las afortunadas que habían conseguido una plaza en el internado del parque nacional.
—No sé qué haré cuando termine el séptimo grado —dijo Inês—. La escuela secundaria está muy lejos... Mis padres están divorciados. Papá está enfermo y mamá vive en otro pueblo. Mi hermana y yo crecimos con nuestra abuela.
—Buscaré una solución para ella —me dijo Janado en inglés para que las chicas no entendieran lo que decía—. Sigo a Inês desde hace mucho tiempo. Es especial. Tal vez pueda mudarse a vivir con mis padres e ir a la escuela allí.
Pero Janado no podía ayudar a todas. Ni siquiera un rico filántropo estadounidense era capaz de hacerlo.
Ema tampoco sabía qué haría cuando se graduase dentro de unos meses.
Su padre había muerto y eran siete hermanos en total.
Solo Tina parecía despreocupada. Era la única que tenía un plan preparado: algunos de sus parientes vivían cerca de un instituto, se iría a vivir con ellos y seguiría asistiendo a la escuela. Su sueño era convertirse en enfermera.
Inês soñaba con ser ingeniera. Ema quería ser oficial de policía.
A la mañana siguiente, temprano, me puse la mejor ropa de camuflaje que tenía.
Iba a hacer un safari a pie. Richard, un hombre grande y ancho de hombros con casi treinta años de experiencia como guía de safari, abrió el camino.
Sobre los hombros llevaba un rifle cargado, por si acaso. Detrás de mí caminaba otro guía.
—Cuatro ojos ven mejor que dos —dijo Richard.
Obviamente no contaba con los míos. Después me explicó las reglas—.
Si quieres que nos detengamos, puedes chascar la lengua o los dedos.
No hablaremos en voz alta, por supuesto.
Levantaré la mano así si vamos a detenernos, y si hago esto retrocederemos.
Eso significará que deberemos juntarnos más.
Hagas lo que hagas, no corras. Espera mis instrucciones. No hables.
Me miró seriamente y yo asentí con la misma seriedad.
—Ahora estamos en su territorio, y es diferente cuando caminamos que cuando vamos en un vehículo —continuó Richard—.
Los coches les dan igual. Pero nosotros sí los inquietamos cuando vamos a pie.
Entonces somos uno de ellos. El mayor riesgo son los búfalos.
Y los elefantes. Hemos de intentar evitarlos, y siempre debemos tener el viento en contra, no a favor, ¿entendido? Y no hables.
—¿Y las serpientes? —chillé.
—No podemos evitarlas. Están aquí. Pero la mamba negra es una serpiente tímida. Hará todo lo posible por esquivarnos.
Tragué saliva y seguí a Richard en silencio. Supuse que sería un paseo silencioso, caracterizado por gestos con las manos y chasquidos de lengua, pero Richard no paró de hablar. Era un pozo de información y se detenía en todas las huellas frescas que había en la arena, y eran muchas.
—¡No, mira, mira lo que ha pasado por aquí! —exclamó—. Por aquí ha pasado un león, y por aquí ha pasado otro, uno más pequeño, una hembra. Y por aquí ha pasado recientemente un elefante. ¡Y por aquí, un facóquero! Y mira todas esas huellas de pájaros. El suelo es como el periódico de la mañana.
—¿Qué clase de árbol es ese? —susurré, señalando un árbol alto con un tronco amarillento. A Richard se le iluminó la cara.
—¡Oh, ese árbol tiene un nombre muy interesante!
Es el llamado árbol de la fiebre. Los europeos le dieron ese nombre por su color amarillo, que en realidad es una especie de polvo, y porque a menudo les daba fiebre alta al estar cerca de él.
De lo que no se dieron cuenta fue de que no era el árbol la causa de que enfermaran.
Era el mosquito de la malaria. Esos árboles prosperan en áreas húmedas y tienen raíces muy poco profundas.
Se caen con facilidad. Durante el ciclón se cayeron muchos de ellos.
Mis zapatos ya estaban empapados. El aire de la mañana era fresco y la mayoría de los animales seguían inmóviles. Reparé en que, de hecho, estábamos haciendo un viaje escatológico. Richard se detenía ante cada caca que encontrábamos y la miraba fascinado.
—Mira, esta es de un elefante —dijo, señalando un enorme montón de excremento semilíquido lleno de paja—.
Un elefante grande come trescientos kilos todos los días, pero digiere mal.
Los babuinos ya han estado aquí y se han servido.
Toda la fruta ha desaparecido, solo quedan las piedras, ¿ves? Nada se desperdicia.
Poco después cogió una pequeña boñiga seca de impala y la partió por la mitad con los dedos:
—¡Mira qué bien digerido está! El impala tiene varios estómagos. No se desaprovecha nada .