Los navegantes Regreso al edén
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Regreso al edén

Regreso al edén

Poco a poco, el mundo nació ante mis ojos, como se creó en el mismo lugar ante los de Mia Couto cuando era un niño, mucho antes de la guerra civil, mucho antes de que se convirtiera en escritor, mucho antes de que la vida en el parque fuera destruida y reconstruida.

Poco a poco, la hierba se volvió de un verde brillante; el estanque, de un azul claro; el cielo, de un blanco lechoso.

Poco a poco, el aire se volvió fresco, luego tibio, después cálido y cosquilleante.

La llanura no tenía fin, y el tiempo era un círculo.

Poco a poco, los pájaros cobraron vida, cantaron, piaron, picotearon; las abejas zumbaban, las ranas temblaban en silencio en la superficie del agua, los escarabajos peloteros empujaban ambiciosas bolas de estiércol, en todas partes había vida.

Una manada de antílopes pastaban nerviosos y vigilantes, un babuino se lanzaba de un árbol a otro, en la orilla del estanque yacía un cocodrilo como petrificado, a la sombra de una acacia pastaban cuatro cebras y una manada de elefantes caminaban tranquilamente a través de la densa maleza.

Nos detuvimos en la cima de una pequeña colina para saludar al recién nacido día.

—Hace veinte años, cuando yo nací, no había nada aquí —me dijo Dávida, la guía—. ¡Ahora tenemos más de cincuenta mil antílopes acuáticos en el parque!

Era pequeña y delgada, pero de espalda recta y con una autoridad natural pese a su juventud.

Su cabello trenzado estaba recogido en un moño apretado.

Procedía de un pequeño pueblo cercano y era la mayor de ocho hermanos.

En realidad había soñado con convertirse en médica, pero no había aprobado el examen de ingreso a la universidad y su familia no podía permitirse pagar una privada.

En su lugar había solicitado el curso de guía del parque.

—No hablaba muy bien inglés, pero conseguí entrar —dijo—. Los primeros días trabajé muy duro para aprender esa lengua y todo lo que necesito saber como guía.

Que acababa de aprender inglés solo se podía notar por el hecho de que hablaba muy correctamente, sin tomar atajos.

—El año pasado empecé a trabajar de guía.

—Sonrió con orgullo—. La mayoría de las niñas piensan que tienen que ser maestras o doctoras si quieren ser algo en la vida, pero hay muchas otras oportunidades.

A menudo visito el club para motivar a otras chicas a convertirse en guías.

¡Ya hay cuatro que quieren ser como Dávida!

Digo a las muchachas que aunque sea difícil, aunque se enfrenten a muchas adversidades, deben perseguir sus sueños.

Y que nunca, nunca deben ceder a la presión familiar para casarse.

Además de su trabajo como guía de safari, Dávida estudió contabilidad. Esperaba dirigir su propio albergue de safari algún día. También aprendía a disparar.

—Mi objetivo ahora es cualificarme para convertirme en guía de safari a pie —explicó mientras dejaba que su mirada se perdiera por la sabana—. ¡Esta es la mejor oficina del mundo!

La radio zumbó en el bolsillo superior de su chaqueta. Se volvió hacia mí con una gran sonrisa:

—¿Quieres ver leones?

Subimos al vehículo abierto de safari y unos minutos más tarde nos detuvimos junto a un gran árbol. Seis leones estaban tendidos en la hierba, apenas se molestaron en levantar la cabeza cuando llegamos. Sus hocicos estaban rojos de sangre.

—Acaban de disfrutar de una comida abundante y deliciosa —explicó Dávida—. Van a quedarse así el resto del día.

De vez en cuando, uno de los leones se estiraba perezosamente, caminaba uno o dos metros y volvía a tumbarse en la hierba.

En uno de los idiomas locales, Gorongosa significa «lugar peligroso».

A mediados del siglo pasado, Gorongosa era conocido como el «edén de África».

También se le llamaba «el lugar donde Noé dejó el arca», porque en esa época albergaba la mayor concentración de animales salvajes de todo el continente africano.

En 1960, Gorongosa se convirtió en el primer parque nacional del Imperio portugués.

Turistas de todas partes acudían en masa para ver a los Big Five, así como aves raras y una gran variedad de ecosistemas, desde la selva tropical del monte Gorongosa hasta la sabana de las tierras bajas.

Entre los habitantes del parque se encontraban, entre otros, doscientos leones, dos mil elefantes, catorce mil búfalos y tres mil quinientos hipopótamos.

Luego llegó la guerra civil. Durante los años del conflicto se libraron duros combates en Gorongosa.

Miles de animales fueron sacrificados, para alimentarse o simplemente por diversión, a manos de soldados de gatillo fácil.

Una vez terminada la guerra, los cazadores furtivos continuaron su trabajo, casi sin obstáculos, y la población local también cazó para sobrevivir.

Cuando el suelo se agotó, los agricultores talaron los bosques y quemaron la vegetación.

Al final llegaron al monte Gorongosa y a la selva tropical única que hay allí.

Nada estaba regulado y todo el irremplazable ecosistema estaba a punto de irse a pique.

Para cuando el calendario marcó el nuevo milenio, el 85 % de la vida silvestre de Gorongosa había desaparecido.

El jardín del edén se había convertido en un páramo.

—Cuando llegué aquí, en 2005, no quedaba nada —recordó Vasco Galante.

En el ordenador que tenía en su regazo buscó fotos de su primera visita: restos oxidados de coches acribillados a balazos.

Casas abandonadas, llenas de agujeros de bala.

Jardines cubiertos de maleza. No quedaba nada del glamuroso hotel que había habido allí, todo estaba en ruinas.

—No había ningún lugar para dormir, no había agua potable, no había coches —contó Vasco—.

Conseguí que un guardabosques me acompañara a dar un paseo por el parque.

En total vimos tres animales, eso fue todo.

Un babuino, un facóquero y un antílope. Desde que vi un anuncio sobre Gorongosa a los seis años soñaba con visitar el parque.

Es increíble lo decepcionado que me sentí.

Vasco terminó en Mozambique por un entrenamiento de baloncesto al que no se presentó.

Cuando era más joven jugó con la selección portuguesa.

Allí se hizo muy amigo del capitán, José Bernardeco, uno de los muchos que salieron de Mozambique a toda prisa en 1975.

Poco después, Vasco dejó el baloncesto a un lado y se convirtió en programador informático.

Con el tiempo llegó a ser director de un banco y luego se dedicó al comercio por internet.

Su carrera iba de maravilla. Vasco tenía apartamentos en Florencia, Milán, Madrid y Lisboa y viajaba constantemente.

Su vida privada no iba tan bien: tanto su primer matrimonio como el segundo habían fracasado.

En medio de su segundo divorcio, Vasco se encontró por casualidad con su viejo amigo del baloncesto, José Bernardeco, en un centro comercial a las afueras de Lisboa.

Hacía casi treinta años que no se veían.

José le dijo que formaba parte de un equipo de veteranos que se reunían todos los sábados para jugar e invitó a Vasco a unirse el sábado siguiente.

Vasco prometió ir, pero tenía un montón de empresas y empleados que atender y se olvidó por completo del asunto.

A la semana siguiente leyó en el periódico que Bernardeco había muerto.

Había sufrido un infarto durante el entrenamiento al que Vasco no se había presentado.

Vasco vio esa muerte como una advertencia.

—Pesaba quince kilos más en ese momento y vivía una vida de mierda —dijo—.

Decidí ir de peregrinación. Durante un mes hice senderismo por los Pirineos.

Cuando estaba a mitad de camino tenía claro que debía ir a Mozambique a enseñar.

Estaba avergonzado de lo que los portugueses habíamos hecho a ese país y quería aportar algo.

Después de más de trescientos años como colonia portuguesa, Mozambique era uno de los países más pobres del mundo, pero en realidad lo tiene todo. Tanto playas como gas.

Vasco Galante vendió sus empresas, dio la mayor parte de sus bienes terrenales a sus exesposas y viajó a Maputo. No pasó mucho tiempo antes de que decidiera quedarse para siempre y comenzara a buscar trabajo.

Un día contactó con él un multimillonario estadounidense llamado Greg Carr. El norteamericano planeaba gastar varios millones de dólares para llevar a los animales de vuelta a Gorongosa. Necesitaba un promotor turístico y se había fijado en el currículum de Vasco.

—En noviembre de 2005 me mudé aquí a Gorongosa —recordó Vasco—. Durante los dos primeros años viví en una tienda de campaña. No fue fácil. Había serpientes y leones y comía arroz con frijoles todos los días, pero era feliz.

Dieciocho años después, Gorongosa vuelve a ser el parque con más densidad de animales de África.

—Poco a poco, pero con seguridad, estamos trayendo de vuelta a los animales.

En 2008 solo había diez mil animales grandes aquí.

Ahora hay diez veces más. No hace mucho introdujimos las hienas.

Hemos encontrado mucha resistencia, por supuesto.

Renamo volvió a sacar las armas hace unos años, y hasta hace muy poco había combates y disturbios.

No en el parque en sí, sino en las zonas de amortiguamiento, donde vive la gente.

En 2019 se firmó el Acuerdo de Gorongosa para el cese definitivo de las hostilidades militares. Por fin hay paz.