Grande Hotel #2
—¿Las prácticas culturales? —repetí, el eco del eco.
—En las zonas rurales se practica la limpieza de viudas y viudos —explicó Neusa—.
Es decir, un miembro de la familia se acuesta con la viuda después de la muerte de su esposo para «purificarla» y que esté lista para un nuevo hombre.
La poligamia también es un problema, y además la gente tiene relaciones a diestro y siniestro.
Mozambique es uno de los países del mundo más afectados por la epidemia del sida.
Más del 12 % de la población está infectada con el VIH, y el sida es la causa de muerte más común entre mujeres y hombres.
El país encabeza la mayoría de las peores estadísticas.
En 2022, Mozambique se ubicó en los últimos lugares del Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, en el puesto 183 de 193, solo por delante de países como Yemen, Sudán del Sur y República Centroafricana.
La esperanza de vida promedio es de sesenta años, la mortalidad infantil es del 7 % y alrededor del 40 % de la población es analfabeta.
—La covid-19 fue difícil para todos nosotros, y una combinación peligrosa con el VIH —dijo Neusa—.
Llegó de repente, y era un virus completamente nuevo, pero por suerte no nos afectó tanto como a Europa.
—Por primera vez durante la entrevista se rio—.
¡Supongo que Dios pensó que ya teníamos mucho de lo que encargarnos y nos dejó escapar con facilidad!
Mi asistente repitió la última frase de Neusa al pie de la letra y también se rio de buena gana.
Celso se volvió hacia un elegante edificio arqueado.
Se levantaba sobre pilares, como si flotara en el aire, y sus grandes ventanales estaban enmarcados por un hormigón ligero.
Este, sin embargo, estaba ennegrecido por los gases de escape y la suciedad, algunas de las ventanas estaban rotas y el interior se había desprendido.
—¡Me enfada tanto! —protestó el farmacéutico—.
Esa fue la sede de la asociación automovilística antes de la independencia.
¡Es un edificio muy especial! Un inversor quería construir un restaurante aquí, pero fue rechazado por el Estado, que ahora es el propietario del edificio.
En lugar de hacer algo, simplemente lo dejan ahí descomponiéndose, como el resto de la ciudad.
¡Hay tanto por lo que indignarse aquí! Si pudiera, me iría de aquí ahora mismo, así te lo digo. ¡Ahora mismo!
La antigua casa del Automóvil Club fue diseñada por el arquitecto modernista portugués Paulo de Melo Sampaio.
Beira está llena de esos edificios elegantes y modernistas, firmados tanto por Sampaio como por el ya mencionado Pancho Guedes.
Este último dejó muchas más casas y edificios en Beira que en Maputo, cientos, todos fácilmente reconocibles por sus pequeños y sutiles detalles, y todos ellos necesitados con urgencia de una capa de pintura y cuidados generales, al igual que el resto de la ciudad.
Beira había sido desgastada y maltratada desde el principio y recibió otro golpe durante los estragos del ciclón Idai en 2019, uno de los peores ciclones tropicales que han azotado África en los tiempos modernos.
Varios centenares de personas perdieron la vida y casi medio millón, sus hogares.
El 90 % de los edificios de Beira fueron destruidos o dañados durante la tormenta.
El Grande Hotel había sobrevivido al ciclón sin un rasguño.
Por otro lado, apenas quedaba nada que destruir.
El interior original había desaparecido hacía mucho tiempo, solo quedaba el cascarón de hormigón gris.
En la fachada elegantemente curva de los años cincuenta del siglo pasado era posible intuir lo estiloso que debió de parecer el hotel durante los pocos años que recibió huéspedes.
El Grande Hotel abrió sus puertas en 1955.
Fue construido en un estilo art déco moderno: veintiún mil ambiciosos metros cuadrados con una piscina de dimensiones olímpicas y suites de lujo destinadas a viajeros de negocios y turistas adinerados.
El hotel iba a simbolizar el éxito del Estado Novo, el nuevo Estado de Salazar.
«El orgullo de África», así llamaban al Grande Hotel.
Pero los huéspedes no llegaron. El establecimiento tenía pérdidas cada año, y en 1974 cerró sus puertas para siempre. Durante la guerra civil, el lujoso hotel fue utilizado como cuartel militar. Tras el conflicto, los desheredados de la ciudad se instalaron en él.
—¡El Grande Hotel es una miseria! —declaró Celso mientras aparcábamos—. ¡Es un infierno, es la oscuridad más oscura!
Delante del hotel había una especie de mercado.
Las moscas revoloteaban alrededor de los puestos de hojalata en los que se vendían verduras, carne y pescado.
De la fachada del antiguo hotel de lujo crecían frondosos arbustos y grandes árboles caducifolios verdes; la vegetación se extendía hacia el cielo, hacia la luz.
Celso abrió la guantera, sacó una mascarilla FFP2 y echó un vistazo rápido al inventario de desinfectantes para manos. Luego respiró hondo y bajó la ventanilla.
—¿Dónde está Elisa? —gritó—. ¡Elisa, la secretaria! ¡Tengo una cita con ella!
Una mujer delgada y erguida se acercó a nosotros.
Llevaba sandalias, una chaqueta negra, un top sencillo y una kapulana, una falda cruzada tradicional mozambiqueña.
Su cabello encrespado estaba recogido en pequeños moños.
Tenía rasgos faciales suaves y regulares, casi sin líneas ni arrugas, pero sus ojos estaban húmedos y rotos, como si estuviera al borde de las lágrimas e hiciera tiempo que había dejado de derramarlas.
Elisa exigió una suma exorbitante para mostrarnos el lugar, pero Celso negoció la tarifa hasta la mitad.
Antes de que pudiéramos entrar, Elisa tuvo que pedir luz verde a la jefa, una mujer que vendía tomates y pescado maloliente con ojos apagados.
La jefa asintió amablemente, podíamos entrar.
—Parece que está bien organizado esto —comenté.
Elisa se encogió de hombros.
—Además de mí, que soy la secretaria, y la jefa, en todas las plantas hay un jefe de piso —explicó—. Pero ninguno de ellos hace su trabajo. No hacen nada. Tampoco se le paga a nadie, por lo que difícilmente se le puede llamar un trabajo de verdad...
En la entrada había un puñado de niños desnudos lavándose con cubos de plástico llenos de agua.
—¿Cuántas personas viven aquí? —pregunté a Elisa.
—Más de cinco mil.
—¿Qué? —exclamó Celso—. ¿No sabes cuántos viven aquí? ¿No los contáis?
—En el último recuento había cinco mil —respondió Elisa con calma—, pero eso fue hace unos años y cada día viene gente nueva.
Entramos en la antigua recepción. Celso miró a su alrededor con los ojos muy abiertos.
—Estuve aquí de niño cuando había fiestas —dijo—. En aquel entonces era precioso, era absolutamente mágico. Pero ahora... —Levantó los brazos, por una vez sin palabras.
Había pequeños grupos de personas sentadas de forma dispersa en el desnudo suelo de hormigón.
Sobre una mesa se apilaban montoncitos ordenados de tomates, tres o cuatro botellas de aceite de cocina y bolsas azules con combustible: una tiendecita de conveniencia.
Una madre y sus hijos se habían hecho un pequeño espacio junto a la pared, protegido con pedazos de tela y plástico.
—Tenemos problemas con los ladrones —dijo Elisa.
—¿Qué demonios hay que robar aquí? —Celso la miró con sincero asombro.
—Televisores, ollas, ropa, siempre hay algo. La gente también viene aquí a fumar drogas, pero si los llevamos a la comisaría no pasa nada. La policía no nos ayuda. Estamos hartos.
—¿Aquí hay VIH? —preguntó Celso.
—Sí, son enfermedades crónicas. Aquí tenemos tanto sida como tuberculosis.
Celso dio un respingo y sacó un par de guantes de plástico de su bolsillo.
Todas las barandas habían desaparecido, también todas las ventanas.
Un olor acre a basura podrida, orina y sudor flotaba en todo el edificio.
En medio de la escalera sin barandillas había una niña sentada llorando en silencio.
Elisa era huésped habitual del Grande Hotel desde hacía dieciséis años. Ya había cumplido los cuarenta y cinco y tenía cuatro hijos y dos nietos, media vida. Todos, hijos y nietos, vivían juntos en dos habitaciones fusionadas en el sótano.
—Es demasiado caro vivir en otro lugar —dijo Elisa—.
El suelo es caro, el alquiler es caro, la escuela es cara, y no tengo trabajo.
Aquí no pagamos nada, pero tampoco tenemos nada, ni luz ni agua.
Ninguno de los que vivimos aquí quiere vivir aquí.
Vivimos aquí porque no tenemos otra opción.
La gente hace sus necesidades en todas partes, esto está sucio, y aquí es donde comemos, aquí es donde vivimos.
Las autoridades han tratado de echarnos, pero ¿adónde vamos a ir?
Pasamos por el hueco de un ascensor que estaba lleno de basura.
Cuatro ratas gordas se arrastraban por allí, completamente absortas en los malolientes restos.
El piso de arriba conducía a una gran terraza en la azotea sin seguridad.
Niños chillones e inseguros corrían riendo tras pequeñas pelotas de colores mientras sus madres se trenzaban el cabello entre sí.
—A menudo ocurren accidentes —dijo Elisa—. La última vez fue hace un mes. Se cayó un niño. Aún sigue en el hospital.
Las antiguas habitaciones del hotel alojaban en ese momento a familias más grandes.
Las puertas habían desaparecido, la gente las había reemplazado por lo que pudieran haber tenido a mano y lo habían asegurado con fuertes candados y cerrojos.
Del techo colgaba una especie de cableado improvisado, y de varias de las habitaciones salía música a todo volumen.
—Algunos tienen paneles solares —explicó Elisa—. Aquí cada uno vive para sí mismo, no hay cooperación. Todo el mundo está solo. Suele haber ruido. Algunos ponen música a todo volumen hasta altas horas de la noche. Los hombres se pelean con sus esposas cuando beben. O cuando no lo hacen.
Desde la terraza se podía ver la grandiosa piscina del Grande Hotel. En su mayor parte estaba cubierta con tablones y ladrillos; solo la parte inferior estaba abierta, llena de agua y plástico flotante. Junto a la piscina había un puñado de mujeres lavando ropa.
—Es más profunda de lo que parece —dijo Elisa—. Ha caído gente al agua y se ha ahogado.
A lo largo de la fachada se habían instalado pequeñas casetas de chapa ondulada con duchas y baños para los que vivían en la parte inferior.
La mayoría de los demás tenían que bajar a la playa, al otro lado de la carretera, para hacer sus necesidades, o las hacían en los oscuros rincones y recovecos del Grande Hotel.
—El agua es el mayor problema aquí —dijo Elisa—. Un contenedor cuesta tres meticales. Si uno tiene hijos puede gastar fácilmente de veinte a treinta meticales en agua todos los días.
Hice un cálculo mental rápido. Veinte meticales rondaban los treinta céntimos de euro.
—¿Cómo sobrevives? —pregunté.
—Vendo cerveza. Antes trabajaba para unos portugueses. Cuando se fueron hace un par de años me dieron su televisor y su congelador. Lleno el congelador de hielo y enfrío la cerveza que vendo.
Elisa nos llevó hasta el sótano, donde vivía con sus hijos y nietos.
—He hecho poner barreras aquí —dijo señalando un muro improvisado que mantenía alejada una montaña de desechos.
A través de una abertura en el hormigón veíamos el patio trasero, en el que había un verdadero montón de bolsas de basura malolientes, pañales, restos de comida en diversos grados de descomposición, latas de conserva oxidadas, todo un vertedero.
—Dime, ¿no sacáis la basura de aquí? —preguntó Celso.
—Hemos quitado la basura, hemos hecho campañas, pero la gente es como es —respondió Elisa, resignada—. Al rato vuelven a tirar porquería por las ventanas.
Cuando salimos del Grande Hotel, a la luz del día y al aire fresco y refrescante de la ciudad, nos esperaba un hombre de unos treinta años en una motocicleta. Se presentó como secretario del Consejo de Distrito.
—Deberían haber hablado conmigo primero —dijo con severidad—. No se puede entrar aquí así como así, ¡tienen que entenderlo!
Elisa explicó que había conseguido permiso de la jefa y que solo queríamos echar un vistazo.
—Deberían habernos explicado primero en el Consejo de Distrito quiénes son ustedes y qué es lo que quieren para poder obtener nuestro permiso.
Esa es la forma correcta de proceder. Pero —añadió conciliador— ahora la visita ya es un hecho, así que esto es solo para su información, para que sepan lo que tienen que hacer la próxima vez.
Hizo un gesto con la cabeza en señal de despedida y se alejó a toda velocidad. Una niña de cuatro o cinco años con uniforme escolar pasó llorando junto a nosotros. Tan pronto como volvimos al coche, Celso se abalanzó sobre el desinfectante de manos. Incluso se lo roció en la cara.
—Me voy a casa a cambiarme de ropa —afirmó—. ¡Hay que lavar esto de inmediato! ¡A fondo!
El farmacéutico puso el coche en marcha y nos alejamos del «orgullo de África». En ese cascarón de hormigón maloliente y transpirable vinieron al mundo niños que crecieron y tuvieron sus propios hijos, ahí murió gente; ese era el mundo entero para diez mil oídos atentos.