Los navegantes Grande Hotel
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A curandeira recibía a los pacientes en un anejo del jardín hecho con materiales de un viejo contenedor.

De la pared colgaban borlas y pedazos de tela, y en estrechos estantes se amontonaban cajas con diversos polvos y plantas medicinales.

El altar propiamente dicho estaba oculto tras una puerta cerrada, detrás del pequeño cubículo donde se sentaba la curandera.

Me quité los zapatos y me senté en el suelo en el espacio habilitado, frente a la curandeira.

Se llamaba Glória dos Santos y tenía sesenta y seis años.

Lucía un pelo corto, una cara suave y ancha y unos brazos fuertes y musculosos.

—¿Qué hace realmente una curandeira? —pregunté.

—Ve y compruébalo por ti misma. Ahí, en la pared, está colgado mi certificado.

—Glória señaló con la cabeza un documento enmarcado.

Ponía, en blanco y negro, que Glória dos Santos era doctora en medicina tradicional y podía ejercer su profesión «en África y en otros continentes».

Pero no decía nada sobre lo que era la profesión.

—¿Qué enfermedades puedes curar? —inquirí.

—Tuberculosis, diabetes e infertilidad —respondió Glória—.

No puedo curar el cáncer, hay que extirparlo quirúrgicamente.

Si una persona ha sufrido quemaduras, por ejemplo, tampoco puedo curarla, porque ya está dañada.

Y no puedo hacer nada por las personas que consumen drogas, pero sí ayudar a las que beben demasiado a beber menos.

—¿Puedes curar el sida?

—No, pero puedo aliviar el dolor.

—¿Y el feitiço, la brujería?

—Nuestro presidente ha dicho que no hablemos más del feitiço. Solo crea problemas y puede ser peligroso. Se puede morir por él. En cambio, enseñamos a la gente a ser feliz.

Glória era curandeira desde los veinte años.

—A los diecinueve trabajé como asistenta en un hospital, pero al espíritu no le gustaba, no soportaba la sangre —recordó—. Me desmayé y me quedé tirada en el suelo, paralizada. Si no aceptaba convertirme en curandeira, el espíritu amenazaba con abandonarme.

Dejó el hospital y empezó a trabajar como camarera de piso en un hotel. Un día se cayó de una terraza del cuarto piso.

—¡No tengo idea de lo que pasó! La barandilla era alta, pero aun así me caí y aterricé en la arena. No me lastimé, pero después todo el mundo me dijo que tenía que convertirme en curandeira o moriría. Si no me hacía curandeira no tendría hijos, me dijo el espíritu. ¡Ahora tengo diez!

Hace unos años, Glória se convirtió al islam. Fue el espíritu el que la hizo cambiar de religión. Había empezado a exigir carne halal y se negaba rotundamente a comer la de cerdo.

—Ahora voy a la mezquita a rezar todos los viernes. Me siento bien. Al espíritu le gusta.

En la puerta principal de la clínica contenedor colgaba una nota con un número de teléfono y un precio por consulta: 300 meticales, cuatro euros y medio. Saqué la cantidad exacta y le pregunté si podía predecir mi futuro.

Glória se levantó, se acercó cojeando a un cajón y sacó su tarjeta de identificación, que estaba atada a una cuerda. Se enrolló el cordel alrededor de la cabeza para que la tarjeta quedara colgando delante de la frente y volvió a sentarse ante el altar oculto.

—Saca una moneda y frótala contra tu corazón —ordenó. Hice lo que me dijo—. Un espíritu cuida de ti —dijo ella con calma, sin hacer ningún gesto—. Es de la familia de tu padre. Falleció recientemente. Es un espíritu fuerte. —Glória guardó silencio un momento y luego continuó—: ¿Tienes marido?

Asentí con la cabeza.

—¿Es independiente, como tú? ¿Sabe valerse por sí mismo?

Volví a asentir.

—Sois como nosotros —dijo Glória—. A veces entra dinero, a veces no.

Pero la gente cree que sois ricos. Hablan y hablan.

Solo porque tienes una casa y estás casada piensan que eres rica, pero no es el caso.

Unas veces tienes dinero, otras no. La gente es envidiosa.

Has de poner fin a todas esas habladurías. ¿Sueles ir a un curandeiro?

—No, no muy a menudo —admití.

—Debes ir con regularidad y recibir tratamiento. No basta con una sola consulta, hay que volver al cabo de uno o dos años.

Me miró con cara de reproche, y yo, obedientemente, le prometí ir con más frecuencia.

—Veo a dos mujeres —continuó—. Las dos son viudas. Una es alta y delgada, la otra tiene senos grandes. Tienen celos de ti. ¿Te suena?

—No, la verdad es que no.

—Vaya. ¿Hay algo más que quieras saber?

—Sí —respondí—. ¿Cómo será mi futuro?

—Tienes un buen futuro —respondió Glória—. No veo ninguna muerte. La muerte nos llega a todos, por supuesto, pero ahora no la veo.

—¿Entonces no hay peligros?

—Bueno, esos que hablan y hablan no son del todo inofensivos, ¿no?

—Me miró de nuevo con cara de reproche—.

Deberías ir a un curandeiro o a un profeta para recibir tratamiento y medicinas.

Tienes que poner fin a todas esas habladurías.

Eres como nosotros, como he dicho. A veces tienes dinero, a veces no, pero la gente no lo entiende, así que hablan y hablan.

Celso Beira no hablaba, gritaba . El enérgico farmacéutico me ayudó a moverme por Beira, lugar de nacimiento de Mia Couto y segunda ciudad más grande de Mozambique.

Tenía un bigote gris, mechones blancos en la cabeza y ojos brillantes, y siempre vestía formalmente con camisa y chaleco.

Su familia era originaria de Goa, India, pero había dirigido una farmacia en Beira durante generaciones.

Celso tenía sesenta y seis años, aunque poseía la energía de un chaval de dieciséis; él mandaba y disponía.

Después de la visita a Glória me llevó a cenar a un restaurante.

—¿Qué vas a pedir? —me gritó en cuanto recibí la carta—. Yo solo beberé agua —proclamó antes de que yo pudiera responder—. Nunca ceno. ¡Pero tú come, come! ¿Qué quieres? ¿Ves algo que te tiente?

Elegí los langostinos. Celso cogió la carta, puso los ojos en blanco y gritó al camarero:

—¡Con ese precio, los langostinos serán grandes! —amenazó—. ¡Muy grandes! ¿Son grandes?

El camarero fue a la cocina a comprobarlo. Los langostinos eran de tamaño mediano, pudo anunciar cuando regresó. Celso frunció el ceño, disgustado.

—¡Entonces deberían venir muchos, muchísimos! Porque a ese precio deberían ser grandes, solo te lo digo. ¿Dónde está el chef, por cierto? ¡Déjame hablar con el chef!

Los langostinos eran tan grandes como langostas, pero no encontraron el favor de la mirada crítica de Celso.

—No deberían llamar a eso langostinos —resopló—. ¡Mañana te llevaré a un restaurante mucho mejor!

Pero primero me llevó al hospital local.

A la mañana siguiente me esperaba frente al hotel a las nueve en punto, como habíamos acordado.

Mientras recorríamos deprisa los pasillos mal iluminados del hospital, me aseguró que había encontrado a alguien a quien yo podría entrevistar.

El interior desgastado y los pasillos semioscuros me recordaron a otros similares en Ucrania, en Kirguistán, en la India.

Los edificios públicos de los países pobres son parecidos.

Celso se presentó por fin y explicó en voz muy alta el motivo de nuestra visita a la primera y mejor persona con bata blanca que encontramos.

El hombre de la bata blanca nos acompañó hasta el jefe del Departamento de VIH, quien a su vez nos explicó cortésmente que no podía hablar con nosotros sin autorización. Tenía que seguir unas normas.

—¡Lo tengo todo controlado! —gritó Celso mientras volvíamos corriendo al coche—. En su lugar, vamos al Consejo Municipal de Salud. Todo va según lo planeado, créeme.

Después de presentarnos a un gran número de oficinistas en los laberintos burocráticos de la Consejería de Salud, confusamente similares a los del hospital, pudimos hablar con la jefa, Neusa Rosalina Cisimiro Joel.

Iba maquillada con elegancia, llevaba un blazer azul y zapatos de tacón alto.

Sus extensiones de cabello liso estaban recogidas en una sencilla coleta.

—Nuestro objetivo es reducir las cifras de contagio para 2025, pero por ahora no bajan, desafortunadamente —dijo con franqueza.

—Por ahora no bajan, no —repitió Celso en voz alta.

—Aquí en Beira tenemos cincuenta y cinco mil pacientes con VIH de una población de poco más de medio millón. Cada mes recibimos alrededor de mil nuevos infectados. La mayoría de los nuevos pacientes tienen entre quince y treinta y cinco años.

—Entre quince y treinta y cinco años, sí —asintió Celso.

—Uno de los programas en los que trabajamos es el que pretende lograr que los niños se sometan a la circuncisión en los hospitales —continuó Neusa—. Reduce el riesgo de contagio. Priorizamos el grupo de diez a veinticuatro años.

—¡Se prioriza el grupo de diez a veinticuatro años! —gritó Celso con entusiasmo.

—Nuestra esperanza es tener una nueva generación libre del virus —continuó, sin dejarse afectar por las enérgicas repeticiones de Celso—. Eso sería lo ideal.

No parecía que ella misma creyera del todo en esa posibilidad.

—El VIH está relacionado con las condiciones de vida de las personas —explicó—.

Si una madre tiene VIH, sus hijos a menudo tienen que vender en la calle para ayudar a la familia.

Se convierte en un círculo vicioso. El tratamiento es gratuito y muchos lo empiezan, pero no se alimentan bien y tampoco lo suficiente.

Tan pronto como el tratamiento comienza a funcionar y se sienten mejor, muchas personas dejan de tomar la medicación para evitar los efectos secundarios.

Cuando se sienten peor vuelven a tomarla, y así van tirando, y de ese modo el virus se vuelve resistente.

—De ese modo el virus se vuelve resistente, sí —repitió el farmacéutico, negando con la cabeza con abatimiento.

—Otro problema es que a la gente de aquí no le gusta tanto usar protección. Los que compran sexo pagan más para no usarla. Y luego están las prácticas culturales...

—Las prácticas culturales, sí. —Celso suspiró teatralmente.