Los navegantes La tierra del olvido #3
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La tierra del olvido #3

Al igual que en las otras colonias portuguesas en África, el movimiento de liberación surgió en la década de los sesenta del siglo pasado.

El Frelimo, el Frente de Liberación de Mozambique, libró una lucha armada contra el régimen desde 1964.

El movimiento se hizo con el control de parte de las zonas del norte, pero la guerra nunca llegó a las principales ciudades.

La familia de Mia permaneció en Mozambique durante todo el turbulento periodo posterior.

—Mi padre nos animó a luchar por Mozambique.

En los años sesenta y setenta del pasado siglo los intelectuales se avergonzaban de ser portugueses.

A mi padre lo dejaban bastante en paz, pero a veces la policía secreta se presentaba en casa para crear miedo.

Lo arrestaron en un par de ocasiones, solo unas pocas horas.

Para mí esas horas duraron una eternidad.

En 1969, el líder del Frelimo, el sociólogo formado en Estados Unidos Eduardo Mondlane, fue asesinado en un atentado.

Al año siguiente, la organización sufrió importantes reveses.

Portugal probablemente habría ganado la guerra en Mozambique desde el punto de vista militar, pero también había lucha armada en Guinea-Bisáu y Angola, y los oficiales portugueses tuvieron suficiente. El sistema se rompió desde dentro.

En medio de la guerra de liberación, Mia viajó a la capital para estudiar medicina. Su madre quería que fuera médico. Estuvo en la facultad dos años y medio.

—En marzo de 1974, el Frelimo quería que me infiltrara en el Tribuna, un periódico proportugués.

Esa fue la palabra que usaron. Infiltrarme.

Se suponía que debía fingir que era estudiante y que quería trabajar para el rotativo.

Lo único que tuve tiempo de hacer fue falsear un horóscopo.

El manuscrito con la predicción zodiacal llegaba en barco, pero una vez no llegó a tiempo, así que me encargaron que inventara algo.

Escribí cosas como «No salgas de casa hoy, será un mal día».

Fue, en cierto modo, mi primera obra de ficción.

Después de la Revolución de los Claveles, en abril de ese año, el periódico proportugués se cerró. Mia consiguió trabajo en el diario Notícias, en el que también trabajaba su padre.

Las fuerzas portuguesas se retiraron de Mozambique en el verano de 1975 sin ningún periodo de transición real.

El poder recayó en el Frelimo, ya que en realidad no había otra alternativa.

Tras la muerte de Mondlane, el comunista radical Samora Machel había asumido la dirección.

Pronunciaba discursos ideológicos de una hora de duración y quería acabar con el tribalismo, el racismo, la falsa afiliación religiosa y familiar, la superstición, etcétera.

Mientras que Amílcar Cabral, en Guinea-Bisáu, había comprendido rápidamente que la gente no lucha por las ideas, sino por los bienes materiales, Samora Machel se encontraba en un plano más etéreo.

Quería crear «un hombre nuevo» y puso en marcha planes quinquenales y de racionalización y ambiciosas campañas anticorrupción.

Se nacionalizaron la industria y la agricultura y se prohibió el alquiler de propiedades.

Las autoridades abrieron «centros de reeducación» para los delincuentes de poca monta, los opositores políticos y los llamados elementos antisociales, como las prostitutas.

Decenas de miles de personas fueron encarceladas, por lo general sin juicio ni sentencia, y sometidas a malos tratos y torturas.

Hasta treinta mil personas pudieron haber muerto en esos campos.

Un par de años después de la independencia entró en escena una nueva organización guerrillera, la Renamo, formada por el servicio de seguridad de Rodesia.

Mozambique se había sumado a la resolución de las Naciones Unidas para boicotear el régimen de la minoría blanca en Rodesia, la actual Zimbabue, y había cerrado la frontera entre los dos países.

Cuando Zimbabue se independizó en 1980, el régimen del apartheid en Sudáfrica se hizo cargo convenientemente del apoyo a la Renamo.

Mientras que el partido gobernante, el Frelimo, era de orientación marxista-leninista y recibía ayuda de la Unión Soviética y otros países socialistas, los partidarios de la Renamo eran de derecha y apoyaban el liberalismo económico.

Mozambique se sumió en una brutal guerra civil de quince años que de cara al exterior se presentó como una lucha entre dos bandos ideológicos, pero que también estaba arraigada en conflictos históricos entre diferentes grupos étnicos del sur y el norte del país, incluidos los relacionados con la trata de esclavos.

La guerra golpeó más duramente a la población pobre de las aldeas; al igual que en Angola, la capital se vio poco afectada por los combates.

No fue hasta 1992 cuando las partes firmaron un acuerdo de paz.

El Frelimo abandonó la ideología marxista-leninista y acordó poner fin al sistema de partido único.

La Renamo pasó de ser un movimiento guerrillero sin escrúpulos que utilizaba niños soldados a gran escala a convertirse en un partido político.

La relación entre el Frelimo y la Renamo se ha caracterizado hasta el día de hoy por la intransigencia y los desacuerdos insuperables.

Aunque la Renamo ha obtenido casi la mitad de los votos en algunas elecciones, el Frelimo se ha aferrado a todo el poder.

Durante el periodo de transición, las Naciones Unidas se movilizaron con fuerzas de mantenimiento de la paz.

Los quince años de guerra civil costaron la vida a un millón de personas. Alrededor de un tercio de la población se vio obligada a huir.

La mayoría de los portugueses habían hecho las maletas y se habían marchado en 1975, antes de que estallara la guerra civil.

Mia fue una de las pocas personas que se quedaron.

Para él no había alternativa. Había nacido en Mozambique, era mozambiqueño, era africano.

Durante la guerra civil trabajó como periodista y a menudo acompañó al presidente Samora Machel en sus viajes.

—Por fortuna renuncié al periódico en 1985; de lo contrario, probablemente yo también habría muerto —dijo con seriedad.

El 19 de octubre de 1986, Samora Machel y su equipo debían volar de regreso a Maputo después de asistir a una reunión regional en Zambia.

El avión se estrelló en el norte de Sudáfrica, cerca de la frontera con Mozambique.

De los cuarenta y cuatro pasajeros y tripulantes a bordo, solo nueve sobrevivieron.

Desde entonces, el accidente aéreo ha estado rodeado de controversia y teorías conspirativas.

La comisión de investigación sudafricana concluyó que el siniestro se debió a un error del piloto y que era más que probable que la tripulación soviética estuviera ebria.

Las autoridades de Mozambique y la Unión Soviética acusaron a los sudafricanos de manipular el sistema de navegación para que el avión se desviara de su rumbo.

—Dejé el periódico porque ya no creía en el nuevo país —explicó Mia—.

Intentaban hacer una copia de la Unión Soviética.

Conseguir comida era una lucha diaria. Pasábamos los días haciendo fila.

Un día me encontré con una larga cola y pregunté a la gente para qué era.

No lo sabían. Puse una bolsa en la fila y le coloqué una piedra encima.

Cuando terminé de trabajar, la bolsa y la piedra seguían allí, nadie las había tocado.

La gente respetaba tu lugar en la cola. Al igual que en la Unión Soviética, tenían sus propias tiendas para la élite.

En el partido querían darme una tarjeta para que pudiera comprar en esos establecimientos especializados.

Me negué porque no quería que me trataran de manera diferente.

Orgulloso, volví a casa y le conté a mi esposa lo íntegro que había sido.

«¡Qué imbécil eres!», me dijo. «¡Tienes dos hijos! »

Tras retirarse del periodismo, Mia comenzó a estudiar biología, inspirado por las noches de su infancia en el Parque Nacional de Gorongosa.

—Una mañana, cuando era niño, me desperté en la tienda de campaña, miré hacia fuera y fui testigo de cómo se creaba el mundo en ese instante.

Fue algo grandioso. «¿Te gusta?», me preguntó mi padre.

No pude articular palabra. «Esa es tu iglesia», dijo papá.

En ese momento no entendí el significado de sus palabras.

No soy un buen biólogo, pero estoy agradecido por lo que he aprendido.

La biología me ha hecho sentir que yo formo parte de algo.

No soy uno, hay muchos organismos dentro de mí.

Además, he aprendido que si se puede decir una cosa también se puede decir la contraria.

Evolución, pero al mismo tiempo simbiosis.

Nada es blanco o negro. Mi generación creía que podíamos cambiar el mundo, pero ni siquiera entendíamos a nuestro propio país.

Mozambique no es un país, son muchos. Desde entonces he viajado por todo el Estado, de norte a sur, y a menudo ha sido como conocer gente de otros mundos.

He aprendido que la poesía y la ficción quizás sean una mejor manera de ser objetivo.

Las palabras fluían con más facilidad al hablar precisamente de palabras:

—En algunos de los idiomas que se hablan aquí en Mozambique, por ejemplo, no tienen una palabra para «naturaleza». O para «futuro». Me considero un traductor. Soy un africano blanco. Tengo un pie en cada mundo.

A diferencia de su vecina Sudáfrica, Mozambique nunca ha tenido una comisión de la verdad. Nadie ha investigado los crímenes cometidos durante la guerra civil o bajo el liderazgo de Samora Machel.

—Mozambique es la tierra del olvido —afirmó Mia—.

Es como si hubiéramos hecho un pacto de silencio.

Nadie quiere hablar tampoco de la esclavitud, porque la gente estaba en ambos bandos.

Muchas familias aquí ganaron mucho dinero con el comercio de esclavos, por lo que es mejor no remover ese tema.

La gente teme que, si abren esa caja, saldrán fantasmas que podrían desencadenar un nuevo conflicto.

Sesenta mil negros lucharon del lado de los portugueses durante la guerra de liberación.

.. Tal vez haya sabiduría en ese silencio.

Hay mucho pragmatismo en este país. Después de la guerra civil muchos regresaron a sus pueblos.

A menudo, el sacerdote del lugar identificaba a un espíritu maligno que había poseído al soldado y lo había llevado a matar.

No era el hombre el que había matado, sino el espíritu.

El sacerdote expulsaba al espíritu y entonces la persona volvía a ser la misma.

¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿Encarcelarlos a todos?

Durante su larga carrera como escritor, Mia Couto ha publicado numerosas novelas, relatos, cuentos, poemas, ensayos y colecciones de artículos, así como un volumen infantil.

Sus libros han sido traducidos a más de veinte idiomas y en 2013 le valieron el Premio Camões, el galardón literario más prestigioso de Portugal (pero no fue hasta 2022 cuando recibió el premio de literatura más importante de Mozambique, el José Craveirinha).

En sus libros mezcla el portugués con las lenguas locales y a menudo escribe sobre temas complejos y controvertidos como la colonización y la guerra civil.

—Solo a través de la ficción puedo abrir la caja, porque en la ficción no se busca al culpable. Mi vocación es abrir heridas, volver atrás.

Al igual que Manuela, Mia había sido amigo íntimo de Henning Mankell.

—A decir verdad, al principio no me fiaba de ese tipo.

—Mia sonrió con ironía—. Se decía que era una persona relevante, pero ¿qué hacía aquí si era tan relevante?

Solo cuando viajé a Suecia con él comprendí que no se había exagerado, al contrario.

Yo solía decir de Henning que tenía un pie en la nieve y otro en la arena.

Recientemente intercambiamos cartas y teníamos planes de publicarlas.

Pero luego enfermó. Creo que nunca entendió lo importante que había sido para el teatro mozambiqueño.

Este creció y se hizo grande gracias a las obras de teatro que él escribió.

—¿Con qué sueñas? —pregunté al final, con el espíritu de Henning Mankell. El sueco había criticado la forma objetiva en que Mia entrevistaba a los niños. «Hay que preguntarles con qué sueñan, Mia», le había advertido.

—Sueño con que perdamos el miedo a ser solo una pequeña parte del universo —respondió tras pensarlo un momento—.

Las religiones monoteístas se basan en la idea de que los humanos son el centro del universo.

Al ver imágenes de la Tierra tomadas desde el espacio uno puede sentirse asustado e insignificante.

Cuando no se tiene el control se siente ansiedad.

Así es en Occidente, pero no aquí. Estuve en la comisión pública encargada de gestionar la pandemia del coronavirus.

Nos preguntábamos cómo explicar ese microscópico virus que nadie podía ver, pero resultó que no era difícil.

Aquí la gente está acostumbrada a las fuerzas invisibles.

En las religiones africanas no muere nadie.

No hay principio ni fin. Si preguntas cuándo comenzó el mundo, te responderán que no tiene principio. Tu historia no tiene fin.