La tierra del olvido #2
En esta ocasión he visto más cosas. He visto bulliciosos colectivos de artistas con estudios, he visto talleres y exposiciones, he visto lienzos coloridos, esculturas de chatarra y neumáticos viejos, basura convertida en arte.
He visto la estación de ferrocarril blanca y verde menta de principios del siglo XX , de estilo beaux-arts, con columnas esbeltas y una elegante cúpula central; debe de ser una de las estaciones de tren más bellas del mundo.
He visto el legado de Pancho Guedes, primer arquitecto posmoderno de África, repartido por toda la capital.
Sus edificios de apartamentos parecen a primera vista bloques de hormigón ordinarios, desgastados y producidos en serie, pero si se miran más de cerca es fácil detectar los detalles divertidos: las fachadas, adornadas con pequeños cuadrados, triángulos o círculos; los tejados, con forma de arcos bajos para suavizar el conjunto, diseñados con cuidado y ligereza; los elegantes y acogedores balcones.
Maputo era como los edificios de Pancho Guedes. Había que saber dónde fijar la mirada.
En una escuela de teatro recién fundada, todavía en mal estado e inacabada, había conocido a la madre del teatro mozambiqueño.
En una calle tranquila, en un edificio blanco y reluciente que albergaba una biblioteca idealista y una editorial igualmente idealista, rodeado de un jardín bien cuidado y conversaciones tenues en las mesas de los cafés, conocí al escritor más grande de Mozambique.
Era comedido y escuchaba. Parecía vacilar cada vez que decía algo, como si no le saliera de forma natural, como si buscara las palabras adecuadas y no se rindiera hasta encontrarlas.
—Mis padres son de Portugal, pero mi padre simpatizaba con el comunismo y tuvo que huir del régimen de Salazar —comenzó a relatar lentamente el hombre, de sesenta y siete años—. Crecí con historias de Portugal, pero eran inventadas, me di cuenta más tarde.
Unas discretas gafas sin montura enmarcaban sus ojos.
Su cabello claro y medio largo empezaba a encanecer, y su corta barba era casi blanca.
Su verdadero nombre era António Emílio Leite Couto, pero era más conocido como Mia, nombre que se puso a sí mismo cuando tenía tres años.
Había estado jugando con los gatos en el porche todo el día y exigió que lo llamaran Mia, como en miau, porque estaba convencido de que él también era un gato.
Sus padres dejaron que se saliera con la suya.
—No crecí aquí, sino en Beira, en el centro del país —continuó Mia Couto—.
Beira era una ciudad extraña en ese momento.
Nunca estuvo tan dividida como Maputo, los negros vivían cerca, al otro lado de la carretera.
Cuando era pequeño jugaba con los niños negros y aprendí su idioma.
Creía que lo hablaba, al menos eso pensaba, pero resultó que hablaba una mezcla de dos lenguas.
Había más racismo en Beira que aquí en Maputo.
En mi clase había tal vez dos o tres niños negros.
Se dice que Portugal fue una potencia colonial diferente, pero no estoy de acuerdo.
La creencia de que los portugueses no eran racistas simplemente no es cierta.
La idea de que los lusitanos no eran como otros amos coloniales se cultivó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las otras potencias europeas comenzaron a desprenderse de sus colonias africanas y asiáticas.
El dictador de Portugal, Salazar, no tenía ningún deseo de despojarse de las suyas.
Los ingresos de las colonias eran muy útiles para las menguantes arcas del Estado, y además Salazar era un hombre que, por lo general, no quería cambiar nada.
Pero se las arregló para hacer algunos cambios.
Para apaciguar a las Naciones Unidas, en 1951 se otorgó a todas las colonias el estatus de provincias ultramarinas.
Los territorios portugueses de fuera de Europa se consideraban parte integrante de Portugal, que en lo sucesivo se definía como un Estado multiétnico y multicontinental.
En teoría, todos los habitantes de las provincias de ultramar se convertían automáticamente en ciudadanos portugueses, pero en realidad eso solo se aplicaba a una élite cada vez más pequeña.
Solo se convertían en ciudadanos los asimilados, es decir, aquellos que hablaban portugués, eran cristianos, comían en una mesa, dormían en una cama y cumplían una serie de requisitos específicos adicionales.
A largo plazo, la idea era que todos los ciudadanos de las provincias de ultramar se asimilaran, pero el horizonte temporal era extenso.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, los portugueses habían utilizado más o menos los mismos argumentos que las otras potencias coloniales: como europeos cristianos, estaban obligados a civilizar a las razas inferiores, convertirlas al cristianismo y enseñarles la ética del trabajo.
Eso cambió hacia el final del largo mandato de Salazar.
Entonces se decía que los portugueses no eran como los demás.
Fueron buenos colonizadores, por encima del racismo, con lazos históricos, étnicos y climáticos muy especiales con el mundo tropical.
Para reforzar la imagen de los portugueses como una honorable excepción en un mundo colonial por lo demás brutal, Salazar utilizó el trabajo del sociólogo brasileño Gilberto Freyre para todo lo que le servía.
Freyre había desarrollado una especie de teoría que llamó «lusotropicalismo», según la cual los portugueses eran amos coloniales más humanos que otros europeos debido a su historia y ubicación geográfica únicas: dado que Portugal había estado poblado por muchos pueblos diferentes a lo largo de la historia, como celtas, romanos y árabes, eran, en consecuencia, menos racistas que otros europeos, algo que se manifestaba a través de la tradición portuguesa de casarse con mujeres locales en las colonias.
El clima también estaba del lado de los portugueses.
Puesto que en Portugal se podían superar los cuarenta grados en verano, Freyre creía que a los lusitanos les resultaba más fácil adaptarse a un clima tropical que, por ejemplo, a los británicos.
—Suelo decir que, afortunadamente, fuimos colonizados por los portugueses.
—Mia sonrió con cautela—. Estos eran débiles y la colonización comenzó tarde.
Es pura ficción decir que Mozambique ha estado colonizado por los portugueses durante quinientos años.
Maputo no se convirtió en portugués hasta finales del siglo XIX .
Portugal estableció un puesto comercial en la isla de Mozambique ya en 1507, pero no tenía la capacidad de colonizar el interior.
La solución fue delegar: el rey portugués alquiló a particulares grandes extensiones de tierra en el actual Mozambique.
Esas áreas se llamaban prazos, y sus propietarios, prazeiros .
Estos eran responsables de la defensa de sus propiedades y libres de crear ejércitos privados y administrar justicia como mejor les pareciera.
El Estado no interfería en la forma en que los propietarios controlaban las tierras siempre y cuando recibiera su parte de las ganancias, y muchos de los prazeiros ganaron mucho dinero con el comercio de esclavos, incluso después de que se prohibiera la esclavitud.
Fue sobre todo el área alrededor del río Zambeze, en el centro de Mozambique, la que fue poblada y «colonizada privadamente» de esa manera.
A finales del siglo XIX , los prazos se convirtieron en grandes empresas privadas, en parte extranjeras.
Estuvieron en funcionamiento hasta bien entrado el siglo XX y se basaron en gran medida en el trabajo forzoso.
Aunque Portugal solo controlaba partes de Mozambique, y en su mayoría solo de forma privada, el Estado quería más territorio.
El sueño era una franja de tierra gruesa y continua que se extendía desde Mozambique hasta Angola.
Portugal no ganó terreno para esa fantasía en la Conferencia de Berlín de 1885, pero se le concedió el sur de Mozambique.
Durante la conferencia se enfatizó que las potencias coloniales estaban obligadas a llevar a cabo una «ocupación real» de los territorios que reclamaban.
Por lo tanto, Portugal tenía prisa por obtener el control «real» sobre el resto de Mozambique e instaurar una administración controlada por los portugueses.
No es de extrañar que encontraran una gran resistencia.
Pese a que los lusitanos tenían las manos ocupadas luchando contra las rebeliones locales, el sueño de un corredor entre las dos colonias no murió.
Poco después de la Conferencia de Berlín, el ministro de Asuntos Exteriores portugués se atrevió a publicar un polémico mapa.
Según este, Portugal controlaba un territorio contiguo desde el océano Atlántico hasta el Índico, a través de los actuales Zimbabue, Zambia y Malaui, marcados en rosa.
Las reclamaciones territoriales de los portugueses chocaban con los intereses británicos en la zona, y Londres se indignó por el atrevido mapa.
En 1890, Gran Bretaña lanzó un ultimátum: exigió que las fuerzas portuguesas se retiraran inmediatamente del corredor en disputa.
La conminación británica fue recibida como un gigantesco insulto en Portugal, pero el rey no tuvo más remedio que ceder.
El corredor rosa cayó en manos de Gran Bretaña.
Esa humillación fue decisiva para la caída de la monarquía portuguesa dos décadas después.
—Culturalmente, Mozambique está menos influenciado por la época colonial que muchas otras antiguas colonias —dijo Mia Couto—. Las lenguas locales están muy vivas. La gente puede ir a la iglesia los domingos, pero eso no les impide rezar a sus antepasados.