Los navegantes La tierra del olvido
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La tierra del olvido

La tierra del olvido

Con la edad se había vuelto delgada y se había encorvado.

Un abanico de arrugas se le extendía desde los ojos hasta las sienes; debió de reír mucho durante sus setenta y siete años de vida.

El amplio espacio entre sus dientes frontales iluminaba su sonrisa; su rostro alargado estaba enmarcado por un pelo corto y rizado.

Un ojo tenía un párpado un poco caído, el otro me miraba fijamente; ella me observaba tanto como yo a ella.

Me había pedido que nos reuniéramos en la escuela de teatro que acababa de abrir en el centro de Maputo.

Allí nos sentamos, rodeadas de carteles que borraban la distancia geográfica entre nuestros lugares de nacimiento: Um inimigo do povo [Un enemigo del pueblo], de Henrik Ibsen; Os meninos de ninguém [El hijo del viento], de Henning Mankell.

—La esperanza es que la escuela mantenga vivo el teatro mozambiqueño —dijo la mujer, que prácticamente por sí sola había dado vida al mundo teatral de Mozambique.

Manuela Soeiro debía su propia existencia a los estrictos requisitos raciales de la Iglesia.

—Mi padre soñaba con ser sacerdote y vino aquí a la capital para hacer realidad su sueño —recordó—.

Como era mestizo, los sacerdotes europeos le negaron la entrada al seminario.

Él era una mezcla de indio y otras etnias.

Si hubiera sido cien por cien indio, todavía habría sido posible, pero a los hombres de origen mixto no les estaba permitido ingresar en el gremio de sacerdotes en aquel momento.

Así que, en lugar de convertirse en sacerdote, conoció a mi madre.

Tuvieron a mi hermana y, al final, nací yo también.

A mi padre se le daba bien contar historias, y yo decidí que quería hacer lo mismo en la vida, de una u otra forma.

Antes de que Manuela pudiera empezar la escuela, su padre murió de cáncer. Su madre la envió a un colegio dirigido por monjas en las afueras de Lourenço Marques, que era como se llamaba entonces Maputo. En la escuela solo se hablaba portugués, pero Manuela solo hablaba chopi, un idioma local.

—La cocinera era la única persona con la que podía hablar. A pesar de que ahora hablo bien portugués, todavía tengo un complejo lingüístico. Es una herida que no termina de cerrarse, una cicatriz. Tengo muchas cicatrices...

Su mirada se volvió distante. Luego sonrió de tal manera que el espacio entre sus dientes frontales quedó a la vista, y el abanico de arrugas se desplegó por todo su rostro.

—¡En la escuela experimenté el teatro por primera vez!

Era extrovertida y me gustaban mucho las clases de interpretación teatral, pero no sabía actuar.

En el escenario, por alguna razón, siempre fui timidísima.

En el centro de la ciudad había un teatro propiamente dicho, pero era solo para portugueses y nunca me interesó.

¡Pero el circo me cautivó! Mi hermana y yo nos quedábamos fuera de la carpa hasta que un día llegamos a un acuerdo con el circo.

Si limpiábamos el recinto de los animales nos permitirían entrar gratis a una función.

Durante dos semanas estuvimos quitando estiércol con palas para ver el circo.

Manuela sugirió que fuéramos a su casa para que yo pudiera ver el pequeño museo que estaba creando.

Vivía cerca de la escuela de teatro, en una tranquila zona residencial.

Allí, sus cuatro perros le dieron una animada bienvenida.

Frente a la casa baja, pintada de blanco, había un pequeño césped verde, y a lo largo de la pared había cactus en macetas de terracota muy juntas.

El pequeño museo constaba de cuatro salas que Manuela había llenado de máscaras rituales y elaboradas tallas de madera que había recogido por todo Mozambique.

En la parte privada de la vivienda abundaban los libros y las revistas.

—En la década de los sesenta del siglo pasado entré en el seminario de profesores de educación física aquí, en el centro de la ciudad —continuó Manuela—.

No podía pagar el transporte de ida y vuelta, así que tuve que alquilar una pequeña casa en la zona.

Como yo era mestiza, con el pelo largo y rizado, envié a una amiga blanca para que se presentara a la arrendadora en mi lugar.

Conseguí el contrato, pero debía tener cuidado todo el tiempo para que la casera no me viera cuando entraba y salía. Viví así durante todo un año.

Los portugueses no establecieron un sistema de apartheid consistente e implementado en Mozambique, pero toda la sociedad estaba cuidadosamente regulada de acuerdo con la etnia y el color de la piel, y había muchas reglas no escritas.

—En el autobús teníamos que sentarnos en la parte de atrás —contó Manuela—.

Los bancos no estaban marcados, pero si nos sentábamos delante nos mandaban atrás o nos echaban.

Tampoco teníamos pasaporte. Nos daban una especie de pase verde con el que podíamos ir a la escuela, pero no viajar al extranjero.

Hasta el día de hoy, no soporto ver que se trate a las personas de manera diferente por el color de su piel.

Todas deben ser tratadas por igual. Yo no tengo color, ¿entiendes?

—¿Formaste parte del movimiento de resistencia? —pregunté.

—No, porque nunca pensé que seríamos independientes.

Nunca. La idea era completamente irreal.

El sistema parecía tan asentado. Ni mis amigos ni yo teníamos conciencia política.

De todos modos, luego llegó la independencia.

El 25 de junio de 1975. Estuve presente en la tribuna y nunca lo olvidaré.

Arriaron la bandera portuguesa e izaron la mozambiqueña.

De repente oímos fuertes explosiones, ¡como bombas!

Pensamos que los portugueses habían vuelto.

¡Oh, cómo lloramos! La época colonial aún no había terminado, ¡había sido demasiado bueno para ser verdad!

Resultó que solo eran fuegos artificiales.

El rostro de Manuela se descompuso al recordarlo, le temblaron los labios y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Lo siento, lo siento, es otra cicatriz... —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Tengo muchas. ¡Y una memoria de elefante! Lo recuerdo todo, incluso de cuando era pequeña, no se me olvida nada.

Tras la declaración de independencia, los portugueses tuvieron veinticuatro horas para dejar Mozambique.

Se les permitió llevar un máximo de veinte kilos de equipaje cada uno, la llamada regla 24/20.

Los que decidieron quedarse tuvieron que renunciar a su ciudadanía portuguesa y convertirse en mozambiqueños.

Más de doscientas mil personas, más de dos tercios de la población total portuguesa, abandonaron el país en un breve periodo de tiempo.

—En aquel momento había muchas casas vacías —recordó Manuela—.

La gente del campo y de los suburbios se mudó a ellas, pero la mayoría nunca habían vivido en una casa.

Estaban acostumbrados a hacerlo en chozas con techo de paja.

Encendían hogueras en el suelo de madera, y a menudo toda la casa se llenaba de humo.

Cuando Manuela terminó su formación como profesora de educación física, comenzó a organizar grupos de teatro en los distintos barrios.

No tenían dinero, pero los actores estaban entusiasmados y al público le gustaba lo que veía.

Unos años después de la independencia se puso a la venta el Teatro Avenida, en el centro de Maputo.

—Costaba cien mil dólares, ¡una pequeña fortuna! Me permitieron pedir dinero prestado al banco y me dieron veinte años para devolverlo.

Un extranjero, un escritor sueco, vio la primera obra de teatro puesta en escena. Después compartió sus puntos de vista con Manuela, a pesar de que él aún no sabía una palabra de portugués.

—Yo no sabía nada de teatro, pero sí que quería trabajar con ese sueco —dijo Manuela.

El sueco se llamaba Henning Mankell, y él y su esposa vivieron con Manuela durante cinco años. Su esposa era comadrona y consiguió trabajo en Maputo. Henning, que todavía estaba en el comienzo de su carrera, escribía gratis para el teatro.

—La convivencia no estuvo exenta de problemas, porque mi hijo tocaba la guitarra eléctrica. Henning me llamó y se quejó, me dijo que no podía concentrarse para escribir y amenazó con volver a Suecia. ¡Tuve que ir corriendo a casa para arreglar las cosas!

Henning Mankell escribió un total de quince obras para el Teatro Avenida y la compañía de teatro Mutumbela Gogo, el primer conjunto teatral de Mozambique. Con el tiempo aprendió a hablar portugués con fluidez y ayudó a Manuela con las producciones.

—Aprendí mucho de Henning. Cuando se fue tuve que valerme por mí misma. Todavía seguimos representando su obra más famosa, El hijo del viento .

Manuela estaba cerca de los ochenta, pero no tenía planes de jubilarse.

—¡Moriré en el teatro! El teatro me da fuerzas. ¡En el teatro trabajamos con la vida! Pero me he mantenido alejada del escenario propiamente dicho. Un actor debe tener coraje y talento. Mi coraje consiste en luchar. Me gusta provocar.

—¿Has puesto en escena piezas provocativas?

Manuela se rio hasta que se le saltaron las lágrimas.

—Afortunadamente, ¡a nuestros líderes políticos no les interesa el teatro!

La primera vez que estuve en Mozambique, unos años antes, solo vi decadencia.

Nunca había estado en el África subsahariana, y todo lo que vi fue el plástico flotando en las calles, la pobreza desoladora, los niños de la calle mendigando, el hormigón agrietado y mi propia otredad.

Sentí que mi piel, pálida y pobre en pigmentos, era casi luminiscente.