Los navegantes Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista! #5
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Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista! #5

Los portugueses se hallaban entonces a solo unos ciento cincuenta kilómetros al norte del cabo de Buena Esperanza.

Llamaron a la bahía Santa Elena y permanecieron allí ocho días.

«Aquí vive gente oscura que no come más que raíces y carne de leones marinos, ballenas y gacelas, y se visten con pieles y se cubren los lomos», relata el cronista.

«Sus armas consisten en un cuerno ennegrecido atado a un palo.

Y tienen muchos perros, como los portugueses, y ladran igual. »

Al principio, los portugueses se llevaron bien con la población local.

Les enseñaron muestras de varios productos que buscaban, como canela, clavo y oro, pero los lugareños, obviamente, nunca habían visto algo así antes.

Los marineros intercambiaron conchas por monedas de cobre, y el cronista aprovechó para adquirir un taparrabos como recuerdo.

Uno de los marineros persuadió a Da Gama para que le permitiera unirse a los africanos para compartir una comida con ellos y ver cómo vivían.

El aspirante a antropólogo caminó con dificultad junto con los lugareños y le sirvieron focas y raíces a la parrilla.

Cuando terminó la comida las cosas debieron de torcerse, porque el marinero regresó corriendo a la playa con varios africanos pisándole los talones.

Sus compañeros remaron hacia la orilla para rescatarlo.

Durante la retirada, los africanos les tiraron lanzas.

Tres o cuatro marineros resultaron heridos, y al propio Da Gama lo alcanzó una en la pierna.

«Y eso sucedió porque confiamos en ellos y desembarcamos sin armas, pues pensábamos que eran pacíficos y no se atreverían a hacer lo que luego hicieron», concluye el cronista. Da Gama y su tripulación habían aprendido una lección importante.

El viento no ayudó, y los cuatro barcos tardaron seis días en doblar el cabo de Buena Esperanza.

Unas jornadas más tarde volvieron a fondear.

En ese momento estaban casi sin provisiones y distribuyeron las existencias del barco de suministros entre las dos carracas y una carabela.

Fue más o menos en esa zona donde Bartolomeu Dias fue atacado con piedras, pero, para sorpresa de los portugueses, los lugareños parecían amigables y estaban más que felices de aceptar las cuentas de vidrio y los brazaletes que les arrojaron.

Un día, los africanos llevaron flautas y comenzaron a tocar y a bailar en la playa.

Los portugueses sacaron las trompetas y Da Gama se lanzó a bailar en la cubierta.

Antes de abandonar la bahía, este mandó erigir una gran cruz hecha con el mástil de mesana del barco de suministros, así como un padrão.

A medida que avanzaban, los portugueses fueron testigos de cómo una docena de hombres se precipitaban hacia los monumentos en la playa, derribaban el pilar de piedra y hacían pedazos la cruz.

El 16 de diciembre pasaron por el último padrão que Bartolomeu Dias había erigido.

A partir de entonces, los portugueses navegaron en aguas que ningún europeo había surcado antes.

Y los barcos apenas se movieron del lugar.

Cuatro días después estaban de vuelta en la cruz que Dias había levantado.

La corriente era demasiado fuerte y el viento soplaba en contra.

Era como si se hubieran encontrado con una barrera invisible.

¿No era posible navegar de oeste a este?

Ya ha llegado el día. Hemos navegado de norte a sur, 6220 kilómetros, o 3358 millas náuticas en total.

El piloto sube a bordo y lentamente, pero con sorprendente rapidez, el casco de 200 metros de eslora se coloca en su lugar a lo largo del muelle.

«Engine off!», grita el piloto, y todos repiten la orden en voz alta, como una regla infantil.

«Engine off. More wheel! More wheel. More wheel.

» Me inclino sobre la borda y me da vértigo; las personas allá abajo parecen soldaditos de plomo.

Lo primero que me llama la atención al llegar a tierra son todos los olores. Hierba, gases de escape, flores silvestres. Y mar salado. El barco era un mundo en sí mismo, una burbuja protegida e inodora.

La primera noche tengo un sueño ligero e inquieto.

Echo de menos el balanceo del barco. A la mañana siguiente paseo sobre tierra firme, pero el suelo se mece bajo mis pies.

La ciudad se llama ahora Gqeberha, por el nombre local de uno de los ríos cercanos, pero hasta hace unos años se llamaba Port Elizabeth, no en honor a la reina británica, sino a la esposa del fundador de la ciudad, Sir Rufane Shaw Donkin.

Elizabeth murió en 1818, dos años antes de que se fundara la urbe.

El viudo no se contentó con ponerle su nombre, sino que también mandó erigir una pirámide de ladrillo de diez metros de altura en el centro de la población con la siguiente inscripción:

L ADY E LIZABETH F RANCES D ONKIN, HIJA MAYOR DEL DR. G EORGE M ARKHAM , DEÁN DE LA CATEDRAL DE Y ORK, MURIÓ EN M IRAT, EN EL A LTO I NDOSTÁN, A CAUSA DE LA FIEbrE TRAS SIETE DÍAS DE ENFERMEDAD, EL 21 DE AGOSTO DE 1818, CUANDO AÚN NO HABÍA CUMPLIDO LOS VEINTIOCHO AÑOS.

D EJÓ UN BEBÉ DE SIETE MESES, DEMASIADO PEQUEÑO PARA COMPRENDER LA PÉRDIDA IRREPARABLE QUE HABÍA SUFRIDO, Y UN ESPOSO CUYO CORAZÓN SIGUE ROTO POR UN DOLOR QUE NO HA DISMINUIDO.

El corazón muerto de Elizabeth fue embalsamado, y se dice que el afligido viudo lo llevaba consigo a todas partes. Finalmente se cansó de la vida terrenal y se suicidó. Fue enterrado en Inglaterra junto al corazón embalsamado de su amada Elizabeth.

En la catedral se alza un monumento más modesto: una sencilla cruz copta.

En el círculo que hay en su interior están sentados un marinero barbudo y un hombre envuelto en atuendos orientales y con algo parecido a un turbante en la cabeza.

La inscripción está escrita en inglés y en portugués: E N MEMORIA DE LOS MARINEROS QUE BUSCARON AL PRESTE J UAN 1145-1645.

A unos ciento cincuenta kilómetros al sudeste del cabo de Buena Esperanza se encuentra el cabo Agulhas, el cabo de las Agujas.

Este es tan llano como escarpado es el de Buena Esperanza.

La transición entre el mar y la tierra es suave; las rocas oscuras y dentadas desaparecen vacilantes en el mar, es como si el suelo se rindiera a regañadientes a las masas de agua.

Una placa en un modesto pilar cuadrado de piedra nos informa de que estamos en el punto más meridional del continente africano. Separados por una pequeña piedra redonda, dos signos azules señalan sus respectivos océanos: ahí, en el extremo de África, se unen el océano Índico y el Atlántico.

Cerca de la orilla, el agua es turquesa, casi verde, con olas blancas y espumosas.

Más allá, en el horizonte, cambia de color a azul oscuro, casi gris.

Entro descalza y pongo un pie en cada océano; el agua es fría y salada, viene del norte, de la costa este africana; viene del sur, de la Antártida, y se dirige hacia el norte, hacia la costa oeste de África, hacia la corriente del Golfo, hacia Europa.

Un turista indio está decepcionado porque no puede distinguir entre los dos océanos.

Se queja de que el agua parece exactamente igual, de que no hay diferencia.

Una línea invisible divide el océano Atlántico en dos, a unos dos mil kilómetros al oeste de Cabo Verde.

Una línea también imperceptible separa el océano Atlántico del Índico.

Pero bajo el agua suceden muchas cosas. Cuando la corriente cálida de Agulhas se encuentra con la fría de Benguela se crean poderosos movimientos en las masas de agua; se forman grandes y violentos remolinos, el lecho marino se eleva y los nutrientes son arrastrados a la superficie donde se convierten en alimento para peces, ballenas, delfines y aves.

Las corrientes oceánicas existen en simbiosis desde hace millones de años, son constantes que afectan a la vida tanto en el mar como en la tierra, ya que el viento y la lluvia, todos los sistemas meteorológicos, siguen su estela.

Si no fuera por la corriente del Golfo, la vida en Noruega se parecería a un invierno eterno.

Los océanos se ven cada vez más afectados por olas de calor, aunque estas no ocupan tantos titulares como las que se dan en tierra.

La temperatura de los océanos del mundo aumenta lenta pero constantemente.

En las últimas décadas se han calentado 0,11 grados centígrados cada decenio, y las flechas apuntan hacia arriba.

Hasta el momento, los océanos han absorbido hasta el 90 % del exceso de calor global, pero un día alcanzarán un punto de saturación y de inflexión.

Porque, cuando la temperatura del agua aumenta, las corrientes oceánicas también cambian, y entonces las constantes hasta ahora predecibles de los océanos se vuelven impredecibles.

Con el tiempo, los portugueses aprendieron a navegar contra la corriente de Agulhas.

Comprendieron que debían atravesarla para evitar arrecifes, tormentas y olas peligrosas y, aun así, tener viento en popa para poder avanzar a contracorriente.

La corriente de Agulhas era arriesgada y errática, pero también constante, como las montañas y los vientos monzónicos, y se podía aprender a dominarla.

Ahora todo el mundo se adentra en aguas desconocidas y nadie sabe qué dirección tomarán las corrientes oceánicas. Tendremos que aprender a navegar de nuevo.

Voy hasta la orilla y dejo que el viento fresco me seque los pies. Las gotas saladas de dos océanos golpean las rocas debajo de mí y se unen en pequeños arroyos que ya están de regreso al mar oceánico.