Los navegantes Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista! #4
42%

Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista! #4

Juan murió en el otoño de 1495 con gran sufrimiento.

El rey, de cuarenta años, no dejó herederos directos del trono, un problema recurrente en la historia portuguesa.

Los reyes no tenían suficientes hijos, al menos no con sus esposas.

Tras el fatal accidente de equitación, Juan intentó nombrar heredero del trono a su hijo ilegítimo, Jorge, pero la empresa fracasó, entre otras cosas porque la reina se opuso.

Antes de morir, Juan había designado sucesor al trono a su primo y cuñado Manuel, duque de Beja y Viseo, de veintiséis años.

Las relaciones familiares eran tensas. Muchos años antes, Juan había matado con sus propias manos al hermano mayor de Manuel, Diogo, por sospechar que conspiraba contra él.

El destino había sido duro con Diogo, pero trató a Manuel con más indulgencia: el rey ManuelI pasó a la historia como O Venturoso, el Afortunado.

Aunque no nació para ser monarca, el papel se le subió pronto a la cabeza.

No tardó mucho en convencerse a sí mismo de que Dios lo había llamado especialmente a esa tarea, no solo para guiar a Portugal, sino a todos los cristianos del mundo.

El nuevo rey necesitaba una reina. Fernando e Isabel le ofrecieron a su hija, la princesa Isabel, que había enviudado cuando su marido, Alfonso, se cayó de un caballo.

Isabel se había tomado muy mal esa muerte, pero aun así accedió a casarse con Manuel, tío de Alfonso, con una condición: Portugal tenía que seguir el ejemplo de sus padres y expulsar a todos los judíos que se negaran a convertirse al cristianismo.

Manuel e Isabel se casaron en 1497. De camino a la boda murió el único hermano de la novia con tan solo diecinueve años, por lo que de repente había una posibilidad real de que Manuel acabara siendo rey de toda la península ibérica, una idea que al joven soberano no le era del todo ajena.

Pero, a pesar de que el novio quería congraciarse con sus suegros, no estaba tan ansioso por expulsar a los judíos del país como daba a entender.

Tras ser expulsados de España en 1492, hasta cien mil judíos buscaron refugio en Portugal, país que en ese momento tenía alrededor de un millón de habitantes.

Juan II les permitió establecerse allí y practicar su fe libremente a cambio de que pagaran un altísimo impuesto de llegada.

Tanto entre los refugiados como entre los judíos que ya llevaban generaciones viviendo en Portugal había muchos con una experiencia inestimable.

Por ejemplo, la expedición científica enviada a Guinea para resolver el problema de la navegación al sur del ecuador estuvo dirigida por dos judíos. Portugal los necesitaba.

Manuel dio a los judíos un plazo de diez meses para que se convirtieran o abandonaran el país, como había prometido a sus suegros, pero al mismo tiempo hizo todo lo que pudo para evitar que se fueran.

A los judíos solo se les permitía comprar billetes para ciertos barcos, y cuando los emigrantes se presentaban en el puerto, a menudo eran recibidos por soldados y sacerdotes y bautizados a la fuerza.

A los conversos se les llamó «nuevos cristianos», y el rey prometió que nadie interferiría en la forma en que practicaban su nueva fe hasta que hubieran pasado al menos treinta años, una solución inusualmente práctica por parte de un monarca que, por lo demás, no pasó a la historia como un gran pragmático.

Los musulmanes no fueron recibidos con la misma magnanimidad.

A todos se les dio el mismo breve plazo para que abandonaran Portugal, pero sin la oportunidad de convertirse.

La lucha contra los musulmanes, en el país y en el extranjero, se convertiría en un hilo conductor durante el reinado de Manuel.

Antes de morir, Juan había ordenado a Bartolomeu Dias que supervisara la construcción de dos nuevos barcos, dos carracas.

A diferencia de las pequeñas y ágiles carabelas utilizadas en los primeros viajes de descubrimiento, las carracas eran más grandes, pesadas y lentas.

Estaban equipadas con velas cuadradas en el trinquete y el palo mayor y solo tenían velas latinas triangulares en el mástil de mesana de popa.

En consecuencia, eran menos adecuadas para navegar contra el viento, pero más espaciosas y estables que las carabelas, cualidades que serían muy útiles en el viaje que esos dos barcos iban a emprender.

El rey Juan murió antes de que las naves estuvieran listas.

Su sucesor no perdió el tiempo. Tan pronto como estuvieron terminadas, el rey Manuel ordenó que se equiparan para una larga y ambiciosa expedición, por no decir megalómana: la pequeña flota debía navegar alrededor del cabo de Buena Esperanza y luego seguir avanzando hacia lo desconocido para encontrar la ruta marítima hacia la ciudad portuaria india de Calicut, uno de los mercados más importantes para el lucrativo comercio de especias.

Una vez allí, el líder de la expedición debía negociar acuerdos comerciales favorables que dieran a Portugal el monopolio del mercadeo de especias, y además tenía que establecer alianzas estratégicas que expulsaran a los musulmanes del océano Índico.

Por si eso no fuera suficiente, también se le encomendó la tarea de recopilar información sobre la congregación oculta del mítico preste Juan y, preferiblemente, rastrearla.

El rey no quería confiar una tarea tan importante a Bartolomeu Dias, quien en la expedición anterior, por desgracia, se había dejado persuadir por su propia tripulación para regresar antes de alcanzar el objetivo.

En su lugar, nombró líder de la expedición a Vasco da Gama, un noble de baja categoría de la corte.

Dias ni siquiera estuvo durante todo el viaje, sino que se bajó en Cabo Verde por razones desconocidas.

Vasco da Gama fue una elección sorprendente, incluso para los cronistas de la época, ya que tenía fama de ser un poco temperamental y es difícil pensar que hubiera destacado de alguna manera.

Poco se sabe sobre su educación y primeros años de vida.

Lo más probable es que naciera en 1469 en la pequeña ciudad portuaria de Sines, al sur de Lisboa.

Tenía cierta experiencia naval: en 1492 había dirigido una expedición punitiva contra barcos franceses en aguas portuguesas, pero eso era todo.

Algunos historiadores creen que la misión, en verdad, estaba destinada a su padre y él la heredó cuando este murió.

Otros afirman que en realidad era su hermano mayor, Paulo, quien debía liderar la expedición, pero que se retiró debido a problemas de salud.

Paulo, sin embargo, participó en el viaje: fue el capitán de una de las carracas, la São Rafael.

Además de las dos carracas, la pequeña flota estaba formada por la carabela Berrio y un barco de suministros.

Las cuatro naves estaban tripuladas por unos ciento setenta hombres, entre ellos algunos de los marineros más experimentados del país, así como intérpretes calificados y una docena de los llamados degredados.

Estos últimos eran sacados de la prisión de Lisboa y a menudo desembarcados como mensajeros en lugares desconocidos, ya que no importaba mucho si los condenados desaparecían.

En el improbable caso de que sobrevivieran al viaje eran liberados.

Bartolomeu Dias no dio la vuelta a África, pero su hermano, Diogo, viajó como secretario a bordo de la carraca de Vasco da Gama, la São Gabriel .

Afortunadamente, las notas de otro de los escribanos de la flota, que iba a bordo de la São Rafael, se han conservado para la posteridad, aunque no conocemos su identidad.

«Que Nuestro Señor nos permita completar nuestro viaje a Su servicio.

¡Amén!», anotó el cronista anónimo el 8 de julio de 1497, cuando la flota zarpó de Lisboa. 1

Las embarcaciones llegaron a Cabo Verde unas semanas más tarde, a finales de julio.

«Y el jueves, que era 3 de agosto, navegamos hacia el este», informaba el cronista.

Aparte de algunos avistamientos de aves, ballenas y focas, no volvemos a saber de él hasta el sábado 4 de noviembre: «.

.. y a las nueve de la mañana avistamos tierra; entonces nos reunimos y saludamos al capitán con cañonazos y muchas banderas y estandartes, y todos nos vestimos de fiesta».

No es de extrañar que estuvieran felices.

La tripulación llevaba noventa y tres días en mar abierto, ningún europeo había pasado tanto tiempo en alta mar.

Tal vez Vasco da Gama había aprendido del viaje de Bartolomeu Dias.

En la actual Namibia, Dias zarpó de la costa y se encontró así con el cinturón de vientos del oeste que lo llevó alrededor del extremo sur de África.

Da Gama había zarpado en mar abierto mucho antes, justo al sur de Cabo Verde.

Quizás los portugueses ya hubieran cartografiado las corrientes y los vientos del océano Atlántico en expediciones secretas, o tal vez Vasco da Gama simplemente se arriesgó mucho, impulsado por su intuición.

Durante décadas, en el Atlántico Norte los marineros habían aprovechado de manera similar los vientos y las corrientes oceánicas navegando hacia el noroeste, a veces tan al oeste como las Azores, antes de virar hacia Lisboa.

El desvío a casa desde la costa norte de África era más rápido y seguro que navegar a lo largo del litoral.

La audaz maniobra tuvo éxito. La flota fue capaz de aprovechar el cinturón de vientos del oeste, que los llevó hacia el suroeste formando un gran arco antes de volver a poner rumbo al este, hacia el extremo sur de África.

Aunque esa ruta era más larga que el viaje a lo largo de la costa, en términos de distancia (habían navegado casi diez mil kilómetros), seguía siendo varias semanas más rápida debido a las condiciones favorables del viento.