Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista! #3
Decepcionado, Colón viajó a Castilla, donde intentó vender el proyecto a los Reyes Católicos.
Isabel y Fernando, sin embargo, estaban demasiado ocupados haciendo campaña contra los musulmanes en Andalucía como para pensar en la India.
El tiempo se acababa para Colón cuando en 1488 se le concedió repentinamente una nueva audiencia con el rey Juan II en Lisboa.
Pero justo en esos días regresó Dias del extremo sur de África y el rey perdió por completo el interés en el proyecto del excéntrico genovés.
Mientras tanto, Isabel y Fernando avanzaban en el campo de batalla.
El 2 de enero de 1492 conquistaron Granada, en Andalucía, el último bastión de los moros en la península ibérica.
Un capítulo de más de setecientos años había llegado a su fin.
A los musulmanes se les dio siete meses para que se convirtieran al cristianismo o abandonaran España. Los judíos corrieron la misma suerte.
Pocas semanas después del triunfo en Granada, Colón fue presentado a la reina Isabel.
Ella lo informó de que sus asesores, al igual que los portugueses, habían llegado a la conclusión de que el proyecto no era viable: la Tierra era mucho más grande de lo que él suponía.
Desencantado, Colón se marchó en su burro.
Cuando el genovés se hubo marchado, el ministro de Finanzas hizo notar a la reina que no les costaría mucho equipar tres pequeñas carabelas.
Colón les había asegurado que ya tenía parte de la financiación en marcha, señaló el ministro.
Tal vez Isabel también pensara en todas las almas paganas que podría salvar en el Lejano Oriente.
En cualquier caso, cambió de opinión y envió un mensajero para que hiciera volver a Colón.
El mensajero alcanzó al genovés cuando este se disponía a abordar un barco con destino a Francia.
El 3 de agosto de 1492, Colón partió con una modesta flota compuesta por dos pequeñas carabelas y la embarcación principal, la Santa María .
Había muchos barcos en el golfo de Cádiz ese día, la mayoría de ellos repletos de judíos y musulmanes desesperados que habían pagado precios exorbitantes para escapar de Andalucía antes de la fecha límite.
Siete meses después, el 4 de marzo de 1493, un barco solitario llegó al puerto de Lisboa.
La carabela estaba en un estado deplorable.
De regreso se había encontrado con una tormenta y se había visto obligada a refugiarse en las Azores.
El gobernador de allí ordenó arrestar de inmediato a los miembros de la tripulación por sospecha de piratería.
Al cabo de dos días fueron liberados y se les permitió seguir navegando, pero se vieron sorprendidos por otra tormenta y forzados a buscar un nuevo puerto de refugio en Lisboa.
Por segunda vez en su vida, Colón había terminado en Portugal sin quererlo.
Unos días más tarde tuvo que dar explicaciones al rey Juan II.
Durante la audiencia, Colón insistió en que el monarca debía otorgarle el título de almirante del mar del océano.
Habló largo y tendido sobre sus descubrimientos.
El rey portugués objetó que no habían encontrado especias.
Colón explicó que habían llegado a unas islas al oeste de Japón y que las especias no debían de estar muy lejos.
El rey se refirió al Tratado de Alcáçovas y argumentó que las tierras que habían encontrado probablemente pertenecían a Portugal.
Colón se defendió diciendo que habían seguido las reglas del juego y navegado alrededor de la costa de Guinea, de la que Portugal tenía el monopolio.
El tratado no decía nada sobre las tierras al oeste de las Azores y las islas Canarias.
Durante las deliberaciones posteriores, algunos de los consejeros plantearon la posibilidad de matar a Colón, pero al final al almirante del mar del océano se le dio paso libre a España, donde fue recibido como un héroe.
Tan pronto como perdió de vista al genovés, Juan envió una carta furiosa a Isabel y Fernando. Afirmó que los territorios recién descubiertos pertenecían a Portugal y amenazó con detener a Colón con barcos de guerra si se embarcaba en otra expedición.
Nadie sabía aún exactamente qué había descubierto Colón ni dónde se encontraba, pero antes de que se pudiera investigar más a fondo el caso había que aclarar el asunto de la propiedad.
¿A quién pertenecían esas islas recién descubiertas en el oeste?
La cuestión era de tal importancia que tuvo que intervenir el papa.
Sin embargo, no era una parte neutral. El papa Alejandro VI, también conocido como Rodrigo Borgia, nació en Aragón, en la actual España, y tenía estrechos vínculos con Isabel y Fernando.
Trazó una línea de demarcación que se extendía desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, un centenar de leguas españolas —unos quinientos cincuenta kilómetros— al oeste de Cabo Verde y las Azores.
Todas las tierras no descubiertas que se encontraban al oeste de esa línea debían pertenecer a España, decidió el papa.
Juan no estaba contento con esa decisión.
Argumentó que los marineros a menudo tenían que navegar en un arco muy al oeste para llegar al sur de África.
Las partes se reunieron para negociar en la pequeña ciudad española de Tordesillas, justo al este de la frontera portuguesa.
Al final los portugueses lograron mover la línea de demarcación 370 leguas —unos dos mil kilómetros— al oeste de Cabo Verde.
El tratado se firmó el 7 de junio de 1494. Y así, de un plumazo, el globo terráqueo se dividió en dos, como una naranja ibérica. La mitad occidental fue para España y la oriental, para Portugal.
El papa Alejandro VI nunca reconoció el Tratado de Tordesillas. No fue hasta 1506, bajo el papado de Julio II, cuando el Vaticano emitió una bula ratificando la línea de demarcación del tratado. Ea quae pro bono pacis [Para la promoción de la paz] fue el nombre de esa bula.
A nadie más se le pidió consejo sobre la iniciativa de paz. Ni a los que vivían al este ni a los que lo hacían al oeste de esa línea que en lo sucesivo dividía el mundo en dos.
Una tira divide la cubierta superior por la mitad. Los sudorosos marineros corren de un lado a otro con la suave brisa del atardecer. El mar está más tranquilo y la tripulación aprovecha para jugar un último partido de baloncesto antes de llegar a tierra. El capitán, Víctor, se sienta a mi lado.
—No todos los capitanes dejan que su tripulación juegue al baloncesto —señala—.
Temen que haya lesiones. Pero los chicos solo juegan por diversión, no hay competencia.
Y es bueno para manejar el estrés. Lo mismo ocurre con el karaoke.
Necesitan eliminar la tensión acumulada. Este trabajo puede ser muy estresante.
En la época de Colón había una disciplina férrea en los barcos y probablemente también mucho estrés.
La supresión de raciones de comida, los azotes y, en casos extremos, las ejecuciones fueron algunas de las herramientas a disposición de los capitanes del siglo XV .
Víctor estaba a favor de un enfoque más suave.
—El ambiente laboral y la salud mental son importantes —afirma—. Vivo cerca de ellos, estoy en su misma situación y pueden hablar conmigo en cualquier momento, por ejemplo si tienen problemas con su familia en casa.
El chef anota un canastón y su equipo estalla en vítores estruendosos.
—Antes de tener internet a bordo siempre estábamos juntos por las noches, pero ahora la gente pasa más tiempo sola en sus camarotes —dice Víctor pensativo—. No creo que eso sea bueno. Es mejor que eliminen el estrés juntos.
Él pasa más tiempo en la oficina que en el puente. Los capitanes modernos tienen las manos ocupadas respondiendo a los correos electrónicos de los agentes portuarios y haciendo un seguimiento de las previsiones meteorológicas.
—Si se avecina una tormenta tengo que decidir si seguimos navegando o buscamos refugio.
A diferencia de los buques portacontenedores, nosotros somos vulnerables a las olas altas.
Además, soy responsable de la seguridad de la tripulación.
Si alguien se encuentra mal, ¿debemos esperar hasta el próximo puerto, o ya será demasiado tarde?
Como la mayoría de las personas de a bordo, Víctor ha trabajado en el mar toda su vida. Planea desembarcar para siempre dentro de cinco años. Su esposa lo espera con ansia, pero él tiene sentimientos encontrados.
—Sin duda tendré que luchar contra el impulso de volver a bordo. Cuando estoy en tierra echo de menos el mar. Al fin y al cabo, paso más tiempo en los barcos que con mi familia.
El ayudante de cocina encesta. Nueva ovación ensordecedora. Víctor aplaude y sonríe.
—No —dice finalmente el capitán, levantándose del banco—. Será mejor que vaya a terminar de hacer las maletas.
Algunos creen que Juan II murió de pena.
Nunca superó la pérdida de su hijo Alfonso, que perdió la vida en un misterioso accidente de equitación con tan solo dieciséis años.
Otros afirman que fue envenenado. Durante su larga lucha sin escrúpulos contra la nobleza y sus privilegios, el rey se había ganado muchos enemigos.