Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista! #2
Según los informes, los lugareños se negaron a aceptar los regalos que los forasteros llevaban consigo y se retiraron temerosos a las colinas.
Cuando Dias fue a buscar agua a un manantial cerca de la playa fue bombardeado por una lluvia de pedruscos desde las cimas.
Disparó y mató a uno de los que tiraban piedras con una ballesta y se apresuró a regresar al barco.
Ambas embarcaciones se abrieron paso lentamente a lo largo de la costa.
Los portugueses tuvieron que luchar tanto contra los vientos del sudeste como contra una fuerte corriente.
Con el tiempo les quedó claro que la masa de tierra se inclinaba hacia el nordeste.
No había duda. Habían doblado el extremo sur de África.
Después de unas semanas, la tripulación dijo basta. Los suministros se estaban agotando y sentían que ya habían sufrido suficiente. Era el momento de dar la vuelta. Dias quería continuar hacia el este, pero tuvo que ceder ante la mayoría.
El 12 de marzo de 1488, tras llegar a la actual Kwaaihoek, cerca de Boesmansrivier, a casi quinientos kilómetros al este de Mossel Bay, los portugueses erigieron el último padrão y emprendieron el viaje de regreso. La piedra fue encontrada, enterrada en la arena, en 1934.
Tres de las cuatro mujeres africanas que debían difundir las buenas nuevas del poderoso rey de Portugal habían sido forzadas a desembarcar durante el camino de ida, tal como estaba previsto, en lugares donde seguramente no podían entender el idioma.
La historia guarda silencio sobre su destino posterior.
Dos meses después de que los barcos dieran la vuelta, Dias vio por primera vez el escarpado cabo en el extremo de África. Lo llamó Cabo das Tormentas.
Cuando alcanzaron el lugar donde habían dejado el barco de suministros, solo tres de los nueve hombres asignados para custodiarlo seguían vivos. Los demás habían sido asesinados por los lugareños.
Dias y su séquito llegaron a Lisboa en diciembre de 1488, tras haber estado en el mar más de dieciséis meses.
A diferencia de Cão, Dias no recibió una gran recepción, ni un ascenso ni una recompensa cuantiosa, pese a ser responsable de la mayor hazaña marítima desde que Gil Eanes cruzara el cabo Bojador cincuenta y cuatro años antes.
El rey Juan II cambió el nombre de Cabo das Tormentas por el más optimista de Cabo da Boa Esperança.
El rey albergaba en ese momento buenas esperanzas de que llegarían a la India y a los puertos de especias, pero, a pesar de esa esperanzadora perspectiva, pasarían casi nueve años antes de que una nueva expedición estuviera lista para seguir la estela de Dias.
Nadie sabe por qué Dias recibió una acogida tan tibia ni por qué los portugueses se demoraron tanto. África tenía un final. El océano Atlántico y el océano Índico estaban conectados.
La ruta marítima a la India estaba abierta.
Una sombra desigual emerge entre el mar gris acero y las nubes blancas lechosas. Pequeñas bandadas de pájaros vuelan junto al barco, justo por encima de la superficie del agua. El sonido de los gritos de las gaviotas se mezcla con el ruido del motor.
Navegamos más cerca de tierra de lo habitual, porque por estos lares el mar puede ser caprichoso.
En el extremo sur de África se juntan la fría corriente de Benguela, que proviene de la Antártida, y la de Agulhas, que trae consigo agua cálida del océano Índico.
La corriente de Agulhas se extiende a lo largo de las costas de Mozambique y Sudáfrica, y aunque solo tiene unos treinta kilómetros de ancho es una de las corrientes oceánicas más poderosas del mundo.
Mantiene una velocidad de tres a cuatro nudos y transporta 70 sverdrups, es decir, 70 millones de metros cúbicos de agua por segundo, el doble que la corriente del Golfo.
Si el viento cambia repentinamente de dirección y sopla contra la corriente pueden aparecer olas monstruosas casi de la nada.
Más de un barco ha encallado frente a la costa de Sudáfrica tras un encuentro súbito con esas olas.
El fondo marino está lleno de restos de naufragios.
Desde que salimos de Santander hemos mantenido un ritmo constante, las veinticuatro horas del día, sin parar.
Han pasado dieciocho días. Dieciocho días en este mundo protegido, con su ritmo lento, sus comidas regulares, sus canciones pop contundentes.
Mañana llegamos a Port Elizabeth y yo desembarco.
Para los filipinos de a bordo, el barco es una salida al mundo y una escalera hacia la clase media.
John, el cadete de cubierta, es el más joven.
Tiene veintiún años, pero parece que tenga quince, y todavía va por ahí pellizcándose el brazo por el hecho de que la vida se haya convertido en una aventura.
En casa, en Filipinas, su madre tiene una pequeña tienda de comestibles y su padre trabaja como guardia de prisión.
Tienen lo justo para vivir, nada más. John hizo los exámenes de ingreso en la escuela de cadetes en secreto, con la esperanza de obtener una beca y una plaza gratuita.
Al final solo quedaba un último examen, pero la hucha estaba vacía y John tuvo que pedir dinero a su madre para el autobús a la ciudad.
Ella le dijo que no, que no podían permitirse una educación tan buena.
Solo cuando alguien de la administración llamó y le explicó que John cumplía los requisitos para una beca y que todos los gastos estaban cubiertos le dio dinero para el billete de autobús.
—Nunca había estado en ningún sitio y me había resignado a que mi vida se limitaría a la pequeña tienda del pueblo —dice John—.
¡Ahora he estado en Japón, Italia, Alemania y Estados Unidos!
He navegado alrededor del mundo, he cruzado el ecuador y la línea de cambio de fecha.
Y cuando tenga mi propia familia, sé que podré darles una buena vida.
John se ha arreglado para nuestra breve charla, viste camisa blanca ajustada, corbata, pantalones negros plisados y zapatos lustrados.
—Los uniformes fueron una de las razones por las que quise ser marinero —admite con una sonrisa avergonzada—. ¡Son tan elegantes!
Honor, riqueza, aventura, uniformes bonitos y, no menos importante, buenos títulos: esos son los motivos que han impulsado a marineros y exploradores de todas las épocas, pero a pocos los empujó tanto entusiasmo como a Cristóbal Colón. Incluso los portugueses pensaron que era demasiado bueno.
Colón terminó en Portugal de una manera poco honorable.
En el verano de 1476 iba a bordo de un convoy procedente de Génova, su ciudad natal, con destino a Inglaterra.
Frente a la costa del cabo de San Vicente, el punto más al sudeste de Portugal, los genoveses fueron atacados por una flota franco-portuguesa.
El barco en el que viajaba Colón se hundió a unos diez kilómetros de la costa.
El joven, de veinticinco años, se aferró a los restos y, sorprendentemente, logró llegar a tierra.
Permaneció en Portugal ocho años. Se casó con Filipa Moniz Perestrelo, una noble portuguesa de una familia pobre pero un tanto influyente, y se embarcó en al menos un viaje comercial a la costa guineana.
Junto con su hermano abrió una pequeña librería en Lisboa especializada en geografía.
Tal vez fuera en la librería, rodeado de mapas, donde nació la idea: si se navegaba lo suficiente hacia el oeste, se acabaría llegando a la India y a su riqueza en especias.
La mayoría de la gente pensaba que ese viaje era demasiado largo para las carabelas de la época, pero, con la ayuda de un uso creativo de las fuentes, Colón calculó que estaba dentro de los límites de lo posible.
Entre otras cosas, se encontró con los cálculos de Al-Farghani del siglo IX sobre la longitud y la circunferencia de la Tierra, pero no tuvo en cuenta que el astrónomo centroasiático había utilizado millas árabes, bastante más largas que las romanas.
Así es como Colón logró reducir la circunferencia de la Tierra en poco menos de una cuarta parte.
También asumió que el globo estaba formado por más tierra que océano, y por lo tanto supuso que la masa terrestre de Asia era más grande y cercana de lo que realmente es.
Según los cálculos de Colón, de las islas Canarias a Japón había poco más de cuatro mil kilómetros, cuando en realidad son casi veinte mil los que separan ambos archipiélagos.
Gracias a los buenos contactos de su esposa, Colón consiguió una audiencia con el rey Juan II en 1484, en la que pudo presentar su gran idea.
Pidió tres carabelas y mercancías para intercambiar por especias y oro con los lugareños.
La mayor parte del tiempo la dedicó a exponer sus demandas y deseos personales: a cambio de los grandes descubrimientos que esperaba hacer, quería un título nobiliario para que él y sus descendientes pudieran llamarse Dom, tratamiento que recibían los reyes portugueses.
Además, exigió ser nombrado nada menos que almirante del mar del océano y convertirse en virrey y gobernador de todas las islas y tierras que descubriera o que se descubrieran como consecuencia de sus viajes.
Por si eso fuera poco, el genovés reclamó la décima parte de toda la riqueza que produjeran esos territorios aún no descubiertos, ya fuera oro, plata, piedras preciosas, especias o cualquier otra cosa: en eso Colón tuvo una mente abierta.
A pesar del tono inmodesto del genovés, el rey lo tomó en serio y ordenó a sus consejeros que consideraran el asunto. Estos concluyeron que había calculado mal y que su proyecto era inviable.