Los navegantes Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista!
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Cabo de Buena Esperanza. ¡Tierra a la vista!

Cabo de Buena Esperanza

¡Tierra a la vista!

El barco duerme, los marineros duermen, incluso los peces voladores duermen, pero yo no puedo.

Salgo a cubierta para mirar el cielo estrellado, pero solo veo un par de puntos brillantes.

En su lugar me acerco al puente. Durante el día los teléfonos suenan sin parar y la radio emite un flujo constante de mensajes crepitantes.

Por la noche está oscuro y tranquilo aquí arriba.

El cadete de cubierta mira en silencio a través de la ventana mientras el tercer oficial observa el radar, que se ilumina en rojo y verde.

La luna creciente se refleja en el agua negra.

En el horizonte se vislumbran luces solitarias.

—Barcos de pesca —dice el contramaestre—. Chinos, supongo. Hace diez años no había pesqueros aquí, pero ahora están en todas partes.

El barco se balancea de tal manera que a veces tengo que agarrarme fuerte para no perder el equilibrio. En los últimos días la tripulación ha asegurado la carga. Dentro de unas horas doblaremos el cabo de Buena Esperanza.

Es medianoche y toca cambio de guardia, vuelvo a salir a cubierta.

Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, veo una telaraña de constelaciones, todas al revés; al menos así están en mi cabeza, viniendo como vengo del hemisferio norte.

La Vía Láctea se arquea sobre el cielo nocturno como una ola perezosa.

Al pasar por el cabo de Buena Esperanza estoy dormida, como el pez volador. Otro punto clave que me pierdo.

Bartolomeu Dias tampoco se dio cuenta de que navegaban más allá de la punta de África.

La expedición que dirigía, dos pequeñas carabelas y un barco de suministros, salió de Lisboa en el verano de 1487.

Poco se sabe de ese viaje. Lo más probable es que los cuadernos de bitácora u otra documentación se perdieran en el gran terremoto de Lisboa de 1755.

Lo más cercano que tenemos a una descripción contemporánea son las obras del historiador João de Barros, escritas unos sesenta años después de la expedición.

Dias era un marinero experimentado. Entre otras cosas, había sido capitán de uno de los barcos de la flota que zarpó hacia la costa de Guinea unos años antes para construir allí un fuerte.

Esta vez, la orden del rey portugués era doble: Dias debía encontrar la ruta marítima hacia la India y localizar al preste Juan y su congregación cristiana perdida, sobre la que habían circulado historias y leyendas durante siglos.

Se decía que en algún lugar, mucho más allá del mundo cristiano conocido, había un reino católico encabezado por el misterioso preste Juan.

En la época de las cruzadas, en la Alta Edad Media, la gente estaba convencida de que esas leyendas eran ciertas y de que realmente existía un rey que, si lo encontraban, acudiría en ayuda de los europeos en su lucha contra los musulmanes.

Es posible que la leyenda del preste se originara en el verdadero reino de Aksum, en la actual Etiopía, que se convirtió al cristianismo en el siglo IV y que estuvo gobernado por un rey que fue a la vez patriarca y monarca.

Los portugueses tenían un interés especial en localizar esa congregación cristiana perdida.

Posiblemente estuviera en África, tal vez en la India o el Himalaya, o quizás en Asia Central.

Enrique el Navegante creía que el preste Juan vivía en algún lugar del sur de África, y las expediciones en esa dirección a lo largo de la costa africana habían estado motivadas, al menos en parte, por su búsqueda.

Enrique también tenía esperanzas de que ese mítico rey cristiano pudiera ayudarlo en su guerra santa contra los musulmanes.

Así, el rey Juan II no solo continuó las expediciones y exploraciones de su tío abuelo, sino que también reanudó la búsqueda del rey cristiano perdido.

El mismo año en que Bartolomeu Dias abandonó Lisboa, Juan envió a dos espías al este: Pêro da Covilhã y Afonso de Paiva.

A estos también se les encomendó la tarea de encontrar la ruta marítima a la India y localizar al preste, pero, a diferencia de Dias, a ellos los enviaron a través del Mediterráneo a Egipto, desde donde debían dirigirse al mar Rojo, controlado por los musulmanes.

De hecho, Covilhã logró atravesar ileso el desierto hasta el mar Rojo.

Desde allí cruzó el océano Índico a bordo de un pequeño dhow árabe y, tras unas semanas en alta mar, llegó a la ciudad portuaria de Calicut, centro del comercio de especias de la India.

Cuando Covilhã regresó a El Cairo se enteró de que su compañero espía Paiva ya no vivía.

En realidad, Covilhã tenía la intención de regresar a Portugal, pues se contentaba con haber llevado a cabo la primera parte, casi imposible, de la ambiciosa misión: había demostrado que era posible navegar desde la costa oriental de África hasta la India, a pesar de que la ruta estaba plagada de toda clase de peligros, especialmente para un espía cristiano.

En El Cairo, sin embargo, Covilhã fue recibido por dos mensajeros judíos.

Habían sido enviados por el rey Juan y tenían el siguiente mensaje: ninguno de los dos espías (de los cuales solo uno seguía con vida) debía descansar hasta que no hubiera completado toda la misión, y sobre todo hasta que no hubiera averiguado dónde estaba el preste Juan.

Covilhã, obediente, en lugar de volver a casa partió a través del desierto y bajó de nuevo por el mar Rojo.

En el camino no pudo resistir la tentación de visitar La Meca, una ciudad que entonces, como ahora, era un territorio estrictamente prohibido para los cristianos.

Covilhã escapó con vida de la visita a la ciudad más sagrada de los musulmanes; lo más probable es que ya no fuera distinguible de los lugareños después de tantos años viajando entre árabes.

Poco después llegó a Etiopía, siendo el primer portugués de la historia en hacerlo.

Allí fue recibido calurosamente por el rey cristiano, que no se llamaba Juan, sino Alejandro.

Covilhã nunca pudo transmitir la noticia de ese reino católico al rey Juan II en su casa de Portugal, porque los anfitriones no lo dejaron marchar.

Por lo demás, trataron bien al forastero: el huésped obtuvo todo lo que pidió, incluida una esposa local, pero no se le permitió salir de Etiopía.

No se sabe con certeza si la carta que Covilhã envió con los dos mensajeros judíos llegó alguna vez al rey de Portugal.

Treinta y tres años más tarde, una delegación portuguesa enviada para buscar —sí, precisamente— al preste Juan encontró a Covilhã.

En lo más profundo de Etiopía se toparon con un Covilhã envejecido, rodeado de su esposa e hijos.

La dramática historia de su vida se relata en el libro Verdadeira informação das terras do Preste João das Índias, escrito por uno de los miembros de la expedición.

A pesar del título, la publicación del libro no puso fin en absoluto a la búsqueda del mítico preste.

En 1624, más de un siglo después, dos jesuitas portugueses cruzaron el Himalaya, fueron los primeros europeos de la historia en hacerlo.

Ellos también buscaban al rey legendario y la congregación cristiana perdida, que sospechaban que podrían estar al norte del Himalaya o en algún lugar de Asia Central.

Los dos jesuitas se convirtieron en los primeros europeos en visitar el Tíbet y terminaron fundando una comunidad allí.

Pero eso es, una vez más, anticipar el curso de los acontecimientos. Era finales del otoño de 1487, Bartolomeu Dias y las dos carabelas de las que era responsable se dirigían hacia la punta de África.

Según el historiador Barros, llevaban a bordo a cuatro mujeres africanas.

Debían desembarcarlas durante el viaje, vestidas con hermosas ropas y joyas y provistas de tentadores regalos de oro y plata.

El plan era que las mujeres hablaran con fervor del rey portugués y transmitieran el ardiente deseo de este de ponerse en contacto con el preste Juan.

En un lugar que Dias llamó Angra do Salto y que probablemente se encuentra en el sur de la actual Angola, los portugueses abandonaron el barco de suministros.

Nueve hombres fueron puestos en tierra para que lo custodiaran hasta que regresara el resto de la expedición.

Las dos carabelas continuaron hacia el sur, y a principios de diciembre pasaron por la última cruz de piedra que Diogo Cão había erigido.

Unos días más tarde llegaron a la bahía que hoy se llama Walvis Bay, un puerto natural de aguas profundas en la actual Namibia.

A partir de ahí, los portugueses lucharon por avanzar.

Tanto el viento como las corrientes oceánicas jugaban en su contra.

Con la llegada del nuevo año decidieron dirigirse hacia el suroeste en busca de mejores condiciones.

Poco después los alcanzó una fuerte tormenta y los barcos fueron empujados aún más al suroeste.

La temperatura bajó drásticamente y las olas eran altas.

Ningún europeo había estado nunca tan al sur.

La tripulación a bordo de los dos barcos debía de estar asustada, congelada y cansada.

Después de trece días lograron desviar su rumbo hacia el este.

Durante varias jornadas navegaron en esa dirección sin ver ni rastro de tierra.

Al final giraron hacia el nordeste, pero durante mucho tiempo estuvieron rodeados de agua por todos lados.

Solo después de treinta días en alta mar avistaron tierra.

El 3 de febrero de 1488 anclaron en la bahía que se llamaría Mossel Bay, bahía de los Mejillones, a unos cuatrocientos kilómetros al este del cabo de Buena Esperanza.