Los navegantes El presidente que murió solo #3
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El presidente que murió solo #3

—¡No todos los días tenemos visitas! —dijo sonriendo, y corrió delante de mí hacia la primera sala, que contenía hachas y cuchillos de piedra.

Joaquim explicó que esos utensilios se usaban en tiempos muy muy antiguos.

La siguiente estaba dedicada a los sobas.

Una pintura mostraba a un soba vestido con piel de leopardo, con conchas y piedras preciosas colgando de su cuello y su cabeza; un poco más colorido que el uniforme caqui que usan los sobas en la actualidad.

Se exhibía una fragua entera, con un gran horno de barro y un tronco de árbol ahuecado, una canoa con espacio para dieciséis hombres.

Un puente hecho con cuerdas y ramas caseras.

Ropa confeccionada con fibra de madera. Tambores de todos los tamaños, instrumentos de cuerda, flautas.

En la vitrina de medicinas se exponían hojas de plantas que ayudaban con la mayoría de las cosas, desde dolores de cabeza y de estómago hasta impotencia.

Junto a ellas había pequeñas figuras humanas de madera, no más grandes que un puño. No eran juguetes, sino armas mortales.

—Aquí incluso hay un muñeco vudú viajero —dijo Joaquim, entusiasmado—. Puede ir a Noruega en una hora y matarte.

La sección de máscaras era incomparable.

Antes de los robos debió de ser espectacular.

Las máscaras estaban talladas en madera, en todo tipo de colores, las había aterradoras y realistas, con pelo y barba.

La mayoría se usaban durante el ritual de circuncisión de los niños, explicó Joaquim.

Ese ritual era largo: los muchachos vivían en el monte un año entero, y durante ese tiempo se convertían en hombres.

—Ahora casi todos se hacen la circuncisión en el hospital. Ya nadie tiene tiempo para pasar todo un año en el monte.

El museo de Dundo exponía una forma de vida que ya no existía.

El hecho de que miles de objetos hubieran sido robados en los últimos años no hacía más que subrayar este punto: el museo había sido saqueado, el país había sido saqueado.

La colección tenía menos de un siglo, pero en ese tiempo todo había cambiado, solo habían sobrevivido reminiscencias.

Un ritual abreviado, una muñequita de madera aislada, un conjuro murmurante.

Centralidade sonaba a algo sacado de una película de ciencia ficción, y también lo parecía.

A pocos kilómetros del rústico centro de la ciudad se habían construido recientemente cuatrocientos bloques de apartamentos.

En ningún otro continente la urbanización va tan rápido como en África.

Según las Naciones Unidas, quince de las veinte ciudades de más rápido crecimiento del mundo se encuentran en África.

Las chozas de paja africanas pronto serán una curiosidad, algo propio de museos etnográficos.

Las calles entre los bloques estaban extrañamente desiertas. Las pocas personas que había en ellas paseaban o iban en bicicleta.

Felizardo aparcó su escúter frente a un edificio de gran altura redondo y aséptico.

En uno de los pisos superiores vivía un pariente suyo.

El ascensor no funcionaba, nunca había funcionado, así que tuvimos que subir por las escaleras.

Entre los pisos nos encontramos con mujeres sin aliento que llevaban cubos de agua llenos en la cabeza.

El suministro de agua rara vez funcionaba como debería en Centralidade.

Al entrar en el apartamento del familiar se fue la luz. La pantalla del televisor, frente a la cual los niños se habían sentado hipnotizados, se fue a negro. Los críos se quedaron allí sentados mirando la inerte pantalla.

Desde la terraza había una vista panorámica de un mundo en blanco, gris y pastel; un suburbio chino rodeado de tierra africana de color rojo óxido.

Centralidade fue construida por chinos. El expresidente recién fallecido forjó estrechos lazos económicos con China durante su largo mandato.

En 2007, cuando los precios del petróleo estaban en su apogeo, Angola era el socio comercial más importante de China en África, y en esa época trescientos mil chinos vivían en el país.

China sigue siendo, con diferencia, el socio comercial más importante de Angola y representa casi la mitad de sus exportaciones totales.

La mayoría de los chinos se habían marchado, pero aún quedaban unos pocos.

Vivían solos, en una zona cercada. El guardia no nos dejó entrar a Felizardo y a mí, pero accedió a buscar a uno con el que pudiéramos hablar.

Después de unos minutos, un hombre de unos cuarenta años se acercó conduciendo a la puerta.

En la parte trasera de su camioneta había un cerdo enorme y peludo gimiendo de dolor.

Su rostro y sus orejas estaban cubiertos de sangre.

El conductor llevaba una mascarilla, a pesar de que iba solo en el vehículo.

No quiso decir su nombre, y cuando saqué el cuaderno se volvió aún más desconfiado y quiso saber para qué iba a usar la información.

—La verdad es que ahora no tengo tiempo —explicó en un portugués flojo—. ¿Podemos vernos mañana, mejor?

Le aseguré que solo me llevaría unos minutos.

Dudó, pero se quedó. Tuve que sonsacarle la información pregunta por pregunta.

Cuando el trabajo estaba en pleno auge, me dijo, había habido allí tres mil trabajadores chinos en total.

Las obras comenzaron en 2008. Ahora solo quedaban cincuenta para completar los últimos detalles y encargarse del mantenimiento.

—¿Qué tiene de diferente estar en Angola con respecto a China? —pregunté.

—En China tenemos cuatro estaciones. Aquí en África solo hay dos.

—¿Quizás la comida también es diferente?

—No, tenemos un chef chino aquí.

—¿Cómo ha cambiado Angola en los quince años que llevas aquí?

—Cuando llegué aquí era joven. Tenía veintidós años. Ahora tengo treinta y siete. Así que es diferente.

—¿Has visitado otras partes de Angola?

—Trabajo principalmente en Luanda. Pero aquí se está más tranquilo. —Miró el reloj con impaciencia. En la parte trasera de la camioneta el cerdo gemía con esfuerzo.

—¿Has experimentado el racismo?

—No entiendo la palabra.

Felizardo se la explicó y él asintió.

—Sí, por supuesto. Al fin y al cabo, somos extraños aquí. En Luanda he visto mucho. He visto cómo golpeaban a gente. Es normal. Estamos en un país extranjero.

Le di las gracias por la charla. Él asintió, se ajustó la mascarilla y subió la ventanilla. El cerdo chilló de dolor cuando la camioneta volvió a ponerse en marcha.

De regreso a la ciudad nos encontramos con un hombre musculoso con barba y profundos surcos faciales. Sus ropas estaban tan andrajosas que ya empezaban a desintegrarse. Llevaba un saco de arroz y verduras a la espalda. Era garimpeiro, excavador de diamantes, desde que tenía doce años.

—Es un trabajo duro. —El anciano nos miró con los ojos entrecerrados por la luz del sol.

Su rostro era como un mapa de montaña—. Se cavan uno o dos metros, tal vez más, y se golpea con una barra de hierro, se escucha.

Somos muchos trabajando juntos. Si el sonido es bueno, desenterramos la grava y la transportamos a un río lejano.

Allí la lavamos y buscamos piedras con diamantes.

Si encontramos alguno se lo vendemos a senegaleses o malienses.

Algunos tienen suerte. Conozco gente que ha ganado 2000 dólares en un día, pero si uno no tiene cuidado con el dinero, pronto se acaba y entonces vuelve a ser tan pobre como antes.

En teoría, ahora es posible que esas pequeñas cooperativas de diamantes obtengan una licencia del Gobierno, pero la burocracia es engorrosa y corrupta, por lo que la mayoría prefieren operar ilegalmente y sobornar a los guardias de seguridad.

—Durante la temporada agrícola cultivo la tierra —continuó el buscador de diamantes—.

Tenemos una pequeña porción de terreno a poca distancia.

Una parte la consumimos nosotros mismos y la otra la vendemos en el mercado.

Tengo que mantener a mi familia. Hace un mes que no excavo en busca de diamantes, pero tan pronto como termine la temporada de cultivo volveré a hacerlo.

¿Qué otra cosa puedo hacer? No tengo trabajo. No tengo más opciones.

Angola no solo es rica en petróleo, gas y diamantes, sino también en cobre, oro, fosfato, uranio, cuarzo, tungsteno, azufre y una amplia gama de otros minerales valiosos.

El suelo es fértil, la costa está llena de peces y, a diferencia de muchos países africanos, Angola tiene abundantes recursos hídricos.

Sin embargo, más de la mitad de la población tiene que sobrevivir con menos de dos dólares al día. Además, casi el 7 % de los niños mueren antes de los cinco años, a una edad más temprana de lo que lo hacen en Mozambique, un país mucho más pobre. La esperanza de vida es de solo sesenta y dos años.

Los recursos humanos de Angola fueron saqueados por los portugueses, cuyo único interés era enriquecer las arcas del Estado luso.

El desarrollo del país africano o la educación de su población nunca estuvieron en la agenda.

Cuando los portugueses huyeron de Angola en 1975, gran parte de la élite instruida desapareció al mismo tiempo que ellos.

Durante la guerra civil, el país fue desgarrado por dos ejércitos rivales que luchaban ferozmente entre sí, apoyados por diferentes élites y basados en diversos grupos etnolingüísticos, con la ayuda de armas y soldados de distintas superpotencias.

Cuando cayó el telón de acero, la lucha y la destrucción continuaron, financiadas por el petróleo y los diamantes de sangre.

El MPLA, dominado por el capital, al final obtuvo una victoria costosa, pero pronto reemplazó la camaradería marxista-leninista por el capitalismo amiguista. Los saqueos siguieron y siguen.

Paseé una última vez por las calles casi desiertas de Dundo. Las banderas rojas y negras del partido gobernante ondeaban perezosamente con la brisa de la tarde. Desde la plaza de delante del edificio de la administración todavía resonaban los lamentos de las dolientes profesionales.