Los navegantes El presidente que murió solo #2
38%

El presidente que murió solo #2

Felizardo llegaba tarde. Cuando lo llamé todavía estaba desayunando.

Mientras tanto di un paseo por el centro de la ciudad.

La calle principal estaba flanqueada por altos árboles de mango, plantados durante la época de los portugueses, y pequeñas casas coloniales en diversos estados de deterioro, rodeadas de jardines cercados que presentaban distintos grados de mantenimiento.

En una pequeña plaza había una estatua dorada de Agostinho Neto.

Vestía una camisa de manga corta y estaba de pie con ambos brazos levantados, como si estuviera saludando o rindiéndose.

En una rotonda había un obelisco en recuerdo de las primeras excavaciones de diamantes en 1912.

Todos los demás monumentos que conmemoraban hazañas o a héroes portugueses habían desaparecido.

En su lugar, la ciudad estaba empapelada con la bandera roja y negra del MPLA, que es confusamente similar a la de Angola.

Desde el edificio de la administración, una enorme construcción cuadrada de hormigón, se oían fuertes lamentos.

Unas mujeres vestidas de negro estaban sentadas en semicírculo en la plaza de delante del edificio.

Cantaban canciones de duelo frente a un gran retrato enmarcado del presidente recién fallecido.

Solo parecían llorar al padre de la patria aquellos a los que se les pagaba por ello.

Mientras escuchaba el canto de luto, un hombre descalzo con ropas harapientas se acercó a mí. Su larga cabellera gris le caía en gruesos mechones por la espalda. Era imposible decir si tenía cuarenta años o setenta.

—Todos los políticos mienten —dijo. Su cara estaba tan cerca de la mía que podía oler su aliento podrido—. Todos tienen ríos de sangre a sus espaldas. Ríos de sangre.

Sacó algunas hojas secas de una bolsa de plástico y las esparció por la acera recién barrida mientras murmuraba lo que parecían conjuros. Luego se marchó.

Poco después se me acercó un joven con una camisa de cuadros y pantalones formales de color claro.

—Busco trabajo —dijo—. ¿Acaso tienes alguno para mí?

Se me aproximó un tercer hombre, algo mayor que el anterior.

—¿Tienes problemas? —preguntó—. ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que te ayude?

Por fin llegó mi ayudante, Felizardo. Tenía veinticinco años y era padre primerizo, servicial y meticuloso como solo los profesores pueden serlo. Me senté en la parte trasera de su escúter y pusimos rumbo a nuestra primera parada: la sede de Endiama en Dundo.

Endiama es la heredera de la empresa minera Diamang, fundada en 1917 por inversores de Portugal, Bélgica, Francia y Estados Unidos.

A los colonizadores portugueses se les concedió un área más grande que Dinamarca, y esa zona fue gobernada como un Estado dentro del Estado, con sus propias leyes y su propia policía.

Los angoleños de otras provincias debían tener un permiso especial para entrar.

Portugal recibía la mitad de los ingresos a cambio de abastecer de mano de obra a las minas.

Cuando Diamang estaba en su apogeo, en la década de los sesenta del siglo pasado, casi treinta mil angoleños trabajaban en condiciones de esclavitud en las minas de diamantes.

Las villas del centro de la capital provincial, Portugália, hoy Dundo, estaban reservadas para los pocos cientos de habitantes blancos que lo administraban todo.

La oficina de Endiama era sorprendentemente pequeña y sencilla, teniendo en cuenta que la empresa tiene una facturación de más de mil millones de dólares al año.

Felizardo y yo entramos sin cita previa.

Fuimos bien recibidos, pero ninguno de los empleados pudo ayudarnos.

La sede central estaba en Luanda, era ahí donde lo sabían todo; me dijeron que debía ir allí.

Pero tal vez podría intentar hablar con algunos de los hombres mayores que habían trabajado para la empresa desde la época de los portugueses.

Felizardo me llevó a un taller de coches.

La gran sala albergaba autobuses, tractores y camiones.

Una escalera de hierro conducía a una pequeña oficina polvorienta.

Detrás del escritorio estaba sentado un hombre mayor con gafas gruesas, camisa de manga corta y sombrero de pescador.

Se llamaba João Canco, tenía setenta y cinco años y llevaba trabajando en el taller desde los quince.

—En esa época la mayoría de la gente solo tenía dos años de escolaridad —recordó João—. Yo tenía cuatro. Las escuelas pertenecían a Diamang. Cuando terminé la escuela comencé a trabajar como mecánico de automóviles. El taller era de Diamang en aquel momento.

—¿Cómo eran los portugueses? —pregunté—. ¿Castigaban a los trabajadores?

—Sí, por supuesto, tenían muchos tipos diferentes de castigos, los portugueses.

Los trabajadores que desobedecían eran golpeados.

Otro castigo era ser enviado a buscar agua al río.

El agua se recogía en enormes bidones de cien litros cada uno.

Había mucho racismo aquí. La gente como yo vivíamos en sencillas chozas de tierra en las afueras del centro de la ciudad.

La paga era muy muy baja, pero la comida era barata.

De la noche a la mañana todo cambió. El 11 de noviembre de 1975, Angola se independizó y los portugueses abandonaron el país a toda prisa.

—Estuvimos de fiesta ese día y todo el mundo estaba feliz —contó João—.

No sabíamos qué esperar. Los portugueses lo dejaron todo, las casas, los muebles, todo; solo se llevaron unas pocas maletas con ropa.

Mi jefe también se fue. Estaba acostumbrado a maltratarnos, así que no tenía otra opción.

Tuvo que irse, como todos los demás. Así fue.

Estábamos preparados y nos hicimos cargo de los trabajos de los portugueses y nos mudamos a sus casas en el centro. Pero entonces llegó la guerra...

La Unita nunca se hizo con el control de Dundo, pero dominó gran parte del territorio circundante y estableció cooperativas secretas que extraían diamantes.

Gracias a los ingresos procedentes de estos pudo financiar la guerra durante más de un decenio después de que terminara la Guerra Fría y de que el apoyo de Estados Unidos y Sudáfrica hubiera disminuido.

—Durante la guerra civil fue imposible salir de aquí —dijo João—.

De 1976 a 2002 estuvimos completamente aislados.

Diamang enviaba comida en avión, pero nunca era suficiente.

Los que no tenían trabajo lo pasaban aún peor.

Fue un momento difícil. Por la noche luchaba por el MPLA y salía a defender la ciudad.

De día trabajaba aquí. Apenas dormía. Pero eso se acabó —agregó—.

Ahora hay paz. Soy libre. Durante el periodo colonial siempre tuve que pensar en lo que los demás querían y consideraban.

Ahora puedo decir y hacer lo que yo quiera.

Felizardo y yo le dimos las gracias, pero João no nos dejó ir. Quería hablar de la guerra en Ucrania.

—Ese Zelenski ha dejado que la OTAN entre en el país —dijo—. En 1991 se acordó que la OTAN no avanzaría hacia el este. ¿No fue ese el acuerdo? ¿No fue ese?

Antes de que yo pudiera responder añadió conciliadoramente que, de todos modos, la guerra era triste. Morían mujeres y niños, y eso siempre era triste. Luego se volvió hacia Felizardo:

—Vosotros, los jóvenes de hoy, queréis haceros ricos de inmediato sin hacer nada —lo regañó—. Vosotros, los jóvenes, no aportáis, no trabajáis. Vosotros no habéis visto la guerra. No habéis visto nada.

—No hay mucho trabajo —objetó Felizardo.

—Tonterías —replicó el viejo mecánico—. Antes había restricciones estrictas a la agricultura, pero ya no las hay. Solo hay que prepararse. Pero vosotros no queréis eso. Vais a la escuela y estudiáis, os llamáis doctor esto, doctor lo otro, ¡pero no sabéis nada!

El museo Dundo es el más antiguo de Angola.

Alberga la colección de José Redinha, un empleado portugués de Diamang que en la década de los años treinta del siglo XX empezó a reunir objetos del pueblo chokwe, el grupo étnico dominante en el este de Angola.

Originalmente el museo acogía la mayor colección etnográfica de objetos chokwe del mundo, pero durante la guerra civil y la era sin ley que la siguió fueron robadas miles de piezas valiosas.

Según estimaciones en internet, hasta el 75 % de la singular colección ha desaparecido.

La primera vez que lo visité se había ido la luz y el museo estaba cerrado. La segunda me dejaron entrar, pero primero tuve que dejar mi bolso, mi cámara y mi teléfono móvil en la recepción.

—Ni siquiera a los ministros se les permite visitar el museo con un teléfono móvil —explicó el guardia con seriedad.

Traté de confirmar las cifras de internet sobre cuánto se había robado, pero el secreto era tan estricto como la seguridad.

—Es información confidencial —declaró el guardia—. Para que podamos proporcionarle la información que solicita primero debe enviar una justificación por escrito a la dirección.

Un anciano llamado Joaquim Batista, que había trabajado en el museo toda su vida, me lo mostró con entusiasmo.