El presidente que murió solo
El presidente que murió solo
El presidente había muerto.
Yo estaba de vuelta en la capital, con acceso a internet, televisión y periódicos.
La noticia de la destacada muerte estaba por todas partes.
Angola había perdido a UN ESTADISTA DE GRANDES DIMENSIONES , anunciaba el Jornal de Angola en mayúsculas.
Una foto en blanco y negro de Dos Santos, con la mano derecha levantada, como en un último saludo, adornaba la portada.
J OSÉ E DUARDO DOS S ANTOS, QUE SAQUEÓ A NGOLA, HA MUERTO , escribió The Economist, un poco menos hagiográfico.
El titular del diario sudafricano Mail Rafael pidió tofu sin lactosa.
Era delgado y refinado, y sarcástico como solo pueden serlo los activistas de derechos humanos perseguidos.
A pesar de que nos sentamos dentro él tenía frío, así que tuvo que ponerse la chaqueta; se desinfectaba las manos constantemente.
—La primera vez que fui a Dundo, en 1992, en medio de la guerra civil, pensé que era el pueblo más hermoso que había visitado en Angola —dijo—.
Las casas coloniales estaban impecables, el césped estaba cortado y bien cuidado.
Era como si los habitantes se enorgullecieran de mantener los estándares de la época colonial.
Me invitaron a la casa de una pareja y me sirvieron pan y mermelada de mango, que era todo lo que tenían, con una servilleta en el brazo.
Durante la guerra civil, Dundo, situada en el nordeste, en la frontera con la República Democrática del Congo, quedó completamente aislada del resto del país. Rafael fue el único periodista de la capital dispuesto a ir allí.
—Un pollo costaba cien dólares, era una locura, pero muchos tenían dinero gracias a los diamantes.
Conocí gente que vivía en chozas de paja y tenían un Mercedes.
Podían permitirse buenos coches, pero no podían conseguir cemento para arreglar su casa.
A las personas ni siquiera se les permitía cavar una fosa séptica en su propio jardín, porque la compañía minera temía que estuvieran excavando en busca de diamantes.
Rafael estornudó e inmediatamente se desinfectó las manos.
Ya no trabajaba para el Jornal de Angola, sino que dirigía su propio sitio web de noticias, así como un centro de investigación.
Su trabajo le había valido reconocimientos y premios en el extranjero y penas de prisión en su país de origen, pero seguía informando sin amedrentarse sobre corrupción y abuso de poder.
—Las cosas iban mal durante la guerra, pero ahora van aún peor —dijo lacónico—.
Paradójicamente, la violencia ha aumentado, pese a que la guerra terminó hace mucho tiempo.
El año pasado al menos dieciséis personas murieron durante una manifestación, he escrito un libro sobre ello.
En Ucrania acaban de matar a veinte personas en un ataque, y se habla de genocidio. ..
—Ahora hablamos de más de veinte personas —objeté.
—Veinte personas y lo llaman genocidio —insistió Rafael—. Aquí matan a dieciséis personas durante una manifestación. ¿Qué es eso?
—¿Y la operación de transparencia? ¿Han mejorado las cosas?
—pregunté. Hacía tiempo que yo había renunciado a discutir la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania incluso con los angoleños más progresistas.
Aún persistía la dinámica de la Guerra Fría.
Gran parte de la élite política del país tuvo estrechos vínculos con la Unión Soviética (muchos de ellos estudiaron allí, incluidos el presidente en funciones y el recientemente fallecido) y las noticias estaban dominadas por la propaganda rusa.
Bajo el mandato de Dos Santos, la mayor parte de los ingresos procedentes de los diamantes habían ido a parar a su hija mayor, Isabel, que había dirigido la empresa estatal diamantífera Endiama.
Cuando Lourenço asumió el cargo en 2017, hacía tiempo que los ingresos petroleros se habían reducido.
El nuevo presidente necesitaba con desesperación más dinero en las arcas del Estado, y presumiblemente también tenía necesidad de reforzar sus cuentas privadas.
A través de la Operação Transparência, el objetivo era controlar la inmigración ilegal y los delitos contra el medio ambiente y, no menos importante, garantizar que los diamantes del nordeste quedaran bajo dominio estatal.
Los congoleños, responsables de la mayor parte de la minería ilegal de diamantes, fueron expulsados de las provincias diamantíferas.
En cuestión de semanas, decenas de miles de casas fueron saqueadas, cerraron casi trescientas tiendas de diamantes y cerca de medio millón de congoleños fueron expulsados del país.
—No, solo ha empeorado —dijo Rafael, repitiendo el mantra de todos los intelectuales angoleños con los que yo había hablado—. Esas operaciones no son más que una excusa para robar. Una pandilla es reemplazada por otra. Ahí sigue habiendo anarquía.
Después de dos horas el avión de hélice aterrizó en Dundo. A través de la ventanilla ovalada vislumbré tierra roja y arbustos bajos. El paisaje era llano.
En el avión no había turistas y los lugareños eran pocos.
Me senté al lado de un europeo del Este con gafas de sol y un maletín que parecía más bien una caja fuerte.
Detrás de mí estaba sentado un británico calvo que hablaba por teléfono sin parar tanto antes como después de aterrizar; las conversaciones giraban principalmente en torno a dólares, quilates y lugares de encuentro adecuados.
En los asientos de delante se sentaron dos nigerianos de hombros anchos con grandes cadenas de oro alrededor del cuello.
Antes de que me permitieran entrar en Dundo tuve que pasar por el control de pasaportes. Las autoridades quieren tener un registro completo de quién entra en la provincia de los diamantes. La oficial examinó minuciosamente mi pasaporte y anotó los detalles a mano en un libro grueso.
—¿Se va a quedar en el Hotel Diamante? —preguntó.
Asentí. La mujer anotó «Hotel Diamante» en el grueso libro y me entregó el pasaporte.
Había coches grandes y relucientes preparados fuera de la sala de llegadas.
Los demás pasajeros desaparecieron en ellos, y pronto tuve toda la acera para mí sola.
Busqué un taxi, pero el estacionamiento estaba vacío.
El aire era cálido y seco. El sol de la tarde estaba cayendo.
Un policía se me acercó.
—¿No la vienen a recoger? —preguntó.
—No, iba a tomar un taxi —dije.
—¿Taxi? —El policía frunció el ceño—. No tenemos de eso aquí.
—¿Qué hago entonces?
El policía se rascó la cabeza.
—Ojalá lo supiera...
Poco después una camioneta blanca entró en el estacionamiento. Bajó un hombre vestido con traje y se acercó a mí.
—¿Senhora Erika Fatland?
Sin esperar respuesta, el hombre trajeado subió mi maleta a la camioneta y me abrió la puerta trasera. Él se sentó en el asiento de al lado del conductor.
—¿Cómo ha sabido que necesitaba que me llevaran? —le pregunté.
—Ha llamado el senhor Marques —respondió el hombre.
Durante el resto del viaje permaneció sentado en silencio en el asiento delantero, envuelto en su traje.
Ni el conductor ni el hombre de traje me preguntaron dónde me iba a alojar.
Unos minutos después me dejaron en el Hotel Diamante.
Al parecer es ahí donde uno se queda cuando está en Dundo.
Le agradecí efusivamente el viaje. El hombre de traje asintió con brevedad y volvió al coche. Nunca supe quién era.
El Hotel Diamante fue construido en 2008, en pleno apogeo de Angola.
Esos días habían terminado, también para el hotel.
El aire acondicionado no funcionaba y se formaba un cráter en el colchón con solo mirarlo.
El baño estaba lleno de manchas oscuras de moho.
Cuatro hombres en mono de faena trabajaban durante horas todas las mañanas limpiando la pequeña piscina del hotel, pero nunca vi a nadie bañándose en ella.
Para la cena pedí una botella de vino tinto.
—No puede beberse una botella entera de vino usted sola —objetó, estupefacto, el camarero.
—En dos noches podré hacerlo —le aseguré.
—¿Solo en dos noches? —Me miró con los ojos muy abiertos—.
No, no, eso no es posible, y menos para una mujer.
Yo mismo me paso una semana, tal vez dos, con una botella de vino.
No, para eso es mucho mejor beber whisky.
No es tan fuerte. Después de una botella de whisky mis invitados están en muy buena forma, pero tras una de vino se van tambaleándose. ¿No prefiere una botella de whisky?
Me mantuve firme. El camarero me observaba preocupado mientras yo vaciaba mi copa de vino tinto, obviamente dispuesto a sostenerme si era necesario.
A través de Hitler había entrado en contacto con Felizardo, un profesor de portugués desempleado que iba a enseñarme Dundo.