La vida en el desierto #2
—Trescientas vacas —respondió el soba—. Pero hace tres años que no llueve. Antes tenía el doble.
—¿Cuánto cuesta una esposa?
—Cinco bueyes. ¡Pero si se la robas a otro debes pagarle veinte!
—¿Has robado la esposa de otro?
—¡Sí! —dijo mientras sonreía—. ¡Tuve que pagarle veintiún bueyes!
Al soba le faltaban dos incisivos en la mandíbula inferior. En el maxilar superior sus dientes frontales habían sido limados hasta formar un triángulo, justo como los de la mujer que nos había recibido.
—¿Por qué os limáis los dientes? —le pregunté.
—Porque es hermoso. Ninguna mujer quiere un hombre con dientes normales. —Bongissa señaló su mandíbula inferior, en la que faltaban dos dientes frontales—. A los chicos les sacamos los dientes cuando se convierten en hombres y consiguen sus propios animales, para demostrar que son mucubales.
A lo lejos sonaron tambores.
—¿Qué celebráis? —pregunté.
El soba se encogió de hombros.
—Nada especial. La gente come, bebe y festeja. Se lo pasan bien.
—¿Estuvieron aquí los portugueses? —pregunté, y me sentí un poco más monomaniaca. La transición de la fiesta a los señores coloniales fue abrupta, pero el soba no pareció darse cuenta.
—Sí, estuvieron aquí —confirmó—. Tenían tiendas aquí, y había agricultores en la zona.
—¿Cómo eran?
—Cuando uno se acuesta con una mujer, ya no habla de si es buena o mala. Lo mismo ocurre con los portugueses. Estaban en nuestra tierra. Tenían mucho dinero.
Ni Álvaro ni yo entendimos del todo la parábola, pero Bongissa no quiso hablar más de ese asunto.
—Quiero que haya un colegio aquí —dijo—. No tenemos escuela.
—¿Cuáles son los problemas más comunes que tienes que resolver como soba? —pregunté.
—Robo de vacas y brujería. —El soba se tambaleó y dio un paso de apoyo para recuperar el equilibrio—. Es una lucha. Tengo que resolver todos los problemas. La gente de la ciudad viene aquí y caza antílopes. También matan a los pájaros. Hay que hacer algo. ¿Me puedes ayudar?
Álvaro prometió ayudarlo y le dio otra cerveza.
—Ahora solo tengo trescientas vacas —repitió el soba, vaciando la mitad de la botella de un trago—. Antes tenía el doble. Hace tres años que no llueve. Los animales se están muriendo.
—¿Te gustaría vivir en la ciudad? —pregunté.
—No, los mucubales nos quedamos aquí. No nos vamos a mover. Aquí están nuestras vacas. Aquí está nuestra vida. Cuando voy a la ciudad, me gasto todo el dinero en bebida. Ir a la ciudad me empobrece.
Álvaro sacó harina y azúcar como regalo para el soba. Los niños, que nos habían estado espiando desde una distancia respetuosa, recibieron dulces. El soba no estaba satisfecho. Quería más harina, más azúcar y más cerveza.
Álvaro suspiró profundamente y le dio más harina, más azúcar y más cerveza. Luego nos permitieron subir a la montaña.
La piedra de color rojo óxido estaba cubierta de círculos. Círculos tallados dentro de círculos. Círculos cubiertos con grandes cruces. Círculos dentro de círculos, conectados por líneas. Círculos dentro de círculos, rodeados de líneas rectas, que irradiaban. ¿Formaban una especie de mapa estelar?
Los patrones estaban deformados por grandes heridas en la roca causadas por la erosión, tal vez también por los humanos. Se rumorea que gente de otros países va allí, cortan los petroglifos y los venden.
Más allá de los círculos estaba la cueva con las famosas pinturas.
Las paredes y el techo estaban llenos de figuras geométricas pintadas de blanco y rojo.
Círculos, estrellas. Cuadrados y puntos.
Pájaros. Una tortuga. ¿Un pez? Una forma oblonga, redondeada, dividida en cuadrados, ¿quizás un barco?
Líneas curvas y paralelas conducían a círculos, estrellas.
Algunos de los dibujos parecían pictogramas, formas abstractas que posiblemente formaban un patrón, un alfabeto mudo encapsulado en el pasado.
Nadie sabe con exactitud qué antigüedad tienen las pinturas o los grabados rupestres del desierto del Namib. Dos mil años, tal vez. Es posible que se hicieran durante un periodo más largo, o quizás casi al mismo tiempo.
Nadie sabe quién pintó los animales y los símbolos en la cueva, o quién talló los círculos en la roca.
Debajo de nosotros, los recintos ganaderos de los mucubales formaban círculos perfectos en el llano paisaje del desierto.
Las ondas sonoras de sus tambores se elevaban hasta los mudos dibujos del pasado, se propagaban desde el tímpano hasta el martillo, el yunque y el estribo del oído interno y luego volvían a desaparecer.
Continuamos hacia el sur y entramos en el parque nacional.
El paisaje cambiaba sin cesar. En algunos tramos el terreno estaba desnudo y consistía solo en arena y piedras, en otros estaba cubierto de arbustos bajos y matorrales.
De vez en cuando pasábamos por poderosas dunas de arena y bosques de árboles con troncos blancos como la tiza y hojas puntiagudas y estrechas.
A lo lejos vislumbramos las montañas azuladas de Namibia.
Parecían colinas, pero medían más de dos mil metros de altura.
Después de unas horas llegamos al campamento.
Cerca había un grupo de pequeñas chozas redondas hechas de ramas.
Dentro de una había un puñado de himbas, las únicas personas que viven en el parque nacional.
Los hombres vestían taparrabos cosidos con harapos, mientras que las mujeres llevaban faldas cortas de cuero.
Iban desnudos de cintura para arriba, y sus tobillos y muñecas estaban cubiertos de pesadas y gruesas joyas de metal.
Las mujeres se habían untado la piel con otjize, una mezcla de ceniza, grasa y ocre que le daba un brillo rojizo.
El cabello lo llevaban recogido en trenzas finas y largas, todas embadurnadas con una gruesa capa de otjize.
Álvaro preguntó si podíamos hablar un poco con ellos, pero negaron con la cabeza con firmeza. El soba no estaba allí. Sin su permiso no podían hablar.
¿Dónde estaba?
Nadie lo sabía.
Lo encontramos casi de inmediato. Estaba en cuclillas con una mujer junto a un agujero en la arena; estaban a punto de lavar juntos a un niño desnudo. El fondo del agujero rezumaba agua parduzca.
El soba rondaba los cincuenta años, vestía pantalones cortos y una camisa blanca sin mangas. Llevaba un gorro rojo de lana y calzaba unas chanclas. Yo le sacaba una cabeza, y él tenía un vientre pequeño y redondo y una sonrisa grande y torcida. Tromona Matías era su nombre.
—No tenemos comida —dijo en un perfecto portugués—.
La gente se muere de hambre. Necesitamos ayuda.
Durante los últimos tres años ha llovido muy muy poco.
Somos nómadas, llevamos las cabras con nosotros donde hay comida y agua.
Pero ahora que no llueve solo caminamos, caminamos y caminamos sin encontrar agua.
Los animales mueren. Nosotros también enfermamos.
Algunos emigran a Namibia, tenemos parientes en ese país.
Allí recibimos ayuda de las autoridades.
Pero, como somos angoleños, no se nos permite quedarnos.
El soba nos siguió de vuelta al campamento. Explicó que había alrededor de mil himbas en ese lado de la frontera, en el desierto angoleño del Namib. En total, la comunidad himba cuenta con unas cincuenta mil personas. La mayoría viven al otro lado de la frontera.
—No tenemos hospital aquí —dijo el soba—.
Cuando alguien enferma tenemos que transportarlo en motocicleta a la enfermería más cercana.
El viaje dura varias horas. Aquí solo disponemos de un curandero tradicional, y no puede curar todas las enfermedades.
No tenemos electricidad y tampoco teléfono. También nos hace falta una escuela.
Tromona recibió educación, porque durante la etapa colonial hubo allí una escuela.
—La vida era mejor durante la época colonial —dijo—. Si los portugueses todavía estuvieran aquí, tal vez ya tendríamos carreteras asfaltadas. ¿Quién sabe?
El padre de Tromona también fue soba. Él mismo recibía de las autoridades algo menos de cinco mil kuanzas al mes, poco más de cinco euros, por el trabajo que hacía.
—Es mucho trabajo y poco dinero —dijo—. Los casos más comunes son el robo, la brujería y el adulterio.
Este último se castiga con una multa de seis cabras.
Además, el hombre debe casarse con la mujer.
Si alguien roba una cabra ha de devolver dos, para que aprenda.
Justo hoy me he enfrentado a un caso de cabras robadas.
La gente roba porque tiene hambre. Por cierto, ese taburete es muy bonito.
—Tromona miró con admiración el taburete de cámping que Álvaro había sacado—.
Plegable, muy práctico. Me vendría bien uno de esos, soy soba.
Así no tendría que sentarme en el suelo.
Durante la guerra civil, Tromona luchó para las fuerzas gubernamentales durante diez años. Estuvo por toda Angola.
—Ahora hay paz. Hoy la vida es diferente.
Es completamente diferente. Cuando era pequeño nadie se cortaba el pelo.
Pero mirad a esos. —Señaló a unos jóvenes que se habían sentado en un banco detrás de nosotros—.
Todos se han cortado el pelo. Son copias piratas, no son himbas reales. Nuestras mujeres son más tradicionales.
Hizo un gesto de aprobación a las mujeres que se habían reunido en el otro banco, todas vestidas con ropas de cuero, con joyas en las manos y los pies, la piel teñida de rojo y trenzas impregnadas con grasa roja.
—Tú llevas el pelo muy corto —señalé.
—¡Sí, claro, yo también soy una copia pirata! Cuando tengo que ir a la ciudad por alguna reunión, uso pantalones. ¡Quiero parecer civilizado!
—¿Te gustaría vivir en la ciudad?
Tromona negó con la cabeza.
—No, no, no puedo permitírmelo. Cuesta mucho dinero vivir en la ciudad.
—Pero si tuvieras mucho dinero, ¿te habrías mudado a la ciudad?