Los navegantes La vida en el desierto
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La vida en el desierto

La vida en el desierto

Álvaro Baptista era todo lo contrario a Sónia. Se preocupaba por la puntualidad y la planificación, y mantenía el coche limpio y reluciente tanto por dentro como por fuera.

—Tengo un par de normas —declaró mientras apagaba el cigarrillo y se sentaba en el asiento del conductor—. Número uno: no fumar en el coche. Número dos: hay que respetar las horas.

Ya íbamos tarde. El almuerzo había durado más de lo previsto. Sónia se había bebido tres cervezas para despedirse.

—Puedes quitarte el cinturón de seguridad si quieres —dijo media hora más tarde, al desviarnos de la recta carretera de asfalto—. Y puedes poner tu teléfono en modo avión para ahorrar batería. De todos modos, aquí en el desierto no hay cobertura.

Volvía a estar en las tierras bajas, cerca de la costa, aunque el paisaje rocoso y arenoso ofrecía pocas asociaciones marítimas. La escasa vegetación la componían arbustos desnudos en forma de abanico. Allí solo había espinas y arena.

Pero era mentira. Estaba ciega. En el desierto hay que utilizar otras lentes y parámetros.

El desierto está lleno de formas de vida peculiares y específicamente adaptadas.

Escorpiones venenosos. Aves de rapiña. Plantas resistentes que a lo largo de millones de años han perfeccionado sus sistemas radiculares y sus orgánulos celulares para sobrevivir allí mismo, en una de las zonas más áridas e inhóspitas del planeta.

Álvaro se detuvo ante un montón de hojas arrugadas. Sus puntas eran fibrosas y estaban marchitas, como si alguien hubiera intentado prender fuego a la planta.

—Es una Welwitschia mirabilis, y solo se encuentra aquí, en el desierto del Namib —explicó—. Mucha gente las llama fósiles vivientes, porque pueden vivir más de mil años. Crecen poco más de un centímetro al año, solo eso.

El desierto estaba lleno de esas extrañas plantas, lo descubrí en ese momento. A menudo parecían muertas o medio muertas, ya que sus puntas solían ser fibrosas y habían adquirido un tono marrón y gris por el sol y el envejecimiento.

—Originalmente, la planta consta de dos hojas anchas que crecen de un tallo grueso, bajo y leñoso —explicó Álvaro—.

A medida que pasan los siglos, esas hojas se ensanchan y forman un abanico de hojuelas onduladas que al final ocultan el tallo por completo.

Su sistema radicular puede extenderse más de treinta metros y es tan profundo que la planta puede absorber el agua subterránea.

El sol de la tarde daba al cielo y a la arena una tonalidad dorada y el aire invernal era limpio y fresco.

Las hojas parecían blandas y frágiles, pero en realidad eran duras como el caucho.

Medían por lo menos seis metros de largo, si se contaban las puntas de color gris ceniza finamente desgastadas que rodeaban la planta como un mar turbulento, lo que significaba que esa planta había alcanzado su madurez mucho antes de que los portugueses llegaran a lo largo de la costa, mucho antes de que las tribus bantúes emigraran desde el norte; había sobrevivido a guerras y sequías, y sobreviviría a todos los que caminamos por el planeta en este momento, ancianos y recién nacidos.

A menos que, entretanto, se la comiera una vaca o un antílope.

Solo de pensar en comer me ponía enferma.

La noche había sido larga. La habitación del hotel era como el camarote de un barco en medio de una tormenta, y cada leve movimiento había provocado la sensación de naufragio.

Quizás la ensalada fuera la culpable, o el zumo de frutas, pero lo más probable es que fuera el pescado: nunca se debe comer marisco tierra adentro.

La sensación de intoxicación seguía ahí.

Álvaro, en cambio, se emocionaba más cuanto más nos alejábamos de la civilización.

Se refería a los surcos de la arena como «el camino».

Sin detenerse, me contó toda su historia familiar.

Cuando Angola se independizó, sus padres se fueron a Portugal, de donde eran originarios.

Allí nació él. Sus padres regresaron a Angola, pero el pequeño Álvaro se quedó en Portugal y creció con sus abuelos.

Siendo ya adulto se mudó al viñedo de su familia en Angola y en ese momento era ciudadano angoleño.

Cuando el sol desapareció detrás de las rocas nos detuvimos ante una puerta. Habíamos llegado al reino de Álvaro: 5000 hectáreas de árido desierto.

—¿Y cuánto pagaste por todo esto? —le pregunté mientras entrábamos en la enorme propiedad.

—¡Nada! Aquí no hay nada. Solo arena y piedras. Cuando un loco como yo vino y quiso hacer algo con eso, simplemente se lo dieron. Las autoridades me dieron el derecho de uso por cincuenta años. Me quedan treinta.

Una manada de babuinos corrieron hacia un montículo.

—Tengo gacelas saltarinas y otros tipos de antílopes, cebras, avestruces y muchos otros animales aquí —añadió Álvaro—.

Pero ahora hay sequía. Antes el desierto solía estar verde en esta época del año, estaba cubierto de hierba.

Apenas ha llovido desde hace más de dos años. Los animales se están muriendo.

Diez minutos después pasamos por otra puerta. Un grupo de jóvenes gacelas saltarinas nos miraban con curiosidad desde un recinto.

—Cuando hay sequía sus madres las abandonan —prosiguió Álvaro—. Si no las cuidamos mueren.

El hotel en el desierto de Álvaro parecía sacado directamente de Los Picapiedra . Me llevaron a mi habitación, medio dentro de una cueva, y caí en un sueño tan profundo que casi no me desperté.

A la mañana siguiente salimos puntuales a las siete y media.

A medida que nos adentrábamos en el desierto, este se volvía más verde, se llenaba de arbustos y matorrales, incluso de árboles de hoja caduca.

Los ríos del desierto eran subterráneos; en la superficie formaban cinturones estrechos y verdes.

Aquí y allá, una vaca o un burro paseaban solos.

Una manada de gacelas saltarinas huyeron cuando nos vieron.

Por lo demás, apenas vimos animales salvajes.

—Casi todos los animales desaparecieron de aquí durante la guerra civil —dijo Álvaro—. Las autoridades repartieron armas y la gente las usó para disparar a los animales salvajes para conseguir comida. No solo aquí, sino en toda Angola.

Avanzamos sobre rocas, arena profunda y laderas escarpadas.

Detrás de nosotros iba un empleado en un coche extra, por si acaso; en el desierto hay que saber valerse por uno mismo.

El objetivo eran los petroglifos y pinturas rupestres más antiguos de Angola, que se encontraban en el territorio de los mucubales. Álvaro refunfuñó.

—Con ellos siempre hay problemas —explicó—. Son difíciles. Te importunan y crean dificultades, siempre quieren que les des algo y nunca están satisfechos.

Cuando llegamos nos recibió una mujer alta y esbelta.

Llevaba una falda cruzada hasta la rodilla y se había atado un pañuelo a la cabeza.

Sus pechos estaban sujetos por cuerdas blancas firmemente enrolladas alrededor de su torso.

Sus dos dientes frontales habían sido limados hasta formar un triángulo.

Extendió la mano.

—Diez mil —dijo ella en un portugués rudimentario.

—Quiere que le paguemos la entrada —suspiró Álvaro—. Se comportan como si las pinturas rupestres fueran suyas, pero tienen varios miles de años de antigüedad. Los mucubales llegaron aquí hace unos quinientos años.

—Al mismo tiempo que los portugueses, ¿no? —comenté.

—Sí, exacto. Llegaron por el este. Creemos que están emparentados con los masáis porque son tan altos y atléticos como ellos.

Los mucubales son un subgrupo del pueblo herero, que vive principalmente en el lado namibio de la frontera.

Mientras que en Namibia los amos coloniales alemanes cometieron genocidio contra los hereros a principios del siglo XX , en Angola los portugueses fueron culpables de crímenes similares contra los mucubales durante la Segunda Guerra Mundial.

En la década de los treinta del siglo pasado había cinco mil mucubales viviendo en el país.

Vivían dispersos en un área casi del tamaño de Portugal en el sur de Angola.

Los portugueses creían que estaban detrás de rebeliones y robos de ganado y lanzaron brutales operaciones militares contra ellos.

Alrededor de tres mil quinientos, el 70 % de la población, fueron capturados y encerrados en campos de concentración.

La tasa de mortalidad en los campos podía alcanzar el 25 %.

Los prisioneros sufrían desnutrición, trabajos forzados y violencia abierta.

Además, unos seiscientos fueron enviados a Santo Tomé para que trabajaran en las plantaciones de la zona.

Un hombre se acercó a nosotros. Le sacaba una cabeza a Álvaro, vestía taparrabos y una chaqueta de cuero negro.

En una muñeca llevaba un pesado reloj de oro.

Se presentó como Emanuel Pedro Bongissa, el soba local.

Bongissa era su nombre tradicional mucubal.

Los nombres portugueses le fueron dados cuando sirvió en el Ejército del Gobierno durante la guerra civil.

—Vinieron aquí y recogieron a la gente —dijo gruñendo—. Estuve en el Ejército de 1975 a 1979. Pero no me gusta hablar de esa época —agregó—. La guerra es fea. No hay nada hermoso en ella.

—¿Cuántos hijos tienes? —le pregunté para cambiar de tema.

—Ocho. —El soba se balanceaba ligeramente de un lado a otro.

—¿Con la misma esposa?

—No, con tres. —Sonrió—. Bebí vino y huevos y me mantuve fuerte. Las mujeres son la medicina natural del hombre. Pero ahora solo tengo una. Las otras dos se han ido a casa de sus madres.

El soba se volvió hacia Álvaro. Dijo que teníamos que pagar.

Estábamos en sus tierras. Quería diez mil kuanzas, el salario de una semana.

Álvaro argumentó que esas también eran sus tierras, que él poseía muchas tierras allí.

En su lugar le ofreció una cerveza, una especie de botella de la paz, y Bongissa aceptó.

—¿Cuántos animales tienes? —le pregunté.