Nada era mejor antes
Nada era mejor antes
La pequeña aldea recordaba a un campo de refugiados bien organizado.
Tres carpas blancas constituían la escuela y el jardín de infancia.
Detrás de las tiendas había una docena de chozas redondas con techos de paja.
Al final de la calle se había levantado un sencillo centro médico, el único edificio de hormigón.
Cerca de este había un parque infantil con aparatos hechos de neumáticos viejos y pintados, cercado por troncos de madera.
Habíamos conducido hacia el sur durante dos días para llegar allí.
Durante los últimos kilómetros, Sónia había seguido avanzando a toda velocidad por el estrecho y accidentado camino forestal.
Un cartel nos dio la bienvenida a Hupa. En el pueblo vivían veintisiete familias, unas doscientas personas.
Cuando bajamos del coche, la gente salió de las cabañas y entraron sonrientes en el parque infantil.
Llevaban sillas y se sentaron en ellas formando un círculo.
Los niños se acomodaron en el suelo y observaron con curiosidad.
Sónia y yo nos sentamos en las dos sillas vacías y el pequeño grupo nos miró fijamente.
Todos vestían ropa occidental: vaqueros, camisetas, blusas y faldas, y tanto las mujeres como los hombres tenían el cabello corto y encrespado.
Quizás esa era la manera en que siempre recibían a los visitantes de fuera. Sónia explicó por qué habíamos ido: queríamos aprender más del pueblo san, los famosos bosquimanos, una de las culturas de cazadores-recolectores más antiguas del mundo.
—Estamos muy felices de estar aquí —dijo enfervorizada—. Para mí, personalmente, ha sido un sueño de toda la vida conocer al pueblo san, porque tenemos mucho que aprender de ustedes; tal vez sean la salvación ahora que el mundo está a punto de ser destruido.
La congregación escuchaba con una sonrisa mientras Hamuti, el joven misionero que se había unido a nosotros como intérprete desde el pueblo más cercano, traducía.
Un hombre mayor acercó su silla a Sónia y a mí. Se llamaba Jibra Ferramento y vestía un pantalón ligero y una camisa grande estampada.
—¿Puedes preguntarle cuántos años tiene? —pedí a Hamuti.
Jibra se echó a reír al oír la pregunta. Luego dio una larga explicación.
—No lo sabe —tradujo Hamuti—. Dice que podría tener sesenta años. En cualquier caso, es muy viejo.
—Yo era cazador —dijo Jibra en la melódica lengua san.
Por supuesto, con la excepción de algún que otro préstamo portugués, no entendí nada.
El idioma parecía consistir en una serie de repeticiones de sonidos y palabras y en varios chasquidos.
Escuchaba fascinada mientras esperaba la traducción incompleta de Hamuti.
El propio Hamuti era san, pero no era un intérprete profesional y sus traducciones siempre eran mucho más cortas que las declaraciones originales.
Quizás estas no se dejaran traducir directamente.
—Cazábamos todo el tiempo —respondió Jibra en la traducción de Hamuti—.
Buscábamos animales. Dormíamos a la intemperie.
Cuando nos despertábamos seguíamos cazando.
Ahora vivimos de manera muy diferente. Ahora imitamos la vida de los demás.
Vivimos juntos, en un grupo grande. Antes solo vivíamos con nuestra familia inmediata en pequeños grupos.
—Los sans son famosos por encontrar su camino en todas partes —dije—. ¿Cuál es el secreto? ¿Cómo encuentran siempre su camino?
—En el pasado teníamos danzas —dijo Jibra—. Invocábamos a los espíritus cazadores. Ellos nos ayudaban. ¡Así es como lo encontramos!
Uno de los hombres mayores acercó su silla a nosotros. La gorra que llevaba cubría sus estrechos y arrugados ojos. Su nombre era Tchihuha y al parecer no estaba satisfecho con la explicación de Jibra.
—Antes caminábamos mucho —explicó—. Estábamos en todas partes, conocíamos todos los árboles. Solo comíamos una vez al día —agregó—. Si comíamos miel por la mañana no necesitábamos comer nada más ese día.
Los dos hombres mayores se lanzaron a una larga explicación sobre dos árboles en particular. Si uno masticaba las hojas de esos dos árboles, mezcladas con un poco de sal, no sentía hambre. Entonces podía pasarse una semana entera sin comer.
—Ahora ya no comemos esas hojas, porque ya no las necesitamos —dijo Jibra.
—Antes no teníamos ropa ni zapatos —dijo Tchihuha—. Usábamos pieles de animales. Nos comíamos su carne y nos vestíamos con su piel.
Les pregunté si recordaban algo de cuando eran niños. ¿Cómo habían sido? ¿Cómo habían pasado sus días?
Ambos se quedaron en silencio. Jibra negó con la cabeza.
Tchihuha miró hacia abajo. Entonces Jibra se echó a reír.
Riéndose, empezó a hablar con grandes gestos, moviendo los brazos de un lado a otro.
Se levantó de un salto de la silla y corrió hacia el árbol que proyectaba su sombra sobre nosotros, señaló el tronco y a sí mismo, luego se pellizcó el brazo.
Todos se rieron a carcajadas. Hamuti casi se cayó de la silla de la risa y se olvidó por completo de traducir.
—¿Qué ha dicho? —pregunté con curiosidad—. ¿Por qué se ríen todos?
—Oh, ha contado una historia sobre una vez que le picaron las abejas —explicó Hamuti—. Ha sido muy divertido.
Volví a mi tema habitual:
—¿Tuvieron ustedes contacto con los portugueses cuando estos estuvieron aquí?
—¡No, nos escondimos! —Los dos hombres se rieron. Siguió otra larga historia. Una señora jorobada se levantó, sacó una rama con hojas y comenzó a barrer la arena del suelo. Todos se rieron a carcajada tendida. Hamuti se rio tanto que tuvo que sujetarse la tripa.
—¿Qué han dicho? —pregunté cuando todos dejaron de reír.
—Que solían esconderse detrás de los árboles y barrer sus huellas para que los blancos no los encontraran. Les tenían miedo. ¡Pensaban que los iban a secuestrar!
Esa vez fue Tchihuha quien se levantó. Trotaba en círculo mientras hablaba. Con frecuencia se daba palmadas en las nalgas. El público lo observaba atentamente y gritaba de risa cada vez que se tocaba el trasero.
—Una vez hablaron con los portugueses —explicó Hamuti cuando dejó de reír—. ¡Les dijeron que tenían un amigo en el bosque que tenía cola! Los portugueses dieron con él y lo examinaron, ¡pero no encontraron ninguna cola!
El ambiente era alegre. Mis serias preguntas parecían malintencionadas:
—¿Lucharon ustedes durante la guerra civil?
—Sí, luchamos con el MPLA —confirmó Tchihuha—. Pero si hubiera venido a por nosotros otro grupo, ¡nos habríamos ido con ellos! —agregó. Mostró su mano derecha. Le faltaba la mitad del dedo anular. Había luchado quince años del lado del MPLA durante la guerra civil.
Un hombre más joven se acercó a nosotros armado hasta los dientes.
No con el tipo de armas que se habían utilizado durante la guerra, sino con armas de caza, herramientas simples y funcionales que habían permanecido prácticamente inalteradas durante miles de años: un arco y una flecha, un hacha sencilla, puntas de lanza de piedra unidas a cañas de bambú.
Jibra tomó el hacha, se acercó al árbol y la golpeó contra el tronco para mostrar cómo cazaban. Todos miraron con interés.
—Enseñamos a nuestros hijos a cazar —dijo Jibra—. Todos los hombres de aquí saben cazar.
—Somos originarios de Namibia —dijo Tchihuha—. Hace muchos años vinimos aquí a cazar. Vinimos aquí porque aquí había comida. En Namibia, además, los blancos querían que pagáramos impuestos. Aquí no teníamos que hacerlo. El pueblo fue fundado en 2003. O en 2002. Cuando había paz.
—Debió de ser un gran cambio para ustedes quedarse en un solo lugar —dije—. Como nómadas, estaban acostumbrados a desplazarse.
—Me gusta el cambio —dijo Tchihuha—. Es mejor estar aquí que ir de un lugar a otro. Ahora enterramos a los muertos en el cementerio. Antes simplemente los enterrábamos donde morían, sin marcar el lugar de ninguna manera. Ahora estamos más integrados en la sociedad.
Supuse que Tchihuha podría haber usado otras palabras, pero solo podía apoyarme en la traducción de Hamuti.
—La ventaja de vivir aquí es que podemos cultivar la tierra —prosiguió Tchihuha—. Tenemos una escuela. La vida antes no era buena. Sufríamos, pero no teníamos otra opción. No poseíamos nada. Pasábamos frío, pasábamos hambre. No estábamos bien.
Hoy quedan pocos sans. Los europeos forzaron a muchos de ellos a la esclavitud, y las guerras modernas les han pasado factura.
A lo largo de los siglos, además, otros grupos étnicos, principalmente los bantúes del norte, los han desplazado hacia zonas cada vez más secas.
En total quedan unos cien mil sans en África.
En Angola el número oscila entre los tres mil y los cuatro mil.
Casi ninguno de ellos se gana ya la vida como cazador y recolector.
—¿No tiene usted miedo de que la cultura san desaparezca, ahora que viven de manera tan diferente?
—No —contestó Tchihuha con firmeza—. La cultura no desaparecerá. Somos sans. Los sans somos sans.
Matam Pacheco era muy bajita. Se le habían grabado unos surcos profundos en el estrecho y puntiagudo rostro. Iba vestida con un pareo estampado y una chaqueta de lana morada demasiado grande.
—¡Tiene por lo menos cien años! —dijo la mujer que estaba sentada a su lado—. Ya era vieja cuando yo nací.
—¿Cómo era la vida antes, cuando era joven? —pregunté a la anciana.
—¡Oh, la vida antes era sufrimiento! Mucho sufrimiento. —Su voz era ligera y frágil—. Era difícil encontrar comida. Solo comíamos una vez al día. ¡Y hacía frío!
Se levantó la falda y mostró sus pantorrillas, que estaban cubiertas de heridas recientes y antiguas.
—Nos quemábamos con el fuego por las noches. Mire, ¡estoy llena de quemaduras!
—¿Había algo bueno en la vida de antes? —pregunté.
La mujer negó firmemente con la cabeza.
—Antes nada era bueno. Solo había sufrimiento. Ahora la vida es mucho mejor. Tenemos trabajo. Tenemos comida.
—¿Qué significan? —pregunté, señalando las joyas hechas de pequeñas piedras rojas y amarillas que llevaba alrededor del cuello.
—¡No significan nada! —Se echó a reír—. ¡Es solo moda!
—¿Se acuerda de la primera vez que se puso zapatos?
Matam se rio a carcajadas. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera recomponerse lo suficiente para responder:
—Empezamos a llevar zapatos cuando llegaron los portugueses. ¡Los primeros estaban hechos de neumáticos de coche!
—¿Qué pensó de los portugueses? —pregunté.
—Los blancos nos daban miedo. Cada vez que oíamos el ruido de un coche nos escondíamos. Si los blancos encontraban un san se lo llevaban y nunca volvía.
—Pero ¿está bien hablando conmigo?
Se rio con voz ronca.
—Sí, ahora estamos acostumbrados a los blancos. Los blancos traen sal y materiales.
—¿Cómo vivieron ustedes durante la guerra? —pregunté.
—Escapamos a las montañas. La guerra nunca llegó allí.
—¿Tiene hijos? —inquirí.
Bajó la cabeza. Había tenido una hija, pero murió hacía mucho tiempo, explicó la mujer que estaba a su lado. Dos de sus nietos seguían vivos.
—Quiero que los jóvenes vayan a la escuela, que se conviertan en médicos y maestros, que sean alguien en la sociedad —dijo Matam—. No quiero que vivan como vivimos nosotros.
—¿Es usted cristiana? —pregunté.
Matam se rio tanto que le temblaron los hombros.
—No, una vez fui a la iglesia. Después enfermé. Los espíritus se enfadaron. ¡Desde entonces no he vuelto a poner un pie en la iglesia! Antes tenía el espíritu de la danza dentro de mí. Pero ya se ha ido.
—¿Le preocupa que la cultura san desaparezca?
—¡No, en absoluto! ¿Por qué debería preocuparme por eso? Los sans somos sans.
Permaneció en silencio durante un rato. Luego dijo:
—Ahora este lugar es nuestro. Pero todos los lugares en los que yo he estado son míos.
Banibete Fina tenía veintiún años. Acababa de empezar la escuela y estaba aprendiendo a leer y escribir.
—Quiero aprender más —dijo en voz baja—. Entendía lo que yo le decía en portugués, pero respondía en lengua san.
—¿Por qué has decidido empezar la escuela? —pregunté—. Era tan tímida que tenía que sonsacarle las respuestas.
—Quiero estudiar para ser alguien en nuestra comunidad.
—¿Por qué has empezado la escuela tan tarde? —le pregunté. Bajó la mirada.
—Cuando era niña no quería ir a la escuela. Me escapaba. Las personas mayores tampoco habían ido, y yo quería ser como ellas. Pero es bueno ir al colegio. Ahora sé leer y escribir. Sé escribir mi nombre.
—¿A qué te dedicabas antes de empezar la escuela?
Sonrió amablemente.
—Cazaba. Aves y otros animales de caza menor.
—¿Te gusta cazar?
—Sí. Pero es agotador.
—¿Eres cristiana?
—Sí.
—¿Llevas mucho tiempo siéndolo?
—Tres años.
—¿Desde que vas al colegio?
—Sí.
—¿Por qué empezaste a ir a la iglesia?
—Para estar con los demás.
—¿Te gustaría mudarte a una ciudad?
—Sí, me gustaría vivir en otro lugar. Empezar un negocio. Sacar a mi familia adelante.
—¿Qué quieres enseñar a tus hijos cuando tengas tu propia familia?
—Que tienen que ir al colegio. Quiero enseñarles a ser personas importantes en la sociedad.
—¿Les enseñarás a cazar?
Se echó a reír.
—¡No! No, no.
—¿Qué significa para ti ser san?
—San es mi color de piel.
El Toyota zumbaba, chirriaba y rugía en el casi intransitable camino forestal, pero Sónia estaba inusualmente callada.
—Ha sido muy interesante hablar con los sans —dije—. Es muy fácil idealizar a los indígenas, pensar que su cultura y su forma de vida deben preservarse a toda costa, pero sus vidas no han sido un camino de rosas. Han muerto de hambre y de frío. Parece que todos piensan que ahora están mejor.
—¿De verdad crees que lo han dicho en serio?
¿No piensas, más bien, que han dicho lo que creían que queríamos oír?
—preguntó Sónia sin apartar la vista de la carretera—.
No hemos estado a solas con ellos, ¿no te has dado cuenta?
Hemos estado rodeados de funcionarios del Gobierno.
¿Te has fijado en el hombre del sombrero que ha estado merodeando constantemente a nuestro alrededor? Le tenían miedo.
Al pensar en ello recordé a un hombre que era más alto que los demás y que vestía con ropas más limpias y elegantes. En todo momento se mantuvo a cierta distancia, pero nunca estuvo demasiado lejos, sino siempre lo bastante cerca como para poder escuchar lo que se decía.
—No creo que hablaran libremente —continuó Sónia—. Era como una lección aprendida. O, quién sabe, tal vez incluso hayan comenzado a creérselo de verdad. Pero no creo que en épocas anteriores solo sufrieran. Pienso que eso es algo que se dicen a sí mismos para defender la vida que llevan ahora.