Creíamos saber lo que era la guerra #2
El 11 de noviembre de 1975, Angola se independizó oficialmente.
Poco antes de la medianoche, el líder del MPLA, Agostinho Neto, se autoproclamó presidente de la República Popular de Angola.
Al día siguiente, Holden Roberto, líder del FNLA, declaró Estado independiente la República Popular Democrática de Angola y estableció un Consejo Nacional Revolucionario junto con el líder de la Unita, Jonas Savimbi.
En lugar de libertad, Angola sufrió una devastadora guerra civil durante veintisiete años.
El MPLA tenía apoyo entre la población urbana de Luanda y en las ciudades costeras, entre las personas que hablaban portugués y que tenían fuertes lazos culturales y económicos con Portugal, los llamados lusoafricanos.
La Unita tenía su base en el sudeste y contaba con su mayor número de seguidores entre los agricultores de las tierras altas.
El país estaba dividido, como el mundo entero, entre el este y el oeste, entre el norte y el sur, entre el comunismo y el capitalismo.
En Angola, la guerra fría estaba muy caliente: las partes beligerantes recibían ayuda de sus respectivas superpotencias.
El MPLA obtenía apoyo principalmente de la Unión Soviética y de Cuba, mientras que la Unita recibía asistencia financiera y militar de Estados Unidos y del régimen del apartheid implantado en Sudáfrica.
Decenas de miles de soldados cubanos y sudafricanos luchaban en el campo de batalla angoleño, como peones en un juego ideológico global.
Ni el MPLA ni la Unita eran movimientos claramente democráticos. Tras un intento de golpe de Estado dos años después de la independencia, Agostinho Neto se aseguró de erradicar toda oposición interna. Es probable que decenas de miles de personas fueran asesinadas durante las purgas.
A principios de la década de los noventa del siglo pasado, cuando la Unión Soviética se tambaleaba, el sucesor de Neto, José Eduardo dos Santos, intentó negociar un acuerdo de paz con la Unita y su líder, Savimbi.
Se celebraron elecciones y Dos Santos ganó la primera vuelta.
La Unita se negó a reconocer los resultados y volvieron a estallar los combates.
La guerra civil se prolongó durante otra década, hasta 2002. En febrero de ese año, Jonas Savimbi fue asesinado por las fuerzas gubernamentales. Unos meses más tarde, la lucha armada terminó formalmente.
Después de la guerra, Dos Santos concedió una amnistía a los soldados de la Unita y a sus familias. La Unita se transformó en un partido político, relegado a una oposición eterna.
Se estima que un millón y medio de personas perdieron la vida durante la guerra civil.
Cuatro millones, un tercio de la población, fueron desplazadas internas.
Un millón y medio huyeron del país. La esperanza de vida era de cuarenta y siete años, y uno de cada cinco niños moría antes de cumplir los cinco.
Tras casi cuarenta años de guerra continua, Angola estaba en ruinas.
Veinte años después se han limpiado esas ruinas, se han reconstruido los puentes, se ha reparado la red de carreteras y se han restaurado los bloques de apartamentos, las escuelas y los edificios administrativos, todo ello gracias al auge petrolero de la primera década del siglo XXI .
Pero los recuerdos no se pueden reparar. Están encerrados en los cuerpos de la posguerra. Las sinapsis del cerebro tienen encapsulados sonidos, olores e imágenes que no se pueden retocar ni borrar; los reflejos no se pueden desaprender.
Jeremías es uno de esos cuerpos. Es padre de tres hijos y tiene cincuenta años, pero parece un atleta de alto nivel.
También es profesor de gimnasia y director de la Dirección Provincial de Cultura, Turismo, Juventud y Deporte.
Un retrato del presidente Lourenço es la única decoración en la pared sobre su ordenado escritorio.
—Sobreviví a la guerra de Huambo —dice con calma, cruzando las manos bajo la barbilla. La guerra de Huambo estalló el 9 de enero de 1993. Era viernes, alrededor de las dos de la tarde.
»Nadie salió durante los primeros tres o cuatro días.
Entonces comenzó la lucha por la supervivencia.
Teníamos que salir a buscar comida y agua.
Para evitar que nos vieran nos pegábamos a las paredes.
El mejor momento era cuando los aviones bombardeaban.
Entonces todo el mundo se asustaba y nadie disparaba.
»La gente acudió en masa al ayuntamiento y a la iglesia adventista. Pensaban que allí estarían a salvo, pero no había ningún lugar seguro. Bombardearon el ayuntamiento. Cayeron cinco bombas cerca de la iglesia.
»Durante las primeras dos semanas se enterraba a la gente en ataúdes. Luego, como ya no quedaba más madera, empezaron a enterrarlos en coches siniestrados, o simplemente los dejaban sin más en el suelo. Había muertos por todas partes.
»Estuve en la zona de guerra durante tres semanas.
Luego escapé. Huir era mortal, pero era aún más peligroso quedarse.
Los intensos combates duraron cincuenta y cinco días.
La Unita se hizo con el control de la ciudad y trató de normalizar la vida cotidiana.
Regresé a casa. La escuela había reabierto y volví al trabajo.
Los hijos del líder de la Unita, Jonas Savimbi, estaban en mi clase.
Para él era importante mostrar a la gente que sus hijos iban a la escuela.
Las organizaciones humanitarias distribuían judías, maíz y aceite, pero no era suficiente.
Las personas se morían de hambre. Era del todo imposible conseguir sal. La gente se lamía el sudor.
»Aunque por el momento la guerra había terminado, los bombardeos continuaban. Todos los días nos bombardeaban aviones rusos.
»Después de dos años, las autoridades recuperaron la ciudad. Tuvieron el control por un tiempo, pero estaba ardiendo. Huambo se convirtió en un pueblo fantasma.
»La Unita intentó recobrar la ciudad. Cayeron varias bombas en pleno centro.
Vi cómo atropellaron a un hombre que iba montado en una bicicleta.
Perdió una pierna y murió. Aquí, en el casco antiguo, había tiroteos muchas veces al día y minas por todas partes.
Conocí gente que suplicaba que les dispararan, no que los dejaran vivir.
»Hoy en día muchas de las huellas físicas de la guerra han desaparecido, pero las emocionales nunca lo hacen. Durante la contienda solíamos escuchar música de Cabo Verde. Cada vez que escucho esa música vuelvo a la guerra.
»Quien no ha experimentado la guerra en primera persona no puede entender lo que implica. Creíamos saber lo que era. Habíamos visto películas bélicas. No teníamos ni idea de lo que era.
»Ahora hay una guerra en Europa, pero es un conflicto diferente. Los rusos intentan evitar matar civiles. Lo he visto en la televisión. La de Huambo fue una guerra de exterminio.
»Nuestro tiempo es el de después de la guerra. La posguerra. Aún hay muchas heridas abiertas.
El orfanato está cerrado, pero sigue lleno de niños. La mayoría juegan al fútbol, algunas chicas están juntas hablando. En una de las pocas habitaciones que aún están amuebladas está sentado un hombre de poco más de treinta años. Nació en 1989, catorce años después de la independencia de Angola.
Toda una generación creció en medio de la guerra.
Albino pertenece a ese grupo. Lleva vaqueros de moda agujereados, su cabeza está bien afeitada y su barbilla, enmarcada por una barba corta y negra. Sus ojos son grandes y serios.
—Crecí en una familia común —dice—. Pero mis padres discutían mucho y al final se divorciaron.
Yo tenía cinco años. De un día para otro la familia se desintegró.
Dejó de existir. Papá enfermó de la cabeza y tuvo que ir al hospital.
Su familia echó toda la culpa a mamá, pero ella también cayó enferma.
Nuestra familia estaba dividida. Una de mis hermanas y yo nos quedamos con mi mamá, mientras que mis otros dos hermanos se mudaron con mi papá.
»Mamá tenía que mantenernos sola. Vendía ropa y comida en la calle, pero cada vez tenía que ir más lejos para conseguir nuevos productos.
Por lo general, se ausentaba durante dos semanas.
Mi hermana y yo nos quedábamos solos en casa cuando ella no estaba.
Un día no volvió. La esperamos y la esperamos, mi hermana y yo.
Dos meses después ya no teníamos comida.
Logramos reunirnos con la nueva familia de papá, pero a su nueva esposa no le caímos bien.
Nos golpeaba y maltrataba. Yo casi todos los días caminaba hasta la parada de taxis en la que mi mamá había cogido el minibús.
Fue allí donde me despedí de ella por última vez.
Solía quedarme allí todo el día esperando.
»No fue hasta dos años después de la desaparición de mi madre cuando mi padre se enteró de que ella había muerto. El minibús en el que viajaba había volado por los aires. Mamá se había quemado.
»De todos modos seguí esperando. Aunque cada vez me iba haciendo más a la idea de que no volvería.
»La nueva esposa de papá me pegaba todos los días.
Un día fui a la escuela y nunca más volví a casa.
En la calle encontré la paz. Tenía más familia allí que en casa.
Continué yendo a la escuela, pero mi ropa se ensuciaba y se hacía jirones, y tenía hambre.
Los otros niños se reían de mí. Así que decidí aprender por mi cuenta.
Cuando empezaban las clases me sentaba con los libros.
En ese momento estaba aprendiendo a leer.
»Había otros niños en la calle, niños de mi edad.
Ninguno de nosotros confiaba en los adultos.
Estos pegaban, esa era nuestra experiencia.
Éramos un grupo de cuatro o cinco personas que se mantenían unidas.
Mendigábamos las sobras en restaurantes y mercados.
Lavábamos motos. Lo pasé bien, creo. En la calle nadie me pegó mientras dormía.
»Pero la vida en la calle también era dura. Recuerdo una vez que mis amigos y yo íbamos a dormir. Nos acostamos y nos cubrimos con una manta. Cerca había algunos adultos borrachos. Uno de ellos cogió una piedra y nos la tiró. La piedra golpeó a Fernando. Nunca olvidaré su nombre. Fernando.
»Al día siguiente regresamos. Fernando se había ido. El suelo todavía estaba cubierto de sangre. Nunca más volvimos allí.
»Un día una señora nos trajo comida caliente y rica.
También nos dio una manta. Volvió varias veces, y siempre traía comida.
Yo aceptaba los alimentos, pero mantenía la distancia.
Un día nos preguntó si queríamos bañarnos.
Se acercó a nosotros lentamente. Nos dijo que podíamos ir con ella.
Tenía un lugar en el que podíamos dormir.
»Al final vine aquí con ella. Al principio no dormía aquí, pero luego descubrí que había libros y decidí quedarme. Quería ir a la escuela. Mis amigos también se mudaron aquí. Aquí había muchos con la misma historia que nosotros. Poco a poco fui mejorando.
»No recuerdo cuándo llegué aquí, pero sí cuándo se firmó el acuerdo de paz en 2002. Entonces yo ya estaba aquí. Había muchos soldados en las calles, también tanques. Pensamos que era otra guerra y corrimos a escondernos. Todo el mundo lloraba.
»Si no hubiera habido una guerra, mi mamá no se habría quemado y yo no habría terminado en la calle.
La calle siempre es un lugar peligroso para los niños, pero cuando hay una guerra lo es aún más.
Una vida no vale nada. Como era pequeño no recuerdo mucho del conflicto.
No recuerdo ningún tiroteo, ningún bombardero, ningún bombardeo. Solo me acuerdo de Fernando.
»En otoño me graduaré oficialmente como contable.
Tengo un apartamento público que alquilo barato y un trabajo fijo en una empresa.
Todo lo que poseo se lo debo a Sónia. Ella me ha dado más amor que nadie.
A pesar de que éramos sesenta niños aquí, de alguna manera ella tenía suficiente amor para todos.
He visto a Sónia librar muchas batallas. De ella he aprendido a luchar.
»Todavía tengo esperanza en este país. Creo que Angola tiene un futuro mejor por delante. ¿Tú no lo crees?
La guerra terminó hace mucho tiempo y este ha curado casi todas las heridas. Pero los dedos de los pies no vuelven a crecer. Las pantorrillas y los muslos, tampoco.
Cuando las partes beligerantes depusieron las armas habían logrado enterrar un millón de minas terrestres.
El Centro de Medicina Física e de Reabilitação «Princesa Diana» abrió sus puertas en 1979 y ha permanecido abierto desde entonces.
Durante más de cuarenta años ha fabricado prótesis y muletas, ayudando así a miles de víctimas de minas terrestres a volver a caminar.
El centro recibió su apodo real en 1997, cuando la princesa Diana de Gales visitó Huambo.
A la luz de la fama, el dinero y los donantes llegaron a raudales, y desde ese momento se han desactivado cientos de miles de minas.
Hace un par de años, el príncipe Harry de Inglaterra pasó por allí y las donaciones volvieron a aumentar.
El centro de rehabilitación no era en absoluto lujoso, pero las instalaciones estaban limpias y ordenadas y eran bastante modernas. Ojalá todos y cada uno de los hospitales de Angola recibieran alguna visita distinguida de vez en cuando.
—Los que llevamos trabajando aquí desde el principio ya somos viejos —dijo uno de los veteranos de la administración—. Ahora estamos formando a la siguiente generación de fabricantes de prótesis.
En los últimos dos años no habían recibido ni una sola nueva víctima de minas en el centro. El objetivo es que Angola esté libre de minas para 2025, pero todavía quedan más de mil campos minados en el país.
Una guerra termina cuando las partes deponen las armas y firman un acuerdo de paz duradero, o cuando una de ellas tira la toalla y capitula.
Pero ¿cuándo comienza la paz?