Los navegantes Números
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Números

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Los tocones negros y desgastados que sobresalían del agua eran todo lo que quedaba del muelle.

El viejo cacharro de Sónia había logrado llevarnos, con temblores y traqueteos, a poco más de tres kilómetros al sur, de Lobito a Benguela, uno de los puertos de comercio de esclavos más importantes de toda África.

Una placa conmemorativa de mármol descansaba sobre un bloque de hormigón torcido de medio metro de altura, medio cubierto de arena.

El mármol estaba roto en la esquina derecha, las grietas se extendían por la placa como tejido cicatricial.

Las palabras de recuerdo grabadas en la piedra ya se estaban convirtiendo en arqueología.

Pude contar ocho tocones podridos. Ni siquiera tuve que esforzarme. A simple vista vi que eran ocho. Pero ¿y las piedras grandes y lisas que había en la arena? ¿Podía contarlas? Por supuesto que podía, pero entonces tenía que contar. Conté cincuenta y tres piedras grandes y medianas en la arena.

Ahora bien, ¿qué pasa con los granos de arena? ¿Qué pasa con las ondas en la superficie del agua? En algún momento los números se vuelven abstractos. Hasta ocho podría contar con los dedos de las manos, pero ¿y un millón? ¿Es posible imaginar doce millones?

De 1514 a 1867, más de doce millones de esclavos encadenados fueron transportados a través del Atlántico.

Los portugueses asumieron la mitad del comercio transatlántico esclavista, seis millones de personas en total. En comparación, Portugal tenía poco más de cuatro millones de habitantes en 1867.

Alrededor de cinco millones de los esclavos africanos que fueron transportados a través del océano Atlántico terminaron en Brasil. La mayoría procedían de Angola. Ningún otro país perdió tantas personas a causa de la trata transatlántica esclavista.

Luanda fue el mayor puerto de comercio de esclavos de Angola. Casi la mitad de ellos eran transportados desde allí. Benguela, donde nos encontrábamos en ese momento, ocupó un buen segundo lugar.

De Benguela a Río de Janeiro hay poco más de seis mil kilómetros, unas tres mil trescientas millas náuticas.

La travesía de Benguela a Brasil solía durar entre uno y dos meses.

Entre el 15 y el 30 % de los esclavos morían antes de llegar a los barcos, ya fuera durante la marcha desde el interior hasta el puerto esclavista o durante su estancia en las mazmorras del muelle, donde cientos de cautivos eran hacinados en condiciones inhumanas.

Entre el 10 y el 15 % morían durante la travesía.

Los cadáveres que se arrojaban al mar a diario hicieron que los tiburones del Atlántico cambiaran sus rutas migratorias y empezaran a seguir a los barcos negreros.

Así, por cada diez esclavos que llegaban al Nuevo Mundo, al menos tres morían por el camino. La esperanza de vida tras su llegada a las plantaciones de América era de siete a ocho años. En algunos lugares, como Haití, era de tan solo tres.

Doce millones de personas. Eso equivale a ciento treinta y tres estadios de Wembley llenos. O más del doble de la población de Noruega. Si uno quisiera contar hasta doce millones y lo hiciera contando un número por segundo sin dormir ni descansar en ningún momento, le llevaría más de seis meses.

Caminé hasta la playa y me acerqué a la placa conmemorativa.

De las pocas letras que eran legibles pude descifrar las primeras palabras: MARCO HISTÓRICO DA FUNDAÇÃO DA IECA .

11/11/2005 – CELEbrAÇÃO DOS 123 ANOS DE EVANGELIZAÇÃO [MONUMENTO CONMEMORATIVO DE LA FUNDACIÓN DE LA IECA .

CELEbrACIÓN DE 123 AÑOS DE EVANGELIZACIÓN].

También pude descifrar las palabras E STADOS U NIDOS y MISSÃO , misión.

Más tarde supe que IECA significa Igreja Evangélica Congregacional em Angola [Iglesia Evangélica Congregacional en Angola], una rama de la moderna iglesia libre americana United Church of Christ, la Iglesia Unida de Cristo.

Estaba segura de que había una conexión entre los tocones del agua y la placa, de que las palabras del mármol honraban la memoria de los muchos cientos de miles de personas que habían sido obligadas a subir a ese muelle del que solo quedaban esos ocho tocones y luego a embarcar, primero en pequeños barcos, después en grandes veleros con bodegas oscuras y estrechas, en las que yacían encadenadas, muy juntas, mientras el casco se iba meciendo suavemente sobre el Atlántico.

Pero el monumento conmemoraba el triunfo del alma, no la quiebra del cuerpo.