Reina en ropa de hombre #3
Nzinga mantuvo abiertos los canales diplomáticos en todo momento.
Si los portugueses cumplían con el acuerdo alcanzado, ella prometía detener la guerra y restablecer las rutas comerciales de esclavos.
Pero los portugueses preferían los ataques, que podían combinarse convenientemente con incursiones esclavistas en el interior.
En 1626 lanzaron una gran campaña contra Nzinga.
Tras meses de feroces combates, los portugueses lograron hacer huir a la reina, pero no capturarla.
En su lugar pusieron al descendiente de una familia real rival como rey vasallo.
Este accedió a todas las demandas portuguesas, incluido el pago de un centenar de esclavos como tributo anual.
Nzinga se pasó a la guerra de guerrillas.
Ya no tenía una base permanente, pero aún contaba con muchos seguidores.
Tres años más tarde, los portugueses intentaron capturarla de nuevo.
Durante la campaña, en la que participaron portugueses, guerreros locales y esclavos, cientos de aldeas fueron destruidas y miles de personas, jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, fueron capturadas y enviadas como esclavas a las plantaciones de azúcar de Brasil.
Nzinga también escapó por poco de los portugueses esa vez, pero sus dos hermanas acabaron prisioneras en Luanda.
La reina buscó refugio entre los imbangalas.
Para poder acceder a ellos tuvo que casarse con Kasanje, el más poderoso de todos los líderes de ese pueblo, y adoptar sus costumbres.
Del mismo modo que había aprendido el catecismo con entusiasmo y se había bautizado para aliarse con los portugueses, aprendía en ese momento las tradiciones de los imbangalas.
Estos aparecieron en la actual Angola en el siglo XVII .
No está claro de dónde procedían originalmente, es posible que de algún país vecino o del sur de Angola.
Durante ese siglo establecieron el reino de Kasanje, llamado así por el líder con el que se casó Nzinga, en el actual nordeste de Angola, en las tierras que hoy conforman las provincias diamantíferas de Lunda Norte y Lunda Sur.
Los portugueses no se hicieron con el control de Kasanje hasta principios del siglo XX .
En la época de Nzinga, los imbangalas todavía vivían como un pueblo guerrero nómada.
Los guerreros estaban sujetos a reglas estrictas y la afiliación se basaba en ritos de iniciación, no en el parentesco.
Las mujeres tenían que abandonar el kilombo, el campamento, para dar a luz.
Sus hijos eran entonces entrenados en el arte de la guerra.
Si un niño nacía en el interior del campamento, era asesinado o expuesto a la muerte.
Para ganarse el respeto de los imbangalas, Nzinga tuvo que someterse a sus ritos de iniciación.
Lo que estos suponían es objeto de debate.
Los imbangalas eran conocidos por su canibalismo y se dice que se untaban con un aceite sagrado antes de ir a una batalla.
Se afirma que ese aceite se elaboraba a partir de restos humanos triturados.
Según los informes, los líderes tenían que untarse con un aceite hecho con los restos de sus propios bebés.
Como Nzinga no tenía hijos, presuntamente cogió al bebé de una de sus sirvientas, lo aplastó con un mortero y se untó con el aceite de su cadáver.
Con el tiempo, Nzinga llegó a ser la lideresa de un formidable ejército de cien mil mujeres y hombres, formado tanto por imbangalas como por su propia gente de Ndongo.
Con la ayuda de ese poderoso ejército subyugó el reino vecino de Matamba, que se convirtió en su base para el resto de su vida.
Durante ese periodo, Nzinga se vestía como un hombre y exigía que se dirigieran a ella como rey, probablemente para ganarse el respeto de sus seguidores.
Los concubinos tenían que vestirse igual que sus compañeras femeninas y dormir bajo el mismo techo que ellas.
Cualquier forma de contacto corporal entre los sexos estaba estrictamente prohibida.
Durante los siguientes cinco lustros no hubo ni un solo año sin enfrentamientos entre las fuerzas de Nzinga y los portugueses y sus aliados africanos.
En 1641, Nzinga recibió una ayuda inesperada del norte: veintidós barcos neerlandeses llegaron a Luanda repletos de soldados.
Los Países Bajos necesitaban esclavos para las áreas del nordeste de Brasil, que habían conquistado a Portugal una década antes.
Nzinga aprovechó la oportunidad y entabló una sangrienta colaboración con los europeos recién llegados: los enemigos de los portugueses eran sus amigos.
Grande fue el asombro cuando, durante una campaña contra el campamento de Nzinga, los portugueses encontraron a una mujer flamenca embarazada entre las chozas abandonadas.
Al mismo tiempo, hallaron una carta de una de las hermanas de Nzinga, que todavía estaba cautiva en Luanda.
La carta contenía información militar sobre los planes de los portugueses y explicaba por qué Nzinga siempre parecía ir un paso por delante. Como castigo, la hermana fue ahorcada.
Desafortunadamente para Nzinga, los neerlandeses no estaban allí para quedarse.
En 1649, los portugueses enviaron una gran armada desde Brasil, y los primeros decidieron retirarse mientras la situación aún era favorable.
Los enfrentamientos entre los portugueses y los aliados de Nzinga continuaron sin cesar.
Durante las campañas más importantes, se dice que los portugueses acumularon más de treinta mil soldados.
Aun así, nunca pudieron capturar a Nzinga ni obligarla a rendirse.
La reina ya tenía entonces más de sesenta años.
Tal vez por eso cambió de táctica: a lo largo de la década de los cuarenta del siglo XVII buscó soluciones diplomáticas.
Tenía dos objetivos declarados: lograr la paz en el reino y liberar a su hermana superviviente, Kambu, o Bárbara, que era el nombre que esta prefería usar en lo sucesivo.
Durante sus años de cautiverio, la hermana había sido bautizada y, según se informa, llevaba una vida católica piadosa.
También Nzinga se inclinó cada vez más hacia el catolicismo.
Como señala su meticulosa biógrafa, Linda Heywood, era una experta en aplicar y combinar expresiones religiosas y culturales para lograr sus objetivos, pero la doctrina católica acabó convirtiéndose en algo más que una estrategia.
Nzinga suplicó a la orden de los capuchinos, activa en el Congo, que enviara más misioneros a Ndongo, y finalmente accedieron a mandar a dos hermanos, los padres Gaeto y Cavazzi.
Los monjes la ayudaron durante las negociaciones con los portugueses, y las biografías que luego escribieron se encuentran entre las fuentes contemporáneas más importantes que tenemos sobre Nzinga, aunque no son del todo imparciales.
Los acuerdos con los portugueses se prolongaron.
Nzinga insistió en ser reconocida como reina de Ndongo y Matamba y en ser tratada como una socia igualitaria.
Prometió construir iglesias y abrir el país a misioneros y traficantes de esclavos, así como enviar soldados adonde el rey portugués ordenara.
Al final, los portugueses aceptaron a regañadientes que no tuviera que pagar con esclavos como tributo anual.
En 1656, después de más de treinta años de batalla, se firmó el tratado de paz, y Nzinga por fin se reunió con su hermana.
Cuando el rey de Portugal, Juan IV, murió ese mismo año, Nzinga declaró luto nacional y se vistió con ropas de duelo portuguesas.
En los últimos años de su vida se esforzó por hacer de Ndongo un reino católico.
A los setenta y cinco años se dejó finalmente persuadir por los monjes para llevar una vida de monogamia piadosa.
Echó a sus cuarenta concubinos y se casó con un hombre bastante más joven.
Como regalo de bodas, a su esposo le dieron quinientos esclavos para que pudiera vivir de manera cómoda.
La capital fue rebautizada como Santa María de Matamba, y la propia Nzinga exigió que se la llamara Ana.
Durante esos últimos años, Nzinga envió varias cartas al papa.
Cuando recibió respuesta de Roma tras muchos años de espera lo celebró con una gran fiesta.
El papa se refirió a ella como una hija de Cristo, le dio la bienvenida a la verdadera fe cristiana y escribió que rezaría por su país.
Para Nzinga, la bendición del pontífice significaba que Matamba y Ndongo estaban asegurados.
Si el papa reconocía su reino, los portugueses tendrían que hacer lo mismo, razonó.
Nzinga abogó por la cristianización del país con renovado fervor e hizo construir iglesias y cementerios, así como una escuela en la que los sacerdotes pudieran enseñar el catecismo a los niños.
Ella misma pasaba horas rezando cada semana.
Sin embargo, sus súbditos no estaban tan entusiasmados con la nueva religión.
Cuando no había un número suficiente de personas que se dejaban bautizar por propia voluntad, Nzinga recurría a medidas más duras.
Se quemaron altares paganos y otros objetos de culto.
Los sacerdotes tradicionales que seguían practicando corrían el riesgo de ser vendidos a traficantes de esclavos portugueses: mientras que los sacrificios humanos estaban entonces estrictamente prohibidos en todo el reino, el comercio de esclavos no planteaba un gran dilema moral ni a Nzinga ni a los portugueses ni a la Iglesia católica.
En 1663, para rematar la faena, Nzinga mandó construir una iglesia en la capital, el edificio de piedra más grande del interior de Angola.
Llegaba gente de todas partes para admirar esa maravilla.
En el otoño de ese año la reina cayó enferma.
Después de unos meses en cama, murió a los ochenta y un años.
De acuerdo con los deseos de Nzinga, su hermana Bárbara fue coronada como la nueva ngola de Ndongo y Matamba.
La paz no se asentó de ninguna manera en el reino cristiano, y pronto se dieron las condiciones para una guerra civil.
Tras solo dos años en el trono, Bárbara fue asesinada por su propio pueblo.
Su sucesor también fue asesinado, y en 1681 los portugueses lanzaron otro ataque a gran escala.
No sería la última vez. La colonización de Angola, la joya de la corona, fue una lucha desde el principio y costó sudor y sangre, principalmente sudor y sangre africanos.
Tras la muerte de Nzinga, mujeres fuertes continuaron gobernando Ndongo y Matamba a lo largo de más de cien años, un legado de esa reina guerrera que durante amplios periodos se había vestido y comportado como un hombre para inspirar respeto.
Nzinga es hoy venerada como la madre de toda Angola, pero el reconocimiento ha llegado lentamente.
En 2013 se estrenó el primer largometraje sobre ella, y diez años después Netflix hizo una breve serie documental en torno a su figura.
La historia nunca es neutral, siempre está cambiando y negociándose.
Como es bien sabido, son los vencedores los que la escriben, no en vano se les llama vencedores y no vencedoras.
Pasarían casi treinta años después de la victoria final sobre los portugueses en 1975 antes de que las autoridades angoleñas dispusieran que se erigiera una estatua de Nzinga en Luanda.
Se encuentra en el antiguo mercado de esclavos de Kinaxixi, un lugar adecuado para alguien que comerció con ellos y que durante gran parte de su vida luchó contra los traficantes esclavistas portugueses.
La historia de la madre sin hijos de Angola es tan complicada y está tan llena de contrastes como el propio país.
Los cuatro sobas se enfrascaron en una larga discusión sobre la tortuosa y fascinante historia del país.
Con entusiasmo, hablaron de los antiguos reinos y sus conflictos internos, de cómo los portugueses cambiaron el mapa, de la resistencia y la libertad, y finalmente de la guerra civil de veintisiete años, que fue al menos tan compleja como la historia más antigua del país.
—A raíz de todas las guerras hemos llegado a conocer el valor de Dios —resumió el senhor António.
Los tres colegas asintieron con mucho respeto. Aproveché el silencio para deslizar una pregunta sobre el papel de los sobas durante la época colonial.
—Algunos eran traidores y trabajaban para el Gobierno —respondió el senhor António—. Construyeron carreteras para los blancos y les proporcionaron trabajadores. Pero nuestra tarea es mediar. Nuestra tarea es resolver los problemas de la gente en la comunidad local.
Los sobas parecían animados, y probablemente podrían haber continuado discutiendo sobre historia y brujería entre sí durante el resto del día.
Los portugueses nunca entendieron su cultura, repetían, nunca comprendieron la importancia de sus rituales y danzas, ni los problemas del feitiço o la diferencia entre este y la magia.
Yo tampoco estaba segura de haberlo entendido.
Un mundo así, un mundo de cosmologías y dioses, de causas y conexiones que competían entre sí, es el mundo por el que tuvo que navegar Nzinga.
Estaba mareada con los diversos reinos y todas las teorías sobre la magia y el feitiço, todo en un idioma que acababa de aprender y que tenía que esforzarme por entender.
Les agradecí efusivamente la charla y ellos también me dieron las gracias a mí, uno tras otro, y cuando todos terminamos de darnos las gracias, los sobas comenzaron una nueva ronda, me dieron las gracias a mí y se las dieron entre sí, y yo también les di las gracias a ellos, les agradecí las ideas que habían compartido conmigo y su hospitalidad; no, era a mí a quien había que dar las gracias, por haber hecho un viaje tan largo y estar tan interesada en su país.
Los agradecimientos cesaron. Al salir por la puerta me ascendieron a avó, abuela. Un gran honor, según Sónia.
Fuera, dos sobas estaban sentados en el suelo rodeados de lo que claramente eran dos familias en conflicto.
No entendí todo lo que dijeron, pero sí que se trataba de feitiço.
Una mujer habló en voz alta durante un buen rato y señaló a una persona del otro grupo, que enseguida empezó a protestar.
Me quedé allí de pie escuchando, porque tenía curiosidad por saber de qué iba la acusación, pero Sónia me empujó.
—Es un asunto privado, no podemos interferir —dijo—. Tenemos que irnos.
Teníamos que irnos, pero el coche no quería arrancar. Sónia se esforzó por ponerlo en marcha, pero él se limitó a toser débilmente y volvió a quedarse en un silencio sepulcral. Todo un pelotón de sobas tuvieron que empujarlo para que arrancara.
Y cuando por fin el coche se puso en marcha, ellos se quedaron allí de pie mirándonos con preocupación.