Los navegantes Reina en ropa de hombre
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Reina en ropa de hombre

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Sónia entró derrapando en el aparcamiento de delante del hotel.

Llegó media hora tarde y teníamos poco tiempo.

Íbamos a hablar con un soba, un líder tradicional.

Los sobas de hoy ejercen como líderes distritales o comunitarios y reciben un salario modesto del Gobierno, al que a menudo apoyan activamente, pero su papel tiene raíces más antiguas.

Había sobas en Angola mucho antes de que los portugueses llegaran al país.

Aparcamos frente a una casa humilde. La plaza de enfrente estaba llena de caballeros vestidos de caqui; todos lucían chaquetas de uniforme formal, camisas blancas y corbatas, y en la cabeza llevaban una gorra de color caqui similar a la de la policía.

Eran los tradicionales sobas.

Sónia se acercó a uno de ellos y le explicó nuestra misión.

Él se mostró escéptico y no sabía si podía hablar conmigo.

Al fin y al cabo, se trataba de asuntos confidenciales.

Cuando Sónia aseguró que teníamos permiso del administrador del distrito, el ambiente cambió.

Nos hicieron señas cortésmente para que entráramos en la casa y nos llevaron a una habitación sencilla y vacía.

Los sobas sacaron sillas y se sentaron en fila en el centro de la estancia.

Sónia y yo nos sentamos la una frente a la otra.

Les expliqué que estaba escribiendo un libro sobre Angola y que quería aprender más sobre la historia y las tradiciones del país.

El líder de los sobas, que se presentó como el senhor Amândio, comenzó dando las gracias a todos los presentes, y a mí en particular por mi interés en Angola.

—Nuestro trabajo es resolver los problemas de la gente en la comunidad local —explicó.

—¿Qué problemas son los más comunes? —pregunté.

—Robos y hurtos. —El senhor Amândio vaciló un poco—. O al menos esos eran los problemas más comunes antes. Hoy en día, las acusaciones de feitiço son probablemente las más habituales. Para nosotros, el feitiço es lo mismo que la magia para los europeos.

—Pero nosotros, los africanos, no hablamos de magia —explicó otro soba.

Se llamaba senhor Xavier e iba vestido con una sencilla camisa caqui, sin chaqueta ni corbata.

Llevaba colgada al hombro una bolsa azul y gastada en la que se leía A RMANI —.

Hablamos de feitiço —aclaró—. La principal diferencia entre el feitiço y la magia es que el feitiço mata; la magia, no.

Siguió una larga discusión etimológica. Los sobas dieron varios ejemplos de magia frente a feitiço.

«Si una persona desaparece, sencillamente se convierte en humo, entonces es magia y no feitiço», afirmó uno.

«No, no, es feitiço y no magia», objetó de inmediato otro.

La palabra en sí deriva del vocablo latino facticius, que significa «artificial» y que en español es «fetiche».

En portugués, el término ha adquirido un significado más amplio, y feitiço puede traducirse como «hechicería», «embrujo» o «encantamiento», posiblemente también «magia», pero los estudiosos discrepan al respecto.

—Los problemas relacionados con el feitiço son difíciles de resolver —dijo el senhor Domingo. Era el más bajo de los sobas, pero tenía la gorra más alta.

—Sí, porque el feitiço es un fenómeno invisible —explicó el senhor Amândio—. Invisible, pero hecho por el hombre. También es difícil averiguar quién está detrás. Dios desempeña su papel en la tierra, y el diablo, el suyo.

—Y no somos más que humanos —suspiró el senhor Xavier, enderezándose las gafas.

—A menudo se trata de pobreza, sí, simplemente de envidia —añadió el senhor Domingo—.

A veces las víctimas se enferman de la cabeza, ¡pero el veneno puede haber entrado por la pierna!

—Se inclinó hacia delante y señaló su propia pantorrilla y las de sus compañeros—: ¡por ahí o por ahí podría haber entrado el veneno!

—Si una persona viene a nosotros y acusa a alguien de feitiço, tenemos que hacer una investigación —agregó el senhor Amândio—. Al final siempre sale todo a la luz, porque el soba está informado. Tiene muchos contactos.

En los casos difíciles, dijeron, usaban un suero que hacía que los ojos se salieran de sus órbitas. Ese suero siempre hacía confesar al culpable. Si el acusado no confesaba, las acusaciones eran infundadas o el responsable era otra persona.

—Somos los sobas los que resolvemos esos casos, no los tribunales, aunque aquí estamos hablando de casos graves —dijo el senhor Domingo—. ¡A veces terminan en muerte!

Probablemente los sobas podrían haber seguido hablando de feitiço durante el resto del día. Se quejaban de que los portugueses nunca entendieron su cultura, nunca comprendieron la importancia de sus rituales y danzas, ni los problemas del feitiço o la diferencia entre este y la magia.

—A propósito de los portugueses —dije—, ¿podrían hablarnos un poco de cómo era Angola antes de su llegada?

Los sobas se reunieron un momento y decidieron traer a otro, uno que sabía mucho de historia. Ese seguramente medía dos metros, era delgado y larguirucho y tenía un lenguaje corporal poco útil, como si sus extremidades fueran demasiado largas para él.

—Aquí en Angola tenemos autoridades tradicionales —comenzó el senhor Amândio—.

Eso no se tiene en Europa, según he oído.

Cuando los portugueses llegaron aquí encontraron reinos.

Esos reinos estaban gobernados por reyes y sobas.

Es decir, aquí ya había una estructura organizativa.

Estaban divididos en provincias más pequeñas, que a su vez se dividían en territorios controlados por los sobas.

Los portugueses llegaron y empezaron a crear una administración sobre esa base, pero pronto entendieron que tenían que aliarse con los sobas y cooperar con ellos.

Eso es lo que tenía que decir sobre ese tema.

Ahora quiero dar la palabra a mi buen colega el senhor António, que sabe mucho más de historia que yo.

Hizo un gesto con la cabeza al historiador de extremidades largas, que carraspeó y echó un vistazo a las notas que había garabateado rápidamente:

—Las potencias coloniales europeas se repartieron África en el siglo XIX —comenzó diciendo—.

La forma en que se divide el continente es muy diferente de como era al principio.

Angola también quedó dividida. Angola no es una nación, sino muchas.

La Angola de hoy es el hogar de muchos pueblos diferentes.

La mayoría de la gente de aquí somos ovimbundu, por ejemplo.

Somos el grupo étnico más numeroso del país y constituimos más de un tercio de la población.

Los ovimbundu hablamos umbundu. En el norte, cerca de Luanda, hablan kimbundu.

Formaban parte del Reino de Ndongo. Los portugueses se encontraron con una dura resistencia, tanto aquí como en Ndongo.

El nombre de Angola proviene del de los reyes de Ndongo.

Al rey se le llamaba ngola . Tal vez los portugueses entendieron mal, tal vez pensaron que ngola era el nombre del país.

Al menos así es como Angola obtuvo su nombre.

Esa ha sido mi contribución. Muchas gracias. Ahora cedo la palabra al senhor Xavier.

—Muchas gracias. —El senhor Xavier se aclaró la garganta y se ajustó las gafas—. El senhor António ya ha dicho, en esencia, lo que yo iba a decir sobre ese tema, así que doy la palabra al senhor Domingo. Probablemente él pueda explicarlo mejor que yo.

El senhor Domingo tomó la palabra y se aferró a ella un buen rato.

Angola estuvo poblada durante miles de años por los pueblos san y khoi, que eran cazadores y recolectores, relató.

Hace mil quinientos años, grupos de habla bantú llegaron emigrando desde el norte.

El senhor Domingo enumeró una larga lista de reinos y provincias, nombres de jefes, pueblos y lenguas, nombres que yo no había oído antes y, por lo tanto, no podía comprender.

Estaba de vuelta en la escuela, sin referencias, en un continente extranjero.

—Los portugueses encontraron una dura resistencia —enfatizó el senhor António, moviendo sus largas extremidades—.

Tanto aquí, en el interior, como en el norte.

No fue hasta principios del siglo XX cuando obtuvieron el control de toda Angola.

A principios de siglo, como he dicho. No antes.

Los portugueses se enfrentaron a la resistencia desde el primer momento.

La más famosa es la reina Nzinga, la madre de Angola.

Luchó contra los portugueses durante décadas.

Creo que también es conocida en Europa. ¿La señora Erika ha oído hablar de ella?

Si Nzinga hubiera sido inglesa o francesa, por ejemplo, todos conoceríamos su nombre.

Se habrían escrito voluminosos libros sobre ella y se habrían hecho obras de teatro, series de televisión y películas; habría formado parte del plan de estudios de la educación secundaria y los investigadores habrían escrito largas disertaciones sobre ella.

Durante mucho tiempo, Nzinga apenas fue objeto de estudio en Angola.

Bajo el dominio de los portugueses, o bien se referían a ella como una pagana que finalmente se sometió a los amos coloniales y al catolicismo, o bien no se la mencionaba en absoluto.