Caballeros del cementerio #2
Los periodistas presentes en Luanda se perdieron el entusiasta intento de golpe de Estado a bordo de un crucero, pero en cambio presenciaron un levantamiento local.
A principios de febrero, hombres armados con machetes atacaron la prisión de la ciudad y las comisarías de policía de los alrededores, probablemente con la intención de liberar a los presos políticos.
Varios policías fueron asesinados, y durante su funeral hubo aglomeraciones y pánico.
Como muchos de los acontecimientos de esa época, esos episodios están envueltos de mitos.
Hay muchas versiones de lo que sucedió o pudo haber sucedido, pero ninguna es cien por cien fiable.
Según las historias más descabelladas, cientos de blancos en Luanda fueron armados por las autoridades y se aventuraron a entrar en los suburbios, en los que cometieron horribles masacres.
Es indudable que hubo matanzas en Angola durante ese sangriento primer año de la guerra.
Una de las peores tuvo lugar en una plantación cafetera del norte en marzo de 1961.
El precio del café había caído en todo el mundo y los trabajadores llevaban mucho tiempo sin cobrar.
Acudieron en masa a la oficina central de la plantación para que les pagaran el salario.
El desfile provocó el terror entre los portugueses, que respondieron disparando.
El precursor de lo que se convertiría en el movimiento de liberación FNLA movilizó un contraataque a gran escala.
En pocos días, varios centenares de blancos fueron asesinados.
También fueron masacrados miles de trabajadores negros de las plantaciones, muchos de ellos jornaleros migrantes del sur y profundamente odiados en el norte.
La rebelión fue reprimida con brutalidad por el ejército portugués.
La contraofensiva duró varios meses y dejó varios miles de muertos.
La guerra de liberación de Angola estaba en marcha. Duraría catorce años, contaría con el apoyo militar de los países más poderosos del mundo y costaría más de cincuenta mil vidas.
En 1970, nueve años después de haber escapado por mar, el futuro presidente, José Eduardo dos Santos, regresó a su patria para luchar contra la potencia colonial.
Con diecinueve años había viajado desde el Congo hasta la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, donde se había formado como ingeniero eléctrico y se había casado con una rusa.
Su hija, Isabel, que muchos años después ostentaría el título de la mujer más rica de África, nació en Bakú.
Un jardinero y un guardia cuidaban el barco en el que Dos Santos navegó muchos años antes.
El jardín donde se encontraba la legendaria embarcación estaba muy bien cuidado, con césped meticulosamente cortado, grupos de flores bien dispuestos y arbustos ornamentales de formas geométricas, bordeado todo ello de setos bajos y disciplinados.
Pero el monumento en sí se estaba oxidando.
Una escalera conducía a él, pero por razones de seguridad ya no se permitía subir a bordo.
—¿Puedo volver esta noche a robar flores? —preguntó Sónia al guardia, guiñándole un ojo. Él se quedó tan perplejo que no supo qué responder.
—¿Adónde vamos ahora? —pregunté a mi asistente de investigación cuando volvimos al coche.
—Quizás sea un poco morboso —contestó Sónia—, pero he pensado que podríamos visitar el viejo cementerio.
Sónia aparcó a la sombra de un gran árbol frente al desgastado muro encalado que rodeaba el lugar de descanso de los muertos.
Una docena de muchachos se arremolinaron a nuestro alrededor.
Se ofrecieron a cuidar el coche, pero Sónia se negó con una sonrisa y lo cerró con llave.
Los chicos regresaron al gran árbol, que estaba claro que era su punto de encuentro.
Estaban tendidos en el suelo, medio apoyados en el tronco, bebiendo ginebra directamente de bolsas de plástico.
El cementerio era como un barrio en sí mismo.
Muchas de las tumbas parecían ruinas de guerra: las lápidas estaban rotas por la mitad, las superestructuras de mármol estaban destrozadas y las fosas, a medio excavar; las inscripciones eran ilegibles.
Los más ricos no se habían contentado con tumbas al aire libre, sino que habían construido sus propias cámaras funerarias de mármol.
A cada uno de los miembros fallecidos de la familia se les había dado su propio nicho, apilado, como en un compartimento de tren.
La mayoría de las cámaras funerarias estaban vacías, pero en algunas todavía había ataúdes, con las tapas de través, como si hubieran sido golpeados por un terremoto.
Bajo las tapas entreabiertas quedaban al descubierto cráneos, fémures robustos y costillas rotas que ya se estaban convirtiendo en polvo.
Al lado de esas ruinas de la muerte había nuevos monumentos funerarios, con relucientes pilares de mármol y flores frescas.
Sus nombres eran indistinguibles de los de las ruinas funerarias, ya que la mayoría de los angoleños tienen nombres portugueses.
Solo el grado de mantenimiento revelaba qué color de piel había tenido el difunto en vida.
Alrededor de trescientos mil portugueses abandonaron Angola a toda prisa en 1975. Con ellos desapareció la mayor parte de la experiencia general y la educación acumulada del país.
Solo quedaron los esqueletos. El cementerio era un mundo aparte en el que el tiempo se había detenido, era una cápsula del tiempo, un monumento al imperio perdido.
Incluso tenía sus propios habitantes. Cuando regresamos al aparcamiento el ambiente era tenso.
Los chicos estaban muy juntos cerca del gran árbol, gritando y dándose codazos unos a otros.
En medio de esa multitud excitada estaba sentado un muchacho de unos trece o catorce años.
Tenía las manos atadas a la espalda con tiras de plástico y un pie enganchado a las manos, por lo que apenas podía moverse.
Los otros jóvenes se turnaban para golpearlo.
«Ladrón», gritaban, «¡danos el dinero!» El chico lloraba, les rogaba que pararan.
Pero le pegaban más. Lo golpeaban con los puños y con trozos de cuerda.
Con las manos atadas a la espalda, el muchacho sacó entre sollozos algunos billetes de un bolsillo de su pantalón.
Un policía se acercó a la multitud. Dejó que los chicos lo golpearan un poco más y luego arrastró consigo al pequeño ladrón, que en ese momento ya tenía las piernas libres.
Un joven con la cara llena de cicatrices se acercó a Sónia y a mí. Se llamaba Nandinho, tenía veinte años y olía muchísimo a alcohol.
—¡Ha robado! —explicó exaltado—. ¡A una chica! Eso no está bien, ¿verdad? ¡Lo atrapamos cuando saltó la valla y se metió en el cementerio!
Nandinho llevaba cinco años viviendo en el camposanto.
—¿Cosas como esa suceden a menudo? —pregunté.
—Todos los días —confirmó Nandinho—. Hay muchos robos por aquí, y después saltan la valla y entran en el cementerio. Nosotros los atrapamos y cuidamos de la zona.
Varios de los muchachos se habían reunido a nuestro alrededor. El más alto, y presumiblemente el mayor, dio un paso al frente. Su rostro también estaba lleno de cicatrices. Los demás escucharon con respeto mientras él hablaba.
—Estamos cooperando con la policía —explicó.
—¿Cómo vives? —le pregunté—. ¿Tienes casa?
—No, aquí hay una oficina, pero no dormimos allí. Lo hacemos en las casas funerarias. A ver, en las que están vacías.
—¿No da miedo dormir allí?
—No, estamos acostumbrados. La gente nos paga para que cuidemos las tumbas. Pero no todos los días son buenos. No todos los días hay visitas. Aunque los que vienen aquí nos suelen dar dinero y, a veces, comida.
Entré en el cementerio para tomar algunas fotos. Al otro lado del muro, en un campo árido y seco, había una zona dedicada a los bebés y los niños pequeños. Cruces sencillas y bajas marcaban las tumbas infantiles.
Cuando volví, Sónia todavía estaba rodeada de los chicos.
Les hacía preguntas y ellos respondían con entusiasmo, visiblemente contentos de que alguien los escuchara.
Un niño se acercó al pequeño grupo con inestabilidad.
En sus manos sostenía un bastón y sus ojos estaban cubiertos de membranas de color blanco azulado. Se detuvo justo delante de Sónia.
— Senhora —dijo—, yo no nací así, no nací ciego.
—¡Es brujería! —gritó un muchacho al fondo.
—¿Qué pasó? —preguntó Sónia con calma—. ¿Fuiste objeto de violencia?
—Sí, senhora, hace mucho tiempo.
—¿Dijeron los médicos que necesitabas cirugía?
—Sí, senhora, pero no tengo dinero para eso. ¿Puede la senhora hacer algo?
—Veré qué puedo hacer —dijo Sónia—. Ahora me voy de viaje, pero cuando regrese veré qué puedo hacer, lo prometo, ¿de acuerdo?
—¡Muchas gracias, senhora, muchas gracias! —El niño ciego agarró las manos de Sónia y no las soltó.
—El chico que ha robado al parecer tiene trece años —dijo Sónia mientras conducía—. Ha robado mil quinientas kuanzas a una chica que vende bollos en la calle. Cada bollo cuesta diez kuanzas. Tiene que vender diez solo para ganar cien kuanzas.
Hice un cálculo mental rápido. Cien kuanzas equivalían a diez céntimos, mil quinientas eran más o menos un euro y medio.
—Prácticamente le ha robado todo el negocio —continuó Sónia—.
Dado que el ladrón es menor de edad, es poco lo que la policía puede hacer.
Lo golpearán y luego lo dejarán ir. No tienen la posibilidad de ir a ver a sus padres, y es posible que de todos modos no estén en casa.
Como todavía es un niño no pueden arrestarlo y el tribunal de menores no funciona.
Por eso la gente resuelve las cosas por sí misma.
De regreso, Sónia se detuvo en un pequeño mercado. En la acera había un puñado de mujeres sentadas vendiendo fruta. Así era como, ellas solas, mantenían a grandes grupos de niños. Todas estaban casadas, pero ninguno de sus maridos tenía trabajo.